Archive | agosto, 2014

Que toda la vida es cine…

27 Ago

claqueta

Madrugo tanto que a esas horas la gente todavía cree que la Tierra es plana. Cuando llego al trabajo, la infantería de las siete menos diez (vigilantes, señoras de la limpieza, ordenanzas…) ya sabe que se acaba de inventar la rueda. Esa que cada jornada les pasará por encima un par de veces. Ellas hacen tiempo fumándose en corro un cigarrillo a pie de calle, junto a los tornos de acceso a su campo de batalla.

Caras de sueño, de cansancio crónico y resignación ante las próximas horas de trabajos forzados. También comparece el cartero, con la primera tanda de entregas del día, y el chaval que se lleva el papel para reciclar. “Qué mal el Madrid anoche, ¿no? Yo ni vi la segunda parte, y es que vaya unas horas para poner un partido…“

Todo arranca como cada día. Como ayer. Como mañana. “Cuando tengo un día muy jodido pienso que hoy es ayer, y que esto ya lo he pasado”. Me lo explicó un día Jorge Erik, el chaval peruano que atiende la recepción trasera, un figura que sueña con triunfar en el mundo del reguetón urbano con sus propias composiciones. Otro día les hablaré de él.

Cuando empiezo a echar al carro los primeros paquetes de periódicos que me toca repartir uno de los vigilantes me confiesa que alguien le ha comentado que me gusta mucho el cine clásico. Y, de repente, como si alguien nos hubiera apretado el botón de encendido (o quizá, más apropiadamente, nos hubieran ordenado “¡acción!” al golpe de una claqueta), los dos nos lanzamos con la mirada prendida a recordar algunas de las películas que amamos.

Y hablamos del cine como el gran fabricante de sueños de nuestra infancia; de las fotos de películas en color desvaído que cambiaban cada semana en la calleja lateral del cine, y que nos anticipaban lo que veríamos luego en la pantalla; y de los grandes carteles pintados; y de los cines de verano; y de las películas que un día muy lejano vimos en la tele y hoy evocamos brumosamente, como si las hubiéramos soñado, y que ahora tratamos de reencontrar vía Google. Porque antes ver una película era una experiencia única, irrepetible. Era vivir algo que muy posiblemente no volverías a tener ocasión de contemplar, y cuyo recuerdo atesorabas y recreabas a menudo en tus visiones infantiles. “El vídeo trajo muchas ventajas, pero acabó con aquella magia”, asegura nostálgico. Y yo asiento.

Y, como si se hubiera producido un milagro, esa mañana ya sólo miro hacia la pantalla, y mi recorrido diario con el carrito se convierte en un travelling maravilloso. Así, al llegar a la recepción principal me encuentro con Bette Davis en La loba. La mirada altiva de sus ojos saltones sigue acojonando de verdad. “¿No te llamó ayer el jefe para que vinieras un poco antes? ¡Es la última vez que me vengo yo sola a estas horas!” Ufff, demasiado intenso para las siete y veinte.

Menos mal que cargo rápido otro viaje y me escabullo por el pasillo que está a punto de fregar Tom Hanks haciendo de Forrest Gump. Él y yo nos coordinamos cada día como una pareja de natación desincronizada (como en Escuela de sirenas, pero al revés), de manera que siempre encuentro recién fregados los pasillos por los que debo pasar en cada momento. “¡Consígueme un Marca, eh!”, me recuerda mientras doy media vuelta con el carro en busca de un recorrido alternativo con el suelo seco. Buena voluntad no nos falta. Y eso es lo más importante en la vida, creo yo.

Sigo con mi reparto por las praderas de oficinas todavía desiertas, como aquel hotel donde Jack Nicholson alcanzó El resplandor. En alguno de esos espacios encuentro los rostros habituales,  como el del redactor de la web que a esas horas vigila la actualidad Solo ante el peligro; o la mirada cansada de Sari, en esa misma redacción, que ante la interminable sucesión de mesas y ordenadores que debe limpiar, y que parece diseñada por Alexandre Trauner para El apartamento, suspira como preguntándose Qué he hecho yo para merecer esto.

Otras de mis chicas Almodóvar preferidas son Lola y Marisol, que en el edificio 2 siempre están como discutiendo en broma y enseñándose en el móvil las fotos de sus nietos. A Marisol sólo la veo cabreada cuando a las ocho y media comprueba que el mismo directivo de cada día acaba de volver a darlo todo en el váter recién hecho. “¡Ya podía venir cagado de casa, coño!”. Y Lola y yo nos echamos unas risas con café de máquina. Sólo nos falta Chus Lampreave.

Luego, en la peli que ponen después, a partir de las once o así, ya salen los actores buenos, los conocidos. Los que llegan en sus coches de gama alta y se enfadan si el vigilante les hace parar para comprobar su identidad antes de acceder al párking de las estrellas. Y, claro, luego van y se quejan a través de sus secretarias, a las que toca hacer de las malas de la peli. “Porque, ¿qué pasa, es que no me reconocen? Ya es la segunda vez que me paran…”

Como aquella reina de corazones gorda y fea de Alicia en el país de las maravillas, a esos tipos les gusta recordar al resto de los naipes que nos pueden cortar la cabeza cuando se les antoje, incluidos los padres de familia cincuentones que sólo tratan de hacer bien un trabajo con un sueldo de mierda, y que además se dedican a protegerles de los villanos que les puedan querer mal. A ellos.

Ya sabemos que las estrellas son así: caprichosas y un poquito perdonavidas, que para eso protagonizan las superproducciones de cada día, pero la verdad es que yo me quedo con mi peli de serie B que abre la sesión matinal de la tropa, cuando todavía no han puesto las calles y el Madrid acaba de jugar otro partido de puta pena. Qué quieren que les diga: yo siempre fui más de cine de barrio que de la Gran Vía. Cuando, entonces, aún pensaba que siempre ganaban los buenos. ¡Bang, bang!

Puedes seguirme en @ildefonsogr

Salir del armario

11 Ago

julio

Es probable que la confesión que voy a realizar a continuación les sorprenda a muchos de ustedes. Pero una vez que me he liberado de mi carga, creo que contarlo aquí es lo debido. Sucedió ayer, en pleno centro de Valencia, junto al Mercado Central. En un sofocante domingo de agosto.

Yo ya llevaba merodeando un rato en torno al puesto callejero. Lo atendía un tipo de unos cincuenta tacos. Desnudo de cintura para arriba y con la cabeza rapada. Tras un primer renuncio, y después de tomarme una cerveza, acudí otra vez hasta el tenderete, y sin pensármelo dos veces se lo solté de sopetón.

¿Tienes algo de Julio Iglesias? –le pregunté. Con firmeza, sin titubeos.

– Ese doble CD con casi 40 canciones es lo mejor que tengo –me aseguró- Son doce pavos, sí, pero con esto quedas de puta madre.

–No, si no es para regalo. Es para mí –contesté. Para escucharlo con la familia ahora, en el coche, cuando volvamos a Madrid.

El tipo echó un furtivo vistazo a mi camiseta de ACDC. Una prenda clásica con el logo de la banda de los hermanos Young impreso sobre el título de uno de sus temas míticos: “Back in Black”. La tengo desde hace años, y probablemente sea una de las piezas más elegantes de mi vestuario (aunque mi mujer discrepe en este punto, tengo que reconocerlo).

– Tío, llega un momento en la vida –me confesó, con cierta emoción en la voz–, en el que Julio Iglesias… (pausa conmovedora) ¡Te gusta!

Sonreí aliviado, aunque le comenté que aún tendría que mantener en secreto mi admiración por Julio con varios de mis amigos. “¡A lo mejor te sorprendes, y alguno hasta te dice que le gusta Rafael Farina!”, me tranquilizó.

Pagué los doce euros de mi nuevo tesoro y me reuní con mi mujer y mi hija sintiéndome un hombre nuevo. Un triunfador. Como el mismo Julio. ¡Hey!

@ildefonsogr

P.D.: Qué bonita es Valencia

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