Lecciones de Barrio Sésamo

23 Oct

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Algunos días se vive contra el viento, la marea y la tecnología. El lunes pasado, por ejemplo, que ya es mala leche. El caso es que encendí el ordenador, como suelo hacer antes de levantar a mi hija para ir al colegio, y comprobé que la pantalla no se iluminaba. Procedí a la rutina habitual: apretado de cables; apagado y encendido cada vez más impaciente; toqueteo irreflexivo de los botones que regulan el brillo y el contraste; maldiciones varias…

Al fondo de la oscuridad se adivinaba a Jean Rochefort mirando febrilmente a Aida Folch, que posaba para él en el fotograma de El artista y la modelo que adorna el escritorio de mi equipo. Era como si alguien hubiera apagado la luz y ellos estuvieran jugando a las tinieblas sin mover un músculo.

Mis prehistóricos conocimientos sobre los cachivaches electrónicos me llevaron a la misma conclusión que le oía formular a mi padre cuando se nos estropeaba la tele en blanco y negro: “Como sea el tubo no tiene arreglo”. Aún me estremezco al recordarlo, porque siempre pasaba el viernes, día del Un, dos tres.

Así que tomé una decisión valiente y bajé con la pantalla a la tienda de ordenadores que hay al otro lado de mi calle. Allí me recibió el mismo muchacho distante que me había atendido ya un año antes, cuando me entregué a él con mi ordenador averiado. Le expliqué los síntomas y su diagnóstico fue duro: “Te va a costar arreglarlo casi tanto como una pantalla nueva. Los aparatos tienen su ciclo de vida, y me parece que esta pantalla ya lo ha cumplido”. Y allí estaba yo, un poco triste y otro poco angustiado, porque necesitaba terminar un artículo que, ¡sí!, me habían encargado, así que necesitaba urgentemente otra pantalla. “Si me la pides antes de las nueve de esta tarde la tendrías aquí el jueves”, me dijo sin conmoverse.

Le dije que lo pensaría, pero ya lo tenía decidido. Me fui al Carrefour, con todo el dolor de mi corazón, porque por motivos obvios trato de evitar en lo posible comprar en grandes superficies, y adquirí una pantalla en el momento. Perdí dinero, porque la más barata que allí tenían era veinte euros más cara que la que me proponían en la tienda, pero la urgencia me acuciaba.

La cuestión es que me hubiera gustado comprarle la pantalla a la tienda de mi barrio, y no a los explotadores del Carrefour, pero el chico no me lo puso fácil ni ofreció solución alguna a mi necesidad. Me dejó ir sin mostrar empatía alguna con mi problema. Quiero decir que si yo tuviera una tienda de barrio y alguien entrase en ella para solucionar un apuro informático, pensaría en el modo de resolvérselo para que el cliente no se marchara al hipermercado, que le valiera la pena comprarme a mí el equipo. Quizá ofreciéndole una pantalla usada provisional hasta que me llegara el pedido, ya que no tenía existencias en ese momento. Como los coches de sustitución, vaya. Prever cosas así, porque imagino que mi caso no sería el único urgente que esta gente afronte habitualmente.

Y recordé su aire distante, y que tampoco admiten el pago con tarjeta, “para que no se lo lleve el banco”. Y pensé que no era mala idea, siempre que ese inconveniente  de tener que buscar un cajero para pagar objetos de cierto precio –recordemos que es una tienda de informática, no un chino del todo a cien- supusiera un descuento también para el cliente, cosa que no era así, o que al menos no comunicaban en ese sentido.

Algo parecido le pasó a mi mujer unas semanas antes, cuando decidió reservar los libros de texto del colegio en la papelería de la esquina. Allí también ofrecían el 5% de descuento de las grandes superficies. ¡Magnífico! Así se hace. El problema llegó cuando descubrió al pagar que la rebaja se refería al material escolar que se comprase a posteriori de adquirir los libros, con lo cual no sólo la oferta resultaba engañosa, sino que también te obligaba a seguir comprando allí si querías beneficiarte de ella.

Vamos, que yo apuesto por el comercio de barrio, que da vida a la vecindad y permite a la gente ganarse la vida dignamente, pero también me gustaría que el comercio apostara a su vez por los clientes de barrio, que no abusara de la cercanía, que donde hay confianza da asco. Y que todos pusiéramos algo de nuestra parte, además de quejas hacia esto y aquello: el procedimiento de búsqueda de sospechosos habituales que tanto nos define.

Pero, como suelo ser persistente en mis errores, ayer me presenté en la ferretería de toda la vida, en busca de consuelo por la pérdida de una superlinterna que el otro día se nos cayó al suelo y pareció pasar a mejor vida, dejándonos sumidos en una dolorosa oscuridad. Acudí a la tienda con poca esperanza, pero la chica colombiana que me atendió hizo una impecable demostración de conocimiento, destreza y respeto al cliente que me conmovió. Pese a que tenía más gente esperando, se tomó todo el tiempo necesario para analizar el problema y buscarle solución, siempre con una sonrisa. Todo para poco más de cuatro euros. Le agradecí su amabilidad y salí de la ferretería con mi fe en el comercio de barrio sésamo renovada. Cualquier día me llevo a la ferretería al de la tienda de ordenadores y al librero, para que aprendan aquellos conceptos que nos enseñaban en nuestra infancia Coco, Epi, Blas y la Caponata: dentro y fuera; alto y bajo; cerca y lejos; tienda de barrio y Carrefour.

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10 comentarios to “Lecciones de Barrio Sésamo”

  1. carol octubre 23, 2013 a 10:52 am #

    Efectivamente, si nosotros queremos echar una mano, joer, pero también queremos calidad del servicio, amabilidad, y no pagar mucho más por lo mismo que encontremos en las grandes superficies. No olvidemos que además en el comercio de barrio hay menos surtido donde elegir, por lo que, si no compensan todo esto con amabilidad, pues apaga y vámomos…. y eso que no has contado lo de la estanquera y los dos céntimos del sello que no te fió porque no te conocía, ja.ja.

    • Julio octubre 23, 2013 a 5:17 pm #

      Señorita Carol, con su permiso,… es que dos céntimos, ¡son dos céntimos!, y el señor don Ildefonso García iría sin afeitar y con los pelos a lo loco, jajajajaja. Además… ¿y si la estanquera es catalana?, jejeje

    • ildefonsogarcia octubre 23, 2013 a 5:24 pm #

      ¡Es verdad, lo de la estanquera! Qué jodía… Otro ejemplo de lo cuento en el artículo.

  2. Julio octubre 23, 2013 a 5:21 pm #

    Don Ildefonso, ¡¡creo que has dado en el clavo!! Poco se puede hacer por el comercio de cercanía, el de la esquina de toda la vida, si la mayor parte de las veces te maltratan con cara de culo. Cuando encuentras a alguien amable y diligente te dan ganas de comprarle media tienda…, bueno, o un tercio.

    • ildefonsogarcia octubre 23, 2013 a 5:25 pm #

      Bueno, yo tercios suelo comprar mucho en los comercios del barrio, ja ja. Y en lo del estanco tienes toda la razón, por lo menos en lo de los pelos y en que iría sin afeitar. ¡Yo tampoco me habría fiado!

      • Julio octubre 24, 2013 a 9:42 am #

        En solitario, un tercio, ¡ok! En compañía, ¡un cubo! ooook al cuadrado. Y el que es bonito…, ¡es bonito! la estanquera quería algo… ¡¡ 2 céntimos !!, jajaja

  3. Carmen octubre 24, 2013 a 4:46 pm #

    Hola Ildefonso. En este caso voy a hacer un poco de abogada del diablo y voy a excusar a la tienda de barrio en cuanto a poder competir con uno de los “grandes”. Es casi imposible poder hacer las ofertas que tienen ellos ya que el volumen de compra es mucho menor y, por tanto, no pueden conseguir precios tan competitivos. Sin embargo, es cierto que deben de suplir esto con una amabilidad exquisita y saber solucionar los problemas del cliente de una forma lo más rápida posible y, en muchos casos, te encuentras al personal con una cara de berza que da para atrás.
    Por otra parte, ¿me puedo apuntar a tomar un cubo de esos con Julio y contigo? Ah, eso sí, vete afeitado y peinado que no nos perdonan los céntimos.
    Un abrazo

    • ildefonsogarcia octubre 24, 2013 a 6:28 pm #

      Hola, Carmen. Estoy totalmente de acuerdo en cuanto a lo de los precios. El problema viene cuando los pequeños comercios desprecian, por comodidad o soberbia, la ventaja que los distingue, y por la que pueden ser mucho más competitivos. Esto es, la cercanía y el trato personalizado al cliente. Si no cuidan eso será muy difícil que el vecino se gaste su dinero en sus tiendas, y con ello su propia supervivencia. En cuanto al cubo con Julio y conmigo, encantado, y hasta afeitado y peinado. Ojalá podamos conocernos pronto en persona. Un beso.

  4. Javier noviembre 4, 2013 a 8:16 pm #

    Enhorabuena por el año de crónicas.

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