Miopes

22 Feb

Miopia

Somos unos impacientes. O, lo que es peor, unos ignorantes. O unos miopes. Creemos que nos va mal, cuando en realidad deberíamos estar henchidos de alegría. Lo que pasa es que, como somos unos zoquetes y nos ahogamos en la  gramática, nos confundimos y creemos que lo que estamos es hinchados de porquería. Puede ser. No sé. Perdonen el chiste.

Y es que los necios somos como los animales, que no nos pensamos ni sabemos proyectarnos más allá de fin de mes. Porque, de otro modo, estaríamos eufóricos sabiendo que la economía del país, que es la nuestra, nuestra casa, como nos decían antes en las empresas, cuando nos contrataban –“aquí todos formamos una familia; el jefe es como el padre de todos”- va viento en popa, que la prima de riesgo está como una balsa de aceite, y que los inversores extranjeros meten codos para ponerse los primeros en la cola de nuestra ventanilla de ingresos.

Por eso Ángel, el barrendero de mi barrio –del que ya les hablé en otra ocasión–, no se entera de que debería estar feliz, porque pronto se notará en su cuenta corriente lo bien que navega nuestra economía –la nuestra, insisto, la de todos, la de Botín y la de usted, que todos vamos en el mismo barco. Que sí, no sea usted terco–. Ángel, al que hacía un par de meses que no veía, me ha contado esta mañana que acaba de regresar al trabajo después del mes y medio de paro anual al que le ha abocado, como al resto de sus compañeros, el acuerdo que alcanzaron con su empresa después de la huelga del pasado noviembre.

Resulta que el hombre ha tenido un pequeño contratiempo, y que por un quítame allá de no sé qué del IBAN de su cuenta o de su DNI, que anda duplicado con el de otro ciudadano, no ha podido cobrar la prestación de desempleo durante esas seis o siete semanas. Por eso su dinero anda ahora levitando en el limbo de la burocracia, en lugar de haberse posado en su cuenta de números rojos. Ángel me explica, con lágrimas en los ojos, que ya no sabe a quién pedirle ayuda, que ya ha recurrido a su madre, a sus  hermanos, a sus amigos… y que le da vergüenza seguir acudiendo a ellos, pero que si no lo hace no sabe cómo va a pagar sus facturas, a llenar su cesta de la compra. Ángel tiene trabajo, pero no tiene con qué sobrevivir ni a la primera semana del mes. Ya ven que es un  hombre muy corto de miras.

Cuando me despido de él pienso en todos mis amigos, familiares y conocidos que se han quedado en el dique seco en los últimos dos o tres años, y me sale, sin esforzarme mucho, a bote pronto, una docena. Casi ninguno de ellos ha vuelto a trabajar. Su edad media está entre los cuarenta y los sesenta, aunque también los hay mucho más jóvenes. Unos todavía buscan algo, otros se han resignado y sobreviven como pueden, tirando del paro -los que lo tienen-  la indemnización -los que la tuvieron-, de los ahorros, con ayudas familiares y la mirada baja. Afortunadamente, hay también alguna excepcción.

Una de esas excepciones es la de Antonio. El otro día firmó por fin su nuevo contrato. El jefe le pasó por escrito lo que iba a cobrar, unos 750 euros brutos al mes. Supongo que es mejor informar de estas cosas a través del papel. Hay cifras que deben de ser difíciles de pronunciar, algo así como el primer te quiero, pero al revés. O como las malas noticias.

Antonio llevaba más de un año mano sobre mano, desde que lo despidieron de un hospital madrileño, donde trabajaba como administrativo. Con el paro ya agotado, sobrevivía con el subsidio de los 400 euros. Ahora tiene una ocupación: dispondrá de doscientos más al mes para gestionar su pobreza. Eso sí, ya podrá celebrar que ha dejado de engrosar las listas del desempleo. Oficialmente, es un trabajador más. Se va notando la recuperación, gracias a dios.

“Lo peor del paro es que te cambia el carácter. Y eso, los gritos y el mal humor, lo paga tu familia, lo sufren tus hijos…”, me dice. Antonio es de mi edad, y tiene la misma mirada que Ángel. Supongo que la persona a la que va a sustituir a través de una empresa de servicios externos, cuando la despidan con el ERE que truncará su vida laboral, ya habrá comenzado a mirar también así. Somos tan miopes…

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9 comentarios to “Miopes”

  1. Julio febrero 24, 2014 a 1:11 pm #

    Ahora hay dos formas básicas de entrar en una empresa:
    1.- “Pagar 200 euros al mes y poder hacer prácticas en una empresa”: Después de 20 años de estudio, por fin puedes poner en práctica lo que has aprendido. Ganas dos experiencias, la laboral y la de sentirte explotado. Cualquier cosa que venga después siempre será mejor.
    2.- “70.000 universitarios y 10.000 empresas se inscriben en el programa de Becas Santander de Prácticas en PYMEs” (Hoy aparece en todos los periódicos).
    … No sabía que todavía existía el viejo sistema de contratación que le han hecho a Antonio… Esa empresa no nada “cool”, jajaja.

    • ildefonsogarcia febrero 24, 2014 a 2:35 pm #

      Así es, Julio. No están nada al día. Pagar es cosa de tontos y de antiguos, ja ja. Como dice un conocido mío del pueblo cuando nos saludamos: “Nos hemos de ver peor”.

  2. Carmen febrero 24, 2014 a 8:23 pm #

    Desgarran el corazón las situaciones que cuentas, pero son tan reales como nosotros. No sé cómo no se les cae la cara de vergüenza cuando ofrecen a alguien 750 € brutos por realizar un trabajo con el que van a ganar miles y miles de euros. Porque los precios de las cosas no han bajado nada…¿Es que nadie va a parar este sinsentido? Es para darles una bofetada cuando te lo están planteando.

    • Julio febrero 24, 2014 a 9:07 pm #

      Carmen, Carmen, ¡¡que te me pierdes!!´
      Recordar solo que el salario mínimo interprofesional para 2014 es de 21,51 euros brutos/día o 645,30 euros brutos/mes. Quítale Seguridad Social y el resto de retenciones, te quedan netos unos 513 euros al mes. Es decir, 17, 1 euros al día. No te digo lo que ganas por hora porque… Sí, desgraciadamente, pidiendo en el Metro se saca algo más…

      • Carmen febrero 25, 2014 a 8:14 pm #

        Julio, perdido está el sistema y cierta gente. Cómo puede alguien plantear ese salario a otra persona (seguro que él no gana eso ni de coña) y poder dormir por las noches. Aunque es peor el que lo ideó y le dió marcha. Lástima de muertes repentinas. Ainsss, que me caliento…

    • ildefonsogarcia febrero 25, 2014 a 8:56 am #

      Así es, Carmen. Como tú bien dices, parece que nadie es capaz de parar este sinsentido. Y al que protesta, palo. Así es como nos están ‘reeducando’

      • Carmen febrero 25, 2014 a 8:10 pm #

        Pues yo estoy dispuesta a “deseducarme”

  3. MARTA ORTIZ febrero 26, 2014 a 8:09 am #

    A mí lo que me preocupa es que no vamos a recuperar todo lo que nos estamos dejando por el camino. Nuestros hijos no gozarán del “estado de bienestar” en el que hemos vivido nosotros hasta hace poco. No me reconforta pensar que era ficticio, que nuestra economía tenía los pies de barro, aunque a algunos se les llenaran los bolsillos de oro.
    ¡Qué verdad es esa de que más dura será la caída! Lo siento. Por nosotros, y por los que llegan por detrás.
    Para terminar, me alegro de haberte encontrado a través de Carmen. Un abrazo.

    • ildefonsogarcia febrero 26, 2014 a 8:37 am #

      ¡Hola, Marta! Bienvenida a este humilde espacio de protesta y muchas gracias a Carmen, una vez más, por ayudar a difundirlo.
      Sobre lo que comentas, precisamente anoche hablaba con mi mujer sobre la perspectiva que se nos presenta a corto plazo, la de volver a esos años sesenta en los que debíamos recurrir al pluriempleo para poder llegar a fin de mes. Muchos ya hemos renunciado hace tiempo a las escapadas de fin de semana, a comer en un restaurante de vez en cuando o a ese viaje que nos regalábamos cada año. Lo malo es que las renuncias en un futuro próximo pasan por la calefacción -los pobres energéticos son ya una realidad en España-, el agua caliente, comprar ropa nueva, las actividades extraescolares de los hijos, las cosas que ya ni miraremos cuando hagamos la compra…
      Vamos, que estamos abocados a regresar al mundo del zurcido, las coderas y los domingos de filete empanado en la Casa de Campo -o el campo que corresponda en cada ciudad-. Un mundo en el que sólo podrán ir a la universidad los hijos de los más afortunados y en el que volveremos a tratar de usted a los jefes y a darles las gracias con reverencias cuando nos regalen un puro por el nacimiento de un hijo. Hacia ese mundo nos dirigimos, me temo, sin billete de vuelta, al menos a medio plazo. Un beso y gracias por comentar.

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