Archivo | noviembre, 2013

Viejo y Vintage

14 Nov

El otro día, el sábado, visité en Madrid un mercadillo vintage, lo que, para los que aún no lo sepan, es como el Rastro de toda la vida, pero más guay –más cool, perdonen ustedes-. Es decir, un mercado de segunda mano de esas cosas que nadie quería hace pocos años en casa pero que ahora nos vuelven locos. Como los budas de porcelana que antes o después vimos todos los que pasamos de los cuarenta en casa de nuestros padres, tíos o abuelos. Sí, siguen siendo igual de feos, pero hoy nos enternecen, porque nos estamos poniendo viejos y ya nos ablandan las cosas de las que antes nos reíamos y ahora nos hacen más modernos, como Marisol, Joselito o María Teresa Campos.

El caso es que en un momento dado me topé, en un cruce de perfecta visibilidad, con un individuo que una vez en un antiguo empleo que tuve fue poderoso, y que luego, al parecer, siguió siéndolo, pese a ir dejando tras él un rastro de delincuencia corporativa que le ha ido costando distintos puestos, siempre muy bien remunerados, de los que ha ido saltando de uno a otro como en el juego de la oca. Pegando el palo, como diría el gran Rosendo.

Este tipo, de apellido y espíritu diminutivo, evitó responderme a un par de correos SOS que le mandé hace cosa de un año, cuando aún pensaba que quizás podría seguir ejerciendo en algún lugar mi viejo oficio de periodista, válgame dios. Sabía por contactos comunes que andaba formando un nuevo equipo para su próximo asalto. Estos mismos amigos me comentaron que le hablaron de mí y de mi situación, pero no obtuvieron respuesta. No me molestó que no me escogiera, faltaría más, pero sí me pareció feo que ni tan siquiera contestara a mis mensajes. Yo soy así de antiguo y rencoroso. Pero ahora casi me inclino a creer no los vio, el pobrecillo, porque después de haber compartido con él docenas de reuniones estoy convencido de que le hubiera encantado decirme personalmente que mi candidatura y mi necesidad no le importaban una mierda. Me hubiera quedado más tranquilo.

La cuestión es que me lo volví a cruzar cinco minutos después, cuando salía de mear (era allí donde se dirigía, sí, y yo estaba esperando afuera a alguien que tardó más en salir).Miré hacia otro lado, lo reconozco, y él pasó junto a mí sin reaccionar. Vaya. Me hubiera gustado decirle algo. Me sentí mal durante un rato, pero luego pensé que era mejor así. Mejor para él, digo, porque gracias a ese disimulo no había tenido que saludarme ni explicarme nada. Porque, ya imagino, ser un hijo de puta de lunes a viernes ya tiene que ser bastante fatigoso como para tener que seguir ejerciendo el oficio también los sábados, en un mercadillo vintage donde, curiosamente, lo último que quieres encontrarte es a los viejos compañeros que se han quedado fuera de mercado. Mi esperanza es que igual, dentro de unos años, yo también me convertiré, si no lo soy ya, en un sujeto vintage, e igual ese día me mira interesado, sopesando mi precio de antigüedad modernita. El mercado, ese único dios verdadero, que diría Sabina, otra antigüedad del martes pasado, por cierto.

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Nos rodea la basura

13 Nov

Imagen

(Foto: http://www.elboletin.com)

El barrendero de mi barrio se llama Ángel, y lo conozco desde que comencé a llevar a mi hija a la guardería, hace ya diez años. Desde entonces nos saludamos cada vez que coincidimos, y de cuando en cuando echamos un parrafillo sobre cómo nos va. Nunca le he visto mano sobre mano, ni ahorrarse una sonrisa para darte los buenos días, incluso en las mañanas más crudas del invierno, cuando trabajar en las calles madrileñas a menos de cero grados se hace realmente duro. También pinta cuadros, unos retratos estupendos, pero me dice que ya hace tiempo que no recibe casi encargos, que la cosa también está mal para el arte de supervivencia.

Hace poco más de un mes me comentó que se estaba preparando para la huelga que habían convocado en Madrid los trabajadores de la limpieza, pero que no sabía cómo iba a poder vivir durante ese tiempo indefinido sin cobrar por ejercer -no lo olvidemos- un derecho que recoge nuestra sacrosanta Constitución. “Tendré que pedirle dinero a mi madre, me dijo”.

Le vi preocupado, como es lógico, pero convencido de la justicia de la reclamación de su colectivo. “Ganamos poco más de mil euros y nos quieren rebajar el 40%. Ya me dirás cómo podríamos vivir con 700. Y eso los que nos quedemos, porque también quieren echar a más de mil compañeros a la calle, con lo que ello repercutiría en la propia limpieza de la ciudad”.

Me dijo que la empresa que le paga, una de las tres o cuatro que operan en la Villa y (Re)Corte, había obtenido el pasado verano la adjudicación de la contrata municipal gracias a una oferta extremadamente complaciente para el cliente. Y que ahora, una vez amarrado el trinque, esa gentil empresa quiere hacer pagar sus excesos a los trabajadores. Mientras tanto, las autoridades municipales miran para otro lado cantando aquello del pío pío que yo no he sido.

Vamos, que sin comerlo ni beberlo, los que se ofrecieron a la baja para satisfacción del Excelentísimo y Endeudadísimo Ayuntamiento de Madrid fueron los propios barrenderos, Ángel y sus colegas, que ahora no se quieren dar por enterados  ni complacernos rebajándose sus salarios por debajo del umbral de la esclavitud (supongo que tener un esclavo, entre pitos y flautas, debe de salir más caro que disponer de un trabajador a medio sueldo en la actual España que ya va saliendo de la crisis, según dicen).

Así que Madrid está desde hace unos días un poco más lleno de mierda de lo habitual, y algunos ya hablan de recurrir nada menos que al Ejército para librar esta batalla contra las bolsas de basura. Ahí lo tenemos: fusiles contra la huelga de escobas caídas. Se trataría de una operación militar aún más ambiciosa que la que nos llevó a recuperar el islote ese del Perejil, porque ahora nuestros soldados reconquistarían no sólo el perejil, sino las cáscaras de huevo, las pieles de plátano y cualquier otra inmundicia que ensucia esta ciudad que, como dijo su alcaldesa, se había acostumbrado últimamente a una excesiva limpieza.

Se lo tengo que decir a Ángel cuando lo vuelva a ver por mi barrio (con suerte), que dice Botella que él y sus compañeros estaban limpiando por encima de nuestras posibilidades, y que si se siguen poniendo tontos con tanta huelga y tanta polla les vamos a quitar de ahí para poner en su lugar a un cabo o un sargento primero a barrer la calle por 700 euros, que ellos sí que entienden de patriotismo y de disciplina. O incluso a la misma alcaldesa, que de basura también sabe un rato largo.

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