Archivo | julio, 2014

De mariposas a gusanos

24 Jul

Vaya por delante una de Perogrullo: lo peor de quedarse sin trabajo es que con ello pierdes la pasta con la que pagabas tus facturas, tu ocio, tu independencia. Faltaría más. Sin embargo, existe otra pérdida mucho menos visible a corto plazo, pero que con el tiempo te horada como un gusano voraz, te despoja de tu identidad y relega tu anterior autoestima al cajón de los sueños que un día se te quedaron demasiado grandes.

Ocurre cuando con el paso de los meses de llamadas sin retorno uno empieza a preguntarse si volverá a trabajar alguna vez, si será capaz de llevar a casa dinero con el que volver a pagar las facturas, el ocio, la independencia y la identidad.  Porque estás ya más cerca del medio siglo que de la crisis de los cuarenta, y comienzas a tener la sensación de que por tu estación ya sólo cruzan vías muertas.

Sin embargo, de repente un buen día sucede lo inesperado. Es el caso de una amiga que llevaba dos años en paro -¿o eran tres?- y que a finales de la pasada primavera atisbó por fin un amago de resurrección laboral. Se trataba de un trabajo a media jornada en el aeropuerto, como auxiliar en tareas de atención al viajero.  Era una mierda de trabajo -como todos los que ahora nos llevan en volandas a la milagrosa recuperación económica que cada día cacarea el ministro Montoro y sus colegas de bancada azul-, pero a estas alturas ya ni siquiera hay que añadir este calificativo al término trabajo: nuevo empleo y mierda son ya conceptos redundantes, como mar salada, sangre roja o político corrupto.

En su vida laboral anterior, mi amiga disfrutaba de un buen ambiente, de un clima civilizado.  Recibía un trato respetuoso de superiores y compañeros, tenía un buen horario y un sueldo decente. Su identidad era la de una trabajadora competente que, como tantos otros, un día tuvo que pagar los platos rotos por la incompetencia de los tipos que se zampan desayunos de mil pavos servidos por camareros con pajarita en la sala de juntas, mientras deciden que hay que echar a la calle a otros cien padres y madres de familia. Para ir tirandillo.

Pero eso era agua pasada. Por eso mi amiga se enfrentó a su nueva oportunidad con la incertidumbre y la ilusión de los que vuelven a debutar tras una larga ausencia. Con vergüenza torera.

Ahora está abatida, muy triste, porque dos meses de malos tratos por parte de sus jefes –“¡búscate la vida!; ¿dónde te metes que ya tenías que estar aquí hace media hora?; ¿pero otra vez tienes que ir a mear?”-, turnos de trabajo infames y un trabajo físicamente fuera de su alcance han podido con ella. O así lo cree, al menos. Ha tirado toalla y se siente derrotada, inútil. Piensa que no ha estado a la altura de esta nueva oportunidad. La España de la recuperación y de los trabajos de explotación vil y descarada ha logrado por fin impactar de lleno en la línea de flotación de su identidad.

Porque de eso se trata, de que no sólo renunciemos a nuestros anteriores derechos laborales, a aquellos salarios decentes que te permitían saltar de mes en mes sin consultar acojonado tu cuenta bancaria desde el día cinco, sino de que también te despojes de tu identidad, de tu autoestima, de tu capacidad de exigir que te traten con respeto. Te hacen sentir como una mierda, porque así ellos te podrán tratar como tal con mucha más facilidad.   

Ahora mi amiga está hecha polvo, dándole vueltas a la cabeza, asimilando la nueva identidad que los esclavistas de toda la vida han diseñado para ella, para mí, para ti, para todos ustedes,  los nuevos pobres. Es el círculo perfecto: el empleo se recupera, dicen, pero los trabajadores somos cada vez más miserables y resignados. Se trata de toda una metamorfosis para devolvernos a nuestro verdadero ser. Como el dios de ellos manda.

Un beso para ella y para todos los que ahora, y desde hace tiempo, nos encontramos inmersos en este proceso de reconvertirnos de mariposas en gusanos (pasando antes por el estado de capullos, claro está). Esperemos que, al menos, en el futuro no nos falte la morera ni unos agujeritos en la tapa de la caja de cartón. Porque hasta los gusanos necesitamos respirar. Digo yo.

PD: Ayer leí que el  Banco de España  pide “incentivar el ahorro ante la previsible caída de la pensión media” en el futuro. Es un gran consejo, sobre todo teniendo en cuenta que hace un año esta misma institución proponía contratar parados por debajo del salario mínimo. Menos mal que entre esas buenas gentes que velan por nuestro futuro no falta el humor. Benditos sean.

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Regreso a la prensa

1 Jul

periodico1He vuelto a trabajar en un periódico. Desde hace cuatro meses soy ordenanza en una de las empresas editoras de prensa más potentes de este país. Antes escribía en un diario, y ahora los reparto entre un conjunto urbanístico formado por tres bloques con cinco plantas cada uno.

De este modo he vuelto a pasar mis jornadas laborales entre periodistas, a los que veo actuar y escucho hablar con los mismos gestos y términos en los que yo me manejaba no hace tanto. Ahora asisto mudo a las conversaciones que ellos mantienen junto a la máquina de café, las mismas de las que yo ayer formaba parte entusiasta. O quizá fuera anteayer, el tiempo pasa volando. Me asomo furtivo a las pantallas con los textos recorriendo las columnas del diario del día siguiente, a los planillos, a las reuniones de la tarde para decidir la primera página, a las conversaciones telefónicas plasmadas nerviosamente sobre una libreta…

Allí sigue todo, como si nada hubiera cambiado, solo que ahora yo me limito a contemplarlo desde fuera, sin poder intervenir en el juego que había practicado durante más de dos décadas, Con desigual éxito, tampoco se vayan a creer que yo llegué a jugar en Primera División. Apañadito, sin más.

En algún punto de mi trayectoria trabajé con al menos media docena de esos periodistas. De algunos incluso fui su jefe no hace más de cinco o seis años. Con casi ninguno de estos tuve especial afinidad. Durante las primeras semanas traté de que no me reconocieran. Me situaba de espaldas a ellos mientras iba colocando los juegos de periódicos, los propios y los ajenos (como dirían en mi pueblo) destinados al personal de redacción. O trataba de pasar deprisa por sus secciones, haciendo como que miraba el nombre del destinatario de uno de los paquetes que acarreaba en las manos, por tener con ello excusa para girar la cara contra su línea de visión.

Me mantuve en esa insostenible clandestinidad durante más de un mes, sufriendo cada vez que me tocaba subir a alguna de las redacciones donde sabía que antes o después me toparía con alguno de ellos. Por fin una mañana me crucé de frente, sin escapatoria posible, con una antigua redactora que tuve a mi cargo. Me quise hacer el distraído, pero ella me llamó por mi nombre cuando yo ya le daba la espalda. “Ya sabes cómo está el oficio”, me justifiqué. Nos despedimos tras un par de frases intrascendentes. ¿Para qué decir nada más?

Ahora estoy mucho más relajado cuando paso por su lugar de trabajo. Nada es tan importante, al fin y al cabo. Hace un lustro le explicaba cómo tenía que titular las informaciones, y hoy le entrego regularmente los paquetes de Amazon que compra por Internet. Todo fluye. Be water, my friend.

Otro de los redactores también se acercó hasta mí hace poco, preguntándome si yo era yo. Le dije que sí, aunque a estas alturas no estaba seguro del todo. “Ya sabes cómo está el oficio”. Otras personas con las que casi no llegué a tener trato directo (comerciales, gente de financiero…) pero con las que compartí empresa –como ahora, pero en otras circunstancias- no han parecido reconocerme, pese a que en algunos casos les he hecho entrega en mano de paquetes o juegos de periódicos. Será la corbata, digo yo. O las canas. O el nuevo escenario. Mirar desde otro ángulo hace parecer las cosas muy diferentes.

Quien sí me ha reconocido es otro tipo con el que coincidí un par de años en un periódico y con el que mantuve una relación algo tensa. Digamos que ocupábamos posiciones similares, aunque con puntos de vista divergentes sobre el modo de ejercer el oficio. Hoy este conflicto se ha resuelto: nos cruzamos tranquilamente por la calle de acceso al parking vip, yo con mi carrito y el con su todoterreno, y ambos miramos para otro lado. El tiempo lo cura todo.

De todos modos, por suerte lo de esos excompañeros es sólo cosa de unas pocas excepciones, ya que la mayoría de los periodistas que allí trabajan desconocen que el ordenanza que conduce con aire fatigado el puto carrito cada tarde entre sus mesas -perdón por los tropiezos- fue una vez uno de los suyos. No creo que les importara mucho, de todas formas. Seguramente yo no era tan bueno como ellos, y por eso ahora cargo paquetes, en lugar de recibirlos.

Precisamente el otro día tuve en mis manos una caja remitida a alguien de la redacción por una antigua compañera que trabajaba en la delegación sevillana de un diario del que ambos fuimos fundadores, hace ya un montón de años. Se lo dije por el Twitter. Qué gracia y qué pequeño es el mundo.

Reconozco que todavía sufro brotes de nostalgia que me asaltan a traición. Como el otro día, cuando pasé por la rotativa en el momento en el que ésta funcionaba a pleno rendimiento con motivo de una edición especial que el periódico se disponía a poner en la calle tras el anuncio de la abdicación del Rey, producido apenas unas horas antes. Hasta ese momento todavía no la había visto funcionar, pero cuando contemplé el tren de periódicos colgados de los raíles aéreos que los transportaban, como soldaditos dispuestos a salir a luchar a la calle, confieso que me emocioné, y hasta me cagué en la puta entre dientes. Qué tonto.

Sé que probablemente este nuevo trabajo sea lo más cerca que nunca podré volver a estar de mi antiguo oficio, así que, de todas formas, la situación no está tan mal. Lo único malo es el día en el que me ingresan la nómina, tan exigua que me causa un disgusto del que me lleva un par de días recuperarme. Casi estoy por pedirle a mi jefe que no me haga pasar ese mal trago y que no me pague nada en absoluto. Porque el resto del mes estoy bastante contento, la verdad.

Por otro lado, han sido ya varios los amigos bienintencionados que me animan a aprovechar mi nueva situación para presentarme ante alguno de esos periodistas como uno de ellos, a entregarles mi ajado currículum. Agradezco esos consejos, pero renuncio a un nuevo fracaso.

Ayer, sin embargo, mantuve por teléfono una conversación con otro viejo compañero de fatigas que me hizo reflexionar. “Es acojonante –me dijo al conocer la naturaleza de mi nuevo empleo-, un ejemplo de cómo se ha ido a la mierda este oficio. Daría para escribir una novela, aunque a muchos les parecería poco verosímil, claro”.

Así que he aceptado el reto y he decidido contarlo como base de un futuro relato. Quién sabe. Quizá cuando lo termine se lo entregue a alguien del suplemento cultural del periódico, a ver si le pueden dar una reseñita, por modesta que sea, que lo ayude a orearse. Parecen bastante amables, para ser periodistas. Sería como en una de aquellas añejas películas tan llenas de esperanza en la humanidad que dirigía Frank Capra hace casi un siglo. Como en “¡Qué bello es vivir!”, pero sin intercesión celestial. Mañana mismo me pongo con ello.

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