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Un cocktail raro

12 May

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Me escribe por correo electrónico un antiguo y querido compañero del oficio, un excelente profesional y compañero. Buena gente, todavía en los primeros años de la treintena. Como tantos otros, lleva tiempo fuera de la rueda, expulsado del paraíso del trabajo remumerado o el empleo medio digno. Sus reflexiones me dejan muy tocado. Le pido permiso para reproducirlas aquí, no sin cierto pudor. Creo que es importante no olvidarnos de lo que sigue ocurriendo en este país, pese a que los que calzan las botas que nos pisotean pongan ese bochornoso e insultante empeño en negarlo:

“Mi día a día está un tanto marcado por altibajos emocionales donde a veces creo que todo es posible y otras, las más, me cubre el pesimismo más absoluto. He movido el CV y todas esas cosas que se hacen en esa situación y ni tan siquiera entrevistas”.

“Apenas he tenido tres encuentros, y dos nada relacionados con el periodismo, o no sustancialmente al menos, en los que me han llegado a decir cosas como que estaba demasiado preparado (sic) o a ofrecerme un mix ‘preparacontenidosalmismotiempoquecomercial’ demencial y en un tono cutre, imposible de compaginar de todas todas; me hizo gracia porque encima mi no rotundo (las cosas sé que no están para decir no, pero en algunas cosas mis principios son como diques) le dio pie a un “hay mucha gente interesada porque se va a sacar una pasta” (pero el proyecto, cosa curiosa, no sale todavía…)”.

“Frustrado, seguramente. Desencantado, con un punto amargado. Y todos estos adjetivos al final alimentan cierto poso de rencor en un contexto lleno de gurús, donde ves que en otros lados los inútiles que daban lecciones pero no apretaban teclas o, peor, no te dejaban hacer llamadas, siguen haciendo de las suyas por el mundo. No me puedo quitar cierta sensación de fracaso vital, por todo ello. De época equivocada, de camino equivocado… y de brújula rota que no encuentra el norte. Un cocktail raro”.

Todo mi ánimo y mi solidaridad a este compañero, y a otros tantos que sufren esta situación, amigos (unos cuantos, demasiados) y desconocidos (a millares, a millones). Yo he estado allí (y no descarto volver a estarlo). Sé lo que se siente. El desempleo no solo te roba tu fuente de ingresos, también socava tu identidad. No os dejéis. Podrá faltarnos trabajo digno, pero nunca dignidad. Ellos son los malos; nosotros, su amenaza.

PD. Me permito ilustrar esta entrada con una viñeta de El Roto, siempre un certero francotirador

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Pájaros

26 Mar

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Bajo el ruido, el dolor y la confusión siempre fluye, eterna, la codicia. Como el magma bajo la corteza terrestre.

Desayunamos con un atentado, comemos con las aplicaciones que cada uno hace de éste según su ideología o intereses, y cenamos con la incompetencia, estupidez y desvergüenza de unos políticos indecentes que están en funciones para todo menos para cobrar.

Pero por detrás de la carta con nuestro menú basura de cada día continúa impresa la letra pequeña con las añagazas de los que nunca descansan para seguir tangándonos. Ellos son el dinero, y el dinero no maneja conceptos morales como la conciencia, el propósito de enmienda o la contrición.

No, los bancos hablan en términos de cláusulas suelo, preferentes, tarjetas black y esas cosas. Si les ha ido tan bien siempre con su lengua materna, ¿para qué van a aprender idiomas?

Por eso cuando mi mujer me dice que la han llamado del banco anunciándole una estupenda propuesta para nuestra hipoteca, lo primero que hacemos es mirar el diccionario de Banqués-Pringadés, para ver qué quiere decir “renegociar nuestro contrato para que nuestra cuota mensual se fije en tal y cual tanto por ciento y no esté sujeta a la subida del Euríbor, que en Estados Unidos ya están incrementándose los intereses y bla bla bla”.

La eficiente pero apremiante empleada del banco -en su llamada telefónica le dijo a mi mujer que la oferta sólo tiene un mes de vigencia -envía por correo electrónico el nuevo contrato. En el mail nos anuncian que “tras la reunión mantenida, en la que revisamos conjuntamente la condiciones actuales de su hipoteca, me complace adjuntarle la documentación relacionada con la operación”. ¿Reunión mantenida? ¿Revisamos conjuntamente? Uff, qué suerte tenemos de que nuestro banco vele tanto por sus clientes que hasta se reúna por ellos consigo mismo, en un prodigioso desdoblamiento. Como lo del Doctor Jeckyll y Mister Hyde, visualizo.

Vemos que con el nuevo trato nuestra cuota mensual se rebajaría en unos eurillos, menos de veinte. Y para los restos. Reconozco que el pringado que hay en mí sufre un cosquilleo de emoción. Sigo leyendo, sin embargo, y me topo con la serpiente, enroscada en torno al compromiso que me pide el banco a cambio de concederme esa propineja a mi carga mensual: con la firma de las nuevas condiciones debo renunciar a cualquier reclamación legal en el futuro por ese incómodo asuntillo de la cláusula suelo. Ellos lo exponen así:

“Como consecuencia de esta transacción el Cliente se compromete a desistir de cualquier reclamación y, en caso de ser necesario, a ratificar tal desistimiento, y a no reclamar contra el Banco o su grupo de empresas en virtud de las cláusulas relativas a las condiciones financieras de la Operación, en especial respecto del tipo de interés aplicable y la cláusula de limitación de variabilidad del tipo de interés , renunciando desde este momento y para el futuro a nada más pedir ni reclamar por dicho concepto en especial con relación a cualesquiera cantidades que hubiera percibido el Banco como consecuencia de la aplicaciónde la cláusula de limitación de variabilidad del tipo de interés”.

Lo que nuestro buen banco nos pide es que a cambio de una rebajilla al mes de nuestra cuota renunciemos a uno de nuestros derechos básicos como ciudadanos que supuestamente viven en democracia, como es el del recurso a la justicia. Total, una bagatela. ¿Para qué queremos derechos los pringaos?

No tienen remedio. Es su naturaleza, lo sé. La ley y la decencia son cosas de pobres. “Yo soy pobre, pero honrado”, decía un personaje en una viñeta tristemente hermosa del gran Chumy Chúmez, a lo que otro tipo le respondía: “Lo comprendo. Las desgracias nunca vienen solas”.

Así que de momento rechazo el pájaro en mano que me ofrecen, no sea que luego vengan ciento volando en forma de sentencia judicial (sí, de esos mismos jueces a los que nuestro banco amigo nos pide que renunciemos) que les obligue a devolvernos la mucha pasta que llevan varios años chorizándonos a costa de las cláusulas suelo. Algo que, a tenor de este pacto con el diablo que nos plantean, debe de ser más que posible. Pájaros, que vosotros sí que sois unos pájaros. Que os tenemos calaos.

Feliz 2016 en el planeta de los simios

28 Dic

El planeta de los simios

Una sencilla reflexión antes de desaparecer en las brumas del fin de año: la ‘patria’ no es propiedad ni patrimonio de nadie. No existe. Es una falacia que se usa desde que unos homínidos se pusieron sobre dos patas para imponer su voluntad sobre otros homínidos con menos armas. La patria, como dios, es una gilipollez que se han inventando unos monos para hacerles creer a otros monos que defienden cosas guay contra las que está muy feo discutir. Tan feo que los matan por ello, para que así los monos más remolones sepan a qué atenerse.

Y así seguimos. No hay dios, ni patria, ni ninguna otra mamarachada que nos venden cada día los que manejan los hilos de nuestras miserables vidas. Lo que digo es una simpleza, lo sé. Pero es una simpleza que hay que repetir constantemente para que los que habitamos el planeta de los simios lo podamos asimilar.

Es que estos días leo estas cosas como lo de la voluntad del pueblo, los constitucionalistas, la indivisibilidad de España y tal. Me gusta España, claro (unos días más que otros), es el sitio donde nací, crecí y vivo, y me gustaría que siguiéramos todos juntos, trabajando para mejorar nuestras vidas en común. Pero me la pela el rollo de una grande y libre, la verdad. Es algo que en realidad no ha hecho más que daño a lo largo de los últimos siglos. Si alguien no quiere seguir aquí, me parece justo que decida. No puede obligarse a alguien a pertenecer por la fuerza a algo. Otra cosa es lo que me parezcan sus razones para ello.

En cualquier caso, lo que estoy viendo estos días con los supuestos defensores de la patria tratando de apretar filas para favorecer a los de siempre me parece repugnante. Millones de personas hemos votado en España para que las cosas cambien, y tenemos que leer todos los putos días en los periódicos del régimen que somos antisistema.Votamos como cualquiera, expresamos nuestra opinión, y os parecemos antisistema.

¡Qué cojones de democracia es ésta en la que millones de votos os parecen inválidos por no elegir lo que los que mueven los hilos quieren! ¿Hasta cuándo pensáis que podréis sostener este patético chiringuito?

Feliz 2016 a todos en el planeta de los simios.

El hombre que se hizo rico ayudando a los pobres

4 Nov

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Hay un señor que se llama Amancio Ortega, y que según dicen algunos es el hombre más rico del mundo. O lo ha sido un ratito y ahora va segundo, no sé. Igual el banco ya le ha pasado este mes el recibo del gas o el de su comunidad de vecinos, y eso hace mucha mella en la cuenta corriente, bien lo sé yo.

En realidad, Amancio no quería ser el hombre más rico del mundo, sólo quería ayudar a que los pobres fueran menos pobres. Pero a veces, como Dios, la generosidad también escribe con renglones torcidos.

Porque, gracias a Amancio y otros como él, muchos millones de pobres celebran cada día que, en lugar de morirse de hambre o estar en el paro, puedan comer algo o tener un trabajo, las criaturitas.

Amancio permite que no se mueran esos pobrecillos asiáticos o brasileños gracias a que les deja coser su ropita, y también propicia que las chicas occidentales trabajen en sus tiendas por setecientos u ochocientos euros al mes, que es un montón de dinero para que en los ratitos que les queden libres puedan comprarle la misma ropa que vende tan barata.

Amancio y sus amiguitos que tantas cosas bonitas cuentan de él saben que, al fin y al cabo, siempre ha habido pobres, y que si no se les pegan las tripas, que eso es lo peor que le puede pasar a un pobre, es gracias a su altruismo (a lo mejor sí palman de frío, o porque se les caiga encima el edificio en el que tan apretaditos cosen para él y otros benefactores de su mismo perfil. Pero eso son ya cosas que envía Dios, y en eso no se meten, que es negociado que ya gestionan otras multinacionales).

¿Para qué necesitan más? ¡Si pobres ha habido toda la vida! ¿Cómo iba a funcionar el mundo sin pobres? ¡Qué lío les íbamos a armar!

El problema es que, así, de tanto ayudar a los pobres, Amancio se ha hecho el hombre más rico del mundo. Pero eso es algo que él no puede evitar. En realidad, Amancio tampoco quiere que deje de haber pobres, no le entendamos mal, sólo que las criaturas no se mueran de hambre, para que así sigan cosiendo ropita y anden ocupados haciendo algo útil. ¿Para qué necesitan más? ¡Si pobres ha habido toda la vida! ¿Cómo iba a funcionar el mundo sin pobres ni ricos? ¡Qué lío les íbamos a armar a esas personas complicándoles de esa manera su tránsito por este valle de lágrimas!

Y luego tenemos otro problema, y es el de todos los envidiosos que querríamos ser como Amancio y ayudar al mundo como él. No por ser ricos, no, sino porque todos los chinitos pudieran comer cada día su cuenquito de arroz, que es para lo que vienen al mundo. Ayudar a la humanidad, vaya, que es lo que hace Amancio, igual que el señorito Iván ayudaba a Paco el Bajo y su familia a no morirse de hambre en ‘Los santos inocentes’.

La gente que no quiere a Amancio es una envidiosa o una ignorante, o las dos cosas, porque no pueden ni imaginarse lo triste que debe de ser convertirse en el hombre más rico del mundo queriendo ayudar a los pobres (aunque esos ignorantes maledicentes prefieran llamarlos esclavos, con toda la mala baba del mundo, y hablar de derechos sociolaborales y todas esas ZARAndanjas).

Les pongo un ejemplo de esto último que decía reproduciendo aquí (pido perdón por ello de antemano) estas feas palabras que pronunció el año pasado Marina Albiol en su primera intervención como candidata de Izquierda Unida a las elecciones europeas: “Su riqueza se construye con nuestra pobreza. Las jubilaciones millonarias de los banqueros salen de nuestros desahucios. Sus yates, sus lujos… Salen de los niños que no pueden hacer ni una comida digna al día. Los beneficios indecentes de las grandes empresas son nuestra misera”.

¿Ves como hay gente que no entiende nada, Amancio?  Pero tú no hagas caso de esos envidiosos populistas, que ya sabes cómo somos las personas, y sigue con tu misión. Gracias y enhorabuena, campeón. Que sigas ayudando a la humanidad muchos años más.

Con un canto en los dientes

30 Sep

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El otro día iba yo en autobús por Madrid. Serían las nueve y media de la mañana, minuto arriba o abajo. En la parte delantera, sentada cerca del conductor, viajaba una mujer, de unos treinta y tantos o cuarenta, que mantenía con éste una rutinaria charla sobre el día a día de ambos. Conversación castiza y manoseada y expresión fatigada desde las primeras horas de la jornada.

Ella explicaba que se dirigía a su trabajo, en una tienda de ropa, de 10.00 a 20.00. Diez horitas, del tirón. Con treinta minutos, o menos, para echarse algo al estómago, supongo. También los sábados, añadía. “Al menos no madrugas”, le dijo el conductor, tratando de buscarle algo positivo al asunto. “Bueno, tampoco -le contestó la viajera-, porque tengo que levantar a mis dos hijos, prepararles el desayuno, llevarlos al colegio… La verdad es que desde las siete estoy en danza, y luego no llego a casa hasta pasadas las nueve. Pero, mira, tal y como están las cosas me doy con un canto en los dientes”.

Mientras la escuchaba -y calculaba la miseria de sueldo (¿700? ¿800? Tal vez, con suerte, ¿900?) que la mujer percibiría por dejarse la vida recogiendo prendas desechadas del probador y llegar a su casa de noche, hecha unos zorros- pensé en toda la tropa heróica que, como ella, brega con la vida en pulsos diarios, sin tregua ni esperanza de alcanzarla. Esos “working class hero” a los que cantaba Lennon hace 45 años (tantos, ya):

“Tan pronto como naces te hacen sentir pequeño, sin darte ningún tiempo en vez de dartelo todo. Hasta que el dolor es tan grande que ya no sientes nada. Un héroe de la clase obrera es algo que tienes que ser”.

Eso, decía, es lo que cantaba Lennon. Lo mismo que hoy, casi medio siglo después, se le puede seguir rezando a esa mujer del autobús y a los millones de personas que, como ella, sólo pueden otear el horizonte donde aguarda un domingo que  servirá para poner algo de orden en la casa y, con suerte, echarse la siesta de la semana, si los niños te dejan.

Con un canto en los dientes.

P.D.: Anoche me acordé de esa mujer escuchando a la señora Ministra de Empleo, doña Fátima Báñez, hablando del empleo de calidad que estaba creando su Gobierno. También me acordé del canto, y de los dientes.

El país de las neveras vacías

22 Feb

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Las neveras vacías sólo pueden enfriar ya el orgullo y la autoestima del que otra vez llama a sus puertas con la vana esperanza de no haber mirado bien por la mañana, antes de salir para eso que ahora llaman trabajo, si se tiene; de que detrás del bote de mayonesa casi vacío se esconda la última cena.

Se lo reconoció el otro día a mi amiga su nueva compañera de infortunios laborales: que hoy repetía ensalada de pasta, aunque hubiera preferido comer algo caliente. Pero en el frigorífico no quedaba nada más, ni en el frigorífico ni en los bolsillos, a esas alturas de mes.

Ambas son afortunadas, porque tienen trabajo, un empleo que les reporta 640 euros brutos al mes. Mi amiga es una profesional del diseño gráfico y la maquetación con décadas de experiencia, talento y conocimiento que el lunes pasado, después de dos años sin trabajo, se incorporó a su nuevo puesto, a dos horas y media de transportes públicos de Ciempozuelos, una ciudad madrileña que ni siquiera coge cerca de sí misma.

Allí, en una gasolinera plantada en un polígono industrial medio desmantelado, debe tratar de colocar a los escasos clientes que por allí se dejan caer una de esas tarjetas visa que te permiten pagos aplazados, acumulación de puntos y no sé qué otras mierdas más.

Le dicen que no puede ofrecérselas a señoras de la limpieza, porque ellas cobran casi todo en negro, ni a rumanos ni a búlgaros; que desconfíe de los clientes que se le acerquen antes de que ella los aborde; y que esté al loro, porque en cualquier momento se le puede presentar el Señor Mistery, un inspector de su empresa haciéndose pasar por un potencial cliente que calibre su actitud ante el reto profesional que tiene por delante. El Señor Mistery, hasta en la supuesta ironía son cochambrosos.

Antes, un ganapán impostado de supervisor, un zopenco presuntuoso, le ha presentado esta estafa laboral a mi amiga como una gran oportunidad, atribuyendo la vertiginosa rotación de esclavas que anteriormente ocuparon su puesto a que en España “la gente no tiene ganas de trabajar”. Ella ha acertado a responderle con la velocidad de una comedia de situación estadounidense: “De lo que no hay ganas es de pagar”. Siempre queda molestar.

Al final de los cinco días laborables de su semana de estreno -“una de las ventajas de este trabajo es que no se hacen fines de semana –le dice el zopenco-, a menos que veamos que lo necesites porque estás floja”-, mi amiga hace balance: le han gritado groseramente dos veces, una de ellas porque la sorprendieron tomándose un café en el bar de enfrente, “abandonando su puesto”; ha dedicado más de cuatro horas de su día a combinar trenes y autobuses para llegar al fin del mundo y volver de él; ha pasado seis horas diarias de pie en la tienda de la gasolinera y ha logrado colocar tres tarjetas (le dicen que para cobrar comisiones debe vender a partir de dos diarias, con lo que me cuenta que muchos nuevos empleados recurren durante las primeras semanas a sus familiares y amigos para cubrir al menos ese cupo y conservar sus empleos). Su recompensa, en el país de la recuperación, será cobrar a fin de mes una miseria que no alcance ni los 600 euros.

En el país de los trabajos de las neveras vacías, el zopenco ha reñido a otra de sus compañeras por no calzar de forma adecuada. El problema, me explica mi amiga, es que la chica no tiene zapatos como los que la exigen, ni dinero para comprarlos. “¿Qué número calzas? ¿Te apañas con un cuarenta?”

Menudencias en el País de la Recuperación, el país rico donde uno de cada tres niños es pobre, el país opulento sobre el que Cáritas acaba de advertir acerca de la amenaza de que la pobreza y la desigualdad entre sus habitantes se convierta en “estructural”. El país de las neveras vacías y los pies descalzos que siguen caminando hacia los nuevos empleos de las viejas cadenas.

Cuatro meses de cárcel por un insulto

1 Feb

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¿Se acuerdan ustedes de lo que hicieron en la Nochevieja de 2006? ¿Discutieron con algún cuñado? ¿Tuvieron unas palabras con su suegra? Sergio recuerda perfectamente aquella noche, cómo no. Se había metido en la cocina para echar una mano a un compañero, y el sargento le ordenó por vía interpuesta que saliera de allí, que no estaba autorizado para andar entre fogones.

La cosa venía de atrás, ya saben, un jefe y un subordinado que no terminan de tenerse cariño. El caso es que Sergio le dijo luego al sargento que era un maricón, que no había tenido huevos para darle la orden a la cara. Un calentón feo, sin duda, de esos que te hacen levantarte al día siguiente con la conciencia resacosa y, quizás, engrosando las listas del paro.

Sergio es guardia civil, con doce años de servicio intachable, y el jueves pasado, ocho después de aquello, entró en la cárcel militar de Alcalá Meco para cumplir cuatro meses de prisión por un “maricón, no tienes huevos” a su jefe. Es la consecuencia de que a los beneméritos se les aplique el Código Penal Militar, un anacronismo más propio del Medievo que del siglo XXI. O no, quizá me equivoque con las fechas. La historia nunca fue mi fuerte.

Es duro caminar junto a un hombre que se dirige a la verja tras la que contará los próximos 120 días de su vida privado de libertad, separado de su familia, de su mujer y su hija, que en marzo cumplirá dos años y que por suerte no sabe por qué andaba esa mañana tan fría de la mano de su padre, al que escoltaban casi doscientos compañeros y alguna cámara de televisión.

Es duro, digo, debe de serlo en cualquier caso, pero jode más cuando sabes que el crimen que ha ‘cometido’ el tipo al que van a meter entre rejas ha sido mandar a tomar por el culo a un jefe autoritario. ¿Le resarcirá a éste lo suficiente que el insulto de su subordinado le cueste celebrar las primeras palabras de su hija, su segundo cumpleaños, desde un calabozo? Ella soplará sus dos velas mientras su padre tachará otro día del calendario. Unos palotes por otros. Por un “maricón no tienes huevos”.

Cuando Sergio, acompañado por su mujer y dos policías militares, se pierde al fondo de la carretera que continúa tras la reja del penal, arrastrando su maleta con ruedas, el grupo que le ha acompañado da la vuelta y regresa hasta el lugar donde hemos dejado aparcados los coches. “Lo malo de estas cosas es que a la sociedad no le importa nada –se lamenta uno de sus compañeros-. No es como cuando condenan a una madre por comprar pañales con una tarjeta que se encuentra tirada en la calle. Nosotros, al fin y al cabo, somos guardias civiles, dicen, y ya sabíamos dónde nos metíamos”.

P.D. La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres (Don Quijote de la Mancha)

En Change.org se ha creado una petición para pedir el indulto para Sergio

@ildefonsogr

La crisis ya es historia (I), ¿o qué se creían?

29 Dic

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Estaba el otro día desayunando con mis compañeras de oficina, que me tratan de lujo. Me encontraba de un humor excelente, porque después de haberme reenganchado a mi oficio de toda la vida las ganas de molestar se me habían rebajado notablemente. Sí, amigos, el nuevo trabajo funcionaba en mí como un Hemoal contra las hemorroides morales que la España en crisis me provocaba, aunque a mí no me diera la gana mantenerlas en silencio. Qué tiempos.

De todos modos, como ya no estábamos en crisis, o casi (así se lo había escuchado decir durante los días anteriores al Presidente y sus corifeos), mi egoísta y acomodaticia conciencia parecía conformarse con mi nuevo estado sin hacerse más preguntas. Ahora ya me podía sentar cómodamente a tomar el montadito de las once y cuarto. Sin que me doliera el culo.

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Pero, de pronto, alguien habló de la señora de la limpieza, una mujer cubana con nombre y cortesía de princesa árabe que dos o tres veces por semana se pasa por la oficina para sacarla brillo. Yadira tiene ya los suficientes años para no asustarse de nada, pero hasta hace poco tuvo que dormir durante varios meses en el coche. Su marido había perdido el empleo, y a ella se le cerraron un montón de puertas que antes la reclamaban. Después de más de una década en España, un viejo utilitario aparcado en la calle se convirtió en su residencia multiusos.

Ahora le va mucho mejor, porque sus maltratados huesos ya han encontrado una cama sobre la que descansar. Eso sí, en un pueblo de Toledo desde el que tarda en llegar a su trabajo en Madrid casi tanto tiempo como lleva volar desde La Habana a Barajas. ¿Ven como es verdad que vamos mucho mejor? Más tranquilo, le di otro mordisco al bocata.

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También me alegro un montón por todos esos chavales y no tan chavales que, guiados por su espíritu aventurero, como nos reveló hace un par de años un alto cargo del Gobierno, se habían marchado de España entre 2008 y 2013 (unos 220.000, según datos publicados en mayo de 2014) de acuerdo con los datos del Instituto de la Juventud de España –Injuve-. También ellos, mientras recogen cada tarde los restos de los banquetes de comida rápida de un restaurante de Londres o Berlín, estarán de acuerdo (porque sin lugar a dudas se trata de la generaciónmejorpreparadadelahistoriadeEspaña)  en que su país va mucho mejor. Para eso también sirven los estudios, para saber reconocer lúcidamente los paisajes que te rodean, digo yo.

Y es que, ¿quién puede dudar de que 2014 ha sido un gran año para España? No, desde luego, todos esos españoles que han encontrado por fin un trabajo. Cierto es que por 600 o 700 euritos al mes. Pero, como ya dijo hace poco otro alto cargo de éste nuestro Gobierno, “no hay trabajo más precario que el que no se tiene”. ¿Lo ven? Es que somos de un conformar muy jodido, y no agradecemos lo que tenemos. Qué país. ¡Si hasta estando gordos como peonzas nos quejamos de pasar hambre!

07

Por eso, y con muy buen criterio (como diría un pelotillero cuadro medio de esos que transmiten a los currelas las ridículas órdenes del jefe), nuestro Gobierno se ha visto obligado hace poco a aprobar una ley contra las subversivas protestas de los inconformistas de siempre, los que protestan por todo, por armar jaleo. Y encima la han llamado ley mordaza, los listillos de guardia. No te jode. Pues que sepáis que se os ha acabado ya la juerga, así que dejad de montar follones y aceptar esos currelos de recuperación que se os van a ofrecer en los próximos meses, que serán los de la resurrección definitiva de la marca España.

03

Así que me despido, deseándoles un muy feliz nuevo año y mucho más reconfortado por lo que nuestros mandatarios proclaman y los valientes medios de comunicación que comen de sus aparatos difunden. Todo va mejor. Que no hagan caso de los provocadores y levantiscos de turno mis conocidos y familiares que acaban el año igual que lo empezaron: sin trabajo ni esperanza, hechos una mierda.

Porque muy probablemente -si es que se lo merecen, que nunca se sabe- les aguarde a lo largo de los próximos 365 días la recuperación en formato de 600 o 700 pavos. En las urnas se lo agradeceremos, si es que las vuelven a poner, porque al paso que vamos… ¡Y ni falta que hace, coño! Total, ya estará ahí el FMI, como en Grecia, suspendiendo las ayudas hasta saber que votamos al Gobierno correcto. Si es que, como dijo aquél, no se nos puede dejar solos…

PD: Como ya habrán podido disfrutar, las viñetas que ilustran este contracuento navideño son obra del gran Chumy Chúmez, tan de rabiosa actualidad como siempre lo están los grandes.

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