Archive | noviembre, 2015

¿Les pasa también a ustedes?

22 Nov

quitando vaho

Caminaba el otro día por la mañana hacia el Metro cuando desde el interior de un coche que circulaba en sentido contrario a mi marcha me saludó su conductor con la mano. Yo le devolví la cortesía, pensando que se trataría de alguien conocido. Aún tenía mi brazo en alto cuando comprobé que el tipo sólo estaba limpiando el vaho de su parabrisas.

A veces me pasan cosas así. Otra vez, por ejemplo, llamé por error a un antiguo jefe mío con el que no acabé muy bien. Tenía su nombre y número anotado en mi caótica agenda junto al de otro individuo que se llamaba de forma muy similar y poco habitual (pongamos por caso Inocente e Inocencio, o Ildefonso e Indalecio). Supongo que a él le parecería extraño que alguien se dirigiera a él por un nombre tan curiosamente cercano al suyo. Quizá pensó que era una broma. Lo noté por su tono de impaciencia enojada, que tan bien conocía. Colgué sin identificarme, confiando en que no hubiera reconocido mi voz.

En otras ocasiones mis equivocaciones se encadenan en un breve lapso de tiempo, relevándose como un engranaje bien engrasado que tuviera como destino dejarme sumido en la estupidez más absoluta.

“Hacía mucho frío, y me estaba meando. Finalmente, llegué a la oficina cuarenta minutos tarde”

Por ejemplo, lo que me pasó un viernes de hace varias semanas. Me había levantado con malestar de estómago, como con ganas de vomitar. Ya vestido me senté en el sofá y decidí que, bajo esas circunstancias, el trayecto en el Metro podría tener nefastas consecuencias tanto para mí como para los otros viajeros. Pensé llamar al trabajo anunciando que no me encontraba bien y que no iría a la oficina, pero finalmente venció una vez más mi vergüenza torera y me puse en marcha. Eso sí, me concedí a cambio desplazarme hasta el trabajo en mi propio coche.

Tardé más de una hora en llegar, tras superar un atasco de proporciones bíblicas. Luego  perdí otros veinte minutos tratando de sacar el ticket del aparcamiento regulado en una máquina infernal que no conocía (gracias, señora Botella). Hacía mucho frío, y me estaba meando. Finalmente, llegué a la oficina cuarenta minutos tarde y habiéndome gastado casi quince euros para que mi coche pudiera quedar aparcado allí hasta las doce.

 

parquímetros

 

En la oficina, una de mis compañeras me advirtió de que, no obstante, aunque bajase luego para comprar un par de horas más de estacionamiento, mi maniobra sería inútil, puesto que no estaba permitido pasar en la misma área más de no sé cuántas horas.

Así que poco antes de las doce me encontré en la misma situación que tres horas antes: conduciendo mi coche buscando un hueco para dejarlo en otra zona cercana a mi trabajo. Recordé que otra compañera me había dicho hacía tiempo que, un poco más allá, había un barrio en el que se podía aparcar sin estar cercado por rayitas azules y verdes. Busqué esa Arcadia, pero me perdí, y acabé dando vueltas por la Ciudad Universitaria, a un par de kilómetros de mi puesto de trabajo.

Y ahí me tienen ustedes. En mi coche a las doce y media de la mañana (ese día mi jornada concluía a las tres de la tarde, por ser viernes), habiendo trabajado apenas una hora y media e imaginándo qué pensarían en la oficina de un tipo que había llegado con cuarenta minutos de retraso y que poco después había vuelto a desaparecer para reaparcar su coche, hacía ya otra hora.

Tras lograr reorientarme, encontré hueco en batería en una calle razonablemente cercana a mi oficina. Me aproximé a otra máquina del Averno para sacar el ticket, pero un muchacho negro me paró y me explicó que él se ocuparía. Me preguntó que hasta qué hora pensaba dejar el coche, calculó lo que eso costaba y me ofreció un precio más rebajado. A cambio, él estaría atento para poner en los limpiapararisas tickets por menos tiempo cuando pasara por allí la controladora. Dudé mucho, claro, pero al final me persuadió con un mensaje irrebatible: “Necesito comer”.

“Mi desplazamiento, entre tickets de estacionamiento y puritos con olor a vainilla, me había costado casi veinte euros y el descojone de mis compañeras”.

Eran cuatro euros, me dijo, dos menos de lo que por el cauce oficial habría tenido que abonar. El problema era que sólo tenía un billete de cincuenta. “Pide cambio en el estanco, la chica me conoce. También a ella le vigilo el coche”, me dijo. Entré en el estanco, pero me dio vergüenza pedirle sin más a la mujer que me cambiara el billete, así que le compré una caja de puritos con aroma a vainilla. Tengo que aclarar que yo no fumo, pero me aturullé y no acerté a pedir otra cosa en un estanco que no fuera tabaco. También me pasan estas cosas a veces.

Cuando apagué el ordenador, hice balance de la mañana: apenas había estado presente en mi oficina unas tres horas, con un rendimiento cercano a la nada. Mi desplazamiento, entre tickets de estacionamiento y puritos con olor a vainilla, me había costado más de veinte euros y el descojone de mis compañeras. Eso sí, mi malestar de estómago había desaparecido. Gracias a eso pude soportar con entereza el atasco de hora y media que me encontré hasta llegar de vuelta a mi casa. Por fortuna, pude comer en el coche la media barra de pan que había sobrado del desayuno.

¿Estas cosas les pasan también a ustedes? ¿Debo preocuparme? Y, por favor, no limpien con la mano el vaho de sus parabrisas cuando yo camine por la acera. Necesito recuperar mi autoestima.

 

 

 

 

El hombre que se hizo rico ayudando a los pobres

4 Nov

Forbes-coloca-Amancio-Ortega-como-el-mas-rico

Hay un señor que se llama Amancio Ortega, y que según dicen algunos es el hombre más rico del mundo. O lo ha sido un ratito y ahora va segundo, no sé. Igual el banco ya le ha pasado este mes el recibo del gas o el de su comunidad de vecinos, y eso hace mucha mella en la cuenta corriente, bien lo sé yo.

En realidad, Amancio no quería ser el hombre más rico del mundo, sólo quería ayudar a que los pobres fueran menos pobres. Pero a veces, como Dios, la generosidad también escribe con renglones torcidos.

Porque, gracias a Amancio y otros como él, muchos millones de pobres celebran cada día que, en lugar de morirse de hambre o estar en el paro, puedan comer algo o tener un trabajo, las criaturitas.

Amancio permite que no se mueran esos pobrecillos asiáticos o brasileños gracias a que les deja coser su ropita, y también propicia que las chicas occidentales trabajen en sus tiendas por setecientos u ochocientos euros al mes, que es un montón de dinero para que en los ratitos que les queden libres puedan comprarle la misma ropa que vende tan barata.

Amancio y sus amiguitos que tantas cosas bonitas cuentan de él saben que, al fin y al cabo, siempre ha habido pobres, y que si no se les pegan las tripas, que eso es lo peor que le puede pasar a un pobre, es gracias a su altruismo (a lo mejor sí palman de frío, o porque se les caiga encima el edificio en el que tan apretaditos cosen para él y otros benefactores de su mismo perfil. Pero eso son ya cosas que envía Dios, y en eso no se meten, que es negociado que ya gestionan otras multinacionales).

¿Para qué necesitan más? ¡Si pobres ha habido toda la vida! ¿Cómo iba a funcionar el mundo sin pobres? ¡Qué lío les íbamos a armar!

El problema es que, así, de tanto ayudar a los pobres, Amancio se ha hecho el hombre más rico del mundo. Pero eso es algo que él no puede evitar. En realidad, Amancio tampoco quiere que deje de haber pobres, no le entendamos mal, sólo que las criaturas no se mueran de hambre, para que así sigan cosiendo ropita y anden ocupados haciendo algo útil. ¿Para qué necesitan más? ¡Si pobres ha habido toda la vida! ¿Cómo iba a funcionar el mundo sin pobres ni ricos? ¡Qué lío les íbamos a armar a esas personas complicándoles de esa manera su tránsito por este valle de lágrimas!

Y luego tenemos otro problema, y es el de todos los envidiosos que querríamos ser como Amancio y ayudar al mundo como él. No por ser ricos, no, sino porque todos los chinitos pudieran comer cada día su cuenquito de arroz, que es para lo que vienen al mundo. Ayudar a la humanidad, vaya, que es lo que hace Amancio, igual que el señorito Iván ayudaba a Paco el Bajo y su familia a no morirse de hambre en ‘Los santos inocentes’.

La gente que no quiere a Amancio es una envidiosa o una ignorante, o las dos cosas, porque no pueden ni imaginarse lo triste que debe de ser convertirse en el hombre más rico del mundo queriendo ayudar a los pobres (aunque esos ignorantes maledicentes prefieran llamarlos esclavos, con toda la mala baba del mundo, y hablar de derechos sociolaborales y todas esas ZARAndanjas).

Les pongo un ejemplo de esto último que decía reproduciendo aquí (pido perdón por ello de antemano) estas feas palabras que pronunció el año pasado Marina Albiol en su primera intervención como candidata de Izquierda Unida a las elecciones europeas: “Su riqueza se construye con nuestra pobreza. Las jubilaciones millonarias de los banqueros salen de nuestros desahucios. Sus yates, sus lujos… Salen de los niños que no pueden hacer ni una comida digna al día. Los beneficios indecentes de las grandes empresas son nuestra misera”.

¿Ves como hay gente que no entiende nada, Amancio?  Pero tú no hagas caso de esos envidiosos populistas, que ya sabes cómo somos las personas, y sigue con tu misión. Gracias y enhorabuena, campeón. Que sigas ayudando a la humanidad muchos años más.

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