Vivir en el aeropuerto

3 Sep

Hay algo inquietante en el hecho de sorprender a alguien conocido en un entorno ajeno al habitual en el que nos solemos relacionar. O fuera de horas de visita. Es como cuando vemos a los presentadores de los telediarios en otro programa y desde distintos ángulos de cámara, que nos parecen raros.

También pasa con los lugares, especialmente si ya de por sí son extraños. Como un aeropuerto. De repente, entras en la terminal T4 de Barajas a las tres de la madrugada de un jueves cualquiera de verano para limpiar un par de quioscos de la ONCE y sientes que estás molestando. Que no son horas.

Claro, que no es lo mismo entrar arrastrando unas maletas que con un cubo lleno de agua y jabón. Ni hacerlo vestido con pantalón corto y sandalias que con un chaleco reflectante y unas botas de seguridad. La cosa cambia, sobre todo, porque mi foco de atención no es el panel informativo con los horarios de los vuelos, sino los cristales del puesto de venta de los cupones, que me provocan una menor aceleración del pulso y me conceden más calma para observar a mi alrededor.

Así que allí me tienen, bajo esa gigantesca estructura que parece el costillar del hermano mayor de Moby Dick, iluminada como los grandes almacenes en Navidad y apenas habitada a esas horas por unas docenas de trabajadores y otros tantos viajeros que duermen tirados en el suelo, con las cabezas apoyadas en sus equipajes, arrimados a las paredes de vidrio que circundan el abismo que deja ver las plantas inferiores.

También hay una azafata holograma que explica con una sonrisa encantadora los procedimientos de facturación y embarque a unos viajeros que todavía tardarán unas horas en llegar. Y un hombre muy mayor sentado en el McDonald’s, con la camisa desabotonada  por debajo del pecho, unos pantalones llenos de lamparones y la barba salpicada por la espuma de la cerveza que le acaba de servir una camarera malhumorada.

Para mi dificultad, encuentro una mujer, también muy mayor, durmiendo entre el estrecho pasillo que deja la cara trasera del quiosco y el cristal que la separa del hueco que da al nivel menos uno de la terminal. Está descalza, y rodeada de sus pertenencias. La piel de su cara es muy blanca, y su expresión de cierta placidez. Procuro hacer mi trabajo sin pisarla ni salpicarla.

De jueves a jueves. Mi compañero y yo volvemos a pasar por delante de la azafata virtual, que sigue, indesmayable, hablando para el viajero invisible. Toda una profesional que demuestra la ventaja de estas cosas frente a los trabajadores de carne y hueso, que seguro que estarían fumando en la puerta, o quejándose de dolor de pies.

Llegamos de nuevo al quiosco y allí está ella, dormida en el mismo lugar y la misma posición que hace exactamente una semana. Con sus tobillos desnudos, hinchados y surcados de problemas circulatorios. Me pregunto cuándo perdería el avión, qué conexión de vuelos le falló a esta mujer para haberse quedado tirada en este aeropuerto diseñado para llevar a la gente a todos los lugares del planeta, pero que también da techo a los que no tienen ya otro rincón al que acogerse.

Así que me voy de la flamante T4 con el mal cuerpo que se le queda a uno cuando se marcha de un sitio donde sabe que no estaban preparados para recibirlo como a ellos les hubiera gustado. De todos modos, si no tienen más remedio que dejarse caer por allí uno de estos días a esas horas, por curiosidad, porque quieran tomarse una cerveza barata en el McDonald’s, o incluso para viajar, no me despierten a nadie. Y, ¡por favor!, hagan al menos como que atienden unos segundos a la encantadora azafata holograma de facturación. Creo que empiezo a sentir algo por ella.

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4 comentarios to “Vivir en el aeropuerto”

  1. Yoli de Riaguas septiembre 3, 2013 a 6:16 pm #

    Se está acabando el verano y no te pasas a tomar la cerveza.
    Acabo de hacer un pozo (legal) en el patio y voy a tener que cobrar la entrada. Resulta que es el único del la historia de Riaguas en el que no sale agua… de momento, les digo yo, sólo de momento.. pero ya sabes lo incrédulos que son en mi pueblo.
    Bueno, que quedemos, si no es en el pueblo, me puedo acercar a un kiosko de la ONCE.
    Un abrazo, y enhorabuena por tus crónicas
    Yolanda

    • ildefonsogarcia septiembre 4, 2013 a 2:25 am #

      ¡Yoli! Qué bueno lo del pozo. Igual no da agua porque es legal, que en este país ya ves que sólo manan cosas por lo B. Me apetece mucho lo de la cerveza en tu pueblo. Te llamo para ver si el sábado 14 o domingo 15 nos podemos ver allí. Un beso y gracias por leerme. Ilde

  2. Julio septiembre 5, 2013 a 7:58 am #

    ¡Qué jodido está el tema!
    Lo que sociológicamente es lo peor del mundo, no tener un techo donde cobijarse (y al que te envíen sus cartas los bbvas, telefónicas, iberdrolas y carrefoures de turno), era el estado lógico y natural antes de convertirnos en “bichos racionales”. Cualquier otro animal tiene su territorio y la posibilidad de hacerse guaridas o madrigueras, de cazar y de pastar sin tener que rendir tributo ni pleitesía. El hombre, la “cosa viva más privilegiada” de la tierra, perdió esos derechos a medida que ganaba sus privilegios, y solo puede recuperarlos con una sólida cuenta bancaria y una lengua perfectamente adiestrada que sepa decir “sí bwana”…
    Quizá nos hemos engañado con el cuento de los derechos y privilegios.

    • ildefonsogarcia septiembre 5, 2013 a 12:50 pm #

      ¡Qué buen análisis, Julio! Muchas gracias por compartirlo aquí. Abrazos

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