Archivo | febrero, 2015

El país de las neveras vacías

22 Feb

nevera vacía

Las neveras vacías sólo pueden enfriar ya el orgullo y la autoestima del que otra vez llama a sus puertas con la vana esperanza de no haber mirado bien por la mañana, antes de salir para eso que ahora llaman trabajo, si se tiene; de que detrás del bote de mayonesa casi vacío se esconda la última cena.

Se lo reconoció el otro día a mi amiga su nueva compañera de infortunios laborales: que hoy repetía ensalada de pasta, aunque hubiera preferido comer algo caliente. Pero en el frigorífico no quedaba nada más, ni en el frigorífico ni en los bolsillos, a esas alturas de mes.

Ambas son afortunadas, porque tienen trabajo, un empleo que les reporta 640 euros brutos al mes. Mi amiga es una profesional del diseño gráfico y la maquetación con décadas de experiencia, talento y conocimiento que el lunes pasado, después de dos años sin trabajo, se incorporó a su nuevo puesto, a dos horas y media de transportes públicos de Ciempozuelos, una ciudad madrileña que ni siquiera coge cerca de sí misma.

Allí, en una gasolinera plantada en un polígono industrial medio desmantelado, debe tratar de colocar a los escasos clientes que por allí se dejan caer una de esas tarjetas visa que te permiten pagos aplazados, acumulación de puntos y no sé qué otras mierdas más.

Le dicen que no puede ofrecérselas a señoras de la limpieza, porque ellas cobran casi todo en negro, ni a rumanos ni a búlgaros; que desconfíe de los clientes que se le acerquen antes de que ella los aborde; y que esté al loro, porque en cualquier momento se le puede presentar el Señor Mistery, un inspector de su empresa haciéndose pasar por un potencial cliente que calibre su actitud ante el reto profesional que tiene por delante. El Señor Mistery, hasta en la supuesta ironía son cochambrosos.

Antes, un ganapán impostado de supervisor, un zopenco presuntuoso, le ha presentado esta estafa laboral a mi amiga como una gran oportunidad, atribuyendo la vertiginosa rotación de esclavas que anteriormente ocuparon su puesto a que en España “la gente no tiene ganas de trabajar”. Ella ha acertado a responderle con la velocidad de una comedia de situación estadounidense: “De lo que no hay ganas es de pagar”. Siempre queda molestar.

Al final de los cinco días laborables de su semana de estreno -“una de las ventajas de este trabajo es que no se hacen fines de semana –le dice el zopenco-, a menos que veamos que lo necesites porque estás floja”-, mi amiga hace balance: le han gritado groseramente dos veces, una de ellas porque la sorprendieron tomándose un café en el bar de enfrente, “abandonando su puesto”; ha dedicado más de cuatro horas de su día a combinar trenes y autobuses para llegar al fin del mundo y volver de él; ha pasado seis horas diarias de pie en la tienda de la gasolinera y ha logrado colocar tres tarjetas (le dicen que para cobrar comisiones debe vender a partir de dos diarias, con lo que me cuenta que muchos nuevos empleados recurren durante las primeras semanas a sus familiares y amigos para cubrir al menos ese cupo y conservar sus empleos). Su recompensa, en el país de la recuperación, será cobrar a fin de mes una miseria que no alcance ni los 600 euros.

En el país de los trabajos de las neveras vacías, el zopenco ha reñido a otra de sus compañeras por no calzar de forma adecuada. El problema, me explica mi amiga, es que la chica no tiene zapatos como los que la exigen, ni dinero para comprarlos. “¿Qué número calzas? ¿Te apañas con un cuarenta?”

Menudencias en el País de la Recuperación, el país rico donde uno de cada tres niños es pobre, el país opulento sobre el que Cáritas acaba de advertir acerca de la amenaza de que la pobreza y la desigualdad entre sus habitantes se convierta en “estructural”. El país de las neveras vacías y los pies descalzos que siguen caminando hacia los nuevos empleos de las viejas cadenas.

Cuatro meses de cárcel por un insulto

1 Feb

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¿Se acuerdan ustedes de lo que hicieron en la Nochevieja de 2006? ¿Discutieron con algún cuñado? ¿Tuvieron unas palabras con su suegra? Sergio recuerda perfectamente aquella noche, cómo no. Se había metido en la cocina para echar una mano a un compañero, y el sargento le ordenó por vía interpuesta que saliera de allí, que no estaba autorizado para andar entre fogones.

La cosa venía de atrás, ya saben, un jefe y un subordinado que no terminan de tenerse cariño. El caso es que Sergio le dijo luego al sargento que era un maricón, que no había tenido huevos para darle la orden a la cara. Un calentón feo, sin duda, de esos que te hacen levantarte al día siguiente con la conciencia resacosa y, quizás, engrosando las listas del paro.

Sergio es guardia civil, con doce años de servicio intachable, y el jueves pasado, ocho después de aquello, entró en la cárcel militar de Alcalá Meco para cumplir cuatro meses de prisión por un “maricón, no tienes huevos” a su jefe. Es la consecuencia de que a los beneméritos se les aplique el Código Penal Militar, un anacronismo más propio del Medievo que del siglo XXI. O no, quizá me equivoque con las fechas. La historia nunca fue mi fuerte.

Es duro caminar junto a un hombre que se dirige a la verja tras la que contará los próximos 120 días de su vida privado de libertad, separado de su familia, de su mujer y su hija, que en marzo cumplirá dos años y que por suerte no sabe por qué andaba esa mañana tan fría de la mano de su padre, al que escoltaban casi doscientos compañeros y alguna cámara de televisión.

Es duro, digo, debe de serlo en cualquier caso, pero jode más cuando sabes que el crimen que ha ‘cometido’ el tipo al que van a meter entre rejas ha sido mandar a tomar por el culo a un jefe autoritario. ¿Le resarcirá a éste lo suficiente que el insulto de su subordinado le cueste celebrar las primeras palabras de su hija, su segundo cumpleaños, desde un calabozo? Ella soplará sus dos velas mientras su padre tachará otro día del calendario. Unos palotes por otros. Por un “maricón no tienes huevos”.

Cuando Sergio, acompañado por su mujer y dos policías militares, se pierde al fondo de la carretera que continúa tras la reja del penal, arrastrando su maleta con ruedas, el grupo que le ha acompañado da la vuelta y regresa hasta el lugar donde hemos dejado aparcados los coches. “Lo malo de estas cosas es que a la sociedad no le importa nada –se lamenta uno de sus compañeros-. No es como cuando condenan a una madre por comprar pañales con una tarjeta que se encuentra tirada en la calle. Nosotros, al fin y al cabo, somos guardias civiles, dicen, y ya sabíamos dónde nos metíamos”.

P.D. La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres (Don Quijote de la Mancha)

En Change.org se ha creado una petición para pedir el indulto para Sergio

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