Eneko

8 Nov

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Un servidor presume de sus amigos con talento. No es tan raro, supongo. Incluso a algunos padres les sucede con sus hijos. Lo de los amigos con talento, decía, es un poco como el fenómeno fan, pero en muy cercano, mucho más allá del libro o el disco firmado. Por eso te duelen mucho más las injusticias de las que son objeto, y hasta sientes un poco de celos cuando ves la solidaridad que despiertan entre personas sobrevenidas a tu ya lejana relación personal. Vale, me estoy liando, pero es parte de mi ‘contradictoriedad’ asumida, por eso últimamente le recuerdo a mi hija adolescente que no haga mucho caso de lo que digo, salvo que le indique lo contrario, claro está.

Uno de esos amigos con talento, con mucho talento, es Eneko las Heras, ese genio barbudo con suave acento venezolano y pulso de francotirador cuando apunta con sus dibujos contra lo más turbio de nuestra sociedad.

Durante los cientos de jornadas que hace una década compartimos en el periódico del que ahora le han podado, como quien corta una rama que se interpone ante la única vista hacia donde quieres mirar, Eneko flotaba distraídamente por la redacción desde primera hora de la tarde, con ese aire de genio despistado que gasta. Nunca parecía tener prisa, al contrario que el resto de la gente que nos afanábamos por plasmar al día siguiente la realidad en unas docenas de páginas con el mayor tino posible.

Aquel tipo de aire pausado y aspecto de naufrago se te acercaba bienhumorado, como dando un rodeo en su camino hacia tu mesa para no asustarte (o para darte unos segundos para la descompresión), y te preguntaba por los temas que llevabas ese día en la sección. Y uno, ante aquella excepción en medio del barullo de la actualidad por imprimir, le explicaba en qué página iba cada cosa.

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Algunos días, sin embargo, te interrogaba sobre algún asunto que en días anteriores había ocupado un lugar destacado, pero que el avance del ruido había relegado ya a un triste breve, o quizá ni eso. No importaba, él lo volvía a poner en el escaparate. Al fin y al cabo, como dijo una vez el director de aquel periódico, actualidad es lo que los medios quieren que lo sea.

Al cabo de una hora más o menos, Eneko volvía con una nueva joya envuelta en formato de ‘cuadrado mágico’  o  ‘catenaccio’ (él sabe, cosas de nuestras conversaciones sobre fútbol, yo siempre pensando en blanco y él en cualquier otro color, al fin y al cabo es dibujante) y cualquiera que fuera el asunto, éste volvía a estar de ‘rabiosa’ actualidad gracias al genio de aquel tipo.

Porque Eneko siempre daba en el centro de la manzana, y eso lo reconocíamos hasta los que ese día preferíamos no tomar fruta. Y lo hacía con una sola flecha, como los buenos.

Ahora, sin embargo, parece que la nueva dirección del periódico donde trabajaba desde hace casi veinte años ha decidido no sólo despreciar las manzanas, supongo que por no ser de su excluyente gusto, sino directamente retirarlas del menú para que nadie más las pueda probar. Es el signo de los nuevos tiempos, el de las lentejas.

Para los que preferimos una dieta más variada, hay que recordar que Eneko va a seguir cocinando con su lápiz sus certeras denuncias contra el abuso de los poderosos, su codicia insaciable y su manejo del mundo como si fuera su cortijo.  Ellos, por su parte, seguirán repitiendo legumbres, y ahuyentando a sus lectores con su grosera aerofagia. Allá ellos.

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“No dejaré que un teletipo me joda una bonita historia”

2 Dic

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La frase que sirve para titular esta entrada es real. La pronunció un tipo que ocupaba el cargo de redactor jefe de la web de un medio muy leído en el que un día trabajé. Se trataba de una historia sobre un delfín que al parecer se estaba dejando morir de pena tras el fallecimiento de su entrenadora, en algún acuario de no me acuerdo dónde. De fuera de España, en cualquier caso. Al parecer, la noticia en la web lo estaba petando (¿se dice ahora así?).

Sin embargo, en esa ola triunfante andábamos cuando un teletipo aguafiestas escupió la verdadera causa de la supuesta depresión del animal: una enfermedad intestinal severa le estaba matando, según reveló el diagnóstico. No, la situación no era tan lírica como el lector hubiera deseado, pero, como decimos cínicamente en el oficio, no dejes que la realidad te estropee una buena noticia.

Aquel tipo llevó aquello a la práctica, para perplejidad de quienes escuchamos su razonamiento en respuesta a la llegada del inoportuno teletipo. El delfín era un sentimental, con independencia de lo que dijera el examen médico, según decidió aquel sujeto. El amor tiene razones que la razón no entiende. Tampoco el lector, por lo visto. La noticia, por supuesto, no cambió en nuestra web. No podíamos permitir que un teletipo nos jodiera una historia tan bonita.

Recuerdo ahora todo esto porque la segunda de a bordo de aquel tipo va regalando ahora clases públicas de periodismo aupada a su rimbombante puesto en un destacado medio digital, según he visto en una entrevista con la que hoy he tenido la desgracia de toparme.

Hace algo más de diez años de aquello, pero todavía me acuerdo de cuando ella y su equipo desembarcaron en mi periódico. Gente sin ninguna experiencia y con toda la soberbia del mundo, individuos e individuas -la mayoría de ellos muy jóvenes, afrontaban su primer empleo- que jamás se habían currado una mala noticia mirando por encima del hombro a los que llevábamos diez, o veinte, o treinta años en el oficio. Porque ellos tenían blog, y nosotros bloc (de anillas). No sabían levantar un teléfono para contrastar una información, pero sí tenían la osadía de titular una noticia por un comentario que un lector había dejado en el foro de cualquier asunto. Así, con dos cojones. Era el periodismo ciudadano. Así lo llamaban.

Nos despreciaban públicamente. Los del papel, nos decían, los del viejo papel. Nos lo decían, con un insultante aire de suficiencia, aquellos recién llegados (a todo) a los que habíamos puesto ese periódico en pie, dejándonos las pestañas en ello. Éramos asesinos de árboles, como nos llamó un día aquel imbécil del delfín. Y lo peor era la complicidad de los paletos que dirigían el periódico, acompañados por las palmas entusiasmas de los cobardes estómagos agradecidos que siempre están de guardia, los cuadros intermedios que bracean para que nada cambie, no se les vaya a agrietar su chiringuito.

Aquella gente que desconocía y despreciaba las más elementales reglas del oficio jodió mi periódico. Luego volaron, como la plaga de langosta que son, a seguir devorando otros lugares donde otros hubieran plantado la cosecha que ellos se comerían. Así siguen.

Ahora, como entonces, pretenden dar lecciones de periodismo. Ellos, que en su puta vida han pisado la calle para currarse un reportaje o seguir el rastro de una información. Ellos, que viven de parasitar webs ajenas y reproducir sus contenidos, igual que entonces.

Y siguen con su mantra, ese que continúa ¡todavía! acusando a los viejos periodistas del papel, como si quedaran muchos, de reaccionarios contra el progreso de Internet. Ese tótem. Porque buenos y malos profesionales los ha habido y los hay en todos los soportes: con una anotación en una libreta o con un tuit; con lápiz  o con un móvil de última generación; en el viejo papel o en la ya menos nueva Internet.

Pero estos siguen vendiendo su moto, como tristemente compruebo. Pontificando sobre un oficio que nunca han practicado ni conocido, ni querido. Un oficio que ellos han contribuido a enterrar, sin importarle tres cojones. Y hablan de renovación, y de historias, y de formas de consumir, como si hablasen de sus cacharritos tecnológicos de mierda, sin ningún respeto ni conocimiento de causa.  Los catedráticos del corta y pega. Como si esto fuera un conflicto entre tecnologías, soportes o mentalidades, y no una invasión de caraduras a un oficio que están lejos de conocer y merecer. Su puta madre.

Cosa de números

18 Nov

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Se apagó la luz para Rosa, la abuela que murió en el fuego de su colchón, quemado por una vela. Muerte medieval para Rosa, condenada a morir en la hoguera por pobre.

Se apaga la luz cada día para esos críos que acuden cada día sin desayunar a un instituto de Moratalaz, un barrio de trabajadores de Madrid. Y si no hay para galletas, menos para libros de texto. Me lo contó el otro día su profesora. Hambre infantil en la sociedad de los comilones. Como Joaquín Legina, el cebado exsocialista que pone en duda que estas cosas sean verdad.

Y se apaga, como su mirada, para la señora de la limpieza de mi oficina, que otro año se ha quedado sin vacaciones, a pesar de que el cansancio y el dolor le llegan hasta la última taza sin fregar que ha dejado ayer alguien en la pila, sin acordarse de ella. Que para eso cobra sus 700 euros al mes. Qué barato sale comprar el tiempo de los pobres.

Y ya sólo hay tinieblas para Nory, la chica ecuatoriana en coma vegetativo desde que fue arrollada por un coche cuando cruzaba por un paso de peatones, y a cuyos familiares no les cogía el teléfono la aseguradora del vehículo, confiando en que ésta muriera pronto, y así se ahorraran un pico. Ahora, cuando un periodista ha dado a conocer su caso, supongo que algún chico listo habrá persuadido al mandamás de que la mala publicidad era peor que el previsible (y obligado) pago.

Cosa de números, cuestión de balances, como el de la vela de Rosa, que no supo mantener el equilibrio. Lo demás es populismo.

Un tío con éxito

23 May

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Triunfar una vez en la vida puede ser algo peligroso. Ya lo decía Oscar Wilde: “Un tonto nunca se repone de un éxito”. Afortunadamente, mi día a día está tan plagado de logros que no me da ni tiempo a experimentar ese amenazante efecto revelador de las carencias intelectuales al que aludía el bueno de Oscar.

¿Y dónde constata usted esos éxitos?, ¿cómo los mide?, se preguntarán ustedes con comprensible curiosidad (y quizás con cierta envidia). Pues donde se constatan estas cosas, queridos amigos: en el banco.

Sí, en el banco, el de los dineros, no crean que les quiero confundir con un burdo juego de palabras. Allí es donde cada vez que voy compruebo que soy un hombre de éxito.

Da igual que vaya a diario, o un par de veces a la semana, o dos veces el mismo día. Éxito, siempre éxito. Me lo dicen por escrito, además, para que no me quepa duda.

Puede que a muchos de los que me conocen les resulte extraña esta revelación. Mi propio padre solía repetirme en mis años del BUP que acabaría durmiendo debajo de un puente. Yo mismo llegué a creerlo. La vida, sin embargo, te da a veces estas sorpresas.

Claro está que también debo poner yo algo de mi parte para vivir en esta euforia continua. Hay que saber qué teclas apretar, y en qué momento debe hacerse. Y vigilar siempre tus espaldas. No es difícil, pero hay que tener las cosas claras.

Mi enésimo triunfo ha tenido lugar esta misma mañana, cuando al sacar veinte euros del cajero del Bankia he vuelto a leer mi buena fortuna en la pantallita: “Su operación ha sido realizada con éxito”. Ahí estaba otra vez el mensaje, bien clarito. He recogido los dos billetes de diez con la sonrisa del hombre hecho a sí mismo, he comprado el metrobús en el quiosco de Juanan y he tomado el 120 camino del trabajo, sin dejar de recordar el mensaje de mi banco. ¿Lo ves, papá? Al final tu hijo es un tío de éxito.

Que lo sepa todo el barrio.

 

Un cocktail raro

12 May

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Me escribe por correo electrónico un antiguo y querido compañero del oficio, un excelente profesional y compañero. Buena gente, todavía en los primeros años de la treintena. Como tantos otros, lleva tiempo fuera de la rueda, expulsado del paraíso del trabajo remumerado o el empleo medio digno. Sus reflexiones me dejan muy tocado. Le pido permiso para reproducirlas aquí, no sin cierto pudor. Creo que es importante no olvidarnos de lo que sigue ocurriendo en este país, pese a que los que calzan las botas que nos pisotean pongan ese bochornoso e insultante empeño en negarlo:

“Mi día a día está un tanto marcado por altibajos emocionales donde a veces creo que todo es posible y otras, las más, me cubre el pesimismo más absoluto. He movido el CV y todas esas cosas que se hacen en esa situación y ni tan siquiera entrevistas”.

“Apenas he tenido tres encuentros, y dos nada relacionados con el periodismo, o no sustancialmente al menos, en los que me han llegado a decir cosas como que estaba demasiado preparado (sic) o a ofrecerme un mix ‘preparacontenidosalmismotiempoquecomercial’ demencial y en un tono cutre, imposible de compaginar de todas todas; me hizo gracia porque encima mi no rotundo (las cosas sé que no están para decir no, pero en algunas cosas mis principios son como diques) le dio pie a un “hay mucha gente interesada porque se va a sacar una pasta” (pero el proyecto, cosa curiosa, no sale todavía…)”.

“Frustrado, seguramente. Desencantado, con un punto amargado. Y todos estos adjetivos al final alimentan cierto poso de rencor en un contexto lleno de gurús, donde ves que en otros lados los inútiles que daban lecciones pero no apretaban teclas o, peor, no te dejaban hacer llamadas, siguen haciendo de las suyas por el mundo. No me puedo quitar cierta sensación de fracaso vital, por todo ello. De época equivocada, de camino equivocado… y de brújula rota que no encuentra el norte. Un cocktail raro”.

Todo mi ánimo y mi solidaridad a este compañero, y a otros tantos que sufren esta situación, amigos (unos cuantos, demasiados) y desconocidos (a millares, a millones). Yo he estado allí (y no descarto volver a estarlo). Sé lo que se siente. El desempleo no solo te roba tu fuente de ingresos, también socava tu identidad. No os dejéis. Podrá faltarnos trabajo digno, pero nunca dignidad. Ellos son los malos; nosotros, su amenaza.

PD. Me permito ilustrar esta entrada con una viñeta de El Roto, siempre un certero francotirador

Tres cosas

20 Abr

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Cantaban el siglo pasado Cristina y Los Stop (¿qué querría decir este nombre?) que en la vida hay tres cosas, a saber: salud, dinero y amor (“y el que tenga las tres cosas, que le dé gracias a dios”, concluían).

No sé si Rajoy o Aguirre habrán bailado esta canción en los guateques de sus años mozos, o si le habrán prestado atención alguna vez a su letra. Es posible. O no, salvo algunas cosas. Pero seguro que estarían de acuerdo con el enunciado de su estribillo. ¿Y quién no?

Por eso estoy convencido de que Mariano y Esperanza entenderán que es una putada que estés ingresado en un hospital público en Madrid, esperando a que te operen de un tumor al día siguiente, y que después de dos días sin comer y ocho horas esperando acojonado a que entren a por ti, se te presente una enfermera y te diga algo abochornada que no va a poder ser, porque se ha prolongado mucho la intervención anterior y que no hay más cera que la que arde.

Sí, como lo leen: después de días de nervios, de movilizar a toda una familia y de que te pongan un sustituto en el trabajo, entre otras cosas, te llega una enfermera y te dice que te tienes que pirar. Ni siquiera te dicen eso de ‘vuelva usted mañana’, tan español, porque está todo programado para el día siguiente, y también para la otra semana. No hay hueco, chaval. Así que te vas para casa, Mariano, Esperanza, cuando ya por fin compruebas que no, que no te están gastando una broma. Te quitan la vía que llevabas puesta desde ayer, rehaces la maletita con la que habías llegado y vuelves a coger el 125 que te lleva para casa. ¿Cómo lo veis?

Esto es cosa de salud, claro, pero también de dinero, Mariano, del mismo que decías que no ibas a tocar cuando llegases a gobernar. ¿Te acuerdas? De esa sanidad madrileña de “máxima calidad” que garantizabas, Esperanza, te acordarás tú también, que nunca mientes.

No os menciono, por irrelevante, que en la habitación no hubiese agua caliente, y que para ducharse antes de la operación hubiese que ir recorriendo con una enfermera varias habitaciones más hasta dar con una en la que poder hacerlo, pidiendo antes, eso sí, permiso a sus ocupantes, que asistían atónitos al fenómeno de que se presentara ante ellos, a las siete de la mañana, un vecino con  la toallita bajo el brazo.

O que para poder ver la tele, en unos aparatos vetustos y en habitaciones compartidas, haya que pagar tres pavos por día (creo que en las cárceles hay tele gratis, y de plasma (¿eso sí que te gusta, eh, Mariano?).

En fin, que sin salud ni dinero nos queda el amor. No el tuyo, Mariano, al que ya no te quieren ni en tu pueblo. Pero sí el que se merecen los profesionales de la sanidad pública, que, pese a todos los sobreesfuerzos que les suponen tus recortes, siguen cada día al pie del cañón, y lo hacen con esa amabilidad, conocimiento y dedicación que riega la tierra. Ellos sí son el pan y la sal, al igual que todos los trabajadores honrados de este país, y los abuelos que sostienen a sus hijos en paro, y las personas que se se dan desinteresadamente a los que padecen, y todos los que en general arriman cada día el hombro para que esto aguante, mientras los tuyos se lo siguen llevando. Sin que a ti te conste.

Así que ya ves, Mariano, para quién es el dinero, para quién la salud y para quiénes el amor. Te lo dice uno que ha sido testigo directo de un episodio que ha tenido como protagonista a alguien muy cercano, y al que tuve que decir en esos duros momentos que fuera fuerte. Como tú con Luis, para que te hagas una idea.

@ildefonsogr

Identidades secretas (IV): La relatora implacable

10 Abr

 

Matías Prats

Desde hace varios meses comparto despacho de trabajo con ella. Durante esas ocho horas diarias, el mayor despliegue conjunto de las principales agencias o instituciones mundiales de seguridad, espionaje, observación científica, redes de información del Sálvame y el periscope de Piqué sería poco más que una aventura de Mortadelo y Filemón en relación a la capacidad que ella tiene de observar, analizar, procesar, convertir en nutriente y, finalmente, relatar cualquier señal vital, por minúscula que sea, que se produzca en los menos de cien metros cuadrados de la oficina.

Es precisamente la última fase de su ciclo fagocitador la que resulta más extraordinaria: su osadía para contárselo a sus propias víctimas. Ella es una guerrera, una boina verde. Como Rambo, en Acorralado, todo le sirve, con cualquier pequeña brizna de hierba puede construirse un arco y unas flechas envenenadas: una descuidada conversación telefónica mía le puede reportar una información de la que se alimentará un mes; una mirada o un silencio entre dos de las compañeras que sobreviven en el cuarto contiguo se convierten en una información de mayor valor que la fecha del desembarco de Normandía; un correo electrónico interceptado, en el código para descifrar la Piedra Rosetta.

Su presión es asfixiante. Su mesa está frente a la mía, y para vernos tenemos que mirarnos por encima de las pantallas de los ordenadores, o por los lados de éstas. Parecemos dos avestruces. O dos gilipollas. Afortunadamente, nuestras funciones laborales tienen poco que ver. Esto es lo que me mantiene con vida por el momento. Es difícil, pero trato de sobrevivir día a día, como diría el pobre Rambo (el de verdad).

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Si toso súbitamentede, ella lo narra al instante: “Ay, se te ha ido la saliva por otro sitio”, y me lanza un caramelo. Si pongo en el Youtube una canción que conoce, la identifica sin piedad una décima de segundo después del primer acorde: “Ah, otra vez esa canción de Bruce que ya pusiste el viernes…”. Si me levanto a por un vaso de agua, ahí está para dar pública cuenta de ello: “¡Otro vasito, ya llevas tres esta mañana!”. Si bostezo, si me giro para mirar por la ventana o si suena mi móvil dos veces y aún no he contestado… Ella hace constatación de todo, siempre con una conclusión sobre las causas y efectos de mi comportamiento, que incluso a mí se me habían escapado.

Es como si uno llevara unos cascos por los que se escuchase la narración radiofónica de sus propios gestos. Imagínense a Matías Prats padre relatándole a uno mismo su actividad con ese énfasis febril que caracterizaba al mítico narrador deportivo y taurino. Eso es exactamente mi jornada laboral, una vida pregonada ante notario, un Show de Truman en el que me reflejo, un juego de espejos en el que siempre me veo corriendo por la ruedita, como los pequeños hamsters en su jaula toda la puta noche.

Luego está su asombrosa capacidad para el aprovechamiento máximo de cualquier circunstancia. Su conocimiento del medio. Un día se me ocurrió sugerir a la compañera que se ocupa del dinero destinado al día a día de la oficina la posibilidad de comprar un billete combinado de diez viajes de metro y autobús para nuestros desplazamientos de trabajo. Lo usé una o dos veces. La siguiente ocasión en que tuve que recurrir a él, meses más tarde, Rambo ya lo había agotado. Por supuesto, no lo había reemplazado.

A veces también tiene destellos de maldad gratuita. Por ejemplo, cuando un día en que estábamos solos en la oficina me enseñó la nómina de la periodista que me había precedido, y que casi duplicaba la mía. O cuando me hizo saber que ella ganaba más dinero que yo. Poco, pero más. Como yo ya sospechaba, y pude comprobar recientemente por un descuido suyo, su nómina es exactamente 8,47 euros superior a la mía.

También tiene sutiles mañas para controlar el más leve incumplimiento de mi horario. El de ella concluye media hora después que el mío. Hacemos la misma jornada, pero ella se va a comer a casa, y de ahí la diferencia. El caso es que sé que eso la irrita. Por eso los días en que comienzo mi proceso de cerrar el equipo y ponerme la chupa dos o tres minutos antes de mi hora, ella invariablemente comenta, haciéndose la distraída: “¿Ah, es que ya son las cinco?”

Pero, como esta vida es una jungla, la relatora también tiene sus enemigos naturales: las chicas de la otra sala, de la que se autoexilió el pasado verano (por eso ahora yo le presto indeseado asilo político). El caso es que hace varias semanas por fin consiguió que el responsable de prevención de riesgos laborales de la asociación diese el visto bueno para comprarle una silla nueva (algo que venía reclamando desde hacia dos años, dado que la suya -y la mía- no molaban tanto como las de las otras compañeras, que parecen sillones de director de banco, todo hay que decirlo). Se las prometía muy felices, e incluso ya se probó una silla a su gusto en una tienda que conoce.

El problema es que cuando el ejército de la sala contigua conoció este movimiento, también exigió sillas nuevas, ergonómicas, homologadas y toda la pesca. Así que ya no son sólo dos las sillas nuevas a comprar, sino seis, y además ahora todas quieren probárselas y decidír cuáles son las más idóneas. Todo ello ha paralizado la operación, que de un ataque relámpago, un blitzkrieg como el de los nazis para invadir Polonia, se ha convertido en un frente estable con dos trincheras en las que apenas se mueve nada, para desesperación de mi compañera de despacho.

Así que ya lo ven, ni siquiera de eso me ha servido la vida con Matías Prats padre (o hijo). Sigo con mi mierda de silla y mi ciática. Soy un dañado colateralmente. Eso sí, antes de toser sé que ya habrá un caramelo de menta volando hacia mí por encima de la pantalla de mi ordenador, acompañado por su correspondiente narración de los hechos. Permíteme… que insista.

 

 

Pájaros

26 Mar

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Bajo el ruido, el dolor y la confusión siempre fluye, eterna, la codicia. Como el magma bajo la corteza terrestre.

Desayunamos con un atentado, comemos con las aplicaciones que cada uno hace de éste según su ideología o intereses, y cenamos con la incompetencia, estupidez y desvergüenza de unos políticos indecentes que están en funciones para todo menos para cobrar.

Pero por detrás de la carta con nuestro menú basura de cada día continúa impresa la letra pequeña con las añagazas de los que nunca descansan para seguir tangándonos. Ellos son el dinero, y el dinero no maneja conceptos morales como la conciencia, el propósito de enmienda o la contrición.

No, los bancos hablan en términos de cláusulas suelo, preferentes, tarjetas black y esas cosas. Si les ha ido tan bien siempre con su lengua materna, ¿para qué van a aprender idiomas?

Por eso cuando mi mujer me dice que la han llamado del banco anunciándole una estupenda propuesta para nuestra hipoteca, lo primero que hacemos es mirar el diccionario de Banqués-Pringadés, para ver qué quiere decir “renegociar nuestro contrato para que nuestra cuota mensual se fije en tal y cual tanto por ciento y no esté sujeta a la subida del Euríbor, que en Estados Unidos ya están incrementándose los intereses y bla bla bla”.

La eficiente pero apremiante empleada del banco -en su llamada telefónica le dijo a mi mujer que la oferta sólo tiene un mes de vigencia -envía por correo electrónico el nuevo contrato. En el mail nos anuncian que “tras la reunión mantenida, en la que revisamos conjuntamente la condiciones actuales de su hipoteca, me complace adjuntarle la documentación relacionada con la operación”. ¿Reunión mantenida? ¿Revisamos conjuntamente? Uff, qué suerte tenemos de que nuestro banco vele tanto por sus clientes que hasta se reúna por ellos consigo mismo, en un prodigioso desdoblamiento. Como lo del Doctor Jeckyll y Mister Hyde, visualizo.

Vemos que con el nuevo trato nuestra cuota mensual se rebajaría en unos eurillos, menos de veinte. Y para los restos. Reconozco que el pringado que hay en mí sufre un cosquilleo de emoción. Sigo leyendo, sin embargo, y me topo con la serpiente, enroscada en torno al compromiso que me pide el banco a cambio de concederme esa propineja a mi carga mensual: con la firma de las nuevas condiciones debo renunciar a cualquier reclamación legal en el futuro por ese incómodo asuntillo de la cláusula suelo. Ellos lo exponen así:

“Como consecuencia de esta transacción el Cliente se compromete a desistir de cualquier reclamación y, en caso de ser necesario, a ratificar tal desistimiento, y a no reclamar contra el Banco o su grupo de empresas en virtud de las cláusulas relativas a las condiciones financieras de la Operación, en especial respecto del tipo de interés aplicable y la cláusula de limitación de variabilidad del tipo de interés , renunciando desde este momento y para el futuro a nada más pedir ni reclamar por dicho concepto en especial con relación a cualesquiera cantidades que hubiera percibido el Banco como consecuencia de la aplicaciónde la cláusula de limitación de variabilidad del tipo de interés”.

Lo que nuestro buen banco nos pide es que a cambio de una rebajilla al mes de nuestra cuota renunciemos a uno de nuestros derechos básicos como ciudadanos que supuestamente viven en democracia, como es el del recurso a la justicia. Total, una bagatela. ¿Para qué queremos derechos los pringaos?

No tienen remedio. Es su naturaleza, lo sé. La ley y la decencia son cosas de pobres. “Yo soy pobre, pero honrado”, decía un personaje en una viñeta tristemente hermosa del gran Chumy Chúmez, a lo que otro tipo le respondía: “Lo comprendo. Las desgracias nunca vienen solas”.

Así que de momento rechazo el pájaro en mano que me ofrecen, no sea que luego vengan ciento volando en forma de sentencia judicial (sí, de esos mismos jueces a los que nuestro banco amigo nos pide que renunciemos) que les obligue a devolvernos la mucha pasta que llevan varios años chorizándonos a costa de las cláusulas suelo. Algo que, a tenor de este pacto con el diablo que nos plantean, debe de ser más que posible. Pájaros, que vosotros sí que sois unos pájaros. Que os tenemos calaos.

Feliz 2016 en el planeta de los simios

28 Dic

El planeta de los simios

Una sencilla reflexión antes de desaparecer en las brumas del fin de año: la ‘patria’ no es propiedad ni patrimonio de nadie. No existe. Es una falacia que se usa desde que unos homínidos se pusieron sobre dos patas para imponer su voluntad sobre otros homínidos con menos armas. La patria, como dios, es una gilipollez que se han inventando unos monos para hacerles creer a otros monos que defienden cosas guay contra las que está muy feo discutir. Tan feo que los matan por ello, para que así los monos más remolones sepan a qué atenerse.

Y así seguimos. No hay dios, ni patria, ni ninguna otra mamarachada que nos venden cada día los que manejan los hilos de nuestras miserables vidas. Lo que digo es una simpleza, lo sé. Pero es una simpleza que hay que repetir constantemente para que los que habitamos el planeta de los simios lo podamos asimilar.

Es que estos días leo estas cosas como lo de la voluntad del pueblo, los constitucionalistas, la indivisibilidad de España y tal. Me gusta España, claro (unos días más que otros), es el sitio donde nací, crecí y vivo, y me gustaría que siguiéramos todos juntos, trabajando para mejorar nuestras vidas en común. Pero me la pela el rollo de una grande y libre, la verdad. Es algo que en realidad no ha hecho más que daño a lo largo de los últimos siglos. Si alguien no quiere seguir aquí, me parece justo que decida. No puede obligarse a alguien a pertenecer por la fuerza a algo. Otra cosa es lo que me parezcan sus razones para ello.

En cualquier caso, lo que estoy viendo estos días con los supuestos defensores de la patria tratando de apretar filas para favorecer a los de siempre me parece repugnante. Millones de personas hemos votado en España para que las cosas cambien, y tenemos que leer todos los putos días en los periódicos del régimen que somos antisistema.Votamos como cualquiera, expresamos nuestra opinión, y os parecemos antisistema.

¡Qué cojones de democracia es ésta en la que millones de votos os parecen inválidos por no elegir lo que los que mueven los hilos quieren! ¿Hasta cuándo pensáis que podréis sostener este patético chiringuito?

Feliz 2016 a todos en el planeta de los simios.

¿Les pasa también a ustedes?

22 Nov

quitando vaho

Caminaba el otro día por la mañana hacia el Metro cuando desde el interior de un coche que circulaba en sentido contrario a mi marcha me saludó su conductor con la mano. Yo le devolví la cortesía, pensando que se trataría de alguien conocido. Aún tenía mi brazo en alto cuando comprobé que el tipo sólo estaba limpiando el vaho de su parabrisas.

A veces me pasan cosas así. Otra vez, por ejemplo, llamé por error a un antiguo jefe mío con el que no acabé muy bien. Tenía su nombre y número anotado en mi caótica agenda junto al de otro individuo que se llamaba de forma muy similar y poco habitual (pongamos por caso Inocente e Inocencio, o Ildefonso e Indalecio). Supongo que a él le parecería extraño que alguien se dirigiera a él por un nombre tan curiosamente cercano al suyo. Quizá pensó que era una broma. Lo noté por su tono de impaciencia enojada, que tan bien conocía. Colgué sin identificarme, confiando en que no hubiera reconocido mi voz.

En otras ocasiones mis equivocaciones se encadenan en un breve lapso de tiempo, relevándose como un engranaje bien engrasado que tuviera como destino dejarme sumido en la estupidez más absoluta.

“Hacía mucho frío, y me estaba meando. Finalmente, llegué a la oficina cuarenta minutos tarde”

Por ejemplo, lo que me pasó un viernes de hace varias semanas. Me había levantado con malestar de estómago, como con ganas de vomitar. Ya vestido me senté en el sofá y decidí que, bajo esas circunstancias, el trayecto en el Metro podría tener nefastas consecuencias tanto para mí como para los otros viajeros. Pensé llamar al trabajo anunciando que no me encontraba bien y que no iría a la oficina, pero finalmente venció una vez más mi vergüenza torera y me puse en marcha. Eso sí, me concedí a cambio desplazarme hasta el trabajo en mi propio coche.

Tardé más de una hora en llegar, tras superar un atasco de proporciones bíblicas. Luego  perdí otros veinte minutos tratando de sacar el ticket del aparcamiento regulado en una máquina infernal que no conocía (gracias, señora Botella). Hacía mucho frío, y me estaba meando. Finalmente, llegué a la oficina cuarenta minutos tarde y habiéndome gastado casi quince euros para que mi coche pudiera quedar aparcado allí hasta las doce.

 

parquímetros

 

En la oficina, una de mis compañeras me advirtió de que, no obstante, aunque bajase luego para comprar un par de horas más de estacionamiento, mi maniobra sería inútil, puesto que no estaba permitido pasar en la misma área más de no sé cuántas horas.

Así que poco antes de las doce me encontré en la misma situación que tres horas antes: conduciendo mi coche buscando un hueco para dejarlo en otra zona cercana a mi trabajo. Recordé que otra compañera me había dicho hacía tiempo que, un poco más allá, había un barrio en el que se podía aparcar sin estar cercado por rayitas azules y verdes. Busqué esa Arcadia, pero me perdí, y acabé dando vueltas por la Ciudad Universitaria, a un par de kilómetros de mi puesto de trabajo.

Y ahí me tienen ustedes. En mi coche a las doce y media de la mañana (ese día mi jornada concluía a las tres de la tarde, por ser viernes), habiendo trabajado apenas una hora y media e imaginándo qué pensarían en la oficina de un tipo que había llegado con cuarenta minutos de retraso y que poco después había vuelto a desaparecer para reaparcar su coche, hacía ya otra hora.

Tras lograr reorientarme, encontré hueco en batería en una calle razonablemente cercana a mi oficina. Me aproximé a otra máquina del Averno para sacar el ticket, pero un muchacho negro me paró y me explicó que él se ocuparía. Me preguntó que hasta qué hora pensaba dejar el coche, calculó lo que eso costaba y me ofreció un precio más rebajado. A cambio, él estaría atento para poner en los limpiapararisas tickets por menos tiempo cuando pasara por allí la controladora. Dudé mucho, claro, pero al final me persuadió con un mensaje irrebatible: “Necesito comer”.

“Mi desplazamiento, entre tickets de estacionamiento y puritos con olor a vainilla, me había costado casi veinte euros y el descojone de mis compañeras”.

Eran cuatro euros, me dijo, dos menos de lo que por el cauce oficial habría tenido que abonar. El problema era que sólo tenía un billete de cincuenta. “Pide cambio en el estanco, la chica me conoce. También a ella le vigilo el coche”, me dijo. Entré en el estanco, pero me dio vergüenza pedirle sin más a la mujer que me cambiara el billete, así que le compré una caja de puritos con aroma a vainilla. Tengo que aclarar que yo no fumo, pero me aturullé y no acerté a pedir otra cosa en un estanco que no fuera tabaco. También me pasan estas cosas a veces.

Cuando apagué el ordenador, hice balance de la mañana: apenas había estado presente en mi oficina unas tres horas, con un rendimiento cercano a la nada. Mi desplazamiento, entre tickets de estacionamiento y puritos con olor a vainilla, me había costado más de veinte euros y el descojone de mis compañeras. Eso sí, mi malestar de estómago había desaparecido. Gracias a eso pude soportar con entereza el atasco de hora y media que me encontré hasta llegar de vuelta a mi casa. Por fortuna, pude comer en el coche la media barra de pan que había sobrado del desayuno.

¿Estas cosas les pasan también a ustedes? ¿Debo preocuparme? Y, por favor, no limpien con la mano el vaho de sus parabrisas cuando yo camine por la acera. Necesito recuperar mi autoestima.

 

 

 

 

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