Mensajeros de la miseria

16 Ene

La torre de los codiciosos siempre acoge una planta más. Para ellos, los desgraciados nunca vienen suficientemente explotados de casa.

Un conocido me ha hecho llegar la carta que la compañía de mensajería SEUR acaban de remitir a su empresa. En ella, como pueden ver en la imagen, les anuncian un incremento del 9,5% de sus tarifas a causa de la reciente subida del Salario Mínimo Interprofesional (hasta los 900 euros, desde los míseros 735,9 anteriores) aprobada por el Gobierno. Una decisión, según SEUR, “que impacta de forma importante en nuestra actividad”.

Al margen del descarado oportunismo y tufo ideológico que desprende la carta, cabe deducir de la misma que esa cifra anterior (esos vergonzosos 735,9 euros) o poco más era la que hasta ahora ensuciaba las nóminas de sus trabajadores-esclavos, pues en caso contrario no se justificaría ese desproporcionado incremento de sus tarifas. ¿O no?

Suena más bien a eso de la profecía autocumplida, al supuesto advenimiento del quiebro de nuestra mierda de economía (la nuestra, no la de ellos) que los graznidos apocalípticos de los abanderados de la libertad de mercado (la de ellos, por supuesto) llevaban anunciando desde que se conoció la intención del Gobierno de elevar el SMI. Además, ¿pa qué quieren los pobres el dinero?

Son incorregibles.

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El pecado original de nacer varón

25 Dic

 

Las luces y las sombras. Otra frase hecha, ya lo sé, que como tantas otras está en el repertorio de los balances que hacemos cada vez que un año se va terminando. Otra convención, como lo era la Nochebuena con Raphael -¡por los dioses, dónde estuvo anoche el monstruo de Linares!-

Hablando de luces, la que sin duda mejor ha alumbrado 2018 ha sido la reivindicación masiva de un mundo más justo, seguro y equitativo para las mujeres. No me voy a extender más sobre ello por lo obvio que resultaría, y yo ya soy obvio por mí mismo sin necesidad de potenciadores.

Sí quiero, en cambio, hacer una modesta reflexión sobre la sombra que precisamente la luz anterior ha proyectado sobre este año, y que ha dado lugar a una nueva forma de expresión discriminatoria entre homínidos, como si no tuviéramos bastante con las que ya llevábamos milenios alimentando.

Es verdad que en odios ya tradicionalmente cultivados hemos progresado bastante últimamente. Por ejemplo, contra los inmigrantes. En esta modalidad se ha avanzado tanto este año que incluso hemos conseguido llevarla hasta las urnas. La institucionalización de este racismo, tan nuestro como especie, la hemos bautizado Vox, que además es latín. Como ven, algo clásico, como Marco Antonio y Cleopatra, a la que anoche nos paseó por nuestro salones Telemadrid.

Precisamente en uno de los peajes publicitarios que íbamos pagando entre la mirada violeta de Elizabeth Taylor y la apostura de Richard Burton contemplé la enésima y más conseguida muestra del recién estrenado producto del odio entre seres humanos: la criminalización de la mitad de la población por razón de su sexo. 

Ciertamente, dirán ustedes que esto no es ninguna novedad, que este desprecio lleva siglos existiendo en relación a las mujeres. No les quitaré la razón. Sin embargo, en este caso la cacería se dirige al otro sexo (también dirán que ahora hablo, o escribo, cuando soy yo el señalado. Tampoco diré nada en mi descargo).

Tras asistir durante los últimos meses a numerosas declaraciones señalando mi maldad intrínseca por el hecho de haber nacido varón, la formulación expresa del pecado original de ir por la vida con el rabo entre las piernas la hizo ayer el canal público madrileño de televisión con su campaña “Ninguna mujer en la sombra”. Otra vez luces y sombra, ya lo ven.

En el anuncio (aquí campaña para su retirada) se muestran varias imágenes convencionales de unos bonitos dibujitos de hombres y mujeres compartiendo felices una cena, un paseo con un niño de la mano, una escena inocente de chico y chica sentados en un banco… El problema es que esas tiernas representaciones se desenmascaran en sus sombras mostrando la supuesta realidad ante la que los promotores de la campaña pretenden alertarnos: ellos son terribles monstruos que amenazan a sus compañeras, que se encogen aterrorizadas por el inminente peligro que las acecha.

Vamos, que los tíos somos unos malasombra. Los de Telemadrid han encendido la luz, le han enseñado a niñas y niños lo que se escondía tras el espejo, y de paso han añadido una página más a nuestro catálogo de polarización de ‘ismos’ que nos facilitan el odio y el desprecio hacia el resto de bípedos implumes que comparten con nosotros esta canica que gira alrededor del sol. Radicales libres. Un nuevo paso firme hacia la estupidez.

Odio a discreción. Para qué vamos a estar bien, pudiendo estar jodidos. Qué pereza todo, qué desilusión, qué pena que se nos haya despedido Rosendo Mercado de los escenarios, siempre loco por incordiar. En esto sí que me declaro culpable.

Feliz 2019.

 

 

 

Los ‘estopers’ y los renglones torcidos de dios

21 Oct

Pederastia Eneko

Me cuenta una amiga que a los empleados que en su empresa se muestran reacios ante la imposición de supuestos cambios en la cultura corporativa los llaman estópers (supongo que ellos no lo escribirán así). Me hace gracia el término, por lo pueril, papanatas y cursi, pero también me asusta, por la carga totalitaria que lleva implícita.

Vivimos en tiempos en los que la terminología es más importante que la realidad. La realidad nos importa bledo, pero lo que no podemos permitir es que las palabras que la definen sean feotas, así como cutres o antiguas. Haz la misma mierda, pero llámalo bonito, y sobre todo que la pasta siga fluyendo hacia los mismos bolsillos de siempre.

Y sé proactivo, y hazte el guay con tus subordinados, que se crean que los escuchas y respetas, pero asegúrate de que el sobre con los billetes lleve tu nombre, y en momentos críticos no olvides recordarles lo afortunados que son, y que a la puerta hay una cola de gente deseando ocupar tu lugar.

Nada importa mientras se mantenga el orden. Demuéstrales quién está arriba, aunque contradigas tu palabra.

Entre los seis y los dieciocho años yo estudié en los salesianos del Paseo de Extremadura, en Madrid. Allí aprendí lo que era predicar una cosa y hacer la contraria. El otro día escuché en la radio que otro de sus colegios en Madrid, el de Estrecho, calificaba a los pobres como personas mediocres. No me sorprendió. Precisamente entre ambos centros, a comienzos o mediados de los años ochenta, se produjo uno de esos trasvases infames para encubrir la pederastia de la que entonces todos los alumnos teníamos conocimiento.

El entrenador de fútbol, también profesor de historia, había intentado abusar de un chaval al que había convocado en su oficina un sábado o domingo por la mañana. La noticia corrió como la pólvora. Se decía incluso, vete a saber, que el padre del chico se había presentado en el centro con una escopeta.

Al curso siguiente aquel cura, que tras el escándalo siguió impartiendo sus clases con normalidad, desapareció. Pero supimos que le habían trasladado al colegio de Estrecho, sin mayores consecuencias. A ese colegio que ahora define a los pobres como gente mediocre, supongo que no como aquel cabrón pederasta que acogieron con cristiana caridad.

Recuerdo más casos inquietantes de mis años escolares, como aquel otro cura profesor que se fue de fin de semana a la montaña con una tienda de campaña con los dos chicos más señalados de la clase por su evidente discapacidad intelectual, en un caso, y por su dudosa sexualidad, en el otro.

Y la inapropiada publicidad que aquel cura hacía del viaje en clase, antes de su ejecución, y la encendida defensa que hizo luego del mismo, lamentando que la clase, un grupo de 45 cabrones sin piedad de trece o catorce años, calificará de ‘maricón’ a aquel pobre chaval, atrapado entre unos condiscípulos deshumanizados y un profesor con extrañas ideas de redención. 

O los compañeros que en el confesionario se atrevían a revelar su afición a la masturbación, que en algunos casos eran interrogados acerca de la duración de sus alivios, y en otros invitados a continuar la conversación en sus cuartos privados.

Ahora, años después de que se hayan conocido las infames cifras de abusos de curas contra menores en Irlanda, Estados Unidos, Alemania o Chile, por citar sólo algunos ejemplos, parece que algo empieza a moverse en España, ese país en el que la Santa Madre Iglesia ha tenido acojonados a sus ‘fieles’ durante décadas, por no decir siglos. No tengo ninguna fe en que se haga tan siquiera una mínima justicia.

Porque los Estopers son ellos. Siempre ellos, y los cómplices que se lo permiten.

(PD.: El dibujo que ilustra esta entrada es del gran Eneko)

 

 

 

 

La segunda vida de ‘Padre Ocejón’

18 Sep

 

Portada padre ocejón

Hacía tanto que no venía por aquí que me ha costado encontrar la llave para entrar. Para mi sorpresa, una vez que he retirado las telarañas y he soplado un poco para quitar el polvo sobre mis viejos artículos, he descubierto que todavía algún despistado se da una vuelta por aquí de vez en cuando, como el cliente nostálgico que aún visita ese bar de carretera al que una nueva autopista dejó hace años sin tráfico en su caja registradora.

Mi visita de hoy es obligada, porque aquí nació buena parte de esta novela que publiqué hace casi cuatro años, y que ya les anuncié en su momento a través de este blog. Ahora, una vez extinguido el contrato con la editorial, por llamarla de alguna manera, me he atrevido a reeditarla con portada renovada y texto y precios revisados (en el segundo caso, muy a la baja; en el primero, confío en que al alza), una tarea que, créanme, puede ser una experiencia llena de sorpresas y altibajos.

Como lo es también publicar y dar a conocer tu trabajo entre tus amistades y más allá.  En todos los casos he aprendido algo. También para eso valen los libros.

Una vez más quiero agradecer el cariño e interés de toda la gente que se ha asomado a Padre Ocejón y ha recorrido sus páginas, igual que los protagonistas de esta humilde historia caminaron por su ladera en pos de sus ideales y de sí mismos. Con esta segunda edición he pretendido hacerme perdonar el abusivo precio anterior que impuso la editorial y prolongar así la vida a unos personajes que me siguen acompañando.

La podéis encontrar y adquirir aquí, tanto en formato papel y como libro electrónico.

 

 

Eneko

8 Nov

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Un servidor presume de sus amigos con talento. No es tan raro, supongo. Incluso a algunos padres les sucede con sus hijos. Lo de los amigos con talento, decía, es un poco como el fenómeno fan, pero en muy cercano, mucho más allá del libro o el disco firmado. Por eso te duelen mucho más las injusticias de las que son objeto, y hasta sientes un poco de celos cuando ves la solidaridad que despiertan entre personas sobrevenidas a tu ya lejana relación personal. Vale, me estoy liando, pero es parte de mi ‘contradictoriedad’ asumida, por eso últimamente le recuerdo a mi hija adolescente que no haga mucho caso de lo que digo, salvo que le indique lo contrario, claro está.

Uno de esos amigos con talento, con mucho talento, es Eneko las Heras, ese genio barbudo con suave acento venezolano y pulso de francotirador cuando apunta con sus dibujos contra lo más turbio de nuestra sociedad.

Durante los cientos de jornadas que hace una década compartimos en el periódico del que ahora le han podado, como quien corta una rama que se interpone ante la única vista hacia donde quieres mirar, Eneko flotaba distraídamente por la redacción desde primera hora de la tarde, con ese aire de genio despistado que gasta. Nunca parecía tener prisa, al contrario que el resto de la gente que nos afanábamos por plasmar al día siguiente la realidad en unas docenas de páginas con el mayor tino posible.

Aquel tipo de aire pausado y aspecto de naufrago se te acercaba bienhumorado, como dando un rodeo en su camino hacia tu mesa para no asustarte (o para darte unos segundos para la descompresión), y te preguntaba por los temas que llevabas ese día en la sección. Y uno, ante aquella excepción en medio del barullo de la actualidad por imprimir, le explicaba en qué página iba cada cosa.

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Algunos días, sin embargo, te interrogaba sobre algún asunto que en días anteriores había ocupado un lugar destacado, pero que el avance del ruido había relegado ya a un triste breve, o quizá ni eso. No importaba, él lo volvía a poner en el escaparate. Al fin y al cabo, como dijo una vez el director de aquel periódico, actualidad es lo que los medios quieren que lo sea.

Al cabo de una hora más o menos, Eneko volvía con una nueva joya envuelta en formato de ‘cuadrado mágico’  o  ‘catenaccio’ (él sabe, cosas de nuestras conversaciones sobre fútbol, yo siempre pensando en blanco y él en cualquier otro color, al fin y al cabo es dibujante) y cualquiera que fuera el asunto, éste volvía a estar de ‘rabiosa’ actualidad gracias al genio de aquel tipo.

Porque Eneko siempre daba en el centro de la manzana, y eso lo reconocíamos hasta los que ese día preferíamos no tomar fruta. Y lo hacía con una sola flecha, como los buenos.

Ahora, sin embargo, parece que la nueva dirección del periódico donde trabajaba desde hace casi veinte años ha decidido no sólo despreciar las manzanas, supongo que por no ser de su excluyente gusto, sino directamente retirarlas del menú para que nadie más las pueda probar. Es el signo de los nuevos tiempos, el de las lentejas.

Para los que preferimos una dieta más variada, hay que recordar que Eneko va a seguir cocinando con su lápiz sus certeras denuncias contra el abuso de los poderosos, su codicia insaciable y su manejo del mundo como si fuera su cortijo.  Ellos, por su parte, seguirán repitiendo legumbres, y ahuyentando a sus lectores con su grosera aerofagia. Allá ellos.

“No dejaré que un teletipo me joda una bonita historia”

2 Dic

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La frase que sirve para titular esta entrada es real. La pronunció un tipo que ocupaba el cargo de redactor jefe de la web de un medio muy leído en el que un día trabajé. Se trataba de una historia sobre un delfín que al parecer se estaba dejando morir de pena tras el fallecimiento de su entrenadora, en algún acuario de no me acuerdo dónde. De fuera de España, en cualquier caso. Al parecer, la noticia en la web lo estaba petando (¿se dice ahora así?).

Sin embargo, en esa ola triunfante andábamos cuando un teletipo aguafiestas escupió la verdadera causa de la supuesta depresión del animal: una enfermedad intestinal severa le estaba matando, según reveló el diagnóstico. No, la situación no era tan lírica como el lector hubiera deseado, pero, como decimos cínicamente en el oficio, no dejes que la realidad te estropee una buena noticia.

Aquel tipo llevó aquello a la práctica, para perplejidad de quienes escuchamos su razonamiento en respuesta a la llegada del inoportuno teletipo. El delfín era un sentimental, con independencia de lo que dijera el examen médico, según decidió aquel sujeto. El amor tiene razones que la razón no entiende. Tampoco el lector, por lo visto. La noticia, por supuesto, no cambió en nuestra web. No podíamos permitir que un teletipo nos jodiera una historia tan bonita.

Recuerdo ahora todo esto porque la segunda de a bordo de aquel tipo va regalando ahora clases públicas de periodismo aupada a su rimbombante puesto en un destacado medio digital, según he visto en una entrevista con la que hoy he tenido la desgracia de toparme.

Hace algo más de diez años de aquello, pero todavía me acuerdo de cuando ella y su equipo desembarcaron en mi periódico. Gente sin ninguna experiencia y con toda la soberbia del mundo, individuos e individuas -la mayoría de ellos muy jóvenes, afrontaban su primer empleo- que jamás se habían currado una mala noticia mirando por encima del hombro a los que llevábamos diez, o veinte, o treinta años en el oficio. Porque ellos tenían blog, y nosotros bloc (de anillas). No sabían levantar un teléfono para contrastar una información, pero sí tenían la osadía de titular una noticia por un comentario que un lector había dejado en el foro de cualquier asunto. Así, con dos cojones. Era el periodismo ciudadano. Así lo llamaban.

Nos despreciaban públicamente. Los del papel, nos decían, los del viejo papel. Nos lo decían, con un insultante aire de suficiencia, aquellos recién llegados (a todo) a los que habíamos puesto ese periódico en pie, dejándonos las pestañas en ello. Éramos asesinos de árboles, como nos llamó un día aquel imbécil del delfín. Y lo peor era la complicidad de los paletos que dirigían el periódico, acompañados por las palmas entusiasmas de los cobardes estómagos agradecidos que siempre están de guardia, los cuadros intermedios que bracean para que nada cambie, no se les vaya a agrietar su chiringuito.

Aquella gente que desconocía y despreciaba las más elementales reglas del oficio jodió mi periódico. Luego volaron, como la plaga de langosta que son, a seguir devorando otros lugares donde otros hubieran plantado la cosecha que ellos se comerían. Así siguen.

Ahora, como entonces, pretenden dar lecciones de periodismo. Ellos, que en su puta vida han pisado la calle para currarse un reportaje o seguir el rastro de una información. Ellos, que viven de parasitar webs ajenas y reproducir sus contenidos, igual que entonces.

Y siguen con su mantra, ese que continúa ¡todavía! acusando a los viejos periodistas del papel, como si quedaran muchos, de reaccionarios contra el progreso de Internet. Ese tótem. Porque buenos y malos profesionales los ha habido y los hay en todos los soportes: con una anotación en una libreta o con un tuit; con lápiz  o con un móvil de última generación; en el viejo papel o en la ya menos nueva Internet.

Pero estos siguen vendiendo su moto, como tristemente compruebo. Pontificando sobre un oficio que nunca han practicado ni conocido, ni querido. Un oficio que ellos han contribuido a enterrar, sin importarle tres cojones. Y hablan de renovación, y de historias, y de formas de consumir, como si hablasen de sus cacharritos tecnológicos de mierda, sin ningún respeto ni conocimiento de causa.  Los catedráticos del corta y pega. Como si esto fuera un conflicto entre tecnologías, soportes o mentalidades, y no una invasión de caraduras a un oficio que están lejos de conocer y merecer. Su puta madre.

Cosa de números

18 Nov

vela

Se apagó la luz para Rosa, la abuela que murió en el fuego de su colchón, quemado por una vela. Muerte medieval para Rosa, condenada a morir en la hoguera por pobre.

Se apaga la luz cada día para esos críos que acuden cada día sin desayunar a un instituto de Moratalaz, un barrio de trabajadores de Madrid. Y si no hay para galletas, menos para libros de texto. Me lo contó el otro día su profesora. Hambre infantil en la sociedad de los comilones. Como Joaquín Legina, el cebado exsocialista que pone en duda que estas cosas sean verdad.

Y se apaga, como su mirada, para la señora de la limpieza de mi oficina, que otro año se ha quedado sin vacaciones, a pesar de que el cansancio y el dolor le llegan hasta la última taza sin fregar que ha dejado ayer alguien en la pila, sin acordarse de ella. Que para eso cobra sus 700 euros al mes. Qué barato sale comprar el tiempo de los pobres.

Y ya sólo hay tinieblas para Nory, la chica ecuatoriana en coma vegetativo desde que fue arrollada por un coche cuando cruzaba por un paso de peatones, y a cuyos familiares no les cogía el teléfono la aseguradora del vehículo, confiando en que ésta muriera pronto, y así se ahorraran un pico. Ahora, cuando un periodista ha dado a conocer su caso, supongo que algún chico listo habrá persuadido al mandamás de que la mala publicidad era peor que el previsible (y obligado) pago.

Cosa de números, cuestión de balances, como el de la vela de Rosa, que no supo mantener el equilibrio. Lo demás es populismo.

Un tío con éxito

23 May

bankia

Triunfar una vez en la vida puede ser algo peligroso. Ya lo decía Oscar Wilde: “Un tonto nunca se repone de un éxito”. Afortunadamente, mi día a día está tan plagado de logros que no me da ni tiempo a experimentar ese amenazante efecto revelador de las carencias intelectuales al que aludía el bueno de Oscar.

¿Y dónde constata usted esos éxitos?, ¿cómo los mide?, se preguntarán ustedes con comprensible curiosidad (y quizás con cierta envidia). Pues donde se constatan estas cosas, queridos amigos: en el banco.

Sí, en el banco, el de los dineros, no crean que les quiero confundir con un burdo juego de palabras. Allí es donde cada vez que voy compruebo que soy un hombre de éxito.

Da igual que vaya a diario, o un par de veces a la semana, o dos veces el mismo día. Éxito, siempre éxito. Me lo dicen por escrito, además, para que no me quepa duda.

Puede que a muchos de los que me conocen les resulte extraña esta revelación. Mi propio padre solía repetirme en mis años del BUP que acabaría durmiendo debajo de un puente. Yo mismo llegué a creerlo. La vida, sin embargo, te da a veces estas sorpresas.

Claro está que también debo poner yo algo de mi parte para vivir en esta euforia continua. Hay que saber qué teclas apretar, y en qué momento debe hacerse. Y vigilar siempre tus espaldas. No es difícil, pero hay que tener las cosas claras.

Mi enésimo triunfo ha tenido lugar esta misma mañana, cuando al sacar veinte euros del cajero del Bankia he vuelto a leer mi buena fortuna en la pantallita: “Su operación ha sido realizada con éxito”. Ahí estaba otra vez el mensaje, bien clarito. He recogido los dos billetes de diez con la sonrisa del hombre hecho a sí mismo, he comprado el metrobús en el quiosco de Juanan y he tomado el 120 camino del trabajo, sin dejar de recordar el mensaje de mi banco. ¿Lo ves, papá? Al final tu hijo es un tío de éxito.

Que lo sepa todo el barrio.

 

Un cocktail raro

12 May

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Me escribe por correo electrónico un antiguo y querido compañero del oficio, un excelente profesional y compañero. Buena gente, todavía en los primeros años de la treintena. Como tantos otros, lleva tiempo fuera de la rueda, expulsado del paraíso del trabajo remumerado o el empleo medio digno. Sus reflexiones me dejan muy tocado. Le pido permiso para reproducirlas aquí, no sin cierto pudor. Creo que es importante no olvidarnos de lo que sigue ocurriendo en este país, pese a que los que calzan las botas que nos pisotean pongan ese bochornoso e insultante empeño en negarlo:

“Mi día a día está un tanto marcado por altibajos emocionales donde a veces creo que todo es posible y otras, las más, me cubre el pesimismo más absoluto. He movido el CV y todas esas cosas que se hacen en esa situación y ni tan siquiera entrevistas”.

“Apenas he tenido tres encuentros, y dos nada relacionados con el periodismo, o no sustancialmente al menos, en los que me han llegado a decir cosas como que estaba demasiado preparado (sic) o a ofrecerme un mix ‘preparacontenidosalmismotiempoquecomercial’ demencial y en un tono cutre, imposible de compaginar de todas todas; me hizo gracia porque encima mi no rotundo (las cosas sé que no están para decir no, pero en algunas cosas mis principios son como diques) le dio pie a un “hay mucha gente interesada porque se va a sacar una pasta” (pero el proyecto, cosa curiosa, no sale todavía…)”.

“Frustrado, seguramente. Desencantado, con un punto amargado. Y todos estos adjetivos al final alimentan cierto poso de rencor en un contexto lleno de gurús, donde ves que en otros lados los inútiles que daban lecciones pero no apretaban teclas o, peor, no te dejaban hacer llamadas, siguen haciendo de las suyas por el mundo. No me puedo quitar cierta sensación de fracaso vital, por todo ello. De época equivocada, de camino equivocado… y de brújula rota que no encuentra el norte. Un cocktail raro”.

Todo mi ánimo y mi solidaridad a este compañero, y a otros tantos que sufren esta situación, amigos (unos cuantos, demasiados) y desconocidos (a millares, a millones). Yo he estado allí (y no descarto volver a estarlo). Sé lo que se siente. El desempleo no solo te roba tu fuente de ingresos, también socava tu identidad. No os dejéis. Podrá faltarnos trabajo digno, pero nunca dignidad. Ellos son los malos; nosotros, su amenaza.

PD. Me permito ilustrar esta entrada con una viñeta de El Roto, siempre un certero francotirador

Tres cosas

20 Abr

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Cantaban el siglo pasado Cristina y Los Stop (¿qué querría decir este nombre?) que en la vida hay tres cosas, a saber: salud, dinero y amor (“y el que tenga las tres cosas, que le dé gracias a dios”, concluían).

No sé si Rajoy o Aguirre habrán bailado esta canción en los guateques de sus años mozos, o si le habrán prestado atención alguna vez a su letra. Es posible. O no, salvo algunas cosas. Pero seguro que estarían de acuerdo con el enunciado de su estribillo. ¿Y quién no?

Por eso estoy convencido de que Mariano y Esperanza entenderán que es una putada que estés ingresado en un hospital público en Madrid, esperando a que te operen de un tumor al día siguiente, y que después de dos días sin comer y ocho horas esperando acojonado a que entren a por ti, se te presente una enfermera y te diga algo abochornada que no va a poder ser, porque se ha prolongado mucho la intervención anterior y que no hay más cera que la que arde.

Sí, como lo leen: después de días de nervios, de movilizar a toda una familia y de que te pongan un sustituto en el trabajo, entre otras cosas, te llega una enfermera y te dice que te tienes que pirar. Ni siquiera te dicen eso de ‘vuelva usted mañana’, tan español, porque está todo programado para el día siguiente, y también para la otra semana. No hay hueco, chaval. Así que te vas para casa, Mariano, Esperanza, cuando ya por fin compruebas que no, que no te están gastando una broma. Te quitan la vía que llevabas puesta desde ayer, rehaces la maletita con la que habías llegado y vuelves a coger el 125 que te lleva para casa. ¿Cómo lo veis?

Esto es cosa de salud, claro, pero también de dinero, Mariano, del mismo que decías que no ibas a tocar cuando llegases a gobernar. ¿Te acuerdas? De esa sanidad madrileña de “máxima calidad” que garantizabas, Esperanza, te acordarás tú también, que nunca mientes.

No os menciono, por irrelevante, que en la habitación no hubiese agua caliente, y que para ducharse antes de la operación hubiese que ir recorriendo con una enfermera varias habitaciones más hasta dar con una en la que poder hacerlo, pidiendo antes, eso sí, permiso a sus ocupantes, que asistían atónitos al fenómeno de que se presentara ante ellos, a las siete de la mañana, un vecino con  la toallita bajo el brazo.

O que para poder ver la tele, en unos aparatos vetustos y en habitaciones compartidas, haya que pagar tres pavos por día (creo que en las cárceles hay tele gratis, y de plasma (¿eso sí que te gusta, eh, Mariano?).

En fin, que sin salud ni dinero nos queda el amor. No el tuyo, Mariano, al que ya no te quieren ni en tu pueblo. Pero sí el que se merecen los profesionales de la sanidad pública, que, pese a todos los sobreesfuerzos que les suponen tus recortes, siguen cada día al pie del cañón, y lo hacen con esa amabilidad, conocimiento y dedicación que riega la tierra. Ellos sí son el pan y la sal, al igual que todos los trabajadores honrados de este país, y los abuelos que sostienen a sus hijos en paro, y las personas que se se dan desinteresadamente a los que padecen, y todos los que en general arriman cada día el hombro para que esto aguante, mientras los tuyos se lo siguen llevando. Sin que a ti te conste.

Así que ya ves, Mariano, para quién es el dinero, para quién la salud y para quiénes el amor. Te lo dice uno que ha sido testigo directo de un episodio que ha tenido como protagonista a alguien muy cercano, y al que tuve que decir en esos duros momentos que fuera fuerte. Como tú con Luis, para que te hagas una idea.

@ildefonsogr

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