Esclavo en el hipermercado

23 Mar

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Ésta es una historia de inmersión periodística, pero recorrida hacia atrás. En realidad es el relato de un hundimiento laboral reciclado como testimonio informativo. Informativo para los que todavía tienen la suerte de disfrutar de un trabajo digno en España, porque imagino que para muchos millones de empleados esta película es el bucle en el que tratan de sobrevivir cada día.

Después de más de veinte años de trabajo como periodista, la madre de todas las crisis me dejó por fin varado en medio de un páramo. Sin derecho a prestaciones –en mi último empleo trabajé como autónomo para una asociación sin ánimo de lucro que editaba un periódico, y que tras dos años y medio de leal dedicación me dio una mala patada, que yo recibí también sin ánimo ni lucro-  y con la cuenta del banco cada vez menos corriente, acepté un empleo como auxiliar de organización (como denominan eufemísticamente las empresas de seguridad privada a los trabajadores sin cualificar que apoyan sus servicios) en un hipermercado situado en una ciudad del cinturón sur de Madrid.

700 eurazos

El sueldo: 700 euros, siempre que cumpliera al menos 164 horas en cada mes. Horas trabajadas también en días festivos y domingos, por supuesto sin compensación alguna por esa anecdótica circunstancia, y en permutaciones horarias que pueden obligarte a terminar una noche más tarde de las diez y media para comenzar el siguiente turno a las seis de la madrugada. El mercado, y no ese dios que descansó el último día de la semana, es el que manda.

Me presenté en mi debut, a las 06.00  horas de una mañana de mitad de  noviembre, con mi uniforme de auxiliar a estrenar (jersey con el logo de la compañía que presta este servicio para esa cadena de hipermercados, corbata de goma elástica, camisa blanca…). Hacía mucho frío, tanto desde el punto de vista meteorológico como desde el personal, porque lo primero que te hacen percibir al comenzar este trabajo es que la jerarquización entre los responsables de patrimonio del centro, los vigilantes de seguridad y tú, el miserable auxiliar, una categoría que ni tan siquiera merece contar con convenio laboral propio, podría inscribirse directamente en el sistema de castas de la India.

A las siete más o menos, el compañero peruano que me trata de explicar parte del cometido de mi nuevo trabajo, apresurada y nerviosamente por la exigencia de su misión inmediata (abrir las puertas de acceso desde el centro al muelle de carga y la propia tienda), me presenta a V1, el jefe de equipo. Éste me saluda con indiferencia, y ni siquiera se toma la molestia de mirarme cuando se refiere a mí hablándole a mi introductor, como si yo no estuviera presente: “Sí, ya me han dicho que viene nuevo; que hay que explicárselo todo”.

Me entregan el cuadrante para lo que resta del mes, y veo que los próximos cuatro días, de jueves a domingo, mi horario será de ocho y media de la mañana a diez y media de la noche. Lo llaman doblar turno, pero en realidad se trata de una jornada de catorce horas sólo interrumpida por sesenta minutos, de tres a cuatro, que no te pagan.

Los códigos

Mi trabajo durante esos primeros días consiste en plantarme en el pódium, como llaman a la entrada de la tienda, y procurar que nadie acceda sin antes precintar las bolsas con compra procedente de otros establecimientos, o con mochilas sin ser también selladas en las bolsas de plástico que el hipermercado ofrece para ello. También debo impedir, claro, que nadie salga con algún artículo sin pagar. Por último, mi cometido consiste igualmente en avisar al puesto permanente de vigilancia, el PPS, cuando accede al centro algún cliente “sospechoso”. Para ello, V1 me pasa sin darme explicación alguna una tarjetita con códigos numéricos que identifican a distintos colectivos: gitanos, moros, gente del este, chinos, suramericanos, españoles con pinta chunga…

Al principio, el pudor frena mi misión delatora. Me resisto a dar por sospechosas a personas que lo son sólo por su color o raza, pero V1 despierta mis instintos voceándome desde el walkie talkie: “¡Podio, llevas toda la mañana sin pasar un puto código!”

Esa es otra de las características de mi nueva identidad, que cambia en función del puesto que ocupo. Ya no soy yo, sino Podio, Tienda, Mercancías o, simplemente, A4. Como el coche, pero sin las mismas prestaciones. De hecho, en el mes y medio que trabajaré aquí sólo le oiré a mi jefe de equipo, V1, llamarme una vez por mi nombre, y será cuando me telefonee para preguntarme “si quiero”  trabajar en uno de mis escasos días libres, un sábado, además,  “para echar unas horas, que andas algo corto para llegar al cupo”. Le digo que sí, muy agradecido.

Durante las interminables trece  horas que paso en la entrada de la tienda no me puedo sentar ni una vez. Dispongo de un pequeño mostrador como único punto de apoyo, pero pronto el jefe de Patrimonio, J1, me dice que no me quede ahí, sino que me sitúe frente a los arcos de acceso, para tener mejor perspectiva. Cuento, eso sí, con una pausa de quince minutos que llaman ‘clave’ y que apenas da para llegar al cuarto de descanso para empleados y comer un bocado. La clave no tiene un horario fijo. Primero se la toman los vigilantes, y luego le dan permiso a  los auxiliares, a menudo con la recomendación de que sea “rapidita”.

Sin vida ‘civil’

Otra característica del trabajo es que te pueden cambiar el cuadrante sin previo aviso, con lo cual resulta casi imposible organizar la vida “civil”. Durante esas siete u ocho semanas que trabajaré en el hipermercado apenas tendré un fin de fin de semana libre, siempre amenazado por una nueva reorganización de turnos. Es lo que me ocurre con la jornada del 31 de diciembre, de la que en principio disponía. Feliz por esa pequeña circunstancia de alivio preveía pasar la última noche del año en mi pueblo, en Guadalajara, como cada año. Sin embargo, a mediados de mes se nos insta a los auxiliares a que comprobemos el cuadrante, porque “hay cambios”.

En efecto, de librar ese día paso a trabajar de diez de la mañana a ocho de la tarde. Nadie me ha consultado ni ofrecido explicaciones. Pese a todo, trato de cambiar mi turno con un compañero que esa tarde descansa, por si al menos pudiera salir a las tres y viajar a esa hora. Desafortunadamente,  cuando  trato de acercarme a él, en el podio, V1, siempre atento desde las pantallas o en la línea exterior de cajas de la tienda, interrumpe nuestro intento de comunicación con cajas destempladas: “¡Ya os he dicho unas cuantas veces que no os quiero ver ahí juntos!”.

En efecto, hablar con los compañeros parece ser otra de las cosas que no pueden hacerse en horas de trabajo. Los vigilantes sí se juntan cuando coinciden en la línea de cajas y se echan sus parrafillos y sus risas. También se apoyan en el mostrador de la caja central y bromean con las cajeras, pero se trata de un privilegio que, al parecer, está vedado a los auxiliares. De esta forma no he podido ni tan siquiera llegar a escuchar por qué mi compañero no puede cambiarme el turno.

Así se lo transmito al casi siempre áspero y enojado V1 por el pinganillo. “¡Pues lo habláis en la clave o por la emisora!”, me contesta. Es decir, que si quiero cambiar un turno o preguntarle algo al compañero debo hacerlo en los quince minutos del café, en los que nunca coincidimos, o por el talkie, en conversación abierta para el resto del equipo de seguridad. Minutos más tarde, el auxiliar de podio me pide a través de la emisora que acuda a su posición para comentarme una cosa, imagino esperanzado que algo relativo a mi propuesta. De inmediato, la voz de V1 surge como una fusta: “¡Podio, para qué cojones tiene que ir allí Tienda!”.

Porque ahora soy Tienda. En efecto, tras unos primeros días en los que cientos de clientes me vieron plantado en la entrada del hipermercado, he pasado a moverme de incógnito por el interior del comercio. Mi misión es detectar a posibles sospechosos, avisar de su actitud y, llegado el caso, y si así me lo mandan, seguirlos. Vestido de calle, deambulo durante once horas diarias por una tienda que se recorre, de punta a punta, y a paso de hacer la compra, en menos de tres minutos.

Dos gilipollas

¿Se imaginan cuántas veces se puede pasar a lo largo de once horas, 660 minutos, entre los pasillos de juguetes, de perfumería, de alcohol o de embutidos? ¿En cuántas ocasiones te puedes cruzar con los mismos dependientes, las mismas reponedoras o la señora de la limpieza? Ésta, precisamente, en la enésima vez en que nos cruzamos una tarde, en una situación evidentemente esperpéntica para ambos, me dice riendo desde lo alto de su coche de limpieza: “¡Parecemos dos gilipollas!” Su certera reflexión llega en un momento inoportuno, pues tras ella camina la segunda de a bordo del departamento de Patrimonio, una señorita Rotenmeyer que se suele enfadar mucho por cualquier motivo: “¡Pero es que no ves que va de incógnito y no le puedes hablar! ¡Hay que ver qué poquitas luces tenemos!”, brama. La señora de la limpieza no replica y se aleja por el pasillo central en su vehículo. Yo tampoco digo nada, y continúo mi no compra en dirección a los yogures, avergonzado por mí y, sobre todo, por la pobre señora de la limpieza.

Los de Patrimonio se toman muy en serio eso de tener a alguien de incógnito moviéndose como un alma en pena por la tienda. Al segundo día de mi nueva misión, un vigilante me avisa de que no puedo andar por ahí con las manos en los bolsillos, sino que debo coger una cesta, llenarla con algún artículo, y arrastrarla conmigo durante mi jornada. También me indica que he sido visto hablando con la señora que vende bombones a granel, cosa que al parecer tampoco debo hacer.  En adelante, cada vez que algún empleado de la tienda me saluda imagino la mirada gélida de V1, J1  o Rotenmeyer pendiente de mi reacción. Así que procuro contestar discretamente y seguir mi camino hacia la sección de comida de animales.

Pese a esos desvelos por parte de mis superiores por proteger mi identidad secreta, percibo que suelo ser detectado en seguida por aquellos clientes más proclives a enredar, como los grupos de adolescentes, casi niños, que pasan las tardes de los sábados probando los vídeo juegos o los artículos de deporte, y que al cruzarse conmigo imitan el gesto de hablar al pinganillo para burlarse de mí. “Caja central, avisa a caja central”, me imitan entre risas. En efecto, imagino que un tipo dando vueltas durante horas por la tienda con un delator cable que le sale del jersey en dirección al inconfundible pinganillo que lleva en la oreja no es precisamente el mejor ejemplo de agente secreto.

Un whiskycharly

A veces, cuando el dolor de espalda y de piernas, después de tres o cuatro horas sin parar, sobrepasa el umbral de lo razonable, pido permiso para ir al baño –ellos lo llaman ir al whiskycharly- sólo para poder sentarme dos minutos. Debo administrar bien esos momentos, porque más de un whiskycharly en el turno ya despierta el instinto de regañar que define al jefe. Porque V1 se impacienta en seguida y también riñe mucho, tanto a los otros vigilantes como a los auxiliares, por distintos motivos, y siempre enfadado: si soplas para comprobar que tu walkie funciona; si te ve en un pasillo donde de pronto te hace saber que no debías estar –“Tienda, ahí no haces nada, vete pa juguetes!”; si no has entendido a la primera lo que te dice por la emisora…

En la cesta con la que en mis recorridos por la tienda disimulo mi condición de infiltrado suelo echar productos voluminosos, pero de poco peso, como un paquete de pan de molde, un peluche, unas zapatillas deportivas o una bolsa de gusanitos. Eso convierte mi lista de la compra en causa de guasa entre las dependientas. A veces, por pura vergüenza, cambio mis itinerarios para no volver a cruzarme con alguien.

El ‘tontico’

Con el veto a hablar con los otros auxiliares o con el personal de la tienda, mi única comunicación es la que establezco a través del pinganillo con los vigilantes, con algunos momentos sonrojantes. Una tarde, escucho a V1 referirse a uno de los auxiliares, ausente en ese momento, como “el tontico”, y avisa de que le “tiene hasta los cojones y que igual celebra los Reyes en el Inem”. Unas semanas después volverá a hablar de ese mismo compañero en términos similares, esta vez en conversación pública con Rotenmeyer, que se niega a contabilizar la media hora de más que le ha llevado terminar su trabajo “porque es muy lento”. “¿Pero qué más te da, con lo que os pagan por tener a discapacitados trabajando? –contesta jocoso V1-  Lo que teníais que hacer es darle una pistola (las pistolas para la lectura de los códigos de producto) con dos botones grandes que pongan “sí” y “no” y así acabaría antes”.

De esta manera van transcurriendo las semanas prenavideñas, en las que llego a encadenar de nuevo cuatro días seguidos caminando por la tienda de diez de la mañana a diez de la noche. Cuando, de vez en cuando, trabajo sólo de diez a tres y media, al día siguiente tengo la sensación de volver de un largo descanso. Además, advierto que ya  he asimilado incluso el lenguaje con el que se comunican entre sí los miembros del equipo. Ya no digo “sí” o “no” para contestar, sino “afirmativo sí” o “negativo no”, que suena más molón. Ni “dime” cuando  me llaman, sino “adelante”, como en las películas que imitaba en mis juegos infantiles.

Como diciembre está acabando, pregunto por el cuadrante del mes siguiente, con la esperanza de contar con algún fin de semana libre para estar con mi familia, algún sábado para ver a los amigos, la tarde de Reyes para presenciar la cabalgata del barrio con mi hija… No está hecho, me dicen. Ni el 29,  ni el 30, ni el 31… Ese último turno del año, en el que trabajo hasta las ocho de la tarde, sólo sé que al día siguiente no tendré que recorrer mis habituales kilómetros por los pasillos de juguetes, porque el centro cierra. “El día 2 te llamarán para decirte cuándo te reincorporas”, se limitan a comunicarme.

Mi regalo de Reyes

El 2 de enero compruebo en mi cuenta que ya he cobrado: 768 euros por 184 horas trabajadas. Ni siquiera acumulando horas extras equivalentes a tres días me he aproximado a la mítica cifra –entre mis compañeros- de ochocientos. Es lo que hay, pienso, agradecido por tener al menos una nómina que llevarme a la boca. Por la tarde, a las 18.00 horas, impaciente por la falta de noticias, telefoneo para saber a qué hora debo incorporarme al día siguiente. “Ahora te llamamos, que V1 está en la clave”, me dicen. Media hora después se enciende en mi móvil el número del inspector de la empresa de seguridad. “Tengo malas noticias”, me comunica.

Al día siguiente acudo hasta las oficinas centrales a firmar el documento del fin de mi relación laboral con la compañía, por “la no superación del periodo de prueba”. La campaña de Navidad ha terminado, y con ella mi función. Me dicen que ya me llamarán “como en una semana” para que vaya a por el finiquito. Dos meses después, todavía sigo esperando.

Es España en 2013, un lugar en el que miles de hombres y mujeres se dejan cada día la moral y la salud trabajando por una miseria, maltratados por el patán de turno que abusa de su precariedad laboral, de su necesidad y de su miedo en esta mierda de país que nos va quedando. Mi cariño y mi solidaridad hacia ellos.

@ildefonsogr

P. D.: Consume, la ilustración de este artículo, es obra del artista urbano Ruina (@ElReyDeLaRuina en Twitter y en Flickr). Ejecutada en el Mercado de la Cebada de Madrid dentro del proyecto SeAlquila MERCADO. Se incluye en la reproducción que de este texto hace el semanario digital Vía52.

El artículo también ha sido publicado por la revista Números Rojos, y puede leerse en el blog que este medio tiene en Público.es

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45 comentarios to “Esclavo en el hipermercado”

  1. antolin marzo 23, 2013 a 7:23 pm #

    Que pena me da leer todo esto. El trabajo duro, el salario exiguo, la jornada larga…..bueno, pero la indiferencia, el que te hagan sentirte como alguien inferior ( un esclavo) , me produce mucha tristeza. Con l que se esfuerza el estado en darnos una educación desde que tenemos tres añitos para formarnos en la igualdad , en el respeto… . He sido cabrero y desde luego me siento mas persona con las cabras que en ese entorno que me describes. Saludos.

    • ildefonsogarcia marzo 24, 2013 a 9:46 am #

      Desde luego que es muy triste, sobre todo para los compañeros que siguen allí sin otra posibilidad, ¡Y vivan los cabreros y sus cabras! Abrazos y gracias por comentar.

  2. yola marzo 23, 2013 a 7:29 pm #

    ahora voy Yo, mi sensación es otra.Me encanta como escribes este drama- experiencia , me ha producido una risa triste espantosa e irreprimible, no se que me ha pasado, pero era , eso, una risa con lagrimas de tristeza ¿ Os ha pasado alguna vez?. Tienes tema para una novela . Escribes de muerte, la descripción es perfecta, que te voy a decir soy una novata en estos lares, pero enhorabuena , saber reflejar por escrito lo vivido o imaginado, es un poder, y tu lo tienes. sigue… porfa. Besos y ….!.te habras quedao agusto !¿eh?

    • ildefonsogarcia marzo 24, 2013 a 9:47 am #

      Gracias, Yola, por tu cariñoso comentario. Y claro que seguiré juntando letras. Otra cosa no sé hacer. Y sí, desde luego que es un desahogo poder contarlo y darlo a conocer. Besos

  3. charo marzo 23, 2013 a 7:32 pm #

    Luego,esos que van de chulitos prepotentes,que se piensan que son los herederos del comercio,llega otro y le da de comer de su propia m…..da, y se dan cuenta, que son eso mismo y que no hay piedad para ellos, ¡ ellos que han hecho tanto por la empresa ¡.Ni tienen cultura, ni saben donde tienen la mano derecha,siempre serán BASURA,mientras que tu, llagaràs lejos

    • ildefonsogarcia marzo 24, 2013 a 9:48 am #

      Así es, querida Charo. Por eso es importante dar a conocer estas cosas, aunque sea en pequeños ámbitos. Todo suma. Gracias y un beso fuerte

      • Mariano marzo 24, 2013 a 4:05 pm #

        Acabo de leer este gran relato que aquí has plasmado. Lo primero de todo decierte que como hermano tuyo que soy, me siento orgulloso de tu valentía al denunciar públicamente este asqueroso caso de vida laboral… (por supuesto que no voy a decir que hipermercado es, yo si sé su nombre… y ten por seguro que en mi vida volveré a comprar allí, han perdido un cliente definitivamente…); En algunas ocasiones me he sentido como algunas de las personas “sospechosas” que describes pues ya sabes…, si vas sin afeitar, con “chupa” vaquera y moreno de cara como soy, he notado como el vigilante del centro comercial me miraba raro y en seguida se echaba las manos al walkie…, cuando tendría que ser al revés, los ladrones con las grandes superficies porque nos cobran los productos con márgenes de beneficio escandalosos (y si no que me expliquen porque yo hace unos meses me compré un pantalón vaquero que había valido 90 Euros tan solo por 10 Euros, y aún así ganan…
        Que pena de País… con su “pseudodemocracia” manejada por políticos corruptos y demás inmorales “pijos”, … humillando al débil…, espero que algún día, la INTEGRIDAD Y EL HONOR que nos aún nos quede a los ciudadanos, (porque eso jamás nos lo robarán), nos haga levantar la cabeza.

      • ildefonsogarcia marzo 25, 2013 a 9:21 am #

        Muchas gracias, Mariano. En realidad, da lo mismo de qué hipermercado o empresa de cualquier otro tipo se trate, porque desgraciadamente trabajos así son cada vez más frecuentes. Yo sólo cuento la experiencia que he vivido como un ejemplo de lo que padecen cada día docenas de miles de trabajadores en este país. Son los nuevos empleos, que ya están aquí. Un abrazo

  4. Inma marzo 24, 2013 a 5:10 pm #

    Por un momento me he visto por uno de esos pasillos haciendo las funciones de auxiliar. Has conseguido que sienta en mis propias carnes tu vivencia y eso me ha puesto los pelos de punta.
    Por desgracia, por la situación actual del país, eso que llaman “crisis” (que tiene no sé que “prima”), que al parecer estamos surfriendo todos, unos más que otros (aunque al carro se sumen todos…incluso los más capitalistas), favorecen cada día más este tipo de situaciones.
    Ellos cada día nos exigen más por menos y además está apareciendo una nueva clase social, al menos en mi entorno, cada vez más servicial. Que justifica y defiende los métodos utilizados por el alto mando.
    Recuerdo una fábula de cuando era pequeña. Era una tortuga que iba del campo a la ciudad…. al final se fue asqueada a su casa y el cuento acababa diciendo: “Yo me voy al campo que asco de ciudad….”.
    La verdad es que cada día me apetece más irme al campo con mi familia.
    Así que Antolín si te hace falta ayuda ya sabes…, je,je… mujer “echa pá alante” y con un par de narices se ofrece para trabajar en el ámbito rural.
    Creo que cada día me entiendo mejor con las bestias que con el ser humano.
    Un sincero y afectuoso beso para todos.
    Inma.

    • ildefonsogarcia marzo 25, 2013 a 9:22 am #

      Gracias, Inma. En efecto, las reglas del juego han cambiado, no sé si para siempre, pero debemos al menos ser conscientes de ello y tratar de resistir. Besos

  5. Diana marzo 25, 2013 a 7:22 am #

    Tremenda historia, Ilde; genialmente escrita. Emociona e indigna a partes iguales.

  6. Jose Ángel González marzo 25, 2013 a 8:38 am #

    Ni siquiera en las opacas zanjas de la miseria se te olvida lo bien que sabes mirar, Ilde. Un abrazo.

    • ildefonsogarcia marzo 25, 2013 a 9:23 am #

      José Ángel, viniendo el elogio de quien viene lo considero todo un honor. ¡Un abrazo, maestro!

  7. Vicen marzo 25, 2013 a 12:29 pm #

    Estremecedor y apasionante relato, Ilde.

    Es curioso que pongan tanto empeño en apretar al personal para que no se robe en esos lugares. ¿Servirá para algo?. Yo creo que no a juzgar por la cantidad de bienes sin ticket de caja que, misteriosamente, me han acompañado cuando entro en una gran superficie, y seguro que lo seguirán haciendo en le futuro.
    Puede que además de auxiliares y vigilantes deban contratar francotiradores que ejecuten la pena en el momento de descubrir al moro, al gitano, al del este o a cualquier otro de la lista sustrayendo alguna cosa de los lineales.
    Espero que a mí me avisen antes de disparar y me envíen un negociador de esos de las pelis americanas.

    Bueno, amigo, sigue con la pluma que es lo tuyo.

    • ildefonsogarcia marzo 25, 2013 a 6:09 pm #

      Muchas gracias, Vicen.Siempre dándome ánimos; ahora, lo de la pluma ya lo hablamos 😉
      Abrazos

  8. Julia marzo 27, 2013 a 11:45 pm #

    Un relato desgarrador. Es triste la realidad que nos está tocando vivir, pero no está todo perdido mientras haya tan buena gente como tú para contarlo. Un placer leerte

  9. Rada marzo 29, 2013 a 11:45 am #

    Me ha encantado Ilde. He notado el desprecio (por esos miserables), la ternura, el dolor, la indignación, la fuerza, el talento (tuyo), la solidaridad, el miedo, hasta el humor, oscuro cual minijob… Una farmacia de emociones, indispensable para esta perfecta crónica de un país en quiebra que necesita ser narrado con esta fuerza que admiro. Me siento orgulloso de los momentos que compartimos en las antípodas de estos impresentables.
    Veo que estos malnacidos no han conseguido oxidarte. Me alegro. Siempre queda molestar. Exacto. Con tu escrito ya has ganado…

    • ildefonsogarcia abril 1, 2013 a 7:11 pm #

      ¡Rada, tío! ¡Qué bueno volver a saber de ti! Me alegro de que te haya gustado. Muy bonito tu comentario, ¡y de nada de oxidarnos! Un abrazo y a ver si nos vemos pronto.

      • Rada abril 4, 2013 a 3:58 pm #

        Eso, a ver si nos vemos pronto… un abrazo fuerte!

  10. Javier marzo 29, 2013 a 8:47 pm #

    Pues no puedo decirte más que, un fuerte abrazo Ilde…

  11. Rosana Gil Bueno abril 3, 2013 a 4:45 pm #

    desde luego…¡qué vergüenza de país! están consiguiendo que la gente se desmoralice, que se pongan ciegos a pastillas contra la depresión, que los más jóvenes con talento tengan que irse a buscar nuevos horizontes porque los que pasamos de 40 ya no servimos para nada… y encima dicen que esto se arregla al año que viene…¡¡¡corte de mangas para todos los mangantes de mierda!!!
    Ilde: haz una versión corta y manda este escrito como carta al director a todas las publicaciones, como denuncia social.

  12. Julio abril 8, 2013 a 4:09 pm #

    Don Ildefonso, ¡olé tus huevos!, ¡eres grande!
    Has conseguido que mire con cariño y admiración al auxiliar de organización que me observa profesional cada vez que entro en el “hiper”. Eso sí, tú serás culpable si piensa que quiero algo con él.
    ¡Y 700 eurakos…!, sin contar lo que ahorras gracias a esas jornadas maratonianas, claro.

    • ildefonsogarcia abril 8, 2013 a 4:39 pm #

      Ja ja, ¡también hay chicas auxiliares! Y lo malo de tantas vueltas por el hiper es que al final siempre encontrabas algo a muy buen precio, y te gastabas media paga… ¡Lo tienen todo pensadísimo! Abrazos.

  13. notengoelchochopafarolillos abril 27, 2013 a 10:41 am #

    Hola, no sabes cuánto te entiendo. Llevo desde hace casi dos años un blog donde cuento la experiencia de mi trabajo en negro en una empresa. Siento que tu experiencia es aún más escandalosa que la mía; deberíamos juntarnos y hacer algo sangriento contra todo esto! por lo pronto usar la palabra al menos nos cura un poco la desesperación y el maltrato. Un saludo y ánimo!

    • ildefonsogarcia abril 27, 2013 a 10:50 am #

      Desde luego que debemos seguir haciendo uso de la palabra, tanto como terapia propia como para combatir estos abusos. Un saludo y gracias por comentar. Leeré con interés tu blog.

  14. Rocío abril 27, 2013 a 1:40 pm #

    Me ha encantado Ilde, qué bien escribes. Mientras lo leía me imaginaba perfectamente lo que viviste y cómo lo viviste. Vaya tela!!
    No sé que me repugna más, si las condiciones laborales de la empresa o este tipo de jefecillos mediocres y tiranos que se creen que tienen acciones y que tienen mucha culpa de que las cosas no cambien.
    Te seguiré leyendo…Besos

    • ildefonsogarcia abril 27, 2013 a 2:28 pm #

      ¡Gracias, Rocío! La verdad es que, en estos casos, las malas condiciones laborales suelen ir acompañadas de esos jefecillos. Son como el rayo y el trueno, siempre uno detrás del otro. Besos.

  15. pepe abril 27, 2013 a 1:58 pm #

    Tampoco te quejes, que tu penúltimo empleo tampoco fue mejor. Me hubiera gustado saber cual fue tu sueldo, descontado el autónomo que te pagabas tu, y sin cotizar para el desempleo. ¿Y Cuantas hora diarias echabas como freelance?

    • ildefonsogarcia abril 27, 2013 a 2:32 pm #

      Te aseguro, Pepe, que en la comparación, y con todos los peros que le pudiera poner, mi anterior empleo podría considerarse un trabajo soñado. Saludos y gracias por comentar.

  16. Mari nieves abril 27, 2013 a 5:17 pm #

    MARI.N
    Comprendo lo mal que lo pasastes en ese trabajo,y encima no sé puede protestas es una pena donde está llegando esté pais .tienes todo mi afecto y espero que tengas suerte y encuentres pronto algo mejor.Sigue escribiendo y no olvides tú profesión ,algun dia tendras tú recompensa. un abrazo

  17. Siray Munir abril 29, 2013 a 6:32 am #

    Lo que cuentas lo he padecido en mis carnes ,y en mi tierra es lo normal desde siempre, desde la epoca de “España va bien” …ya se ha visto, iba de cojones

    • ildefonsogarcia abril 29, 2013 a 6:51 am #

      Mi solidaridad, Siray. Y, en efecto, iba de cojones. Gracias por comentar y un saludo

  18. Santi agosto 3, 2013 a 7:42 am #

    Querido Ilde, este artículo es de los que no dejan indiferente. Me duelen las pestañas y los dedos al escribir, y tengo el corazón encogido. No sólo porque seas tú, mi amigo, el autor (siempre leemos con un interés especial los trabajos de las personas que conocemos), ni porque hayas sido tú, mi querido amigo, quien ha soportado vivir una situación laboral y social propia de la edad media o de un país tercermundista en un lugar y tiempo donde ningún ser humano está preparado para asimilar un salto así.
    Siento este dolor porque nadie se merece ser tratado con tanto desprecio e indiferencia, y menos una persona que ha trabajado durante toda su vida, primero formándose para poder integrarse y desarrollar una función en la sociedad y luego aportando sus conocimientos y esfuerzo al sostenimiento y el desarrollo de su país.
    El artículo es excelente, Ilde, pero ojalá no lo hubieras tenido que escribir.
    Un abrazo

    • ildefonsogarcia agosto 3, 2013 a 10:59 am #

      Querido Santi. Gracias por tus palabras. Desde luego, fue un poco durillo, pero con la perspectiva actual me alegro mucho de haber tenido esta experiencia y haber podido compartirla con amigos y lectores. Un abrazo grande y espero que nos veamos pronto.

  19. MAYTE ROS octubre 26, 2013 a 10:54 am #

    Nunca pensé que alguien podría hacerme adicta a la lectura. Siempre se relaciona al periodista con un deseo insaciable de “devorar libros y libros”. En mi caso, aunque me gusta, soy bastante perezosa para leer. Pero con tus exquisitos relatos, me estás convirtiendo. Gracias por ello. Un fuerte abrazo

    • ildefonsogarcia octubre 27, 2013 a 8:00 pm #

      ¡Gracias a ti, Mayte! Comentarios como el tuyo me animan muchísimo. Un beso grande. Ilde

  20. Dolors enero 9, 2014 a 11:03 pm #

    Sin palabras estoy. Aun sin conocerte me ha llegado muy hondo tu texto. Qué asco y qué pena todo. Pero qué suerte la tuya haberte alejado de allí y qué suerte la mía haber dado con tu talento. ¡Felicidades, es un verdadero placer leerte!

    • ildefonsogarcia enero 10, 2014 a 8:27 am #

      Muchas gracias por tu comentario, Dolors. Lo mejor de estas cosas es poder contarlas, para que se vayan sabiendo, y que gente como tú te lo agradezca de una manera tan cariñosa. Un beso.

  21. liviadeandres julio 10, 2014 a 6:08 pm #

    Felicidades por esta entrada. Es espeluznante. Gracias por contarlo en detalle y con sentido del humor.

    Lo que hay que aguantar en este país…

    Un saludo,
    Livia

    • ildefonsogarcia julio 10, 2014 a 7:22 pm #

      Muchas gracias, Livia. Por lo menos nos queda contarlo, y si es con algo de humor, pues mejor, que eso no nos lo quiten nunca. Tu blog es también estupendo . Un beso. Ilde

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  1. Esclavo en el hipermercado - abril 27, 2013

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