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¿Les pasa también a ustedes?

22 Nov

quitando vaho

Caminaba el otro día por la mañana hacia el Metro cuando desde el interior de un coche que circulaba en sentido contrario a mi marcha me saludó su conductor con la mano. Yo le devolví la cortesía, pensando que se trataría de alguien conocido. Aún tenía mi brazo en alto cuando comprobé que el tipo sólo estaba limpiando el vaho de su parabrisas.

A veces me pasan cosas así. Otra vez, por ejemplo, llamé por error a un antiguo jefe mío con el que no acabé muy bien. Tenía su nombre y número anotado en mi caótica agenda junto al de otro individuo que se llamaba de forma muy similar y poco habitual (pongamos por caso Inocente e Inocencio, o Ildefonso e Indalecio). Supongo que a él le parecería extraño que alguien se dirigiera a él por un nombre tan curiosamente cercano al suyo. Quizá pensó que era una broma. Lo noté por su tono de impaciencia enojada, que tan bien conocía. Colgué sin identificarme, confiando en que no hubiera reconocido mi voz.

En otras ocasiones mis equivocaciones se encadenan en un breve lapso de tiempo, relevándose como un engranaje bien engrasado que tuviera como destino dejarme sumido en la estupidez más absoluta.

“Hacía mucho frío, y me estaba meando. Finalmente, llegué a la oficina cuarenta minutos tarde”

Por ejemplo, lo que me pasó un viernes de hace varias semanas. Me había levantado con malestar de estómago, como con ganas de vomitar. Ya vestido me senté en el sofá y decidí que, bajo esas circunstancias, el trayecto en el Metro podría tener nefastas consecuencias tanto para mí como para los otros viajeros. Pensé llamar al trabajo anunciando que no me encontraba bien y que no iría a la oficina, pero finalmente venció una vez más mi vergüenza torera y me puse en marcha. Eso sí, me concedí a cambio desplazarme hasta el trabajo en mi propio coche.

Tardé más de una hora en llegar, tras superar un atasco de proporciones bíblicas. Luego  perdí otros veinte minutos tratando de sacar el ticket del aparcamiento regulado en una máquina infernal que no conocía (gracias, señora Botella). Hacía mucho frío, y me estaba meando. Finalmente, llegué a la oficina cuarenta minutos tarde y habiéndome gastado casi quince euros para que mi coche pudiera quedar aparcado allí hasta las doce.

 

parquímetros

 

En la oficina, una de mis compañeras me advirtió de que, no obstante, aunque bajase luego para comprar un par de horas más de estacionamiento, mi maniobra sería inútil, puesto que no estaba permitido pasar en la misma área más de no sé cuántas horas.

Así que poco antes de las doce me encontré en la misma situación que tres horas antes: conduciendo mi coche buscando un hueco para dejarlo en otra zona cercana a mi trabajo. Recordé que otra compañera me había dicho hacía tiempo que, un poco más allá, había un barrio en el que se podía aparcar sin estar cercado por rayitas azules y verdes. Busqué esa Arcadia, pero me perdí, y acabé dando vueltas por la Ciudad Universitaria, a un par de kilómetros de mi puesto de trabajo.

Y ahí me tienen ustedes. En mi coche a las doce y media de la mañana (ese día mi jornada concluía a las tres de la tarde, por ser viernes), habiendo trabajado apenas una hora y media e imaginándo qué pensarían en la oficina de un tipo que había llegado con cuarenta minutos de retraso y que poco después había vuelto a desaparecer para reaparcar su coche, hacía ya otra hora.

Tras lograr reorientarme, encontré hueco en batería en una calle razonablemente cercana a mi oficina. Me aproximé a otra máquina del Averno para sacar el ticket, pero un muchacho negro me paró y me explicó que él se ocuparía. Me preguntó que hasta qué hora pensaba dejar el coche, calculó lo que eso costaba y me ofreció un precio más rebajado. A cambio, él estaría atento para poner en los limpiapararisas tickets por menos tiempo cuando pasara por allí la controladora. Dudé mucho, claro, pero al final me persuadió con un mensaje irrebatible: “Necesito comer”.

“Mi desplazamiento, entre tickets de estacionamiento y puritos con olor a vainilla, me había costado casi veinte euros y el descojone de mis compañeras”.

Eran cuatro euros, me dijo, dos menos de lo que por el cauce oficial habría tenido que abonar. El problema era que sólo tenía un billete de cincuenta. “Pide cambio en el estanco, la chica me conoce. También a ella le vigilo el coche”, me dijo. Entré en el estanco, pero me dio vergüenza pedirle sin más a la mujer que me cambiara el billete, así que le compré una caja de puritos con aroma a vainilla. Tengo que aclarar que yo no fumo, pero me aturullé y no acerté a pedir otra cosa en un estanco que no fuera tabaco. También me pasan estas cosas a veces.

Cuando apagué el ordenador, hice balance de la mañana: apenas había estado presente en mi oficina unas tres horas, con un rendimiento cercano a la nada. Mi desplazamiento, entre tickets de estacionamiento y puritos con olor a vainilla, me había costado más de veinte euros y el descojone de mis compañeras. Eso sí, mi malestar de estómago había desaparecido. Gracias a eso pude soportar con entereza el atasco de hora y media que me encontré hasta llegar de vuelta a mi casa. Por fortuna, pude comer en el coche la media barra de pan que había sobrado del desayuno.

¿Estas cosas les pasan también a ustedes? ¿Debo preocuparme? Y, por favor, no limpien con la mano el vaho de sus parabrisas cuando yo camine por la acera. Necesito recuperar mi autoestima.

 

 

 

 

Nos rodea la basura

13 Nov

Imagen

(Foto: http://www.elboletin.com)

El barrendero de mi barrio se llama Ángel, y lo conozco desde que comencé a llevar a mi hija a la guardería, hace ya diez años. Desde entonces nos saludamos cada vez que coincidimos, y de cuando en cuando echamos un parrafillo sobre cómo nos va. Nunca le he visto mano sobre mano, ni ahorrarse una sonrisa para darte los buenos días, incluso en las mañanas más crudas del invierno, cuando trabajar en las calles madrileñas a menos de cero grados se hace realmente duro. También pinta cuadros, unos retratos estupendos, pero me dice que ya hace tiempo que no recibe casi encargos, que la cosa también está mal para el arte de supervivencia.

Hace poco más de un mes me comentó que se estaba preparando para la huelga que habían convocado en Madrid los trabajadores de la limpieza, pero que no sabía cómo iba a poder vivir durante ese tiempo indefinido sin cobrar por ejercer -no lo olvidemos- un derecho que recoge nuestra sacrosanta Constitución. “Tendré que pedirle dinero a mi madre, me dijo”.

Le vi preocupado, como es lógico, pero convencido de la justicia de la reclamación de su colectivo. “Ganamos poco más de mil euros y nos quieren rebajar el 40%. Ya me dirás cómo podríamos vivir con 700. Y eso los que nos quedemos, porque también quieren echar a más de mil compañeros a la calle, con lo que ello repercutiría en la propia limpieza de la ciudad”.

Me dijo que la empresa que le paga, una de las tres o cuatro que operan en la Villa y (Re)Corte, había obtenido el pasado verano la adjudicación de la contrata municipal gracias a una oferta extremadamente complaciente para el cliente. Y que ahora, una vez amarrado el trinque, esa gentil empresa quiere hacer pagar sus excesos a los trabajadores. Mientras tanto, las autoridades municipales miran para otro lado cantando aquello del pío pío que yo no he sido.

Vamos, que sin comerlo ni beberlo, los que se ofrecieron a la baja para satisfacción del Excelentísimo y Endeudadísimo Ayuntamiento de Madrid fueron los propios barrenderos, Ángel y sus colegas, que ahora no se quieren dar por enterados  ni complacernos rebajándose sus salarios por debajo del umbral de la esclavitud (supongo que tener un esclavo, entre pitos y flautas, debe de salir más caro que disponer de un trabajador a medio sueldo en la actual España que ya va saliendo de la crisis, según dicen).

Así que Madrid está desde hace unos días un poco más lleno de mierda de lo habitual, y algunos ya hablan de recurrir nada menos que al Ejército para librar esta batalla contra las bolsas de basura. Ahí lo tenemos: fusiles contra la huelga de escobas caídas. Se trataría de una operación militar aún más ambiciosa que la que nos llevó a recuperar el islote ese del Perejil, porque ahora nuestros soldados reconquistarían no sólo el perejil, sino las cáscaras de huevo, las pieles de plátano y cualquier otra inmundicia que ensucia esta ciudad que, como dijo su alcaldesa, se había acostumbrado últimamente a una excesiva limpieza.

Se lo tengo que decir a Ángel cuando lo vuelva a ver por mi barrio (con suerte), que dice Botella que él y sus compañeros estaban limpiando por encima de nuestras posibilidades, y que si se siguen poniendo tontos con tanta huelga y tanta polla les vamos a quitar de ahí para poner en su lugar a un cabo o un sargento primero a barrer la calle por 700 euros, que ellos sí que entienden de patriotismo y de disciplina. O incluso a la misma alcaldesa, que de basura también sabe un rato largo.

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