Archivo | agosto, 2013

Desnudo se pierde mucho

19 Ago

Me lo reveló mi abuelo, hace muchos, muchos años, una mañana de playa, en una de sus impagables sentencias: “Hijo, la mujer,desnuda, pierde mucho”. Fue en Torrevieja, Alicante, como diría Mayra Gómez Kemp. En la playa de Los Locos. Buen nombre, sin duda, para un arenero junto al mar en el que mamíferos en posesión aparente de todas sus facultades mentales se tienden al sol bajo cuarenta grados de castigo, de manera voluntaria y por presunto placer.

Mi abuelo tenía razón, como casi siempre –aunque estoy seguro de que habría matizado su atinado comentario de llegar a conocer a todas mis amigas y conocidas, incluida la señora del quiosco de mi barrio, que sé que me lee.

También, claro, hubiera estado en lo cierto si su comentario se hubiera referido a los hombres. Pero mi abuelo Ildefonso no perdía el tiempo con asuntos ajenos a su interés. El caso es que, en general, y con todas las admirables excepciones que se quieran, las cosas desnudas suelen sufrir una seria mengua en su atractivo, como ver un televisor destripado, los decorados de una representación teatral o, sin ir más lejos, la tramoya de los medios de comunicación sin la tapa trasera, como las viejas radios de válvulas.

Por ejemplo,  el otro día me ofrecieron un trabajo por fin relacionado con el periodismo, mi supuesto oficio. El ayuntamiento de una ciudad de tamaño medio quiere informar del día a día de su municipio ayudando a impulsar un buen periódico on line, abierto a todos los ciudadanos.

Elevada intención, bien vestida: traje impecable, de sport, moderno y juvenil, que igual te vale para diario que para una fiesta informal. Lástima que la percha desmereciera, pues la propuesta pasaba por que yo crease una asociación por mi cuenta, también con un terno bonito de promoción de la comunicación y la cultura en la ciudad –que yo casi no había pisado en mi vida– y me presentase a la mesa petitoria de subvenciones de ese ayuntamiento, que por supuesto me concederían, además de sus campañas publicitarias ya presupuestadas. Todo ello fiado a la palabra de mi interlocutor.

La web, por supuesto, debía loar en su justa medida la excelencia de la gestión del equipo municipal, que la financiaría de ese modo por vía interpuesta, desde la sombra, arrancando así la campaña electoral a dos años vista con el dinero de los propios ciudadanos y un pringadillo movido desde el despacho del alcalde. Eso sí, vestido con un bonito conjunto arlequinado, o de payaso listo. O tonto, imagino.

Es solo una pequeña historia sin importancia en la boutique del periodismo patrio que el otro día me encontré entrando y saliendo de probadores. Sin duda, la propuesta ganaba mucho vestida, pero yo preferí quedarme, más que desnudo -con perdón-, en pelotas, que parece lo mismo pero no termina de serlo. Y así seguimos. Menos mal que estamos en verano.

Una noche y dos miradas

1 Ago

No son todavía las nueve de la tarde-noche cuando tomo el volante de la furgoneta en la que recorreré durante las ocho horas siguientes, desde mi nueva identidad, las calles que conforman el mapa de mi pasado biográfico y mi nostalgia presente. Me iré deteniendo cada poco en un quiosco de la ONCE situado junto a un edificio donde un día trabajé, en la esquina donde tantas veces me cité con mi novia, en esa plaza que en una época de mi vida frecuenté o frente al portal donde vivían mis mejores amigos.

Ahora, amparado por el efecto distorsionador de la noche y la limitada comunicación con mi compañero, me asomo a esos lugares como quien atisba furtivamente su propio hogar desde una ventana entreabierta, participando en un juego de espejos deformantes en el que ya no acierto a discernir cuál es el original y cuál su reflejo.

Me ocurre lo mismo con el resto de la vida que observo durante ese recorrido nocturno, caluroso y obsesivo entre un mismo quiosco reubicado una y otra vez en distintas plazas, calles y ciudades. Mi trabajo es un viaje de incógnito, oculto tras mi cubo y mi raqueta limpiacristales, por un territorio que cambia de paisaje a medida que el cuentakilómetros de la Kangoo va completando la ruta encomendada.

En un centro comercial donde ofrecen pistas de nieve fabricada y otros artificios comerciales, a las nueve y media el dios Consumo recibe sus preceptivas oraciones y conforta a sus feligreses con aire acondicionado, luces brillantes y bolsas de colores. A unos kilómetros, pueblos como Navares de Enmedio o Griñón disfrutan del efímero bullicio estival, los niños en bicicleta y las tertulias familiares en las terrazas. Vacaciones antiguas, de las de antes de la vida por encima de nuestras posibilidades.

A cinco minutos, un par de kilómetros y un quiosco de distancia, en Fuenlabrada, una mujer de mediana edad fuma tranquilamente sentada en un banco. Puede ser española, o quizá de algún país del este. Lleva el pelo corto y un saco de dormir que detona entre su aspecto de ciudadana convencional. Nos cruzamos una mirada de la que ambos huimos al instante. Ella apura el cigarrillo, se levanta y se mete en el cajero automático de uno de esos bancos cuyos desmanes hemos pagado entre todos sin que los que nos gobiernan tengan siquiera la decencia de reconocérnoslo. Pese a la obscena luminosidad que hace restallar el cajero, la mujer extiende su saco tranquilamente, coloca el resto de sus pertenencias en su cabecera y se echa a dormir. O lo que sea que se pueda hacer en su situación. Ya no la miro más. Me da vergüenza.

Alguien pasea un perro  y un tipo se desliza en su monopatín por la calle desierta. La noche avanza y echa el cierre a bares y terrazas. Ahora viajamos hasta el corazón de la gran ciudad. En la plaza de Lavapiés, a la una y media, varios centenares de personas comparten el alivio térmico de la noche en un ágora de conversaciones donde diversas lenguas conforman un muro de sonido ininteligible. Sentados en las escalinatas que dan acceso a un teatro, en las escaleras del metro o en los bancos del mobiliario urbano,  grupos de árabes , negros, suramericanos, indios y algunos españoles se reparten el espacio, ordenadamente, cada uno en su sector. Apenas una tienda de los chinos permanece abierta, y sólo una ocasional luz enmarcada por una ventana revela movimiento en el interior de los edificios, pero la plaza bulle de vida procedente de distintos rincones del planeta. Todo en unos cientos de metros cuadrados, abigarrado, confuso y colorido.

También hay algunos niños, como la pequeña mulata, de no más de cinco o seis años, que durante un par de minutos ronda curiosa alrededor del quiosco. Por fin me mira con sus grandes ojos negros, sin atreverse a preguntar. “Hola”, le digo. “Hola –me contesta tímida-, ¿lo vais a quitar?” “No, sólo lo limpiamos”, le respondo. Ella contesta un “¡ah!” de alivio y vergüenza y corre a reunirse con su madre, buscando la seguridad de sus faldas tras su pequeña aventura.

Son poco más de las cinco cuando, ya en la cochera central, apago el motor y tacho una jornada más en mi calendario laboral provisional. A la empresa le he dejado 132 kilómetros, ocho horas y 23 quioscos relimpios. A casa me llevo esas dos miradas.

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