Identidades secretas (I): María Eugenia, el poder en la sombra

16 Mar

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Tan solo llevo dos semanas desempeñando mi nuevo trabajo, pero en estas escasas jornadas ya me ha dado tiempo a descubrir varias identidades secretas en el universo laboral al que acabo de acceder. Ahora ya no acarreo una cesta de la compra para disimular, como cuando deambulaba por las calles del hipermercado buscando potenciales choricillos, sino un carrito con dos bandejas que empujo con el correo y la paquetería que debo entregar en los distintos departamentos de la empresa.

Son tres edificios, nada menos, con cinco extensas plantas cada uno, así que ya se imaginarán los paseos que me puedo dar en siete horas y media sin parar de un lado para otro. Los ascensores -contra cuyas impacientes puertas lucho cada jornada con desigual fortuna-, las rampas, los bordillos, los baches y las puertas forman ya parte del catálogo de pequeños obstáculos diarios que he de vencer.

También he ido aprendiendo los rostros y los nombres de las personas a las que visito fugazmente cada día en sus respectivos puestos. De momento, casi todos son muy amables con ese tipo recién llegado que se les acerca trompicando con su carro y metiéndose otra vez la camisa por dentro del pantalón, aunque una secretaria ya me ha advertido que “todos somos muy majos en los quince primeros minutos”. Vaya.

Así que mi vida profesional rebrota con la primavera: hago mucho ejercicio, lo cual no me viene mal, y me trato con un montón de secretarias jóvenes, delgadas y atractivas. Y muy amables, al menos en esos primeros quince minutos mencionados. Tengo acceso a toda la prensa del día, incluida la deportiva, y los pinchos de tortilla de la cafetería están buenísimos. Lo malo es que tengo que afeitarme todos los días -aunque no me han dicho nada, la iniciativa ha salido de mí, como buen emprendedor- y ponerme corbata -con el nudo simple, eso sí. Y encima me pagarán por todo esto 700 euros cada final de mes.

Pero no quiero desviarme del asunto de las identidades secretas. Hoy, como es la primera entrega de mi nueva vida, les hablaré de mi gran heroína. Se llama María Eugenia, y aunque viste y actúa por lo general como la chica de la limpieza del Edificio 2, ella es en realidad la que manda allí: la gobernanta; la que sabe; la jefa. Cuando a última hora he terminado ya el reparto y me toca rematar la faena haciendo labores “de interior” en mi departamento, tales como confeccionar paquetes o ponerme a los mandos de la diabólica máquina ensobradora, quedo en manos de María Eugenia. Sólo ella y yo lo sabemos, pero eso es lo de menos.

María Eugenia sabe esperar. Disimula sin nervios, en silencio, agazapada. Deambula sin hacerse notar por mi departamento, fingiendo sabiamente que vacía papeleras, abrillanta mesas o perfuma el ambiente con sus flusflús. Es una mujer todavía joven, pero sabia y astuta como guerrera curtida en mil batallas. Lleva su pelo, también disimulado de rubio, recogido en una coleta firme. No deja nada al azar.

Mientras mi jefa nominal, antes de dar por concluida su larga jornada, me da las últimas instrucciones sobre mi próximo cometido, María Eugenia mantiene oculta su identidad. Pero cuando aquella se despide, la verdad resplandece, ante mi asombro. “¿Te has enterado bien de lo que tienes que hacer?”, me espeta, con un tono entre madrileño de extrarradio del siglo XXI y de zarzuela con libreto de Carlos Arniches.

La miro estupefacto. No me queda lugar para la réplica. Con presteza, María Eugenia me aparta con un gesto firme de su brazo y se sitúa ante la mesa donde debo trabajar. “Mira, estos sobres van aquí, y estos… ¿Estos no te ha dicho la jefa que los tienes que apartar de esta manera? Mira, así, que es como se lo había visto hacer a los de antes. Y luego esto, y luego lo otro…” En su tono imperativo no cabe la injerencia. Obedezco, naturalmente, porque acabo de comprender que María Eugenia, bajo su ropa de trabajo, su coleta y sus útiles de limpieza, es  en realidad la directora del departamento, como en aquella peli de Robert Redford, Brubaker, en la que se hacía pasar por preso en una prisión chunguísima, hasta que en el segundo rollo revelaba su verdadera identidad, ponía firme al perverso alcaide y todos se quedaban helados ante el giro de la historia.

María Eugenia es mucho más sexy que Robert Redford, al menos así lo veo yo, así que cuando ayer volvió a desvelar su identidad de superheroína, me sentí feliz. Un compañero me había estado explicando cómo funcionaba la máquina de franquear. Y creí que lo había entendido, más o menos. Pero allí estaba ella, una vez más­: “¿Quieres que te explique cómo hacer para que no te dé error?”, me aplastó cuando ella y yo nos volvimos a quedar solos. “Pero no se lo digas a ese, que es un listo”. Luego María Eugenia me volvió a describir, casi con las mismas palabras que mi anterior tutor, el protocolo correcto para que el artefacto me trate con cierta consideración.

Su conocimiento trasciende, además, del mero trabajo que nos corresponde. María Eugenia también te aconseja sobre la ruta que te viene mejor si acudes hasta el trabajo en coche, y se enfada si no la haces caso, como he podido comprobar cuando se refiere al compañero con el que cambio turno cada semana. También te indica dónde tienes un radiocasete para escuchar música en la hora final del turno, cuando tan sólo te queda aguardar a que el reloj te conceda la libertad. ¡Ah!, y me ha revelado que en el cuartito lateral de la oficina existe un pequeño frigorífico “donde puedes dejar algo de fruta o un yogur que te traigas”. Por descontado, si alguna vez me llevo algo de comer al trabajo jamás osaré incurrir en algo menos saludable que los alimentos que me ha indicado ella. ¿Qué quieren, que la desafíe con un bocadillo de chorizo y que me quede otra vez en la puta calle?

Al día siguiente, María Eugenia busca tu aprobación sobre sus consejos de la tarde anterior. Por supuesto, siempre elogio vivamente el beneficio de sus recomendaciones. Ella asiente satisfecha, y yo respiro con alivio. Quizá ahora sólo yo sea consciente de esto que ahora les desvelo, pero lo cierto es que las docenas de directivos de mi empresa, todas personas formadísimas y de impecable presencia, ignoran que su suerte, sus coches de alta gama y sus apartamentos en la costa están en manos de esa chica de la limpieza con coleta que observa cada día sus evoluciones. ¿O qué te creías, Robert, que habías inventado algo? Bendita seas, María Eugenia. No me faltes nunca.

@ildefonsogr

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8 comentarios to “Identidades secretas (I): María Eugenia, el poder en la sombra”

  1. Diana marzo 16, 2014 a 6:00 pm #

    Bien, por María Eugenia y bien por ti, Ilde. Mucha suerte en tu nuevo curro. Espero que la gente sea más amable que esos escasos 15 minutos que te han dicho. Ya verás, seguro que son hasta 20 🙂

    • ildefonsogarcia marzo 16, 2014 a 6:26 pm #

      ¡Gracias, Diana! Esperemos que sí, siempre hay alguien que te sorprende para bien, ja ja. Un beso grande.

  2. Julio marzo 17, 2014 a 6:46 am #

    Qué cierto lo de los poderes en la sombra. Tú eres ahora el James Stewart de la Ventana Indiscreta, con el añadido de la inteligencia y la sutileza y con la ventaja del número y la variedad de personajes. ¡Desenfunda la pluma!

    • ildefonsogarcia marzo 17, 2014 a 4:40 pm #

      Hombre, con unos centímetros menos que Jimmy, pero sin la pata quebrada, lo que es verdad que me da acceso a muchas más ventanas. Me gusta la analogía, ja ja.

  3. MAYTE ROS marzo 17, 2014 a 4:45 pm #

    Ilde, llevas todo el poder en tus manos; no en la sombra, a la luz del día. ¿Qué secretos encerrarán muchos correos de los que llevas?… Y si no, que se lo pregunten a muchos de los que ahora están siendo o han sido juzgados, que al hacerse públicos sus correos, se han vuelto contra ellos. Ahí llevas mucha información; y la informaciónb es poder.

    • ildefonsogarcia marzo 17, 2014 a 6:03 pm #

      Desde luego, Mayte. Lástima de visión de rayos X… Un beso y gracias por comentar.

  4. Carmen marzo 22, 2014 a 11:44 am #

    Hola Ilde, un saludo para ti y otro para Maria Eugenia. Eso sí, hazle caso en lo que te dice porque me da que si no se lo haces es de las que se enfada y te coje un poco de ojeriza.
    Aunque sea mentira, tu le dices que hoy has venido por la ruta que ella te ha indicado y le dices “, oye, Mª Eugenia tenías razón, se viene mejor y mas rápido”. Y, oye, te la quitas de encima un rato .
    Mi táctica suele ser responder: “Ahhh. Si, si,. Jajaja” Aunque no sepa de qué me están hablando y ¡se quedan de bien!

    • ildefonsogarcia marzo 23, 2014 a 6:36 pm #

      Hola, Carmen. Bienvenida, una vez más, a este pequeño espacio que compartimos. Claro que le hago caso a María Eugenia, ja ja. Más me vale. Quedo bien, y además ¡es que tiene razón! Un besazo y gracias por comentar.

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