El insolidario desenmascarado

4 Abr

Cuatro y media de la tarde, aproximadamente, de un día laborable cualquiera. Suena el timbre de la puerta, y despierta mi enojo y pereza habituales. Como lo del perro de Pavlov, pero al revés.  Normalmente, no abro. Pero como me da vergüenza que los que llaman sepan que estoy, suelo deslizarme como un pobre capullo hasta la mirilla sin hacer ruido, para ver si al otro lado aguarda alguien conocido o que deba conocer. En este caso, además, como me pilla fregando la cacharrada de la noche anterior (sí, a esas horas), intuyo que las dos chicas que esperan mi respuesta ya saben que en casa hay bicho. Total, que entre eso y que las muchachas parecen inofensivas, me decido a abrir. Es mi primer error.

La que habla es una chavala jovencita, con rasgos y acento latinoamericanos. Su hiperamabilidad me desconcierta hasta hacerme sentir como lo que ella seguramente pretende: otro tonto pillado con las neuronas bajo mínimos a la hora de la siesta. Vienen de Unicef, dicen, y me presentan sus carpetas y las tarjetas que parecen acreditar su identidad. Uf, Unicef. Estoy en un aprieto. ¿Cómo decirle que no a una organización que trabaja para mejorar la vida de los niños desfavorecidos en el mundo? La chica lo intuye, sabe que está ante un canalla que se debate entre la mala conciencia por no ayudar a esos niños y su irrefrenable deseo de cerrar la puerta y seguir con su vida (continuar fregando los cacharros).

No sé ni mi nombre

Por eso continúa con su estrategia de presión. Habla muy deprisa, y yo proceso despacio. Soy como un camión recién incorporado a la carretera por delante de un bólido que me viene dando las luces, pero como no tengo otro carril para apartarme permanezco ahí, delante de ella, asaeteado por sus preguntas. “¿Cómo te llamas?”, me interroga.

Va a ser mi segundo error, porque aunque mi nombre es Ildefonso – es lo que pone en mi deneí- en mi familia me conocen como Alfonso (otro día explicaré la historia de esta dualidad), así que, por esa razón, y quizá para que no haga algún comentario inoportuno sobre lo inusual de mi nombre oficial, elijo decirle el segundo. Sin embargo, ese instante de duda provoca en ella un comentario aún más impertinente: “Vaya, parece que te lo has tenido que pensar”.

Así está la situación: me encuentro ante una joven de dialéctica atropelladora que se permite hacerse la sagaz lanzando puyitas irónicas a un señor que, todavía con las manos mojadas, trata de decirle que no, a lo que sea que le quiera vender, con cierta cortesía.

¿Eres buena persona?

“Permite que te haga una pregunta muy sencilla”, me desafía. Y  yo, con una sonrisa mentirosísima, aguardo la cuestión. “¿Te consideras una buena persona?”. “¿Pero qué cojones de pregunta es esa?”, contesto (evitando, eso sí, el improperio). “Sí –aclara, como si fuera necesario-, que si crees que eres un tío majo y tal”.

Sin necesidad de respuesta, ella prosigue –su compañera, al parecer, sólo tiene la función de observar- y me comunica que, como buena persona que soy, estaré de acuerdo en que pagar una cantidad muy pequeña al día por ayudar a un niño pobre es algo que no me va a costar ningún esfuerzo. Le digo que estoy de acuerdo, pero que me dejen información sobre sus programas y un contacto, para cuando me decida. Es la fórmula que suelo usar para evadirme de estos asaltos, pero esta vez no me funciona. La tenaz muchacha ha accedido a mi privacidad, y no va a dejarme regresar a ella incólume.

Duelo mental

De este modo llega el momento crítico. Me enseña un impreso con unas casillas en las que debo anotar mi número de cuenta. Yo le insisto en que me deje un teléfono, y ella en hacerse la tonta pretendiendo hacerme ver que no la he comprendido, que el tonto soy yo. La tensión se corta, porque yo estoy impacientándome, y ella sabe que se juega el todo por el todo en el próximo minuto. Me pide un vaso de agua, que yo le concedo, no faltaba más. Se lo bebe con alivio. Ha ganado unos segundos y ha recuperado el aliento. Me pide un sitio donde apoyarse para escribir. Tiene que anotar mi nombre, para las estadísticas, dice. Pasa a la mesa del salón. He perdido la cuenta de mis errores.

Ella vuelve al ataque, echando el resto: “Es un esfuerzo muy pequeño para lo que representa, aunque imagino que ya sabrás cómo funcionamos, porque colaborarás con otras organizaciones”, me espeta. “Sí, sí, claro”, miento. “¿Con cuáles?”, me acorrala.

Hasta aquí hemos llegado. Vale que haya interrumpido mi tranquilidad en mi hogar, que haya tratado de avergonzarme por mi duda a la hora de decirle mi nombre o que me hiciera preguntas estúpidas, pero lo de pretender ponerme en evidencia respecto a mi espíritu solidario es demasiado. Ya no le sonrío cuando le digo que no insista, que no le voy a dar mi número de cuenta. Mi tono ha debido de ser definitivo, porque ella recoge con cierta brusquedad sus papeles y se despide de mí, fingiendo una amabilidad por la que ya no le darían ningún premio de interpretación.

Cierro la puerta, aún perplejo por la agresividad de esta joven, preguntándome si ese es el tono idóneo –al margen del método del puerta a puerta, más propio de la época de los Alcántara que del mundo de las redes sociales y demás modernidades- para que una organización tan prestigiosa y reputada como Unicef -si es que, como afirmaron y me pareció, la chicas trabajaban para ella- pida apoyo para sus programas. “¿Quiénes eran, papá?”, me pregunta mi hija, de nueve años, algo inquieta. “¿Pues se han puesto bastante pesaditas, no?”, concluye. Pues sí, hija, sí que han sido un poco pesadas… ¿Me ayudas a secar los platos?

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6 comentarios to “El insolidario desenmascarado”

  1. javier abril 4, 2013 a 2:39 pm #

    No pasa nada… cuando se ponen el peto de la superioridad moral hay que ser contundentes… el otro día me asaltaron unos evangélicos con sus monsergas y como no me apetecía discutir les solté delante de mis hijos sin rubor: “no me interesa, soy aeo perdido”

  2. Diana abril 5, 2013 a 6:36 am #

    Yo tuve una experiencia parecida el otro día con tres chicos de Save the Children. Y curiosamente la chica que llevaba la voz cantante también me pidió un vaso de agua, lo que aprovechó para llegar hasta el comedor de mi casa y hacerse fuerte ahí. Fue una experiencia.. cómo lo diría. Bueno, creo que tú lo has expresado estupendamente.

    • ildefonsogarcia abril 5, 2013 a 7:17 am #

      Vaya, pues vamos a tener que decirles que en casa sólo tenemos vino, a ver si así los ahuyentamos. De todas formas, que nos sirva de experiencia. No hay que dejar pasar de la puerta a nadie que no conozcamos (e incluso a algunos conocidos, je je).

  3. Julio abril 8, 2013 a 4:23 pm #

    ¡¡Qué bueno!! Creo que más de uno hemos echado una carcajada al reconocernos una, diez y cien veces en “…suelo deslizarme como un pobre capullo hasta la mirilla sin hacer ruido”. jajajaja.
    Y, por cierto, ¿¿¿¿no te decía tu madre que la puerta no se abre a desconocid@s????
    Pero bueno, si te vence la tentación porque esperas la herencia de un tío rico de Cuba, siempre se puede recurrir al “¡enséñame la patita por debajo de la puerta!” (…que vaya mierda de puerta tenían en esa casa).

    • ildefonsogarcia abril 8, 2013 a 4:47 pm #

      Sí, sí, ya me he dado cuenta de que esto de la mirilla es un acto vergonzoso que compartimos en secreto muchos, je je. Y lo del tío rico de Cuba es díficil: ya no quedan, se vinieron todos a invertir en el ladrillo. Los nietos de los chavales que emigran hoy para América y Europa para buscarse la vida serán los afortunados dentro de unas décadas, en todo caso. Abrazos.

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