Archivo | octubre, 2014

La última escapada

26 Oct

Compay

Yo cumplía los cuarenta, y andaba realmente jodido. No por llegar a esa frontera tan publicitada para lo malo o lo peor, o eso quería creer yo. Mi trabajo por entonces era un asco. Por mi culpa, como siempre, porque nunca he sabido aceptar de buen grado la realidad, tan impositiva, tan inevitable. Que la den por el culo.

El caso es que, sin recordar que aquel fin de semana era la fecha en la que cruzaba esa frontera , “en el medio de la vía, en el medio de la vida si hay suerte tal vez”, como canta el gran Ariel Rot, me comprometí meses antes a pasar esos días en la casa de uno de mis más queridos amigos, un madrileño carabanchelero que hizo hace muchos años el petate para buscarse en el prepirineo oscense, a un paso de la villa de Graus.

Fui solo. Quizá lo necesitaba, no sé, pero la cosa se dio de esa manera. En ese rincón de Huesca conocí a Compay, el compañero de mi amigo Ángel. Me acogió como a un colega de toda la vida. Así era él, un tipo que vivía sin querer molestar, al contrario que yo; Compay era un chaval, todavía, pero ya había vivido lo suyo, y me supo calar al instante. Tras regresar de una estupenda excursión por la zona, ya en casa, se produjo uno de esos silencios en los que a uno le gustaría descansar de sí mismo. De pronto él levantó la cabeza y se me quedó mirando como diciendo: “Tío, no lo llevas nada bien, ¿qué te parece si damos un buen paseo mañana, con el día recién estrenado?”

No sé cómo se las arregló, pero consiguió que Ángel tuviera ese domingo por la mañana que bajar a Graus para no sé qué reunión vecinal. El caso es que Compay y yo salimos a caminar por el monte cercano a la casa donde ambos me habían acogido. Los dos nos paramos detrás de unos árboles y echamos una buena meada juntos. Me miró para confirmar que la cosa iba bien y seguimos nuestro camino. Ahí nos hicimos hermanos, porque aquella mañana no nos hizo falta cruzar palabra alguna para comprendernos.

Luego nos vimos de manera muy espaciada, hasta que hace pocas semanas Ángel me contó que Compay estaba mal, que probablemente no llegaría al final del año. El viernes me enteré de que mi amigo el negro, el de los ojos color castaño profundo, el que te radiografiaba con la mirada, había hecho su última escapada.

Y hoy escribo estas palabras, siempre tan escasas, tan de procedimiento habitual, pensando en mi amigo Ángel, con quien ha compartido más de una década, y en lo solo y en lo desgarrado que estará.

Y de pronto mis arroyuelos mentales, tan dispersos e incontrolados, me llevan a acordarme de Excálibur, ese otro compañero querido al que los prebostes que padecemos ordenaron matar hace escasas semanas por el bien común, ese mismo bien que les importa un huevo, a esos hijos de puta.

Excálibur, para quienes todavía no lo sepan, era el perro de Teresa, la enfermera que se contagió con el ébola por trabajar para ayudar a los demás. En realidad, no era el perro de Teresa, era Teresa. Pero ellos no se pararon en esas mariconerías, y sin considerar otra posibilidad, se apresuraron a mandarlo al otro barrio, unos días antes de que le acompañara su ama. O eso se creían, los muy cabrones, porque Teresa ha sobrevivido. Y espero que descargue toda su furia vengadora contra esa jarcia de cobardes apesebrados. Ojalá Tarantino hiciera algo más que películas.

“Era sólo un puto perro”, escuché o leí durante esos días. Qué asco me da, cada vez más, vivir en este país, donde torturar y matar a un animal ante un público que paga por presenciar esa atrocidad todavía sigue estando considerado como fiesta nacional o sana diversión de todo un pueblo, como la brutal carnicería esa de Tordesillas.

En fin, te estoy escribiendo esto, Compay, por si en algún sitio te topas con Excálibur, para que le cuentes que por aquí abajo todo sigue siendo un estercolero moral. Y a ti, en concreto, darte las gracias por aquella mañana, que tanto bien me reportó. Agradecido y hasta el próximo paseo juntos. Te lo debo.

@ildefonsogr

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Neutralizado

4 Oct

Desde que comenzaron a presentarse en mi lugar de trabajo los guardias civiles se me ha esfumado el afán de molestar, he quedado neutralizado. Normal, dirán ustedes, comprensivos: esta gente impone mucho respeto. Faltaría más. Y antes o después tenían que ocuparse de ti… Sí, pero no (me gusta mucho esta frase, y alguna vez tenía que usarla por aquí).

Empezaré por el principio, por esa llamada que recibí una mañana, mientras esperaba el autobús para ir a reunirme con mi querido carrito de reparto de doble bandeja y dirección asistida (por mí). Me convocaban del más allá, así que desde entonces creo en los fenómenos sobrenaturales.

El más allá era el periodismo, que se me aparecía casi dos años y medio después. Un puesto en el gabinete de comunicación de una asociación profesional de guardias civiles, gente que, como todo hijo de vecino, también lucha por sus derechos laborales. Así que aquí me tienen ustedes, más contento que un tonto con una tiza (en este caso un tonto con una libreta y un ordenador), pero todavía un poco acojonado cuando se me acercan en la oficina vestidos de verde para darme la bienvenida. Qué cosas. “¿Quién te iba a decir que ibas a terminar trabajando para los picoletos?, me vacila mi nuevo jefe, con su inconfundible deje gaditano.

El caso es que desde entonces estoy como bobo, sin pulso, sin saber contra qué escribir. Y esto me preocupa. Ya se te pasará, tranquilo, me dice mi mujer, que es quien mejor me conoce. Fuentes de inspiración no me faltan, desde luego, y eso sin tener que recurrir a las tarjetas negras de los bancos, o los puestos de jubilación dorada para exministros en comisiones que nadie sabían que existían.
Así que ahora me paso las horas domésticas de ocio frente al ordenador, buscando la punta del hilo de mi inherente refunfuñe, para echarlo otra vez a volar.

En éstas andaba cuando, el otro día, aprovechando mi debilidad en un momento de terracita y tercio de Mahou al sol en el barrio, mi mujer me preguntó si no cabría una mesita para mí y mi búsqueda en algún rincón de la casa fuera de la habitación de la niña,  “que ya va necesitando tener el cuarto para ella sola”. ¿Algún rincón, en nuestro piso de sesentaypocos metros cuadrados? Las dos me miraron comprensivas, pero dándome a conocer que no me estaban haciendo una pregunta, sino comunicándome mi destierro inminente.

Así es la vida, queridos amigos, una secuencia de golpes entre los que se cuela, de cuando en cuando, una alegría poliédrica con forma de tricornio. Prometo seguir molestando, pero tengan paciencia conmigo: ahora tengo que buscar un pequeño hueco fuera de estas cuatro paredes donde tan feliz he sido indignándome a tiempo completo.

@ildefonsogr

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