Ante el final de mi viaje estival

16 Sep

En apenas un par de semanas habrá concluido el contrato que me ha llevado este verano a viajar entre quioscos de la ONCE. Un viaje alternativo, inusual y enriquecedor (poco en lo económico, pero mucho en lo personal) en el que he aprendido algunas cosas y corroborado otras.

He descubierto, por ejemplo, que los bancos no son tan malos como los pintamos, que tienen una estupenda utilidad social. Que se lo pregunten, si no, a las docenas de personas que he visto durante estos tres meses dormir en el interior de sus cajeros automáticos.

También he comprobado que es muy difícil discutir con un compañero sordo. En el acaloramiento nunca sabes si lo que estás diciendo es entendido con claridad por tu interlocutor. Al mismo tiempo, más que comprender lo que él te quiere comunicar, lo intuyes a través de sus gestos y algunas palabras medio inteligibles. Y así no hay manera. Pero… ¡Esperen un momento! Olvídenlo: en realidad, no parece diferente a discutir con cualquier persona, oyente o no.

Otra cosa que sí he aprendido es que si te para la Guardia Civil en un control de alcoholemia, y el que conduce es tu compañero -que no oye nada por debajo del umbral sonoro del escape libre de una moto de nosecuántosmil centímetros cúbicos- conviene que estés atento para aclararle al  agente la causa por la que aquél parece ignorar sus preguntas mientras busca la documentación del vehículo. No conviene impacientar a un benemérito.

Y he visto la cara oculta de la luna: la noche en la ciudad, con algunas calles llenas de gente –sobre todo inmigrantes-, que huyen del calor madrileño sentados en las aceras, en los bancos públicos, e incluso en sillas plegables, como esa tertulia que una docena de mujeres mantenía cada noche en una calle peatonal de Getafe. O esa otra, en la que varias señoras de las del barrio de toda la vida departían tranquilamente en San Fernando de Henares, sentadas en un banco contiguo al que ocupaban varios jóvenes negros, que también disfrutaban de la noche veraniega tomándose unos refrescos comprados en el chino.

Ah, y las tiendas de chinos, que se han convertido en algo tan común al paisaje urbano de nuestras ciudades como los semáforos, las farolas o los bares. Si, como canta Sabina, sólo en Antón Martín hay más bares que en toda Noruega, en cada barrio de la Comunidad de Madrid hay más chinos que en el mismo Pekín. ¡Y qué tarde cierran!, para suerte de los sedientos trabajadores que se ganan el pan a esas deshoras.

También, y esto me lo han contado, he sabido que para trabajar en la calle es mucho mejor el verano. Tratar de limpiar cristales en pueblos de la sierra madrileña a las dos de la madrugada en diciembre o enero no resulta una tarea grata. Ni conducir por esas carreteras, donde nunca sabes dónde te aguarda la placa de hielo que te sacará de la vía. Este invierno, cuando esté en la cama, calentito y seguro, me costará algo más dormir pensando en los que han sido mis compañeros a lo largo de estos calurosos meses, y que entonces estarán usando alcohol para sacar en luz los vidrios de los quioscos, que limpiarán intentando protegerse de los grados bajo cero escondidos detrás de dos o tres jerséis y varios pares de calcetines.

Por último, he confirmado algo que ya tenía aprendido desde hace mucho tiempo, pero que no por ello me deja de poner de muy mal humor: que los pobres lo somos también para cometer errores. Que si mientras trabajas dentro del quiosco alguien se lleva la silla, que has tenido que sacar a la acera, eres tú quien la paga. O que si, por un descuido, te has dejado la furgoneta abierta y otro amigo de lo ajeno te levanta, por ejemplo, el juego de llaves de una docena de quioscos, palmas los 700 euros que costará cambiar las cerraduras. Más de la mitad de tu sueldo de un mes currando de noche, jugándote el bigote por esas carreteras donde se te puede cruzar un jabalí, una vaca, o la placa de hielo que ya conocimos en otro párrafo. Sólo porque has tenido la mala suerte de que coincidiera un mínimo descuido tuyo con la presencia de un choricillo callejero atento a la jugada.

Y pienso, al mismo tiempo, en todos esos tipos de tarjetas oro y zapatos de mil pavos que nos han jodido el país, los irresponsables cuyos graves errores de gestión hemos tenido que rescatar nosotros, los mismos a los que ellos amenazan con echarnos de nuestras casas al primer infortunio. O en esos otros que calientan escaño, trono municipal o borbónico, o butaquita de esta o aquella comisión, y que casi nunca pagan por sus descuidos, e incluso son indemnizados generosísimamente por ellos. O en esos macarras laborales que se quejan porque su despacho no tiene buenas vistas, mientras deciden impunemente que, para optimizar los recursos, van a pagar menos de 700 euros al mes a chavales a los que hacen trabajar en jornadas infames, incluidos domingos y festivos, y a los que, también, a la menor equivocación, les robarán parte de su minúsculo salario de subsistencia, o les echarán a la puta calle, sin más. Y es que errar es humano, pero más humano todavía parece ser joder al prójimo que está bajo tu bota. O bajo tus zapatos de mil pavos. Sí, definitivamente, es mejor ser rico. También para cometer errores.

Todo esto, y más, es lo que he aprendido durante estos tres meses. Pero quizá me he extendido demasiado en mi relato. Lo sé, y por eso les pido perdón si he abusado de su paciencia al hacerles ver con tanto pormenor el álbum de fotos de mis viajes de este verano. A cambio, si me honran con su confianza, prometo dejarles un día de estos los cristales de casa como una patena.

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6 comentarios to “Ante el final de mi viaje estival”

  1. Mariano septiembre 17, 2013 a 7:50 am #

    Muy buenos y acertados comentarios de nuestra cláse dirigente-politiquera-financiera-empresarial…BRAVO!

  2. vicen septiembre 17, 2013 a 10:02 pm #

    ¿Cómo leches podemos seguir remando?, el mar cada vez está más revuelto, el cielo cada vez más gris y el remo lo perdimos hace tiempo. ¿Cómo?

    • ildefonsogarcia septiembre 18, 2013 a 8:25 am #

      Pues tendremos que seguir haciéndolo, Vicen, aunque sea con tus baquetas, mi teclado o nuestro Toril, je je. Un abrazo.

  3. Carmen septiembre 19, 2013 a 7:56 pm #

    Desgarrante y, a la vez, cálido tu post.
    Espero que la vida te trate bien y, sobre todo, no dejes de deleitarnos con tu buena pluma. Tienes el don de describir las situaciones de una manera maravillosa.
    Estoy deseando que lleguen mis vacaciones de octubre para poder leer tranquilamente tu libro. No veo el momento de empezarlo.

    • ildefonsogarcia septiembre 20, 2013 a 11:55 am #

      Muchas gracias, Carmen, una vez más, por tus cariñosas palabras, que sin duda me animan a seguir escribiendo.

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