Archive | febrero, 2014

Miopes

22 Feb

Miopia

Somos unos impacientes. O, lo que es peor, unos ignorantes. O unos miopes. Creemos que nos va mal, cuando en realidad deberíamos estar henchidos de alegría. Lo que pasa es que, como somos unos zoquetes y nos ahogamos en la  gramática, nos confundimos y creemos que lo que estamos es hinchados de porquería. Puede ser. No sé. Perdonen el chiste.

Y es que los necios somos como los animales, que no nos pensamos ni sabemos proyectarnos más allá de fin de mes. Porque, de otro modo, estaríamos eufóricos sabiendo que la economía del país, que es la nuestra, nuestra casa, como nos decían antes en las empresas, cuando nos contrataban –“aquí todos formamos una familia; el jefe es como el padre de todos”- va viento en popa, que la prima de riesgo está como una balsa de aceite, y que los inversores extranjeros meten codos para ponerse los primeros en la cola de nuestra ventanilla de ingresos.

Por eso Ángel, el barrendero de mi barrio –del que ya les hablé en otra ocasión–, no se entera de que debería estar feliz, porque pronto se notará en su cuenta corriente lo bien que navega nuestra economía –la nuestra, insisto, la de todos, la de Botín y la de usted, que todos vamos en el mismo barco. Que sí, no sea usted terco–. Ángel, al que hacía un par de meses que no veía, me ha contado esta mañana que acaba de regresar al trabajo después del mes y medio de paro anual al que le ha abocado, como al resto de sus compañeros, el acuerdo que alcanzaron con su empresa después de la huelga del pasado noviembre.

Resulta que el hombre ha tenido un pequeño contratiempo, y que por un quítame allá de no sé qué del IBAN de su cuenta o de su DNI, que anda duplicado con el de otro ciudadano, no ha podido cobrar la prestación de desempleo durante esas seis o siete semanas. Por eso su dinero anda ahora levitando en el limbo de la burocracia, en lugar de haberse posado en su cuenta de números rojos. Ángel me explica, con lágrimas en los ojos, que ya no sabe a quién pedirle ayuda, que ya ha recurrido a su madre, a sus  hermanos, a sus amigos… y que le da vergüenza seguir acudiendo a ellos, pero que si no lo hace no sabe cómo va a pagar sus facturas, a llenar su cesta de la compra. Ángel tiene trabajo, pero no tiene con qué sobrevivir ni a la primera semana del mes. Ya ven que es un  hombre muy corto de miras.

Cuando me despido de él pienso en todos mis amigos, familiares y conocidos que se han quedado en el dique seco en los últimos dos o tres años, y me sale, sin esforzarme mucho, a bote pronto, una docena. Casi ninguno de ellos ha vuelto a trabajar. Su edad media está entre los cuarenta y los sesenta, aunque también los hay mucho más jóvenes. Unos todavía buscan algo, otros se han resignado y sobreviven como pueden, tirando del paro -los que lo tienen-  la indemnización -los que la tuvieron-, de los ahorros, con ayudas familiares y la mirada baja. Afortunadamente, hay también alguna excepcción.

Una de esas excepciones es la de Antonio. El otro día firmó por fin su nuevo contrato. El jefe le pasó por escrito lo que iba a cobrar, unos 750 euros brutos al mes. Supongo que es mejor informar de estas cosas a través del papel. Hay cifras que deben de ser difíciles de pronunciar, algo así como el primer te quiero, pero al revés. O como las malas noticias.

Antonio llevaba más de un año mano sobre mano, desde que lo despidieron de un hospital madrileño, donde trabajaba como administrativo. Con el paro ya agotado, sobrevivía con el subsidio de los 400 euros. Ahora tiene una ocupación: dispondrá de doscientos más al mes para gestionar su pobreza. Eso sí, ya podrá celebrar que ha dejado de engrosar las listas del desempleo. Oficialmente, es un trabajador más. Se va notando la recuperación, gracias a dios.

“Lo peor del paro es que te cambia el carácter. Y eso, los gritos y el mal humor, lo paga tu familia, lo sufren tus hijos…”, me dice. Antonio es de mi edad, y tiene la misma mirada que Ángel. Supongo que la persona a la que va a sustituir a través de una empresa de servicios externos, cuando la despidan con el ERE que truncará su vida laboral, ya habrá comenzado a mirar también así. Somos tan miopes…

Señales muy alarmantes

12 Feb

Anoche no pegué ojo. Estoy preocupado, lo confieso. Veo señales que me alarman. Aún no son cosas comunes, qué va, afortunadamente. Son excepciones, sin duda, porque de otro modo esto no sería viable, pero excepciones que no conviene despreciar a la ligera. Si no somos firmes corremos el peligro de perder la sociedad que entre todos hemos construido. Por eso me gustaría avisarles a ustedes desde este escrito, para que luego no se llamen a engaño.

Por ejemplo, la otra tarde casi se me salta el corazón del pecho cuando un excompañero del periódico, al que llevaba años sin tratar, me contestó en pocos minutos un mensaje que le dejé en el Twitter. Por si fuera poco, en la brevedad a la que te acota ese artificio social se mostró incluso cariñoso. Pasé varias horas dándole vueltas al asunto, tratando de discernir en qué podía haber fallado en mi relación con ese muchacho para que se aviniera a contestarme con esa amable celeridad.

Al hilo de estos pensamientos recordé que hace un par de semanas también obtuve una rápida y cordial respuesta afirmativa de una editorial a la que me dirigí por correo electrónico, ofreciéndome a enviarles el manuscrito de una novela que acabo de terminar. Mi reacción fue tan irreflexiva, debido a la sorpresa, que les envié por la misma vía el texto casi de inmediato. Por fortuna, todavía no he recibido su acuse de recibo, porque de otro modo esto sería como para volverse loco.

Y es que no se me van de la cabeza estas dichosas señales que digo. Por eso ando más atento que nunca. Y lo que veo no me gusta nada. El sábado, sin ir más lejos, observé perplejo cómo un joven recogía con una bolsita las deposiciones que había dejado su perro sobre la acera. Me tuve que contener para no tener que llamarle la atención. ¿Es que no tenía ojos en la cara? Toda la calle, justo enfrente de un colegio, plagada de minas, y él tan listo, privando a los niños de su desafío diario para evitarlas. Qué tipo.

En fin, no quiero aburrirles con mis paranoias. Sé que lo que aquí les cuento son cosas muy anormales, y que quizá me obsesionen debido a mi tendencia a ahogarme en un vaso de agua, pero el caso es que ahí están, para el que las quiera ver.

¡Ah, y lo del domingo! Tomaba con un buen amigo una cerveza y de pronto me soltó de sopetón que andaba con la autoestima por los suelos, porque su suegra había depositado en él plena confianza para que le gestionase los ahorros de toda la vida. Me dijo que algo se olía desde hacía tiempo, porque en las veladas familiares le suelen encomendar a él la vigilancia de la limpieza de los juegos de azar con los que se entretienen, e incluso sus amigos lo eligen para que se ocupe de pagar las rondas con los fondos reunidos a escote. “¿En qué he podido fallar?”, me preguntó deshecho. Y yo sólo pude pedir otras dos cervezas y darle un sentido abrazo. De todos modos, antes de que se pudiera dar cuenta me comí yo solo en un santiamén los dos pinchos que nos puso el camarero. Para que espabile.

Estén atentos, ya les digo, porque aunque sea poca cosa, ya saben lo del cesto y la manzana podrida. No quiero ni pensar que algo así pudiera ocurrir entre nuestra clase dirigente. Casi prefiero no mirar. Qué alivio lo de la Infanta, por cierto, porque por un momento, con aquello que dijo su abogado de que estaba deseando declarar, temí que su memoria la traicionase y nos hundiera a todos en la miseria. Gracias, Cristina. En estos casos, siempre nos quedará la Monarquía. Así, con mayúscula y majestad.

Me quito del cine

4 Feb

JOHN WAYNE

Lo peor de que a uno le vaya mal es descubrir que ya antes de que las cosas se torcieran casi todo lo que te rodeaba era una mierda. O no. O serán las defensas bajas en estos días grises de mitad de travesía del invierno. La verdad, lo reconozco, es que probablemente sea yo el que conduzca en sentido contrario de la autovida ésta, tan llena de peajes que me empeño bobamente en sortear con más pena que gloria. Pero no me juzguen con tanta severidad: en realidad me considero tan solo un toxicómano sin remedio.

Qué pena de cine, cuánto daño ha causado a los tontos que desde nuestra infancia nos dejamos convencer, con la boca y los ojos abiertos y el entendimiento emborrascado, por aquellos personajes que interpretaban Wayne, Bogart, Cooper, Hepburn y otros peligrosísimos agentes subversivos contra el sentido común, camellos que te pasaban irrealidad a doscientas pelas en la oscuridad de una sala perfumada por ambientador barato. Menos mal que a la salida del Lisboa o el Extremadura te esperaban los curas y compañeros del colegio, las miserias vecinales y otras lecciones de vida, para que no te despegaras demasiado del suelo.

El otro día se murió Philip Seymour Hoffman, otro de esos extirpadores de raciocinio a los que me refiero. Lo mató la heroína –otro nombre subversivo, como lo de llamar estrellas a esos delincuentes de celuloide (bueno, ya no sé en qué material se fabricará esa droga que llaman séptimo arte). Yo pensaba que eso de morirse con la aguja puesta era ya cosa de los infames años ochenta, cuando en mi barrio madrileño de extrarradio esta droga arrasó a toda una generación de chavales que crecieron de niños a yonquis y luego a cadáveres. Así, casi sin transición. Pero ya ven que no.

El caso es que el pobre Seymour –si alguien escribe o dice eso de “el pobre” antes de tu nombre es que estás bien jodido- ya no nos pasará más el chute de sus interpretaciones. Un estilizador del dolor menos al que temer, menos mal. Creo recordar que fue Fernando Trueba el que definió una vez la vida como “una película mal montada”. La frase es buena, desde luego, como no podía ser menos proviniendo de otro de esos flautistas virtuosos que nos embaucan al son de sus fotogramas (¿existen todavía los fotogramas?). Pues no, señor Trueba, que sepa que reconocemos su mercancía y sus objetivos, porque son precisamente las películas las que nos han desmontado a muchos el juicio, como muchos siglos antes le ocurrió al pobre Alonso Quijano con aquellas novelas de caballerías que le secaron la sesera.

Pero voy a luchar por rehabilitarme y dejar de ver gigantes donde sólo hay molinos. Prometo ser fuerte, y para empezar me propongo aceptar mañana un nuevo trabajo para que el estoy convocado. Ya me han dicho que el sueldo será bajo, pero que no me aburriré, ni siquiera los fines de semana. Apartaos, Duque Wayne, Bogart, Cooper y Hepburn, que tanto daño me habéis hecho. Al fin y al cabo son sólo molinos, tampoco hay que ponerse así. Y la vida son cuatro días. Que se lo digan a Philip.

Tienes mi palabra

Aunque esté todo perdido...

Buongiorno Coco!

Ideas, Looks, Coco tips, Mi mundo y más...

Mis desesperiencias

Aunque esté todo perdido...

Pollock of Light

Twitter: @lluisbusse

enero11

Literatura para romper el tiempo.

¥en

La vida es tirar una moneda al aire y antes de que caiga saber lo que quieres que salga.

RIOJANDO

Beberse la vida como si fuera un reserva

Matt on Not-WordPress

Stuff and things.

sperezm.wordpress.com/

Notas al margen

Blog de Jack Moreno

Un blog de Joaquín Moreno sobre recursos, literatura y ciencia ficción

El bosque silencioso

Es el blog literario de Antonio Pavón Leal

incendios de nieve y calor

esto, trata de mi...

solgarcia15

A fine WordPress.com site

el justo miedo

el blog de Miguel Ors Villarejo

Caballitos de Troya

Otro sitio más de WordPress.com

9:30 | Están todos vivos

Por Miguel Máiquez

Tienes mi palabra

Aunque esté todo perdido...

Buongiorno Coco!

Ideas, Looks, Coco tips, Mi mundo y más...

Mis desesperiencias

Aunque esté todo perdido...

Pollock of Light

Twitter: @lluisbusse

enero11

Literatura para romper el tiempo.

¥en

La vida es tirar una moneda al aire y antes de que caiga saber lo que quieres que salga.

RIOJANDO

Beberse la vida como si fuera un reserva

Matt on Not-WordPress

Stuff and things.

sperezm.wordpress.com/

Notas al margen

Blog de Jack Moreno

Un blog de Joaquín Moreno sobre recursos, literatura y ciencia ficción

El bosque silencioso

Es el blog literario de Antonio Pavón Leal

incendios de nieve y calor

esto, trata de mi...

solgarcia15

A fine WordPress.com site

el justo miedo

el blog de Miguel Ors Villarejo

Caballitos de Troya

Otro sitio más de WordPress.com

9:30 | Están todos vivos

Por Miguel Máiquez