Archive | noviembre, 2014

El bricolaje o yo

28 Nov

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Pretender apretar un grifo y, sin saber cómo, acabar una hora después ahorcado por el cable de la ducha. Estas cosas pasan, las he visto en películas o series de televisión. De hecho, aún me estremece lo del pobre López Vázquez encerrado en aquella cabina. El mal en estado puro puede acechar a la vuelta del quiosco de periódicos, el buzón de correos o el chino de la esquina.

Hace unos minutos he estado a punto de sucumbir a una de esas inexplicables tragedias domésticas. Por fortuna, la persuasión de mi señora o mi poca constancia, o una combinación de ambas cosas, ha hecho que desistiera a tiempo de mi fatal obcecación.

Todo empezó el miércoles pasado, cuando dos obreros vinieron a casa a instalar la conexión de antena de la tele y varias nuevas tomas de enchufe en la habitación de Lucía, que como ya se ha hecho mayor necesita nuevos muebles, y con ello nuevos de todo.

Con la reforma, decidimos fijar a la pared, bajo el tablero de la mesa, una de esas regletas con varias tomas para enchufes. Algo discreto, limpio, con su interruptor rojo común. Tan sencillo como bajar al chino de enfrente, comprar algo barato y que el currela nos lo pusiera a la altura convenida. Sin embargo, cinco minutos después, el honrado trabajador me explicaba en rumañol que aquello no servía, que no llevaba los anclajes para fijar a la pared, que no sé qué cojones. Yo asentí, sumiso.

Bajé a la tienda, y el también honrado comerciante oriental me miró desconcertado y me dijo que de eso no había. Le puse la regleta sobre el mostrador esperando que me devolviera la pasta, pero él se puso a hablar en chino con su compañera. “Falta funda”, me espetó. Tenía razón, así que subí otra vez a casa, recuperé el envoltorio de plástico y se lo bajé.

El chino procedió a reintroducir la regleta, aún sin desenvolver, en la funda de plástico que la había contenido, rota. La mirada helada que me lanzó al reintegrarme el importe aún me quita el sueño. El mundo asiático es tan misterioso…

El viernes por la mañana, mi mujer me informó por correo electrónico de que había encontrado la regleta idónea para nuestros propósitos en el Leroy Merlin: Base múltiple lexman, seis tomas rotatorias. Sonaba acojonante. El sábado por la mañana iríamos a por ella.

Sin embargo, el viernes por la tarde cometí el error de salir a dar una vuelta. Solo, para mayor imprudencia. Enardecido por un día en el que me habían ido las cosas razonablemente bien, entré sin pensármelo dos veces en la ferretería del barrio, la de toda la vida.

Me atendió muy amablemente una señora suramericana que estaba escuchando a Julio Iglesias, lo cual me hizo empatizar inmediatamente con ella. Le expuse el motivo de mi visita y comenzó el horror.

Me sacó una regleta de cinco tomas, con su bonito interruptor común. Rojo. Pero algo fallaba, observé. No había cable. La señora me explicó –en esos momentos sonaba Me olvidé de vivir– que había que comprarlo aparte. No hay problema, deme un metro, por favor, y no se hable más.

Ya tenía sobre el mostrador la regleta y el cable, pero… ¡Un momento!, ¿no debería llevar esto el enchufe en un extremo? La señora me miraba como si fuera tonto (ya me ha calado, pienso). ¿Y tienen el enchufe macho? Casi temblaba de pensar que a esas alturas todo se viniera abajo. Pero sí, lo tenía.

¿Y esto, cómo se monta? Entonces la señora, con mucha paciencia –ahora sonaba Quijote, y Julio cantaba eso de que “mi Dulcinea dónde estaráaaaaa”–, me proporcionó una clase práctica de desmontaje de tornillitos, apreturas de cables que debía pelar –es muy importante que los dejes larguitos, que si no no te dan–, y remontaje –te lo pongo en un sobrecito, para que no se te pierdan los tornillos.

Las instrucciones parecían sencillas, a primera vista, pero ella sabía que yo no tenía nada que hacer. Me preguntó si quería que lo dejara a medio desmontar, y se ofreció a que se lo llevara a la tienda, si se me complicaba la cosa. La señora lo tenía claro, y yo también. Pero pagué, sonreí, y salí de la tienda con la certeza de que había vuelto a equivocarme.Yo sólo quería comprar una simple regleta, con su cable y su enchufe incorporados. Ni siquiera sabía que existieran por separado, que hubiera que montarlos como a Frankestein. O al menos que tuviera que hacerlo yo. Precisamente yo.

Caminé hacia casa con la convicción de que cada día soy más bobo. Cuando llegué y le expliqué torpemente a mi mujer mi gestión, ya no me cabía la menor duda. Y, sin embargo, me lancé de cabeza al fango, sabiendo que mi único destino era hundirme en él.

Me proveí de varias herramientas que creí me pudieran servir, aunque estaba seguro de mi fracaso. A continuación se sucedió el despropósito: vaya mierda de destornillador que tengo, el tornillo no agarra. No agarra el tornillo. No gira, no gira, hijo puta, me cago en los chinos, no volvemos a comprar ni un moco en los chinos, coño.¡Ya está, ya lo he enganchado! ¿El qué va a ser, cariño?: los putos filamentillos estos de cobre. Es que los tornillitos estos son tan pequeños… ¡Coño, se ha soltado otra vez !

¿Y cómo vende esa mujer de la ferretería cosas así? Claro, lo guardará para los tontos del barrio. Me vería la cara nada más entrar: “¡Mira, otro al que le encasqueto la regleta mecano!”, pensaría. Son cosas que tiene reservadas para los gilipollas. Ella los huele, los detecta… Pobre señora, con lo bien que me trató. Ahora me arrepiento de esos pensamientos funestos.

Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, veinte veces vuelvo a apretar, inasequible al desaliento, los minúsculos tornillos que deben apresar los cables cobrizos. No hay ángulo para ello, pero juro que lo intento muchas veces. Mi mujer se preocupa, porque empiezo a maldecir, y digo cosas que casi no se me entienden. Déjalo, me dice. No cedo, pero oigo de fondo en la tele un documental sobre el macho alfa de no se qué especie, y la oigo reírse, a la cabrona.

Un rato después, la regleta, el metro de cable y el enchufe descansan en el cubo de basura, junto con mi orgullo y el resople de alivio de ella.

Mañana, temprano, conduciré hasta el Leroy Merlin: Base múltiple lexman, seis tomas rotatorias.

@ildefonsogr

Ni frío ni calor

18 Nov

friocalor

Era martes, hacía mucho frío y me enfrentaba a una jornada de mucho curro, una importante presentación a los medios. En la rueda de prensa que yo mismo había convocado tuve incluso el honor de reencontrame con uno de mis más queridos compañeros del oficio, alguien al que le debo mi regreso al pasado, que espero siga siendo mi futuro (perdón por la cinefilia). No hay sabor comparable al que disfruta el resucitado.

Con él comenté la noticia que el día anterior conocí por la prensa: habían echado de su gran curro en la tele a un tipo al que los dos habíamos sufrido hace años. Todo un impresentable al uso del neoperiodismo digital. Lo comentamos de pasada, sin pasión ni sorpresa ni regusto a revancha. ¿Para qué? Al fin y al cabo, probablemente a estas horas ya tenga otro mostrador desde el que seguir vendiendo humo. Y, además, hacía ya unos cuantos años que le padecimos, y todos estos tipos son tan parecidos que casi da pereza detestarlos.

No le dedicamos más de treinta segundos al asunto. Ni los merecía. El caso es que ni cuando supe la noticia el día anterior, ni cuando la comenté con mi amigo, ésta me produjo sensación alguna. Vamos, que no me dio ni frío ni calor. ¿Es grave, doctor?

P.D.: Al día siguiente, en la oficina, mis compañeras de administración me comentaron que me habían visto muy bien atendiendo a los medios; muy suelto. Como si hubiera estado haciendo esto toda la vida.

@ildefonsogarcia

¿Y si toca?

13 Nov

Gilipollas de Navidad

¿Y si es verdad que hay un dios, y un cielo, y un infierno? ¡No jodas, vete a saber! Haz lo que te dicen… ¿Y si toca? ¿Vas a ser el pringao que ponga las ojeras y las lágrimas frente al jolgorio del bar de la esquina? Hay que creer, hermano, y para eso pasar por caja, que para eso Hacienda, que somos todos, se lleva el veinte por ciento.

Así que no jodas más y malgasta esa mierda de dinero que no tienes en comprarnos lotería, a ver si encima de pasarlas putas para pagar la calefacción con la que apenas os calentaréis este invierno, o para cumplir con esas tasas infladas de IBI, o de recogida de basuras cada vez más residual, vas a ser el tonto del culo ese del anuncio, el que se toma el café mientras sus vecinos descorchan los espumosos. ¿O es que eso te pondría más feliz?

Y no te quejes, coño, que este año te hemos hecho un anuncio bien bonito, con su musiquita -que te pone la carne de gallina-, su nieve -como la de las películas de Capra y James Stewart-, su Barrio Sésamo, su gentecita guay, como la de tu peñita… No como el del año pasado, del que tanto te reíste.

Seguro que te has emocionado un poco, que te conocemos. Si es que en el fondo eres un sensiblón. Pero no te confíes, porque en la vida real no va a haber ningún camarero gordo y bonachón que te guarde ese décimo que deberías haber comprado. Pasa por caja, querido, que te quedarás mucho más tranquilo. No dirás que esta Navidad no nos lo hemos currado.

Y mira que nos ha costado algún disgustillo, como el de ese otro tolai que dice que nos hemos aprovechado de él por no sé qué hostias de que no le hemos pagado, como si eso tuviera importancia en el mundo de las ilusiones. Siempre hay gente que no entiende nada.

Porque aquí no se trata de que te paguen ni nada, hombre. ¿Es que no has visto el anuncio? Hay que creer, confiar, tener ilusiones. No os dejéis embaucar por los imputados que pueblan vuestras informaciones diarias. Son sólo alucinaciones provocadas por la falta de fe. Creed, amigos, y quizá algún día os veréis como esa buena gente del anuncio.

Nosotros os lo deseamos de todo corazón, porque, entre otras cosas, disfrutaremos de ese veinte por ciento de vuestra ilusión, tan merecida, sobre todo por nosotros, que tanto hacemos por vuestro bienestar. Felices fiestas, hombre, y enhorabuena por anticipado. Y no os cortéis con nuestro anuncio: llorad, llorad, que nos ha quedado la mar de bonito, y bien ganadas que tenéis esas lagrimillas. ¡Qué buena gente sois!

Y sí, es verdad, seguiremos vaciando vuestros bolsillos (y depositando vuestras ilusiones en nuestras cuentas en paraísos fiscales), pero no nos negaréis que estas navidades seguro que os acordáis de recordarle a alguno de vuestros amigos más pobretones (por haber vivido por encima de sus posibilidades) que compre algún decimillo de lotería. Que no fastidie, puñetas, que Hacienda somos todos. ¿O queréis que se os quede la jeta de desgraciao del tipo del anuncio?

Por cierto, ¿a ese le hemos pagao?

@ildefonsogr

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