Archivo | junio, 2013

Con la comida sí se juega

29 Jun

A buen hambre no hay pan duro, dicen. Ni paquetes de salchichas cercanas a su fecha de caducidad, o botellas de zumo que no se venden -y ocupan mucho espacio-, o verdura del día anterior, que ya se ha puesto fea, añado. Pero los del hipermercado donde trabajé el pasado invierno no lo saben. Ellos sólo quieren procurarnos lo mejor.

Estoy seguro de ello, porque de otro modo no tirarían cada día a través de lo que ellos llaman “la merma” kilos y kilos de alimentos todavía comestibles.  Su destino: la compactadora, la “comemierda”, como se referían a ella jocosamente los vigilantes del centro cada vez que me pedían por la emisora que la abriera para avivar aún más su insaciable voracidad.

Recientemente he leído que el Ayuntamiento de Barcelona identificó el año pasado 2.865 niños que llegaban al colegio sin desayunar e incluso sin cenar, y me reconforta saber que al menos no tuvieron que comerse un bocadillo hecho con pan del día anterior, o con jamón de york con fecha de ayer; o una barra de fuet que, según se decide en su etiqueta, ya no puede servir de alimento a nadie a partir de mañana. Menos mal.

Porque, en mi ingenuidad, durante las primeras jornadas en las que dediqué buena parte de mi turno a arrojar a la trituradora docenas de bandejas de fiambre envasado al vacío, cuarenta o cincuenta barras de pan de la tarde anterior o un palé de cajas de gazpacho, no podía evitar un ligero estremecimiento al pensar en esas familias para las que medio llenar el cesto de la compra es un dolor que se paga con privaciones que en este país parecían haber quedado confinadas hace mucho tiempo al baúl de los recuerdos.

Afortunadamente, pasadas las primeras semanas de natural reticencia comprendí que esos críos de Barcelona, o ese chaval de cada cuatro que vive en España bajo el umbral de la pobreza, como nos dice la ONU, tienen en realidad mucha suerte de que las grandes superficies de venta de alimentos, que nos deleitan cada día con sus trespordoses y sus mejoresprecios, no pongan a su alcance comida de ayer, de hace unas horas, o de mañana. Los pobres también deben comer sano y crujiente. Digo yo. Y trabajar para pagarlo, si les dejan; porque, si no, ¿qué dignidad habría en beberse un zumo de naranja o comerse un plato de acelgas que no te has ganado con el sudor de tu frente?

Además –no se alarmen-, para evitarles malas tentaciones o lamentos mal dirigidos, tienen el detalle de destruir todas esas toneladas de comida fuera de su vista, en esa maravilla de compactadora que se traga todo lo que le eches: desde metacrilatos hasta los paquetes de pilas de seis u ocho unidades a los que alguien ha sustraído una, condenando al resto a morir trituradas. Todo convenientemente revuelto con la carne o el pescado que no se vendió ayer.

Sí, comprendo su natural repugnancia, no se crean. A mí también me costó entenderlo al principio. Pensaba en esa madre que no sabe de dónde rebañar los últimos euros del mes para inventarse una cena, o en ese padre que tiene que decirle a su hija que hoy vuelve a ir al colegio sin desayunar, y me pasaba lo mismo.

Hasta que un día le pregunté a uno de los encargados de sección que por qué no se donaba esa comida a las oenegés o a las asociaciones o la gente del barrio que pasaba hambre: “Es que, si se hiciera eso, esas asociaciones se acostumbrarían en seguida y destinarían las ayudas que reciben para ello a otras cosas”, me contestó, con una lógica irrebatible. Además, qué demonios, también en el hipermercado hacen de vez en cuando una cosa que se llama Operación Kilo, que es muy solidaria y queda retequetebién en el periódico local, con foto a tres columnas de los jefes de la tienda posando ufanos con el cartel de la campaña.

Así que no se preocupen, que con la comida no se juega. O sí. No sé. ¡Qué más da!  De todos modos, por precaución, si usted conociera por casualidad a una de esas familias que no pueden darle a sus hijos las tres comidas preceptivas del día, no le diga nada de esto que tan demagógicamente escribo. No vaya a sentarle mal saber que, al otro lado de ese muelle de carga, el híper del barrio -su híper amigo-protege de esa manera tan curiosa su dieta y la de su prole. Que hay gente muy tiquismiquis.

@lldefonsogr

El periodista invisible

3 Jun

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Los del banco me han mandado hace unos días una carta comunicándome que estoy en unos alarmantes números rojos, pero yo les he tranquilizado diciéndoles que mañana me ingresan varias unidades de visibilidad y prestigio. No me han contestado aún, pero imagino que se habrán puesto muy contentos por la noticia. Ellos sí que entienden la importancia de este tipo de recompensa laboral, no como el carnicero de mi barrio, que se negó a despacharme el otro día unos filetes que le pedí si no le daba a cambio unos cuantos euros. Qué grosería y qué falta de sensibilidad. Cochino dinero.

Y eso que le dije que no era yo solo el que pensaba así, sino que reconocidos profesionales (con muchísima más visibilidad que yo, dónde va a parar) también lo defienden. Como la periodista Montserrat Domínguez,  que ahora dirige la versión española del Huffington Post, un medio muy guay que se publica en Internet, y que paga a sus colaboradores en esa moneda tan pura, tan pura, que sólo los corazones más limpios, como el de Montserrat, son capaces de valorar.

Bien lo sabe Montserrat, porque también ella tenía mucha visibilidad y prestigio cuando trabajaba antes para la Cadena Ser y otros medios. También tiene mucha visibilidad y prestigio el Grupo Prisa, que es quien edita ese digital en España. Por eso sabían de lo que hablaban cuando en la presentación del  Huffington, el año pasado por estas fechas, regalaron al mundo el anuncio de que sus colaboradores cobrarían en esta moneda de nuevo cuño, que sólo los espíritus más hoscos y mezquinos son incapaces de apreciar.

Pero vamos avanzando, aunque poquito a poco, porque cada vez somos más los que ya podemos ver el bonito traje del emperador, con sus bordados en oro, sus nobles telas y todas esas cosas. Por ejemplo, la semana pasada contacté con un chico muy majo que se encarga de una revista digital preciosa, de temas culturales y tal, y le mandé mi currículum, un documento lleno de manchas, porque está construido sobre trabajos que durante veinte años tuve la desvergüenza de cobrar en dinero, pese a que también me dieron alguna visibilidad, escasa, pero visibilidad, al fin y al cabo.

Lo hacemos porque nos gusta

Este chico me dijo muy educadamente que no pagaban por las colaboraciones, pero me animó a proponerle algún tema, porque mi perfil le pareció interesante y, sobre todo, porque “hacemos esto porque nos gusta, por el prestigio, los contactos, etc., aunque también aspiramos a ganar dinero en un futuro”. Y yo, que todavía no he logrado desprenderme de la podredumbre materialista que me ha ahogado durante toda mi vida, le dije que gracias, pero que no. Luego he sabido que ese chico es profesor de una escuela de negocios muy importante, así que me he consolado pensando que también él debe de tener sus momentos de debilidad.

Pero ahora estoy orgulloso, porque el otro día el editor de una revista que se publica en papel -¡sí, en papel!- contactó conmigo y me dijo que le interesaba un artículo mío en el que hablo de la explotación laboral que sufrí hace unos meses en un hipermercado. Le dije que ya lo había sacado unos días antes el blog de otro medio, al que yo se lo ofrecí desinteresadamente, porque lo hace un amigo mío y porque quería que el asunto tuviera algo de difusión.

Para mi sorpresa, el señor de esta revista me expresó su decepción, porque hubiera preferido que el artículo “fuera inédito”, aunque mantuvo su intención de publicarlo. La verdad es que me dio un vuelco el corazón, porque por unos minutos temí que esa respuesta, donde además no se me aclaraba nada sobre este concepto, implicara la posibilidad de una transacción monetaria, como se hacía antes. Qué vergüenza.

Afortunadamente, alguien me aclaró que no, que allí tampoco te daban dinero por tu trabajo, pero sí visibilidad y prestigio. Menos mal, porque, si no, me habría sentido fatal publicando con ellos una historia de explotación laboral a cambio de unos eurillos. Lamenté, eso sí, que mi visibilidad a través de esta revista no pudiera ser, como a ellos les hubiera gustado, inédita.

Es que además no te creas que esta gente -emprendedores que ponen en marcha medios de comunicación para defender los derechos sociales y denunciar en ellos la destrucción del estado del bienestar y esas cosas- gana con ese esfuerzo nada que no sea visibilidad y prestigio: estos muchachos hacen un gran trabajo para concienciar a la sociedad contra la corrupción, la explotación laboral y demás horrores que nos van acechando.

Volcado en ayudar

Por eso decidí ayudar todavía más, y como últimamente muevo cada vez menos el coche, la pasada semana empecé a utilizarlo llevando a la gente de un sitio a otro de la ciudad. Lo agradecían mucho, se cansaban menos y me daban conversación. No les cobraba nada, claro, porque a mí me gusta conducir y conocer gente nueva. Sólo les pedía que le hablasen bien de mí a sus amigos y vecinos, por si alguno necesitaba mis servicios. En la gasolinera les iba a decir que, a cambio de llenar el depósito de mi coche de vez en cuando, contaría a todo el mundo maravillas de lo limpio que lo tienen todo y lo simpáticos que son.

Pero surgió un problema. Mi vecino, el taxista, que es un hombre muy chapado a la antigua, se enteró de mi nueva actividad. Le dije que mi visibilidad no tenía por qué perjudicar a su viciosa labor remunerada. Pero no lo entendió. Me ha denunciado,  y “para que así sea más visible todavía”, dice, ha colocado carteles insultándome en el portal de mi casa. Me da mucha pena por él, la verdad, porque sigue sin comprender nada.

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