Dentro (y VII: Llamada)

11 Sep

RELATO CORTO ESCRITO DURANTE EL CONFINAMIENTO Y RETRATO DE UNA SOLEDAD CADA VEZ MÁS COMÚN EN NUESTRAS CIUDADES. SÉPTIMA Y ÚLTIMA ENTREGA.

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Es la segunda vez en apenas un mes que a Miriam se le ha quebrado la rutina, pero, extrañamente, la que había sobrevenido a su vida anterior es la que ahora más añoranza le provoca, como si su etapa de varios años tras la barra del Museo del Jamón fuera una estrella fugaz apenas recordada, y las breves semanas con Amanda, sin embargo, lo abarcaran todo. Ahora se debate en una extraña confusión respecto a Tequila, y carece de puerto al que acogerse. Durante varios días mantiene su rutina de entrar el piso de Amanda dos o tres veces al día para reponer el alimento del gato y revisar que todo está en orden, pero sabe que antes o después deberá quedarse con el gato en su propio piso minúsculo, y Dolores es alérgica.

Además, finalmente ha recibido una llamada del bar, anunciándole que, dada la situación, no van a poder renovarle el contrato, que le vence en quince días, el plazo al que, calcula, le llegará como mucho el escaso dinero ahorrado después del que cada mes le manda a Tatiana a Colombia. Y aún debe pagar este mes su parte de alquiler del piso.

Tampoco ve noticias en Internet sobre Amanda, algo que le extraña, pero que atribuye a la avalancha de informaciones que se producen cada día por la epidemia.

El portero no le ha sido de ayuda, ni Serafina, la vecina de la puerta de al lado. Nadie conocía familiar alguno de Amanda. Nadie a quien acudir. Ningún rastro vivo de su paso por el mundo, más allá de Tequila y ella misma.

Tampoco ve noticias en Internet sobre Amanda, algo que le extraña, pero que atribuye a la avalancha de informaciones que se producen cada día por la epidemia, y que incluye la muerte de veteranos políticos, actores y deportistas, gente que un tiempo atrás acaparaba titulares y a la que el efecto acumulativo de defunciones ha relegado a piezas secundarias en las webs de los medios de comunicación. El virus y las cifras que causa son ya los únicos protagonistas de esta función.

Su móvil vuelve a sonar desde un número desconocido, probablemente otra vez del hospital. Responde con prevención, sobre todo cuando escucha entre signos de interrogación su nombre con sus correspondientes apellidos.

El abogado le habla demasiado deprisa, le pregunta si pueden mantener una videoconferencia, le pide su correo electrónico, la dirección de su domicilio para enviarle unos documentos que debe firmar. No, no es nada del trabajo, le aclara, y es entonces cuando cae en la cuenta de que al principio de la conversación ha mencionado un nombre que no conoce, y que por lo tanto debe de haber algún error.

No hay ninguna confusión, insiste él. Soy el abogado de doña Juana Bellido, que en sus últimas voluntades le lega a usted el inmueble sito en la calle Castillo Piñeiro, 4, donde vivía, precisando también que ello estará sujeto a su compromiso a cuidar de su gato. También dejó anotado la marca del pienso que come el animal.

Un prolongado silencio sigue a las aclaraciones del hombre.

-¿Sigue usted ahí? ¿Me ha entendido ahora? -pregunta él.

Miriam ha tardado en procesar la información, pero al fin logra reanudar el diálogo.

-Pero yo tenía entendido que esta señora se llamaba Amanda, Amanda Galán.

-En efecto, así se hacía llamar desde hace años, pero su nombre legal era el que le he indicado antes.

-Supongo que sería su nombre artístico. Muchos actores y actrices se los cambian para que resulten más llamativos. ¿Cree usted que debería enviarse una nota a los periódicos para informarles de su muerte?

-No lo creo, sinceramente, Doña Juana apenas había formado parte desde muy joven y durante muchos años de un grupo de teatro aficionado del barrio, que apenas pasó de representaciones en centros culturales del ayuntamiento. Pero hace años que ella había abandonado el grupo, cuando empezó con sus problemas de movilidad.

Miriam vuelve a no entender, insiste en que ha visto las fotografías, su entrada en la Wikipedia, la página web…

-Discúlpeme, pero era todo un juego, una fantasía de esta señora. Jamás ganó una peseta ni un euro con el teatro. Al revés, esa página web y su presencia en Internet le costó dinero, porque para ello contrató los servicios de una agencia de comunicación con la que yo mismo le puse en contacto. En realidad, Doña Juana no tuvo que trabajar nunca para ganarse la vida, porque al fallecimiento de sus padres, y tras la muerte de su única hermana, ella heredó varios pisos en Madrid, de cuya renta vivía. Por cierto, que uno de ellos es el séptimo izquierda, donde usted vive ahora, y que, como el resto de su patrimonio, a excepción del piso que le lega a usted, ha dejado a varias organizaciones no gubernamentales.

Conmocionada, Miriam, se prepara una infusión en la cocina mientras repasa mentalmente la conversación que acaba de mantener, más bien la confesión, aunque a través de una tercera persona, de la propia Amanda. “Sí que eras una gran actriz, cacho cabrona”, se dice Miriam con una sonrisa, “aunque solo tú lo sabías, y ahora yo también”.

Y es ahora cuando Miriam por fin comprende a Amanda, y lejos de sentirse engañada le embarga una profunda compasión y gratitud hacia aquella mujer que tenía tanto miedo de morirse sola que vivía encerrada con la puerta abierta, y tanto miedo de la vida que tuvo que aprender a reinventársela subida a un escenario y un público que nunca existieron más allá de su propia imaginación y que, probablemente, para ella fuera la única realidad conocida.

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Dentro (VI: Confusión)

11 Sep

RELATO CORTO ESCRITO DURANTE EL CONFINAMIENTO Y RETRATO DE UNA SOLEDAD CADA VEZ MÁS COMÚN EN NUESTRAS CIUDADES. SEXTA ENTREGA DE SIETE.

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Pasillo de una sala de emergencias en un hospital

Cuando un día es igual al anterior y al siguiente, resulta difícil recordarlos por orden. Por eso a Miriam le costaba precisar el momento en el que Amanda comenzó a sentir los primeros síntomas de la enfermedad, el leve pero creciente dolor de cabeza, el malestar general, la tos seca… “Me temo que el jodido virus me ha encontrado, por mucho que haya querido esconderme. Eso es por tener la puerta abierta todo el día”, bromea la mujer.

Miriam es decidida. No cruzó el océano dejado atrás a su hija para arredrarse ahora por un bicho al que ni siquiera puede verse, así que le ordena a su amiga que se vista para plantarse en el hospital. De esta manera, después de meses sin poner pie en el exterior, Amanda traspasa el umbral de su portal y vuelve a integrarse durante unos escasos segundos en el reducido tránsito que permite la orden de confinamiento general. En cincuenta pasos están en la sala de urgencias, que está aterrada de gente.

Amanda se reconoce a sí misma, no sin cierta sorpresa, que no está tan asustada como habría imaginado

Amanda se reconoce a sí misma, no sin cierta sorpresa, que no está tan asustada como habría imaginado, porque había dado por hecho que interpretaría esta escena sola, y sin embargo finalmente la representación ha llegado con una compañera en el escenario, a la que ahora no se quiere agarrar para evitar contagiarla. Desde el asiento que ocupa le reitera que se aleje un par de metros de ella, que se marche a casa, que ella estará bien. Pero ambas saben que miente, que no quiere quedarse sin su calor.

Después de varias horas de espera, ingresan a Amanda. “Cuida de Tequila”, le da tiempo a pedirle a Miriam antes de desaparecer apoyada en un enfermero, y después de comprobar, una vez más que lleva su teléfono móvil encendido en el bolso.

A la mañana siguiente, recién salida de la ducha y con el cabello todavía mojado, Miriam recibe una llamada.

-Buenos días, ¿no te habré despertado? -saluda Amanda. Su voz suena ahora más animada que la noche anterior.

-¡Claro que no, me alegro mucho de oírte!

-¿Estás en mi casa?

-No, todavía sigo en mi piso. Pensaba entrar ahora en la tuya para ver a Tequila y ponerle de comer. Como ya me advertiste tú ayer, no le dio la gana venirse conmigo a pasar la noche.

-Es muy gato Tequila, tendrás que irte tú a dormir a mi piso. Pero anda, métete en mi casa y verás que sorpresa.

Amanda, levanta la persiana, descorre los visillos y allí, a apenas unos diez o quince metros de distancia, la ve, enmarcada en la ventana de la habitación del hospital que queda justo enfrente.

Miriam, sin colgar el teléfono, toma las llaves de la casa de enfrente, que dejó la noche anterior sobre el mueblecito que hay junto a la puerta. Cruza el rellano y al final, tras unos segundos de forcejeo con la cerradura, por falta de trato con ella y porque además sostiene el móvil con la mano izquierda pegado a su oreja, desde donde la impaciente Amanda sigue apremiándola, consigue por fin entrar en el piso. Se adentra en el largo pasillo y guiada por las órdenes que recibe, entra en el dormitorio de Amanda, levanta la persiana, descorre los visillos y allí, a apenas unos diez o quince metros de distancia, la ve, enmarcada en la ventana de la habitación del hospital que queda justo enfrente. Una enfermera, ataviada como una astronauta en un paseo lunar, está junto a ella, y las dos agitan la mano con mucho alborozo, como dos niñas que saludaran desde un tiovivo al pasar junto a sus mayores. Miriam sonríe y les devuelve el saludo. Por el móvil escucha las risas casi infantiles de Amanda, que le pide poder ver a Tequila, así que Miriam lo busca por el salón y le arranca de la butaca donde dormita. Como era de prever, el gato no se inmuta con la contemplación de su dueña, extrañamente trasladada al otro lado de la ventana.

Horas después, por la tarde y poco antes de que el sol termine de ponerse, desde la habitación 716, Amanda observa con fijeza la ventana de su dormitorio.

Horas después, por la tarde y poco antes de que el sol termine de ponerse, desde la habitación 716, Amanda observa con fijeza la ventana de su dormitorio, que ahora, cerrada, tan solo deja ver la luz que se posa en ella. A determinada hora, incluso le parece verse reflejada en ella, mirándose a sí misma con cierto pasmo, vestida con el camisón verde que le han proporcionado en el hospital y ocultos sus rasgos tras la mascarilla de protección que lleva puesta, y que ahora se baja para poder reconocerse.

Por unos instantes, incluso llega a dudar de dónde se encuentra ella realmente, de cuál es realmente el lado del reflejo y cuál el del origen de éste. Levanta la mano y se saluda a sí misma, después de asegurarse de que su compañera de habitación sigue dormida y no hay nadie más en la 716. Ella misma, su propio reflejo, es ahora la que parece querer hablarle desde el otro lado, así que trata de abrir la ventana para tratar de oír su voz, pero no le es posible, porque comprueba que ésta sólo puede manipularse con una llave que, evidentemente, no tiene. Así que se responde señalándose el oído y negando con la cabeza. Desde su dormitorio, la otra Amanda desiste, se agacha, y se levanta con Tequila en brazos, mostrándoselo. El gato maúlla y, al otro lado, en la 716, la enfermera trata de recoger su cuerpo desvanecido del suelo, mientras pide ayuda a gritos a otras compañeras.

El teléfono de Miriam vuelve a sonar a la misma hora que la mañana anterior, pero esta vez le sorprende todavía dormida en el sofá del piso de Amanda, donde ha pasado la noche, vencida por los ruegos de ésta del día anterior para que hiciese compañía a Tequila. En la espesura del despertar, no advierte que el número que se anuncia desde la pantalla de su terminal no es el mismo.

La muerte de Amanda ha sido rápida, le dicen, apenas unas horas después de ingresar en la UCI. Un fallo multiorgánico súbito después de desvanecerse por la fiebre, que le había subido a más de 39 en unos minutos, la tarde anterior en su habitación.

La persona que habla al otro lado del teléfono, un hombre que se expresa on tono profesional no exento de empatía, le pregunta si conoce a los familiares de su vecina, si cuenta con algún contacto para comunicarles el deceso. Miriam titubea, no tiene ni la menor idea, reconoce, no sin cierto apuro. Amanda jamás mencionó a nadie. No tenía hijos, ni sobrinos, puesto que su hermana había muerto joven y sin descendencia. Quizá algún primo, no sabía. Haría alguna averiguación en el edificio, prometió, pensando en preguntar al portero, que al fin y al cabo la conocía desde niño. También le dicen que no habrá velatorio, dadas las circunstancias de la epidemia, de manera que su amiga saldrá de allí ya directamente convertida en ceniza. Polvo eres…

Cuando cuelga, en su estado de confusión todavía duda de que haya traspasado realmente la frontera entre el sueño y la vigilia, de si la llamada ha sido real o fruto de una pesadilla de la que aún no se ha despejado. Decide entrar en el dormitorio de Amanda y mira por la ventana hacia la que era su habitación en el hospital, pero ella ya no está allí, así que la información debe de ser cierta, así que esa es la primera mañana en la que ella ya no está. Mientras trata de asimilar el nuevo escenario es cuando realmente es consciente de la devastadora soledad en que vivía aquella mujer sobre cuya cama se sienta ahora. Inmediatamente piensa en su propia hija, en Colombia, ajena a que ahora su madre se tapa la cara con las dos manos y rompe a llorar mansa y desconsoladamente.

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Dentro (V: Conociéndose)

11 Sep

RELATO CORTO ESCRITO DURANTE EL CONFINAMIENTO Y RETRATO DE UNA SOLEDAD CADA VEZ MÁS COMÚN EN NUESTRAS CIUDADES. QUINTA ENTREGA DE SIETE.

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La venta por Internet del supermercado de enfrente no funciona, la página da error, y tampoco le cogen el teléfono. Amanda percibe un vacío en el estómago que identifica rápidamente: sabe que está asustada. Repaso rápido de los víveres que aún quedan en el frigorífico y la alacena y conversión automática de estos en unidades de medida temporales -dos, quizás tres días-, para calibrar a continuación los recursos humanos a su alcance. Descartada Serafina por razones obvias, y con el chino cerrado, sus opciones quedan limitadas a Juan, el portero. Le visualiza encajado en su estrecho cubículo frente al ascensor, vestido con su sempiterno mono de color azul eléctrico, mirando siempre la televisión con cara de bobo, con la sombra de la barba que de tan oscura y apretada parece pintada para representar un personaje simplón en un festival de niños muy pequeños, y su pelo muy negro cortado a tazón confiriéndole ese aire de Sancho Panza al que solo le falta el borrico. O no, porque al mayor que tiene sólo le falta rebuznar y andar a cuatro patas. En realidad, lo mismo que el propio Juan cuando era un chaval y él era entonces el hijo del portero, porque, como él mismo se encargaba de recordar a veces, su cargo era hereditario, como la corona del Reino de España, de manera que ahora, no sin cierta imprudencia, se suele referir a sí mismo como Juan II, y a su hijo mayor como el heredero.

No le va a quedar otra, se resigna, que pedirle a Sancho Panza (o Juan II, en este caso) el favor de que le compre algunas cosas en el supermercado, así que se pone a hacer una lista, esmerándose con la letra como cuando la tía Reme le hacía dictados extraídos de algunas de sus lecturas preferidas. “Juanita, la letra hay que dibujarla, porque también es un arte”.

Media docena de huevos, dos litros de leche, unos contramuslos de pollo deshuesados, dos botellas de tequila, limones… Amanda repasa varias veces la lista entre idas y venidas a la cocina, para asegurarse de que no se deja nada por anotar. Por la mañana llamará a Juan para que suba y le explicará el favor que necesita junto con un billete de cincuenta para la compra y otro de cinco para vicios propios del recadero.

En realidad, y salvando el pequeño escollo del aprovisionamiento, nada más va a cambiar de su situación durante el encierro, ahora sí, general de la población. De hecho, preferiría no saber, ignorar las noticias, que no hablan de otra cosa, pero se pasa el día pegada a la pantalla de su portátil y a la del televisor, que la imantan de un modo morboso: número de muertos, infectados, no sé qué del pico de la curva… Para superar esta creciente adicción se dedica durante toda la mañana a rebuscar en los cajones para rescatar de ellos sus viejas fotos sobre los escenarios. Mucho drama clásico, textos de Lope, Calderón, Tirso, Ruiz de Alarcón, pero también teatro contemporáneo, Buero, Alfonso Sastre… y hasta la Menchu de Cinco horas con Mario, del maestro Delibes, que en nada tenía que envidiar a la que luego le dio tanta fama a Lola Herrera.

Y se deleita en la observación de los detalles de los vestidos, los sombreros, el calzado… Y sonríe con nostalgia al reconocer al resto de los actores en las fotografías, pero por contra le mortifica no recordar algunos, demasiados ya, rostros o nombres. Porque aunque en el reverso de algunas de las copias ella misma anotó el título de la obra, la fecha y lugar de representación y los compañeros del reparto, que incluso en algunos casos autografiaron la imagen, en otros no figura información alguna, y su memoria, privilegiada entonces para recordar largos textos, ya no le alcanza para rellenar esos huecos que van apareciendo aquí y allá, como los ladrillos que van cayendo en una casa decadente y debilitan cada día un poco más sus muros.

Y, en lógica asociación de ideas, la figura del gato le lleva a pensar en la persona o personas que habitan en el piso de enfrente, y se pregunta si necesitarán ayuda con esto del encierro, por ejemplo con la comida

Miriam se lamenta. Siempre le ocurre. No sabe calcular, o teme quedarse corta y por ello se pasa en las cantidades. O quizá es que las medidas de Carmen se calibran para dar de comer a docenas de clientes del menú del día. El caso es que le ha salido arroz con bacalao para una familia numerosa, y encima Dolores dice que mientras dure el confinamiento por el virus va a comer la mitad de lo acostumbrado, “para no tener que salir rodando de aquí cuando esto acabe”. Y no le falta razón, la verdad, ¿pero qué hace ahora con el arroz? La respuesta se la maúllan desde el otro lado de la puerta. “Ahí está tu amigo reclamándote”, le informa su compañera de encierro.

Y, en lógica asociación de ideas, la figura del gato le lleva a pensar en la persona o personas que habitan en el piso de enfrente, y se pregunta si necesitarán ayuda con esto del encierro, por ejemplo con la comida, y si un túper con una abundante ración de arroz con bacalao servirá como salvoconducto idóneo para presentarse y ofrecer su solidaridad. Así que a las doce se viste de manera cómoda, pero descartando el chándal, se maquilla ligeramente y se detiene ante el umbral del piso de enfrente, seguida por Tequila, que demanda su atención enredándosela entre las piernas.

-¿Hola? Buenos días, soy la vecina de enfrente -se anuncia nerviosa, tratando de que su voz sea a la vez suficientemente potente para ser oída y templada para no resultar intrusiva.

Nadie responde, aunque, desde el umbral, Miriam percibe que el volumen de la televisión ha descendido ligeramente.

-¿Hola, hay alguien? -insiste, con menguada esperanza.

Tras varios segundos obtiene, por fin, respuesta.

-Pase, quien sea, ya ve que la puerta está abierta.

Miriam identifica la voz de una mujer mayor, pero que quiere parecer firme. Una voz grave y arenosa, la de alguien que probablemente haya fumado durante muchos años, o que quizá lo siga haciendo, aunque no se percibe olor alguno que ahora lo delate. Avanza por un pasillo estrecho y oscuro, con paredes empapeladas, que desemboca en el salón, tras dejar a mano derecha la cocina. La estancia se encuentra en penumbra, apenas rota por algo de luz que se filtra bajo la persiana y por la pantalla del televisor. Frente a éste, en una butaca orejera, Amanda gira la cabeza por encima de su hombro izquierdo, y le hace un gesto con la mano.

-Pero pase, pase, no se quede ahí, deje que la vea.

La experiencia de cientos de jornadas atendiendo a la variopinta fauna del Museo del Jamón no la protegen de sentirse como una niña tímida y fuera de lugar cuando obedece la indicación de la mujer y se sitúa entre ésta y el televisor, sosteniendo entre sus manos ridículamente, según le parece, el túper colmado de arroz.

-Me llamo Miriam, y vivo enfrente. Me ha sobrado mucho arroz, y he pensado que, como están las cosas así, quizá a usted le apetecería probarlo.

Amanda se tomar un tiempo en observarla mientras decide qué contestar. Se había figurado una chica más joven y espigada, pero Miriam ya pasa de los cuarenta, y no debe de superar el metro sesenta, lastrado además por sus generosas caderas caribeñas. Cuando la oyó llamar desde el pasillo, su primer impulso fue ignorarla, para luego decidir que la reñiría por dar de comer a Tequila sin su permiso. Pero ahora, al verla ahí, de pie, con el recipiente de comida en las manos, siente un sobresalto de ternura para el que no estaba preparada.

-Vaya, eres muy amable. No estoy acostumbrada a recibir visitas, perdona si te he resultado algo brusca, es por eso. Ven, vamos a llevarlo a la nevera juntas y me cuentas cosas de ti.

Miriam descubre que la mujer tiene dificultades para levantarse, hasta que logra alcanzar un bastón que la ayuda a ponerse en movimiento con mayor agilidad de que la presentía al verla incorporarse.

-Tiene un gato muy bonito. Y listo. ¿Cómo se llama?

– Bueno, ahora ya está viejo, como la dueña, pero sí que es astuto sí. Tequila, se llama Tequila. Por cierto, ¿te apetece uno o es demasiado pronto para ti?

Miriam se ríe, sorprendida a contrapié.

-Ni pronto ni tarde, casi no bebo -se disculpa.

-Pues yo me voy a servir uno, si no te importa, porque, si no, no arranco.

Durante las semanas siguientes las dos mujeres establecen una rutina de convivencia que a ambas las rescata y estimula emocional e intelectualmente. Amanda pone la voz principal, y Miriam escucha admirada sus relatos acerca de sus triunfos teatrales, el Español, el Albéniz, el María Guerrero… Sus giras por toda España, los aplausos sin fin, los elogios de la crítica, que para ella siempre se quedaban cortos, los trajes, las fiestas hasta el alba, los devaneos con los partenaires más apuestos del panorama escénico nacional… “Hija mía, yo he disfrutado todo lo que he podido. Como digo, que me quiten lo jodido. Ahora, relaciones serias, ninguna. Como mucho, alguna templadita, y el resto todas divertidas. ¿Y tú, cómo has ido de hombres? ¿No te interesa meterte en la cama con ese José Miguel que te requiebra en el bar donde trabajas?” Mientras habla, Amanda se fija indisimuladamente en las caderas de Miriam, que retrocede incómoda en su asiento mientras Tequila aprovecha para saltarle al regazo.

Ambas huyen a lomos de la palabra, el gesto y la mirada cómplice del virus que afuera sigue matando cada día a cientos de personas.

Miriam evoca su vida en Colombia, donde ejercía como periodista en un pequeño diario local. “Más que periodista, cronista de la vida que me pasaba por delante”, precisa. “Pequeños relatos de la gente que vivía y luchaba en la ciudad, que en realidad no era más que un pueblo grande donde casi todos nos conocíamos desde varias generaciones anteriores” (“Por eso eres tan buena observadora y te gusta tanto escuchar”, le halaga Amanda). Y le habla de su casa de planta baja, junto a una calle llena de críos en permanente revuelo como gorriones. Y de cómo su marido desapareció un buen día sin indicios previos ni señales posteriores, y las dejó solas a ella y a su hija, entonces una niña de pocos años.

De esta manera, ambas huyen a lomos de la palabra, el gesto y la mirada cómplice del virus que afuera sigue matando cada día a cientos de personas. Es una fuga interior la que afrontan juntas, como en una road movie -según le explica Amanda a Miriam, presumiendo de conocimientos de la narrativa visual- para escapar del horror que te meten en el salón de tu casa los informativos de la televisión. De hecho, hace días que Amanda ha dejado de asomarse a la contemplación de las ventanas del hospital de enfrente, porque no quiere mirar ni ver nada allí, y además tiene tantas cosas que contar a su nueva amiga… Es como si los pensamientos no verbalizados durante años se agolparan ahora en un drenaje de recuerdos, miedos inconfesados e ilusiones vanas que solo ahora han encontrado un cauce de salida.

Por la noche, ya en su cama, Miriam busca en Internet el rastro de Amanda Galán. Deformación profesional, se dice, aunque sabe que es realmente la curiosidad lo que la mueve. Allí está, en la Wikipedia, con una entrada que la describe como una de las principales actrices españolas de teatro de los años sesenta y setenta, relata sus numerosos premios y glosa sus triunfos sobre las tablas. La fotografía que ilustra el artículo ya la conoce, porque la propia Amanda se la ha enseñado varias veces en el álbum donde guarda sus recuerdos. Encuentra otras fotos en el buscador de imágenes que también había visto ya en la casa de su vecina. Incluso hay una página web dedicada a ella, donde se repiten una y otra vez las viejas fotografías que ya le son familiares.

Tras resolver cada comienzo de jornada la limpieza doméstica de su pequeño apartamento compartido con Dolores, Miriam acude a su encuentro con Amanda. Cuando toca, baja a hacer la compra, tanto la propia como la de su nueva amiga. Piensa en lo fácilmente que se crean las nuevas rutinas cuando una situación inédita se impone de pronto sobre la antigua vida cotidiana.

Por las tardes juegan al parchís, a cincuenta céntimos la partida, y van alternando los colores de las fichas con las que compiten para no caer en la monotonía. Casi siempre gana Amanda, que se tiene una fe extraordinaria, que acompaña con pequeños pareados con los que invoca la suerte. Así, si un seis para escapar de la persecución de una ficha a su contrincante, sopla dentro del cubilete y recita: “dame un seis y ya no me veréis”, o, si le hace falta un cuatro para comerle una ficha a Miriam, dice: “Con un cuatro me voy a reír un rato”. Estas cosas, que al principio le hacían gracia a la colombiana, ahora le irritan, e incluso ha dado lugar algún rifirrafe entre ellas, aunque sin mayores consecuencias. “A usted le gusta mucho chinchar”, le acusa Miriam, olvidando deliberadamente el tuteo para subrayar el momentáneo enojo.

Pero con la llegada de la noche los ánimos se aquietan. Después de cenar ligero, es la hora de la intimidad y las confidencias.

Pero con la llegada de la noche los ánimos se aquietan. Después de cenar ligero, es la hora de la intimidad y las confidencias. Amanda vuelve a poner sobre la mesita de centro la botella de tequila y dos vasitos pequeños, muy estrechos, con unas blancas calaveras sonrientes grabadas en ellos, los colma de licor y se repantinga en su sillón orejero. A su izquierda, Miriam prefiere un sofá de dos plazas que Amanda ha recuperado de una habitación cerrada, que en los últimos años, sin alma, carne y huesos que la habitasen, servía como cuarto trastero. Miriam se sienta descalza, sujetándose los tobillos con las manos, encajándose con las rodillas dobladas en el hueco que le deja Tequila, que descansa estirado a su lado, lo suficientemente cerca de la mujer para dejarse acariciar, pero sin exponerse del todo. Algunas noches, cuando Amanda se encuentra mejor de ánimo y de piernas, recita algunos poemas, o fragmentos de las obras que un día interpretó. Una noche, lee un pequeño cuento, titulado ‘Faro’

Un viejo farero vivía solo en su faro levantado sobre un peñasco en una región muy remota del norte del país, un peñasco que era azotado por las aguas bravas cada dos por tres y que estaba a más de una hora de camino de cualquier otro lugar habitado. Su única compañía era una paloma torcaz que había criado desde pequeña, cuando la encontró siendo un pollo a los pies del faro, mojada y apenas con un hilo de vida. Ahora era un hermoso pájaro sin nombre, grande, lustroso y glotón. A ella, y solo a ella, pues no había nadie más que pudiera escucharle, le contaba cómo había sido su vida solitaria, puesto que siempre había sido farero, mientras contemplaba los reflejos del haz de luz blanca que proyectaba sobre el litoral la enorme lámpara que daba guía a las embarcaciones.

El farero se sentía viejo. Había perdido la cuenta de los años que tenía, y no quedaba nadie para ayudarle a calcular. Estaba tan viejo y cansado que ya no tenía fuerzas ni para volver a prender la jaula de la paloma de la alcayata que un día clavara en el exterior de la ventana, así que el pájaro debía conformarse ahora con ver el mundo desde la mesa de madera medio desencolada donde anotaba sus registros el farero.

Empezaba la primavera, y el mar ya olía diferente.  Al farero le conmovían los olores y le arrancaban extrañas melancolías. En esos trances encendía su pipa, miraba a la paloma, ésta lo miraba a él y luego él miraba al mar, y le daba otra chupada lenta y profunda al tabaco, para que no se quedara muerto en la cazoleta.

Un día, el farero se encontró muy cansado y miró a la paloma. Y aunque casi no tenía fuerzas, llevó la jaula hasta la pequeña plataforma circular exterior en cuyo centro se erigía la lámpara del faro, y que estaba justo sobre su cuarto y despacho. El cielo azul olía a limpio y a nuevo. Abrió la puerta de la jaula y sacó a la paloma sujetándola con la mano derecha. La dijo algo al oído y la lanzó al aire con un grito de ánimo. La miró durante unos segundos alejarse, primero mar adentro, y luego, como si supiera dónde debía dirigirse, hacia el acantilado. Luego el viejo sonrió, cerró los ojos y luego, con mucho esfuerzo, saltó por fin por encima de la barandilla de hierro que circundaba el mirador .

-Es muy triste este cuento, no sé si me gusta -reflexiona Miriam tras unos segundos de silencio.

-Es triste, pero hay mucha belleza en él. Para eso sirve el arte, ¿no? -apunta Amanda.

-¿Para hacerte pasar una tragedia por algo bello? No lo sé, la verdad, yo prefiero que las películas o los cuentos te distraigan, que te ayuden a ser feliz…

-Ya he oído muchas veces esa teoría, y no la discuto, al menos en parte. Y digo en parte porque, el hecho de que el arte deba ser divertido, o al menos no aburrido, no lo obliga a ser banal. Y no te hablo de cualquier obra de teatro, película o novela, que pueden ser boberías sin trascendencia. Te hablo de Cervantes, de Shakespeare, de Calderón, de Ibsen… ¿O me dirás que Shakespeare es aburrido?

-¡Jamás se me ocurriría usar los nombres de Sir William o Don Miguel en vano!! -bromeó Miriam, llevándose con solemnidad la mano al pecho-. ¿Por eso se ha dedicado al teatro? ¿Para trascender? -inquirió, con una sonrisa en los labios.

-Por eso, sí, pero sobre todo por inventarme continuamente. Por vivir otras vidas, es decir, por vivir más de lo que a mí, una chica de familia diríamos bien, me habría tocado en circunstancias normales.

-Bueno, yo ya he pasado por varios estados civiles: soltera, casada y abandonada, y por dos continentes con sus respectivas vidas. Allá era una, la periodista local, la mamá de Tatiana, y acá soy otra, la camarera negra de la cafetería de la esquina. No sé si eso será teatro o trascendente, pero sí que es reinvención.

Amanda escucha la respuesta de Miriam, pronunciada con su voz suave y cadenciosa, sin prisas ni ánimo de réplica, sino más bien como una reflexión íntima. No puede, ni quiere, responder de inmediato, para no resultar impertinente ni transmitir sensación de disputa, así que apura su tequila y, sin decir palabra, rellena su vaso y se ofrece a hacer lo mismo con el de su vecina, que asiente por omisión de resistencia. Tras otro sorbo, apenas mojar los labios, dice:

-Lo que quería decir, querida, es que el teatro, como cualquier arte, es como el tequila, un producto de la destilación, una forma de exprimir la realidad, o incluso de cambiarla, hasta dejarla en su esencia.

-Pero eso no quiere decir que no se pueda ver esa esencia o la belleza del mundo en cualquier otro lugar, paseando por la calle, por ejemplo, viendo cómo una madre le da un beso a su hijo pequeño antes de dejarlo en la puerta del colegio, o cómo un perrillo sujeto por una correa se desespera por saludar a su dueño antes de que éste incluso le vea paseando en la calle con otra persona. Por ejemplo, yo propongo un fin alternativo a ese cuento. A ver qué te parece:

“El viejo miró durante unos segundos alejarse a la paloma, primero mar adentro, y luego, como si ella supiera dónde debía dirigirse, hacia unas oquedades en  el acantilado. Luego el viejo sonrió, cerró los ojos y  volvió escuchar su aleteo urgente frente a él. El pájaro estaba posado en la barandilla, y lo miraba como preguntándole por lo que estaba pasando. Entonces el hombre comprendió que no estaba tan solo, y que otra criatura viva le necesitaba. Y también entendió que aquella relación no necesitaba jaulas”.

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Dentro (IV: Calles vacías)

11 Sep

RELATO CORTO ESCRITO DURANTE EL CONFINAMIENTO Y RETRATO DE UNA SOLEDAD CADA VEZ MÁS COMÚN EN NUESTRAS CIUDADES. CUARTA ENTREGA DE SIETE.

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Hoy ha sido la última jornada de trabajo en un par de semanas por lo menos, aunque lo más seguro es que sea por mucho más tiempo. El Museo del Jamón, como todos los bares y restaurantes de la ciudad, deben cerrar desde mañana mismo por orden del Gobierno. Por la cosa esa del virus. Así que ahora, además de estar aterrorizada, Miriam está muerta de preocupación por su trabajo, a pesar de que Félix, el encargado, les ha asegurado que estén tranquilos, que de momento no va a despedirse a nadie. ¿Qué otra cosa nos iba a decir hoy?, se pregunta a sí misma, veremos lo que deciden cuando vayan pasando los días sin vender un café, con el cierre echado, con las máquinas apagadas y el eco de las voces, del tintineo de tazas y vasos y del sonido del televisor como fantasmas de lo allí dentro ocurría cada mañana.

“Me fío más del virus ese que de ti”, le ha respondido riendo, evitando con teatral espanto sus gestos fingidos de intentar besarla desde el otro lado de la barra donde descansaba el último café

Ha sido un día muy difícil, lleno de miradas de miedo y emociones contenidas, aliviado en parte por las ocurrencias de los escasísimos parroquianos que se han dejado ver a lo largo del día. Sin humor se hace muy duro tirar adelante, aunque algunas bromas son las que más dicen la verdad. Como cuando José Miguel le ha ofrecido pasar el confinamiento juntos en su piso. “Me fío más del virus ese que de ti”, le ha respondido riendo, evitando con teatral espanto sus gestos fingidos de intentar besarla desde el otro lado de la barra donde descansaba el último café, con porra bien fritita, del que iba a disfrutar en mucho tiempo mientras se entretenía en requebrar a Miriam. También la sala de juego debe cerrar por tiempo indefinido, y él, que carece de contrato alguno, sí que se quedará sin echarse un euro más al bolsillo, porque esa apuesta sí que ni cotiza.

Al menos ella sí se ha podido llevar un túper con macarrones con tomate que se apartó del menú del día para la cena, y unas croquetas que han sobrado de la barra, y de las que ha dado una al gato del pasillo, que la mira tan fijamente con sus ojos dorados para evaluar su potencial de utilidad. Siempre le han encantado los animales. En Colombia tenía dos perros que ha dejado con su hermana y su hija, dos chuchos ya viejos y resabiados. Como ella será pronto, piensa. Y de inmediato recuerda su dolor de pies, y cae en la cuenta, con el alivio del estudiante al que le quitan inesperadamente del programa una asignatura pesada, que al menos de eso sí que se aliviará durante los próximos días metida en casa.

Carteles indicativos ubicados en una de las calles de Madrid, que amanecen vacías, un día después de la declaración de Estado de Alarma en todo el país que realizó el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Madrid (España), a 14 de marzo de 2020. 14 MARZO 2020;CORONAVIRUS;VIRUS;MADRID;ESTADO DE ALARMA 14/3/2020

Porque esa es otra, mamita, las 24 horas encerrada como una monja de clausura, con las vistas al patio interior como único horizonte ¿Y si dejan de pagarlas a las dos en el bar, cómo se las arreglarán? Cuando entra en casa se encuentra a Dolores guasapeando en el móvil, sentada en un viejo sofá de dos plazas que rescataron de la reforma integral que están haciendo desde hace semanas en el piso de abajo. Esto es una locura, niña, unos, acojonaítos perdidos, otros se lo toman a cachondeo… Ya, ya me ha llamado Félix, que ya no baje hoy, que cierran, que lo cierran todo. La locura, como te digo.

-Oye, ¿tú sabes quién vive en el piso ese que tiene todo el día la puerta abierta? -pregunta Miriam.

-Pues ni idea, niña, ¿pero por qué me lo preguntas?

-No, por nada, simple curiosidad.

-Pues ya sabes que la curiosidad mató al gato.

-Sí, y además es verdad que hay un gato que sale de ahí. Nos hemos hecho amigos.

-Los gatos no son amigos de nadie, Miriamcita, sólo de su propio interés.

-Aun así me gustan, por lo menos con ellos sabes qué esperar.

Miriam se sienta junto a Dolores y se saca las deportivas con el pie contrario, con un suspiro de alivio.

-¿Ha habido mucho movimiento? -pregunta Dolores sin dejar de escribir en su teléfono.

-Muy poco, ya se nota que hay mucho miedo. Casi no hemos servido desayunos. El José Miguel y poco más.

-Ni el virus puede con ese negro -responde Dolores, y ambas se unen en una carcajada.

Antes de que amanezca, enciende, otra vez, la luz de su mesilla y coge el móvil para consultar las últimas noticias sobre la pandemia.

La noche transcurre extraña, irreal, infinita. Miriam la pasa en vela, el sueño se niega a acogerla, y da vueltas y vueltas sobre sí misma, consolándose ante la perspectiva de no tener que madrugar, pero atenazada por el mordisco en el estómago del miedo a perder su empleo y su pan, o quizá sea que le cayeron mal los macarrones con tomate de la cena. Antes de que amanezca, enciende, otra vez, la luz de su mesilla y coge el móvil para consultar las últimas noticias sobre la pandemia. Luego siente la tentación de escribirle algo a su hija por el guasap, pero se refrena. No quiere ser alarmista y meter el miedo en el cuerpo a la niña. Decide escribirle una carta larga que le sirva también a ella misma como bálsamo.

“Querida hija, las líneas que hoy te mando son especiales. Seguramente ya sabrás que hay un virus que está obligando a parar y meterse en casa a todo el mundo para que la gente no nos contagiemos los unos a los otros. Ese virus está dando fuerte en España. Por eso desde hoy no tengo que ir a trabajar, así lo ha decidido el Gobierno de acá. No, no te preocupes por mí. En el bar nos han dicho que mantendrán nuestros contratos, al menos de momento, y yo no tengo ningún síntoma de infección, que son toses, fiebre, mala respiración…

Es una cosa muy rara estar metida en casa, casi sin poder salir más que a comprar comida o medicinas, como si una estuviera en un presidio sin haber cometido ningún delito…”

No puede escribir más, es como si poner por escrito la situación la hiciera aún más real, le comprometiese, como la firma de un contrato. Teme el poder de la palabra escrita y por eso se espanta ahora de ella. Duda incluso de que la carta pueda llegar a su destino, tal y como están las cosas, o se lo pone como pretexto para apartar su mano del papel y dejar el bolígrafo sobre él. Consulta la hora en el móvil. Hace un cuarto de hora que debería estar preparándose para salir a trabajar.

Sonríe con tristeza y se sienta sobre la cama pensando cómo matar el tiempo inflacionado. Quizás algo de ejercicio, pero todavía se encuentra demasiado molida, así que se tiende para hacer algunos estiramientos, al menos, y mientras los ejecuta decide que aprovechará la mañana para hacer limpieza de su habitación y luego cocinar algo rico para compartir con Dolores. Todavía conserva la botella de vino que le regalaron por Navidad en el bar, un tinto de Ribera de Duero, recuerda, y que guardaba para alguna ocasión especial. ¿Y cuál mejor que el inicio del enclaustramiento en su pequeño agujero con ventanas a un oscuro patio interior? Preparará un arroz con bacalao, como el que le enseñó a hacer Carmen, la cocinera del Museo del Jamón, así que mientras tira hacia atrás de su pie derecho para flexionar la pierna hace recuento de todo lo necesario para al sofrito, poniéndole una marquita positiva de memoria al pimiento rojo, el ajo, la cebolla y el pimentón dulce. De la cocina le llega un tentador aroma a café que le revela que Dolores ya anda levantada.

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Dentro (III: Virus cabrón)

11 Sep

RELATO CORTO ESCRITO DURANTE EL CONFINAMIENTO Y RETRATO DE UNA SOLEDAD CADA VEZ MÁS COMÚN EN NUESTRAS CIUDADES. TERCERA ENTREGA DE SIETE.

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Hay un virus que está matando a la gente. Al parecer ha venido de China, aunque a Amanda le parece que es demasiado lejos para que algo llegue desde allí hasta su séptimo piso junto a Cuatro Caminos. Inevitablemente piensa en Huang, aunque se tranquiliza pensando que desde hace diez años no le ha visto un día faltar a su cita con su pequeña tienda de alimentación, en la que también trabaja su mujer y, en ocasiones, su hija, que ya habla perfectamente español, no como sus padres, que solo comprenden palabras sueltas y los números, esos sí que sí.

Parece, además, que el jodido virus se lleva por delante a los viejos, así que entre unas cosas y otras lleva tres noches en vela, así que luego se queda dormida delante de la tele como una triste abuela.

Amanda se complace en advertir que ella ya lleva mucho tiempo cumpliendo el confinamiento, aún antes de que éste siquiera fuera concebible

Por cierto, que la aprensión a llamar a Huang para que le suba el tequila y alguna que otra cosilla se ha disipado sola, ya que esta mañana le ha llamado el portero por el telefonillo para decirle que la tienda del chino ha cerrado sin más explicaciones que un sucinto letrerillo escrito a mano y fijado al cierre en el que se anuncian vacaciones. ¡Vacaciones! ¡Ja!

Finalmente, esta tarde ha aparecido en la tele el presidente del Gobierno -que tiene planta y apostura de galán- y ha ordenado que todo el mundo se quede en casa para que se corte la cadena de transmisión de la infección. Amanda se complace en advertir que ella ya lleva mucho tiempo cumpliendo el confinamiento, aún antes de que éste siquiera fuera concebible, por lo que debe de ser de las personas más a salvo de contraer la enfermedad de todo Madrid. De todas formas, ha decidido que durante un tiempo en lugar de mantener la puerta abierta de par en par la dejará entornada, casi cerrada, aunque no tire del resbalón.

El problema vuelve a ser Tequila, que en su constante inconformidad empuja la puerta con la cabeza y vuelve a dejarla a medio abrir para de inmediato regresar dentro, mirándola retador. La tiene muy harta este gato, aunque hace tiempo que sea el único que la escucha, esa es la verdad.

Otra vez siente el ascensor detenerse en el séptimo, y aguanta la respiración. Como Serafina no se ha movido de casa en toda la mañana, intuye que debe de ser la chica colombiana de la que le ha hablado el portero, la que trabaja en el Museo del Jamón y que vive al otro extremo del rellano. Su deducción se confirma cuando la oye sisear convocando a Tequila. El muy traidor sale disparado hacia fuera en cuando escucha la llamada.

-Hola, mi amor, aquí estás, mira lo que te he traído.

Juanita-Amanda intuye que la vecina se ha ganado al gato con pequeños regalos de comida que sisa del bar donde trabaja. Los maullidos impacientes de Tequila le confirman, además, que la mujer, pese a todo, no se lo quiere poner demasiado fácil. Una embaucadora, piensa, levemente contrariada y en extraña solidaridad con su gato. A saber qué le estará dando. Debería salir y decirle algo, que el animal ya tiene su pienso bien medido para que no se ponga gordo como un cojín, y que se ocupe de sus asuntos, y que, si quiere un gato, pues que se lo compre o que adopte uno callejero, que en el parque de detrás los hay a patadas.

Son sentimientos pequeños y mezquinos, ya lo sabe, pero cuando una vida se ha instalado en la insignificancia, como la de ella, cualquier detalle se convierte en asunto trascendental.

Allí conoció a Tequila, precisamente, hace ya seis o siete años, cuando charlaba con Serafina, las dos sentadas en un banco, frente a otro en el que un grupo de chicos dominicanos muy jóvenes escuchaban música y se contorsionaban en movimientos gimnásticos con lo que supuestamente pretendían seguir el ritmo. De pronto, sin pedir permiso, el gato saltó junto a ella y se puso a observar las extrañas danzas de los chicos. Amanda compartió con él su merienda y el gato la siguió hasta los confines del parque, aunque sin atreverse a abandonarlo. Al día siguiente regresó en su busca, lo acurrucó en los brazos y se lo llevó a casa, donde se convirtió en su penúltimo horizonte social, antes de partir peras definitivamente con la vecina.

Por eso ahora tampoco puede evitar una punzada de celos respecto a Tequila, que parece haber encontrado una nueva mejor amiga. Son sentimientos pequeños y mezquinos, ya lo sabe, pero cuando una vida se ha instalado en la insignificancia, como la de ella, cualquier detalle se convierte en asunto trascendental.

Oye cerrarse la puerta, y en represalia se abstiene de llamar al gato, aunque lo esté deseando. Quizá le diga al portero que hable con esa mujer y le pida que deje en paz a Tequila, que ya está suficientemente atendido y que se lo va a maleducar.

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Dentro (II: Negra tonta)

10 Sep

RELATO CORTO ESCRITO DURANTE EL CONFINAMIENTO Y RETRATO DE UNA SOLEDAD CADA VEZ MÁS COMÚN EN NUESTRAS CIUDADES. SEGUNDA ENTREGA DE SIETE.

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Miriam se levanta cada mañana muy temprano, siempre de noche, sea la época del año que sea, porque la cafetería en la que trabaja abre a las siete, y a esa hora, o pocos minutos más tarde, ya se funciona a toda marcha. Es una cafetería junto al metro de Cuatro Caminos, en un local no muy ancho, pero sí profundo, que se adentra más de treinta metros hacia la cocina, que está al fondo, mientras que la barra queda a la derecha. Del techo cuelgan docenas de jamones, algo que al principio le llamaba mucho la atención y la divertía, aunque luego acabó por acostumbrarse.

Miriam pone muchos cafés al día, más de cien, o quizás doscientos, hasta las diez o diez y media, más o menos. Luego, a partir de las doce, los cafés y las pulguitas dejan paso a las cervezas y las raciones. Pero ahora es todavía la hora de los cafés. Los clientes casi siempre los piden acompañados de barritas tostadas con tomate rallado y aceite, o con churros y porras, o con un pincho de tortilla, como Luisito, el del puesto de la Once que hay enfrente, y que se sabe docenas de chistes de ciegos muy graciosos. O al menos a ella se lo parece.

Hace mucho frío para ser abril, y llueve. En el piso no ponen la calefacción, no puede permitírselo, tan solo encienden una estufa pequeña en la sala de estar que casi no calienta.

Miriam comparte un piso muy pequeño, de dos habitaciones y un cuarto de baño y ventanas que dan a un patio interior, con una compañera de la cafetería: Dolores, que también es de Colombia, aunque lleva menos tiempo que ella en España, porque Miriam ya cumplirá seis años en Madrid el próximo septiembre. En ese tiempo sólo ha vuelto una vez a Medellín, hace un par de veranos. La niña ya casi estaba hecha una mujer, a pesar de que apenas había cumplido los doce. ¿Cuándo podré ir contigo a Madrid? Tú lo que tienes que hacer es estudiar mucho y hacer caso de todo lo que te diga la tía.

¿Has estado pidiendo en el Metro otra vez?, le pregunta Miriam, y José Miguel se ríe mostrando sus dientes blancos, en contraste con el color de su piel.

Esta mañana a Miriam le ha costado mucho levantarse. El dolor de los pies casi no le ha dejado dormir. Tendría que ir al médico, para ver si tiene algo roto o sólo es el cansancio, pero a ver cómo se lo dice a Félix, el encargado. Que no es que sea malo, pero siempre tiene como una especie de prevención cada vez que una se le acerca.

Se lava con cuidado para no hacer ruido, para no despertar a Dolores, que duerme en el cuartucho sin ventana que hay junto al baño. En realidad, Miriam vive sola, porque apenas ve a Dolores en el cambio de turno. También se siente sola, pero no se lo dice a nadie.

Hace mucho frío para ser abril, y llueve. En el piso no ponen la calefacción, no puede permitírselo, tan solo encienden una estufa pequeña en la sala de estar que casi no calienta. La lluvia no le gusta nada a Miriam, y menos la de Madrid, que lo pone todo como sucio, sobre todo en Cuatro Caminos. Piensa en ello, lamentándose, cuando de repente se le cruza en la cabeza la imagen de la hija. Resta la diferencia horaria y la imagina en la cama, quizá recién acostada, a lo mejor leyendo una de sus cartas. Porque le sigue escribiendo, pese a que ella le recuerde constantemente que es mucho mejor el Skipe y el guasap. Le gusta pensar que sus ojos recorren los rasgos trazados por sus dedos, y no las frías letras del móvil.

A las ocho y media entra José Miguel, el dominicano que trabaja en la sala de apuestas de la esquina. José Miguel siempre está de buen humor. Le pide su café solo con una porra bien fritita y le deja el dinero sobre el mostrador, fragmentado en una docena de pequeñas monedas. ¿Has estado pidiendo en el Metro otra vez?, le pregunta Miriam, y José Miguel se ríe mostrando sus dientes blancos, en contraste con el color de su piel.

Ahora entra un tipo de unos cincuenta años, ceñudo y sin afeitar. Le pide un café con leche y un vaso de agua. No recuerda haberlo visto antes, y a Miriam no le gustan los rostros desconocidos. Le mira de reojo después de servirle, aprovechando que el hombre está absorto con su teléfono.

También llega hasta la barra Alicia, la revisora del aparcamiento regulado, y le pide una infusión y una pulguita de jamón. José Miguel le dice algo a Alicia y ella le replica un “ya quisieras tú” que vuelve a provocar la risa del negro.

Ella también se ríe, y le molesta comprobar el rostro serio e impasible del tipo del vaso de agua, que aún no ha tocado su café. Es una mierda estar aquí todo el día viendo caras de palo como ésta, piensa Miriam.

La señora no se disculpa, pese a que Alicia la llama racista y maleducada. Finalmente, paga el cruasán y se marcha entre imprecaciones farfulladas.

Una mujer mayor, con el pelo corto y de baja estatura, le pide un cruasán, pero no uno cualquiera, sino uno en concreto que señala desde el otro lado de la vitrina. Pero como la vitrina es alta y la mujer bajita, Miriam no atina con el bollo exacto que reclama la clienta, así que ésta se impaciencia y la llama negra tonta, y le dice que no tendría que haber salido de su país. Ella se pone a llorar. Nunca le había pasado antes, y eso que razones ya había tenido de sobra.

La señora no se disculpa, pese a que Alicia la llama racista y maleducada. Finalmente, paga el cruasán y se marcha entre imprecaciones farfulladas y la mirada censora de José Miguel y Alicia.

Entonces, lo que faltaba, el tipo del café y el vaso de agua le dice que le cobre, con ese tono recio y exigente que se habla en España. Miriam siente que no puede más. El hombre ceñudo deja dos euros sobre el mostrador, la mira fijamente y le dice: “Creo que por la tarde sale el sol, seguro que va a ser un día bonito”. Luego sonríe y se marcha.

Miriam recuerda con una mueca irónica el pronóstico que el cliente le hizo por la mañana – ahora parece toda una vida-, mientras sube en el ascensor hasta la séptima planta. Cuando abre la puerta casi pisa a un gato color humo oscuro que se pasea impúdicamente por el rellano y que se detiene a observarla con mirada inquisitiva. Se fija en la puerta de la derecha, que otra vez está abierta, como siempre desde que hace tres meses ella llegase al piso, cuyo alquiler le ofreció pagar a medias Dolores cuando su anterior compañera se largó a vivir con un tipo. Se pregunta quién demonios vivirá ahí y vuelve a mirar al gato, como si éste pudiera ofrecerle la respuesta. Es mejor no meterse en líos, piensa, así que aparta su curiosidad y entra a su apartamento.

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Dentro (I: Encerrada)

10 Sep

RELATO CORTO ESCRITO DURANTE EL CONFINAMIENTO Y RETRATO DE UNA SOLEDAD CADA VEZ MÁS COMÚN EN NUESTRAS CIUDADES. PRIMERA ENTREGA DE SIETE.

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Tequila entra desde el rellano. Se desliza contoneándose con displicencia hasta que alcanza la alfombra del salón y se sienta frente a ella, observándola, con el rabo enrollado delante de sus manos alineadas, como trazando un círculo de intimidad que deja fuera a la mujer que le contempla con curiosidad y recelo. Desde fuera se oyen las voces de Serafina, la vecina de la puerta contigua.

-Otra vez casi se me cuela el gato. ¡Juani, leches, cuántas veces tengo que decirte que tengas cerrada tu puerta!

Amanda no responde. No pestañea. Solo mira fijamente a Tequila y sonríe como cuando era niña, con un brillo de maliciosa curiosidad en los ojos. Solo que ahora esos ojos están asediados por las arrugas que se han ido pegando a su cara imperceptiblemente, como sanguijuelas con alas que hubieran estado revoloteando por los aires de ese viejo piso hasta posarse en su mirada, inopinadamente, como el polvo, durante los setenta años largos que habita en él. Desde que la parieron en la alcoba del fondo.

Hace seis meses que vive con la puerta abierta, porque tiene miedo de morirse y de que nadie se entere, de pudrirse sentada en su sillón frente al televisor encendido. O de momificarse sentada en el váter, como ha leído hace poco que le pasó a una mujer también en Madrid, a apenas medio kilómetro de su barrio, y que la encuentren quince años después con la boca abierta, como pidiendo ayuda. O de que se la coma Tequila, al que por si acaso le ha dejado un saco de pienso de cinco kilos junto a su bandeja del pis y la caca.

Hace seis meses que vive con la puerta abierta, porque tiene miedo de morirse y de que nadie se entere, de pudrirse sentada en su sillón frente al televisor encendido.

No pisa la calle. Tiene la cadera mal y se ayuda con un bastón para andar por casa. La última vez que salió se encontró al regresar con que el ascensor estaba estropeado. Le tuvo que dejar las bolsas de la compra al portero y subir a pie las siete plantas. Pasó dos días en cama a causa del esfuerzo. Desde entonces decidió no volver a abandonar el piso. Ahora hace la compra por Internet y se traen a casa. O le encarga por teléfono lo necesario al chino de abajo, si algo le urge. Cualquier cosa que necesite se lo sube Huang en un minuto, siempre con una sonrisa y fingiendo una torpe carcajada cuando interpreta que Amanda ha dicho algo divertido, porque a ella le parece que el chino no entiende una papa de español.

Qué loca estás, Juanita, escucha desde el pasado a su hermana. Porque de pequeña se llamaba Juanita. A los veinte, más o menos, decidió que ese era un nombre de señora mayor, y que ella, alta para la época y con tipazo, debía llamarse algo más moderno, con brillo y mirada de dama fatal. Eligió Amanda, tras desechar Carolina y Sonia. Fue el nombre con el que empezó a actuar. Eran funciones sencillas, pero ella, desde luego, soñaba con las tablas de los grandes escenarios: Amanda Galán, así, en letras bien grandes. Y mientras tanto leía y leía todo lo que caía en sus manos, especialmente las novelas y los libros de poesía que le regalaba la tía Reme. Bécquer y Machado, al principio, luego las coplas de Jorge Manrique y los versos de Sor Juana Inés de la Cruz como lecturas favoritas en su juventud.

Parece que el gato leyera sus pensamientos y diagnosticara su estado de salud, quebradizo pero todavía no decrépito. Lenta pero aún en movimiento.

Ahora Tequila le provoca un poco de miedo cuando la mira con los ojos color dorado que le valieron su bautizo. De la misma tonalidad que un tequilita reposado como el que Amanda se bebe cada tarde después de comer (ella se dice que es el de después de comer, aunque éste sólo sea el primero de muchos).

Parece que el gato leyera sus pensamientos y diagnosticara su estado de salud, quebradizo pero todavía no decrépito. Lenta pero aún en movimiento. Lo mira seria, como en el juego de ver quién sostiene más tiempo la mirada al otro sin reírse, y al final es Tequila el que cede. No es que se ría, claro, sino que se termina largando aburrido otra vez al rellano. Amanda aguza el oído, pero no hay reacción alguna a la nueva excursión del gato. “Esa no vuelve hasta la noche”, concluye, pensando en Serafina.

Por un segundo, Amanda teme que la desconocida se asome a su salón, que penetre en su santuario y rompa su confortable soledad.

A los cinco minutos oye cómo asciende trabajosamente el ascensor, lento y a oscilantes tirones, como el cubo herrumbroso de un viejo pozo. Para su sorpresa, se detiene en el séptimo. La vieja hace enmudecer el televisor con el mando a distancia y adelanta la cabeza, ladeada para poder captar con su oído bueno cualquier señal. Reconoce el sonido de las puertas interiores al separarse, y el vaivén de la puerta exterior, que al regresar a su marco suspira con un sonido amortiguado de aire confinado de golpe, enrarecido por la humedad y el tiempo acumulados. Luego unos pasos suaves, de zapatilla deportiva, y una voz que le habla a Tequila.

-¿De dónde sales tú, mi amor? ¿De esa casita de ahí?

Por un segundo, Amanda teme que la desconocida se asome a su salón, que penetre en su santuario y rompa su confortable soledad. Sin embargo, el ruido metálico de la llave en la cerradura del piso de enfrente y el posterior sonido de la puerta al cerrarse la tranquiliza. Llama a Tequila por su nombre y con un siseo impaciente, pero el gato no comparece.

Tomó la decisión de no volver a cerrar la puerta después de aquella noche del apagón en la que temió hacerse quedado ciega. Cuando desde la cama alargó el brazo para encender la luz y comprobó que ésta no se hacía pese a activar reiterada e impacientemente el interruptor de la lamparita de la mesilla, el pensamiento de haber perdido súbitamente la vista se apoderó de ella y le provocó un ataque de ansiedad. Como dormía con la persiana absolutamente clausurada no se filtraba al interior de su cuarto ni el más leve resplandor. Se palpó la cara y los ojos, agitando ante ellos las manos tratando de atisbar al menos la sombra del movimiento, pero todo esfuerzo resultaba estéril, ya que estaba sumida en la total oscuridad. Era un pánico absurdo, porque un rápido cálculo de probabilidades descartaba casi por completo que una persona sin causa, síntoma ni amenaza alguna sufriera una ceguera total de repente, una hora después de acostarse, pero pese a ello la mujer perdió los nervios y comenzó a golpear en el tabique que la separaba del dormitorio de Serafina. Primero con prudencia, casi como pidiendo perdón por la impertinencia, luego con mayor premura, para acabar suplicando a gritos ayuda.

Las dos mujeres viven solas, aunque su vecina es diez años más joven que ella. Desde hacía tiempo habían acordado que ante cualquier problema grave que les impidiera salir de la cama se avisarían a través de llamadas en la pared. Ambas tenían las llaves del piso de la otra.

Esta costumbre vino acompañada por una creciente obsesión por la enfermedad. Amanda se convenció de que lo norma, en realidad no era vivir sano, caliente, feliz, sino estar enfermo en la cama de un hospital.

Sin embargo, aquella noche Serafina no contestó. A la mañana siguiente le dijo que se había tomado un somnífero porque llevaba varias noches durmiendo mal, y que le hizo tal efecto que no pudo oír ni uno solo de los golpes de Juanita, que no sólo se tomó aquello como una dejación del compromiso de socorro mutuo por parte de su vecina, sino, sobre todo, como la constatación de que su desamparo era absoluto. Las disculpas de Sera no sirvieron de nada. Amanda le retiró la palabra: cerró una amistad de más de treinta años y abrió noche y día la puerta de su piso.

Esta costumbre vino acompañada por una creciente obsesión por la enfermedad. Amanda se convenció de que lo norma, en realidad no era vivir sano, caliente, feliz, sino estar enfermo en la cama de un hospital. La felicidad o la rutina eran sólo ensoñación. 

A esta creencia contribuía no poco el hecho de que su bloque de pisos se levantaba justo enfrente de un hospital, del que apenas le separaba una estrecha calle de un solo sentido. De esta manera, podía contemplar las habitaciones de los enfermos desde la de su propio dormitorio, a apenas diez o quince metros de distancia. Las ventanas siempre permanecían cerradas, y a menudo veladas por los estores, pero en ocasiones, sobre todo durante las primeras horas de la mañana, los pacientes, sus visitas y las enfermeras y médicos desfilaban ante su vista como en un pequeño teatro de la enfermedad y el dolor ajenos.

Sin embargo, de vez en cuando uno de los enfermos o algún familiar la devolvía súbitamente la mirada, y ella se avergonzaba, sorprendida como una fisgona.

De algún modo, al convertirse en espectadora de aquella función tan real y surrealista al mismo tiempo, Amanda volvía a ser, mediante a aquel intercambio de papeles, la Juanita niña que miraba con ojos de asombro las representaciones en el viejo teatro del barrio adonde le llevaba la tía Reme.

Sin embargo, de vez en cuando uno de los enfermos o algún familiar la devolvía súbitamente la mirada, y ella se avergonzaba, sorprendida como una fisgona. Y, tan acostumbrada a ser observada por un público silencioso, al que mantenía hipnotizado con una declamación y fisicidad afinadas como bisturíes, ahora, no obstante, se ocultaba abochornada, sustrayéndose a toda prisa del marco-escenario que encuadraba la ventana de su dormitorio.

Pero la tentación era mayor que el pudor, de manera que decidió mantener su actividad de mirona, pero ahora desde la clandestinidad, velada por las cortinas y una persiana bajada a media asta. Así se trocó la naturaleza ordinaria de su vivienda, con la puerta del rellano abierta a cal y canto y las ventanas cerradas de par en par.

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Basado (casi) en hechos reales*: 1.Miriam

24 Abr

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Miriam se levanta cada mañana muy temprano, siempre de noche, sea la época del año que sea, porque la cafetería en la que trabaja abre a las siete, y a esa hora ya se funciona a toda marcha. Es una cafetería junto al metro de Cuatro Caminos, en un local no muy ancho, pero sí profundo, que se adentra más de treinta metros hacia la cocina, que está al fondo, mientras que la barra queda a la derecha. Del techo cuelgan docenas de jamones, algo que al principio le llamaba mucho la atención y la divertía.

Miriam pone muchos cafés al día, más de cien, o quizás doscientos, hasta las once u once y media, más o menos. Luego, a partir de las doce, los cafés y las pulguitas dejan paso a las cervezas y las raciones. Pero ahora es todavía la hora de los cafés. Los clientes casi siempre los piden acompañados de barritas tostadas con tomate rallado y aceite, o con churros y porras, o con un pincho de tortilla, como Luisito, el del puesto de la Once que hay enfrente, y que se sabe docenas de chistes de ciegos.

Miriam comparte un piso muy pequeño, de dos habitaciones y un cuarto de baño y ventanas que dan a un patio interior, con una compañera de la cafetería: Dolores, que también es de Colombia, aunque lleva menos tiempo que ella en España, porque Miriam ya cumplirá seis años en Madrid el próximo septiembre. En ese tiempo sólo ha vuelto una vez a Medellín, hace un par de veranos. La niña ya casi estaba hecha una mujer, a pesar de que apenas había cumplido los doce. ¿Cuándo podré ir contigo a Madrid? Tú lo que tienes que hacer es estudiar mucho y hacer caso de todo lo que te diga la tía.

Esta mañana a Miriam le ha costado mucho levantarse. El dolor en el costado no le ha dejado dormir. Con el de los pies ya cuenta, pero este nuevo la tiene mosca. Tendría que ir al médico, pero a ver cómo se lo dice a Félix, el encargado. Que no es que sea malo, pero siempre tiene como una especie de prevención cada vez que una empleada se le acerca.

Se lava con cuidado para no hacer ruido, para no despertar a Dolores, que duerme en el cuartucho sin ventana que hay junto al baño. En realidad, Miriam vive sola, porque apenas ve a Dolores en el cambio de turno. También se siente sola, pero no se lo dice a nadie.

Hace mucho frío para ser abril, y llueve. En el piso no hay calefacción, tan solo una estufa pequeña que casi no calienta. La lluvia no le gusta nada a Miriam, y menos la de Madrid, que lo pone todo como sucio, sobre todo en Cuatro Caminos. Piensa en ello, lamentándose, cuando de repente se le cruza en la cabeza la imagen de la hija. Resta la diferencia horaria y la imagina en la cama, quizá recién acostada, a lo mejor leyendo una de sus cartas. Porque le sigue escribiendo, pese a que ella le recuerde constantemente que es mucho mejor el Skipe y el guasap. Le gusta pensar que sus ojos recorren los rasgos trazados por sus dedos, y no las frías letras del móvil.

A las ocho y media entra José Miguel, el dominicano que trabaja en la sala de apuestas de la esquina. José Miguel siempre está de buen humor. Le pide su café solo con una porra bien fritita y le deja el dinero sobre el mostrador, fragmentado en una docena de pequeñas monedas. ¿Has estado pidiendo en el Metro otra vez?, le pregunta Miriam, y José Miguel se ríe mostrando sus dientes blancos, en contraste con el color de su piel.

Ahora entra un tipo de unos cincuenta años, ceñudo y sin afeitar. Le pide un café con leche y un vaso de agua. No recuerda haberlo visto antes, y a Miriam no le gustan los rostros desconocidos. Le mira de reojo después de servirle, aprovechando que el hombre está absorto con su teléfono.

También llega hasta la barra Alicia, la revisora del aparcamiento regulado, y le pide una infusión y una pulguita de jamón. José Miguel le dice algo a Alicia y ella le replica un “ya quisieras tú” que vuelve a provocar la risa del negro.

Ella también se ríe, y le molesta comprobar el rostro serio e impasible del tipo del vaso de agua, que aún no ha tocado su café. Es una mierda estar aquí todo el día viendo caras de palo como ésta, piensa Miriam.

Una mujer mayor, con el pelo corto y de baja estatura, le pide un cruasán, pero no uno cualquiera, sino uno en concreto que señala desde el otro lado de la vitrina. Pero como la vitrina es alta y la mujer bajita, Miriam no atina con el bollo exacto que reclama la clienta, así que ésta se impaciencia y la llama negra tonta, y le dice que no tendría que haber salido de su país. Ella se pone a llorar. Nunca le había pasado antes, y eso que razones ya había tenido de sobra.

La señora no se disculpa, pese a que Alicia la llama racista y maleducada. Finalmente, paga el cruasán y se marcha entre imprecaciones farfulladas y la mirada censora de José Miguel y Alicia.

Entonces, lo que faltaba, el tipo del café y el vaso de agua le dice que le cobre, con ese tono recio y exigente que se habla en España. Miriam siente que no puede más. El hombre ceñudo deja dos euros sobre el mostrador, la mira fijamente y le dice: “Creo que por la tarde sale el sol, seguro que va a ser un día bonito”. Luego sonríe y se marcha.

* Relato urbano ficticio tomado de la gris realidad de un día lluvioso y frío, en homenaje y agradecimiento a todas las personas que viven y trabajan en España tan lejos de sus lugares.

Mensajeros de la miseria

16 Ene

La torre de los codiciosos siempre acoge una planta más. Para ellos, los desgraciados nunca vienen suficientemente explotados de casa.

Un conocido me ha hecho llegar la carta que la compañía de mensajería SEUR acaban de remitir a su empresa. En ella, como pueden ver en la imagen, les anuncian un incremento del 9,5% de sus tarifas a causa de la reciente subida del Salario Mínimo Interprofesional (hasta los 900 euros, desde los míseros 735,9 anteriores) aprobada por el Gobierno. Una decisión, según SEUR, “que impacta de forma importante en nuestra actividad”.

Al margen del descarado oportunismo y tufo ideológico que desprende la carta, cabe deducir de la misma que esa cifra anterior (esos vergonzosos 735,9 euros) o poco más era la que hasta ahora ensuciaba las nóminas de sus trabajadores-esclavos, pues en caso contrario no se justificaría ese desproporcionado incremento de sus tarifas. ¿O no?

Suena más bien a eso de la profecía autocumplida, al supuesto advenimiento del quiebro de nuestra mierda de economía (la nuestra, no la de ellos) que los graznidos apocalípticos de los abanderados de la libertad de mercado (la de ellos, por supuesto) llevaban anunciando desde que se conoció la intención del Gobierno de elevar el SMI. Además, ¿pa qué quieren los pobres el dinero?

Son incorregibles.

El pecado original de nacer varón

25 Dic

 

Las luces y las sombras. Otra frase hecha, ya lo sé, que como tantas otras está en el repertorio de los balances que hacemos cada vez que un año se va terminando. Otra convención, como lo era la Nochebuena con Raphael -¡por los dioses, dónde estuvo anoche el monstruo de Linares!-

Hablando de luces, la que sin duda mejor ha alumbrado 2018 ha sido la reivindicación masiva de un mundo más justo, seguro y equitativo para las mujeres. No me voy a extender más sobre ello por lo obvio que resultaría, y yo ya soy obvio por mí mismo sin necesidad de potenciadores.

Sí quiero, en cambio, hacer una modesta reflexión sobre la sombra que precisamente la luz anterior ha proyectado sobre este año, y que ha dado lugar a una nueva forma de expresión discriminatoria entre homínidos, como si no tuviéramos bastante con las que ya llevábamos milenios alimentando.

Es verdad que en odios ya tradicionalmente cultivados hemos progresado bastante últimamente. Por ejemplo, contra los inmigrantes. En esta modalidad se ha avanzado tanto este año que incluso hemos conseguido llevarla hasta las urnas. La institucionalización de este racismo, tan nuestro como especie, la hemos bautizado Vox, que además es latín. Como ven, algo clásico, como Marco Antonio y Cleopatra, a la que anoche nos paseó por nuestro salones Telemadrid.

Precisamente en uno de los peajes publicitarios que íbamos pagando entre la mirada violeta de Elizabeth Taylor y la apostura de Richard Burton contemplé la enésima y más conseguida muestra del recién estrenado producto del odio entre seres humanos: la criminalización de la mitad de la población por razón de su sexo. 

Ciertamente, dirán ustedes que esto no es ninguna novedad, que este desprecio lleva siglos existiendo en relación a las mujeres. No les quitaré la razón. Sin embargo, en este caso la cacería se dirige al otro sexo (también dirán que ahora hablo, o escribo, cuando soy yo el señalado. Tampoco diré nada en mi descargo).

Tras asistir durante los últimos meses a numerosas declaraciones señalando mi maldad intrínseca por el hecho de haber nacido varón, la formulación expresa del pecado original de ir por la vida con el rabo entre las piernas la hizo ayer el canal público madrileño de televisión con su campaña “Ninguna mujer en la sombra”. Otra vez luces y sombra, ya lo ven.

En el anuncio (aquí campaña para su retirada) se muestran varias imágenes convencionales de unos bonitos dibujitos de hombres y mujeres compartiendo felices una cena, un paseo con un niño de la mano, una escena inocente de chico y chica sentados en un banco… El problema es que esas tiernas representaciones se desenmascaran en sus sombras mostrando la supuesta realidad ante la que los promotores de la campaña pretenden alertarnos: ellos son terribles monstruos que amenazan a sus compañeras, que se encogen aterrorizadas por el inminente peligro que las acecha.

Vamos, que los tíos somos unos malasombra. Los de Telemadrid han encendido la luz, le han enseñado a niñas y niños lo que se escondía tras el espejo, y de paso han añadido una página más a nuestro catálogo de polarización de ‘ismos’ que nos facilitan el odio y el desprecio hacia el resto de bípedos implumes que comparten con nosotros esta canica que gira alrededor del sol. Radicales libres. Un nuevo paso firme hacia la estupidez.

Odio a discreción. Para qué vamos a estar bien, pudiendo estar jodidos. Qué pereza todo, qué desilusión, qué pena que se nos haya despedido Rosendo Mercado de los escenarios, siempre loco por incordiar. En esto sí que me declaro culpable.

Feliz 2019.

 

 

 

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