Archive | abril, 2014

La tormenta (laboral) perfecta

22 Abr

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Fotograma de ‘Metrópolis’ (1927), dirigida por el alemán Fritz Lang.

 

La explotación laboral alcanza a veces un refinamiento exquisito, incluso sorprendente en una bestia insaciable que sin embargo sabe buscar y encontrar con astucia las fórmulas idóneas para apretar aún más la tuerca al desgraciado que habita en el gueto subterráneo de Metrópolis, aquella película en la que los ricos disfrutaban de la vida en una futurista ciudad de rascacielos mientras que los obreros que producían para ellos sobrevivían confinados bajo tierra.

En el gueto laboral del siglo XXI existe en algunos de los más precarios empleos –esos que llaman servicios auxiliares, que suena a algo muy parecido a lo del auxilio social del franquismo- una cosa que llaman cupo, y que marca el mes laboral de los esclavos. Como la cartilla de racionamiento de los hambrientos. El cupo es el número mínimo de horas que debes trabajar cada mes para ganarte tu mísero sueldo de 700 euros. En mi caso, 166 es el dígito que cifra la condena.

Si al final de cada mes no llegas a ese número algunas empresas te pagan un sueldo aún más exiguo (sueldo exiguo suena más noble y bonito que puta mierda, qué duda cabe). Siempre según convenio, desde luego. Febrero, por ejemplo, es un mes muy cabrón, porque tiene la mala costumbre de contar con hasta tres días menos que sus hermanos mayores. Son cosas que los que habitan en la superficie no saben. Ellos celebran febrero, y la Semana Santa y demás fiestas de guardar porque cobran lo mismo por trabajar menos. En los sótanos del mercado laboral ocurre exactamente lo contrario. Siempre debes algo. En la paradoja del mundo productivo en el que hoy me muevo, el empresario no solo ha conseguido ahorrarse pagar los festivos, sino que en un más difícil todavía ha logrado que sean los trabajadores los que le deban aquellos.

En mi actual empresa –me dicen mis compañeros más veteranos- no te pueden pagar menos si no llegas al cupo, pero sí mandarte a cubrir otros servicios con los que puedas alcanzar esa cima, al menos dentro de los dos meses siguientes a la “deuda”. Por ejemplo, durante un fin de semana. Así, si de lunes a viernes te ganas el pan duro como ordenanza o recepcionista en un complejo de edificios donde trabajan cientos de personas, pero tu cuadrante revela que te faltan ocho horas para llegar a la cumbre, el inspector puede mandarte tranquilamente un sábado o un domingo a currar a cualquier sitio para cubrir otro servicio. Sin que eso le cueste un euro más a Metrópolis.

Otra consecuencia del cupo es que, si el cuadrante está debidamente confeccionado, éste te puede ir arañando sabiamente los minutos de cada jornada para que estés en deuda permanente, de tal manera que si un mes trabajas diez o quince horas más del cupo (porque un compañero se ponga enfermo, tome vacaciones o se presente una sobrecarga de trabajo, por ejemplo), éstas no se reflejen en tu nómina del mes siguiente, puesto que no serían más que tiempo devuelto a tu noble empleador, que tan generosamente te lo cedió antes. Se trata, como ven, de detraerte la justa sangre cada jornada para cobrártela luego a la carta. Un poco como los bancos.

Así, tras mi primer mes de trabajo en mi nuevo puesto me informaron de que mi jornada diaria se reduciría desde el día 1 en un cuarto de hora. Quince minutitos. Qué suerte tengo. Ahora, en lugar de entrar a las dos y media y salir a las diez –en mi turno de tarde-, me incorporo a las tres menos cuarto. Por la mañana salgo a las dos y cuarto, en lugar de las dos y media. Eso sí, seguiré entrando a las siete. Lo malo es que, tacita a tacita, ese cuartillo de hora me supondrá un total de cinco horas mensuales, lo justo para no llegar ningún mes al dichoso cupo. Ahora sí que me siento en deuda con mi empresa. Nunca se agradece lo bastante lo que los empresarios hacen por nosotros. Benditos sean.

@ildefonsogr

Identidades secretas (III): No hay golpe bajo para el duro fajador

14 Abr

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Cuando llego al trabajo, a las siete de la mañana, él ya lleva esperándome un buen rato. Preparado, otra vez, como cada vez, para saltar al ring. De puntillas. Anda ya más cerca de los sesenta que del medio siglo, pero se mantiene en forma. Él no tira la toalla. No puede permitirse lujos. En su cabeza rapada encierra el recuerdo de docenas de combates.

No fue lo bastante bueno como para llegar a ser profesional del boxeo, pero sí le sobró pasión para amar un deporte cuyo precio revela con orgullo mostrándome su nariz deformada. Supongo que por eso, por su aspecto algo fiero, la jefa le trata de usted cuando se lo presento.

Paso cuatro mañanas pegado a él, enseñándole los rudimentos de la rutina laboral que yo apenas he aprendido hace tres o cuatro semanas. Ha estado muchos meses de baja, por la fractura que la moto con la que se ganaba la vida como mensajero le causó en una tibia, al caérsele encima. Un puñetazo más y otra derrota por KO. Pero volvió al ring, no le quedaba otra. Y tras varios servicios sin continuidad en la empresa para la que trabaja desde hace varios años parece que le han encontrado acomodo aquí, en los mismos pasillos que yo recorro cada día, y que desde ahora compartiremos en turnos rotatorios, en semanas de doce asaltos.

“La noche es más dura”, me dice, evocando los quince años en los que se ganó la bolsa como portero de discoteca. Y, al mismo tiempo, recuerda con un brillo en la mirada aquella época en la que su jornada laboral comenzaba con la apertura de los After Hours en Madrid, a las seis de la mañana.

Viejas batallas sin medallas ni cinturones de campeón, de recuerdos oxidados a los que imagino que alguna vez tratará de sacar algo de brillo entre viaje y viaje, del edificio tres al uno, y de vuelta a recepción para volver a cargar el carrito, “la freidora”, como la llamamos por la forma de sus dos bandejas rectangulares, cercadas con rejillas de metal. Putas tuercas que sobresalen de las ruedas y topan con todas las puertas. Tuercas puercas.

Me cuenta que, aunque ya no combate, sigue subiéndose cada poco al cuadrilátero para hacer guantes con algún amigo, también veterano de mil batallas, pero que de cuando en cuando se sube con él al ring algún chaval fogoso y retador. “En cuanto te ven te quieren asustar, como diciendo: ‘se va a enterar, el viejo éste’. Pero la experiencia vale mucho, ¿sabes? Ellos sólo quieren ir a golpearte en la cabeza, pero se olvidan de cubrirse abajo, y es cuando les metes el puño un par de veces en el hígado y así ya saben que deben ir con más cuidado”.

El último día de tutoría se niega a que actúe en su compañía más que como mero observador. “Tú quieto, déjame hacerlo solo a mí. Si ves que me equivoco, me lo dices, pero nada más”. Y así es como le veo trabajar durante esa mañana de sábado, aprendiendo a reconocer sin ayuda los rincones de su nuevo ring, manteniendo alta la guardia. Como debe ser. Y sin miedo al próximo round. Ni dudas, porque no caben en este combate.

Mi compañero es, como se anunciaba antes en los viejos carteles de boxeo, un duro fajador. No es fácil tumbar a gente así, que sabe aguantar en pie cada madrugón y cada nuevo golpe bajo que les proporciona la vida y este mercado laboral cada vez más infame. Nos siguen pegando abajo, que diría Miguel Ríos, otro duro fajador. Pero continuamos resistiendo, obstinados. Aunque a veces casi nos cuenten diez y nos salve la campana, agarrados a las cuerdas. Qué remedio.

Identidades secretas (II): En un lugar de La Mancha

2 Abr

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Víctor se incorpora a su turno vespertino armado con un bocadillo de siete leguas al que lanza mordiscos entre un par de ‘buenas tardes a todos menos a uno’. Llega vestido ‘de civil’, y por eso tardo unas milésimas de segundo en reconocerle sin su uniforme verde botella, el que luce como servidor de la limpieza en el complejo de edificios donde trabajo desde hace un mes. No debe de pasar de los 30 o los 35 años. Anda escaso de pelo y de estatura, pero sobrado de perímetro. También gasta mejillas sonrosadas, y suele hablar con sentencias irrefutables. Así, cuando al entrar pregunta al muchacho de la recepción que cómo ha ido la mañana, y éste le contesta que desbordados de trabajo, “porque lo que antes hacían tres ahora lo hace uno solo”, Víctor le ataja diciendo: “¡Y que no falte!”

Con él, también de civil, llega Manuel, que debe de rozar ya los sesenta y es algo más alto y mucho más delgado que Víctor. Lleva trabajando en la empresa tres décadas, subrogado por las distintas compañías que han disfrutado de la contrata de limpiezas de los edificios. Las ha visto de todos los colores, y quizá por eso tiene un aire de fatigada resignación, aunque de cuando en cuando se indigna súbitamente al recordar las injusticias del mundo.

Por ejemplo, la otra tarde. La jefa y el resto de personal de mi departamento acababan de marcharse, lo que abría de par en par las puertas del reino a María Eugenia y su carrito de limpieza. Tras ella, como escoltándola, entraron Víctor y Manuel. Siempre los veo juntos, tanto cuando trabajan como cuando se fuman un cigarro en el patio. Tranquilos, sin prisa, echando un párrafo para ir dejando que la tarde pase.

Como era de esperar, María Eugenia se interesa de inmediato por mi labor. Le cuento que trato de identificar a los destinatarios de un par de sobres, y ella los coge para examinarlos. Como tampoco conoce sus departamentos, me urge a consultarlo en la Intranet de la empresa. Le digo que no tengo acceso a ese privilegio, pero ella no me cree. Me arrebata el ratón de la mano y trata de entrar en la página moviendo la herramienta informática como quien pretende atracar un petrolero en un pequeño puerto pesquero.

“Habrás puesto mal tus claves”, me acusa, cuando comprueba que, en efecto, no puedo consultar esa información en la web de la compañía. Algo molesto, le respondo que no pasa nada, que tampoco es urgente. La noto algo mohína. Debo medir más mis reacciones con ella.

sobres(La caricatura de mis más negros pensamientos es obra del gran Alberto Lacasa, autor también de la portada de Desvío provisional).

Por fortuna, la conversación se desvía hacia otros vericuetos. Alguien recibe un mensaje en el whatsapp, y yo anuncio ante mi perpleja audiencia que no dispongo en mi móvil de esa útil aplicación, aunque reconozco mi rareza explicando que incluso mi hija, a sus diez años, ya se comunica así con sus amigas del cole. María Eugenia, siempre atenta, me advierte de los peligros de esos usos entre los preadolescentes, y para ello me relata algún caso que ha visto en la televisión.

Ella cree que ahora existe mucho más acoso en las aulas que antes, pero yo me arriesgo a discrepar, y le digo que hace treinta años, en mi colegio de curas, también éramos un montón de hijos de puta dispuestos a joder al diferente, solo que ahora, por suerte, esas acciones suelen causar mayor alarma social.

Y en esas, el tranquilo Manuel va y me da la razón, relatando excitado cómo tuvo que defender en su colegio a un compañero de un matón. “Le rompí varios dientes al dar una patada a la puerta que él trataba de cerrar para impedir el paso a un chaval, para que tuviera que rodear todo el edificio”, describe encendido. “Me expulsaron varios días, pero el tipo ya no volvió a burlarse de aquel chico”, concluye, con indisimulado orgullo. Luego añade que hoy él mismo alecciona con frecuencia a sus hijos acerca de la obligación de no aprovecharse nunca del débil, ni de aceptar injusticias. “Siempre ha habido cabrones, antes y ahora. Sólo cambian las modas”, apostilla Víctor, certero, terrestre, incontestable.

Terminado su trabajo en mi departamento, ambos se despiden de mí, discutiendo amistosamente entre ellos de fútbol, inseparables. María Eugenia, mientras tanto, termina de limpiar la gran mesa de trabajo que usamos para ordenar el correo. Aquí, en El Toboso.

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