Archivo | septiembre, 2013

Dos sustos y una preocupación

23 Sep

Te bajas de la furgoneta a las cuatro de la mañana para afrontar la limpieza del último quiosco de la noche y te encuentras esto. ¡Pero qué coño! Al principio dudé si sería alguien disfrazado. Luego, al tener que moverlo para poder hacer mi trabajo, comprobé que el muñeco, que medía como metro y medio, pesaba un quintal. Menuda cosa más siniestra.

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Aquí lo tienen, después de que lo hube apartado unos metros del quiosco. Incluso pensé en llevármelo a casa para gastarle una broma a mi mujer, pero recordé que tiene la tensión alta.

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Pero para siniestro y disparador de la tensión arterial, este cartel que había visto esa misma noche pegado, entre otros muchos gemelos, en el cristal de un escaparate del barrio de Salamanca. Les aseguro que la fotografía está tomada en septiembre de 2013, aunque parezca julio del 36. Como en el caso del feísimo muñeco, también me llevé un buen susto, aunque éste todavía no se me ha pasado. Qué mal cuerpo. No tenemos remedio.

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Ante el final de mi viaje estival

16 Sep

En apenas un par de semanas habrá concluido el contrato que me ha llevado este verano a viajar entre quioscos de la ONCE. Un viaje alternativo, inusual y enriquecedor (poco en lo económico, pero mucho en lo personal) en el que he aprendido algunas cosas y corroborado otras.

He descubierto, por ejemplo, que los bancos no son tan malos como los pintamos, que tienen una estupenda utilidad social. Que se lo pregunten, si no, a las docenas de personas que he visto durante estos tres meses dormir en el interior de sus cajeros automáticos.

También he comprobado que es muy difícil discutir con un compañero sordo. En el acaloramiento nunca sabes si lo que estás diciendo es entendido con claridad por tu interlocutor. Al mismo tiempo, más que comprender lo que él te quiere comunicar, lo intuyes a través de sus gestos y algunas palabras medio inteligibles. Y así no hay manera. Pero… ¡Esperen un momento! Olvídenlo: en realidad, no parece diferente a discutir con cualquier persona, oyente o no.

Otra cosa que sí he aprendido es que si te para la Guardia Civil en un control de alcoholemia, y el que conduce es tu compañero -que no oye nada por debajo del umbral sonoro del escape libre de una moto de nosecuántosmil centímetros cúbicos- conviene que estés atento para aclararle al  agente la causa por la que aquél parece ignorar sus preguntas mientras busca la documentación del vehículo. No conviene impacientar a un benemérito.

Y he visto la cara oculta de la luna: la noche en la ciudad, con algunas calles llenas de gente –sobre todo inmigrantes-, que huyen del calor madrileño sentados en las aceras, en los bancos públicos, e incluso en sillas plegables, como esa tertulia que una docena de mujeres mantenía cada noche en una calle peatonal de Getafe. O esa otra, en la que varias señoras de las del barrio de toda la vida departían tranquilamente en San Fernando de Henares, sentadas en un banco contiguo al que ocupaban varios jóvenes negros, que también disfrutaban de la noche veraniega tomándose unos refrescos comprados en el chino.

Ah, y las tiendas de chinos, que se han convertido en algo tan común al paisaje urbano de nuestras ciudades como los semáforos, las farolas o los bares. Si, como canta Sabina, sólo en Antón Martín hay más bares que en toda Noruega, en cada barrio de la Comunidad de Madrid hay más chinos que en el mismo Pekín. ¡Y qué tarde cierran!, para suerte de los sedientos trabajadores que se ganan el pan a esas deshoras.

También, y esto me lo han contado, he sabido que para trabajar en la calle es mucho mejor el verano. Tratar de limpiar cristales en pueblos de la sierra madrileña a las dos de la madrugada en diciembre o enero no resulta una tarea grata. Ni conducir por esas carreteras, donde nunca sabes dónde te aguarda la placa de hielo que te sacará de la vía. Este invierno, cuando esté en la cama, calentito y seguro, me costará algo más dormir pensando en los que han sido mis compañeros a lo largo de estos calurosos meses, y que entonces estarán usando alcohol para sacar en luz los vidrios de los quioscos, que limpiarán intentando protegerse de los grados bajo cero escondidos detrás de dos o tres jerséis y varios pares de calcetines.

Por último, he confirmado algo que ya tenía aprendido desde hace mucho tiempo, pero que no por ello me deja de poner de muy mal humor: que los pobres lo somos también para cometer errores. Que si mientras trabajas dentro del quiosco alguien se lleva la silla, que has tenido que sacar a la acera, eres tú quien la paga. O que si, por un descuido, te has dejado la furgoneta abierta y otro amigo de lo ajeno te levanta, por ejemplo, el juego de llaves de una docena de quioscos, palmas los 700 euros que costará cambiar las cerraduras. Más de la mitad de tu sueldo de un mes currando de noche, jugándote el bigote por esas carreteras donde se te puede cruzar un jabalí, una vaca, o la placa de hielo que ya conocimos en otro párrafo. Sólo porque has tenido la mala suerte de que coincidiera un mínimo descuido tuyo con la presencia de un choricillo callejero atento a la jugada.

Y pienso, al mismo tiempo, en todos esos tipos de tarjetas oro y zapatos de mil pavos que nos han jodido el país, los irresponsables cuyos graves errores de gestión hemos tenido que rescatar nosotros, los mismos a los que ellos amenazan con echarnos de nuestras casas al primer infortunio. O en esos otros que calientan escaño, trono municipal o borbónico, o butaquita de esta o aquella comisión, y que casi nunca pagan por sus descuidos, e incluso son indemnizados generosísimamente por ellos. O en esos macarras laborales que se quejan porque su despacho no tiene buenas vistas, mientras deciden impunemente que, para optimizar los recursos, van a pagar menos de 700 euros al mes a chavales a los que hacen trabajar en jornadas infames, incluidos domingos y festivos, y a los que, también, a la menor equivocación, les robarán parte de su minúsculo salario de subsistencia, o les echarán a la puta calle, sin más. Y es que errar es humano, pero más humano todavía parece ser joder al prójimo que está bajo tu bota. O bajo tus zapatos de mil pavos. Sí, definitivamente, es mejor ser rico. También para cometer errores.

Todo esto, y más, es lo que he aprendido durante estos tres meses. Pero quizá me he extendido demasiado en mi relato. Lo sé, y por eso les pido perdón si he abusado de su paciencia al hacerles ver con tanto pormenor el álbum de fotos de mis viajes de este verano. A cambio, si me honran con su confianza, prometo dejarles un día de estos los cristales de casa como una patena.

Vivir en el aeropuerto

3 Sep

Hay algo inquietante en el hecho de sorprender a alguien conocido en un entorno ajeno al habitual en el que nos solemos relacionar. O fuera de horas de visita. Es como cuando vemos a los presentadores de los telediarios en otro programa y desde distintos ángulos de cámara, que nos parecen raros.

También pasa con los lugares, especialmente si ya de por sí son extraños. Como un aeropuerto. De repente, entras en la terminal T4 de Barajas a las tres de la madrugada de un jueves cualquiera de verano para limpiar un par de quioscos de la ONCE y sientes que estás molestando. Que no son horas.

Claro, que no es lo mismo entrar arrastrando unas maletas que con un cubo lleno de agua y jabón. Ni hacerlo vestido con pantalón corto y sandalias que con un chaleco reflectante y unas botas de seguridad. La cosa cambia, sobre todo, porque mi foco de atención no es el panel informativo con los horarios de los vuelos, sino los cristales del puesto de venta de los cupones, que me provocan una menor aceleración del pulso y me conceden más calma para observar a mi alrededor.

Así que allí me tienen, bajo esa gigantesca estructura que parece el costillar del hermano mayor de Moby Dick, iluminada como los grandes almacenes en Navidad y apenas habitada a esas horas por unas docenas de trabajadores y otros tantos viajeros que duermen tirados en el suelo, con las cabezas apoyadas en sus equipajes, arrimados a las paredes de vidrio que circundan el abismo que deja ver las plantas inferiores.

También hay una azafata holograma que explica con una sonrisa encantadora los procedimientos de facturación y embarque a unos viajeros que todavía tardarán unas horas en llegar. Y un hombre muy mayor sentado en el McDonald’s, con la camisa desabotonada  por debajo del pecho, unos pantalones llenos de lamparones y la barba salpicada por la espuma de la cerveza que le acaba de servir una camarera malhumorada.

Para mi dificultad, encuentro una mujer, también muy mayor, durmiendo entre el estrecho pasillo que deja la cara trasera del quiosco y el cristal que la separa del hueco que da al nivel menos uno de la terminal. Está descalza, y rodeada de sus pertenencias. La piel de su cara es muy blanca, y su expresión de cierta placidez. Procuro hacer mi trabajo sin pisarla ni salpicarla.

De jueves a jueves. Mi compañero y yo volvemos a pasar por delante de la azafata virtual, que sigue, indesmayable, hablando para el viajero invisible. Toda una profesional que demuestra la ventaja de estas cosas frente a los trabajadores de carne y hueso, que seguro que estarían fumando en la puerta, o quejándose de dolor de pies.

Llegamos de nuevo al quiosco y allí está ella, dormida en el mismo lugar y la misma posición que hace exactamente una semana. Con sus tobillos desnudos, hinchados y surcados de problemas circulatorios. Me pregunto cuándo perdería el avión, qué conexión de vuelos le falló a esta mujer para haberse quedado tirada en este aeropuerto diseñado para llevar a la gente a todos los lugares del planeta, pero que también da techo a los que no tienen ya otro rincón al que acogerse.

Así que me voy de la flamante T4 con el mal cuerpo que se le queda a uno cuando se marcha de un sitio donde sabe que no estaban preparados para recibirlo como a ellos les hubiera gustado. De todos modos, si no tienen más remedio que dejarse caer por allí uno de estos días a esas horas, por curiosidad, porque quieran tomarse una cerveza barata en el McDonald’s, o incluso para viajar, no me despierten a nadie. Y, ¡por favor!, hagan al menos como que atienden unos segundos a la encantadora azafata holograma de facturación. Creo que empiezo a sentir algo por ella.

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