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Un tío con éxito

23 May

bankia

Triunfar una vez en la vida puede ser algo peligroso. Ya lo decía Oscar Wilde: “Un tonto nunca se repone de un éxito”. Afortunadamente, mi día a día está tan plagado de logros que no me da ni tiempo a experimentar ese amenazante efecto revelador de las carencias intelectuales al que aludía el bueno de Oscar.

¿Y dónde constata usted esos éxitos?, ¿cómo los mide?, se preguntarán ustedes con comprensible curiosidad (y quizás con cierta envidia). Pues donde se constatan estas cosas, queridos amigos: en el banco.

Sí, en el banco, el de los dineros, no crean que les quiero confundir con un burdo juego de palabras. Allí es donde cada vez que voy compruebo que soy un hombre de éxito.

Da igual que vaya a diario, o un par de veces a la semana, o dos veces el mismo día. Éxito, siempre éxito. Me lo dicen por escrito, además, para que no me quepa duda.

Puede que a muchos de los que me conocen les resulte extraña esta revelación. Mi propio padre solía repetirme en mis años del BUP que acabaría durmiendo debajo de un puente. Yo mismo llegué a creerlo. La vida, sin embargo, te da a veces estas sorpresas.

Claro está que también debo poner yo algo de mi parte para vivir en esta euforia continua. Hay que saber qué teclas apretar, y en qué momento debe hacerse. Y vigilar siempre tus espaldas. No es difícil, pero hay que tener las cosas claras.

Mi enésimo triunfo ha tenido lugar esta misma mañana, cuando al sacar veinte euros del cajero del Bankia he vuelto a leer mi buena fortuna en la pantallita: “Su operación ha sido realizada con éxito”. Ahí estaba otra vez el mensaje, bien clarito. He recogido los dos billetes de diez con la sonrisa del hombre hecho a sí mismo, he comprado el metrobús en el quiosco de Juanan y he tomado el 120 camino del trabajo, sin dejar de recordar el mensaje de mi banco. ¿Lo ves, papá? Al final tu hijo es un tío de éxito.

Que lo sepa todo el barrio.

 

Pájaros

26 Mar

buitre1

Bajo el ruido, el dolor y la confusión siempre fluye, eterna, la codicia. Como el magma bajo la corteza terrestre.

Desayunamos con un atentado, comemos con las aplicaciones que cada uno hace de éste según su ideología o intereses, y cenamos con la incompetencia, estupidez y desvergüenza de unos políticos indecentes que están en funciones para todo menos para cobrar.

Pero por detrás de la carta con nuestro menú basura de cada día continúa impresa la letra pequeña con las añagazas de los que nunca descansan para seguir tangándonos. Ellos son el dinero, y el dinero no maneja conceptos morales como la conciencia, el propósito de enmienda o la contrición.

No, los bancos hablan en términos de cláusulas suelo, preferentes, tarjetas black y esas cosas. Si les ha ido tan bien siempre con su lengua materna, ¿para qué van a aprender idiomas?

Por eso cuando mi mujer me dice que la han llamado del banco anunciándole una estupenda propuesta para nuestra hipoteca, lo primero que hacemos es mirar el diccionario de Banqués-Pringadés, para ver qué quiere decir “renegociar nuestro contrato para que nuestra cuota mensual se fije en tal y cual tanto por ciento y no esté sujeta a la subida del Euríbor, que en Estados Unidos ya están incrementándose los intereses y bla bla bla”.

La eficiente pero apremiante empleada del banco -en su llamada telefónica le dijo a mi mujer que la oferta sólo tiene un mes de vigencia -envía por correo electrónico el nuevo contrato. En el mail nos anuncian que “tras la reunión mantenida, en la que revisamos conjuntamente la condiciones actuales de su hipoteca, me complace adjuntarle la documentación relacionada con la operación”. ¿Reunión mantenida? ¿Revisamos conjuntamente? Uff, qué suerte tenemos de que nuestro banco vele tanto por sus clientes que hasta se reúna por ellos consigo mismo, en un prodigioso desdoblamiento. Como lo del Doctor Jeckyll y Mister Hyde, visualizo.

Vemos que con el nuevo trato nuestra cuota mensual se rebajaría en unos eurillos, menos de veinte. Y para los restos. Reconozco que el pringado que hay en mí sufre un cosquilleo de emoción. Sigo leyendo, sin embargo, y me topo con la serpiente, enroscada en torno al compromiso que me pide el banco a cambio de concederme esa propineja a mi carga mensual: con la firma de las nuevas condiciones debo renunciar a cualquier reclamación legal en el futuro por ese incómodo asuntillo de la cláusula suelo. Ellos lo exponen así:

“Como consecuencia de esta transacción el Cliente se compromete a desistir de cualquier reclamación y, en caso de ser necesario, a ratificar tal desistimiento, y a no reclamar contra el Banco o su grupo de empresas en virtud de las cláusulas relativas a las condiciones financieras de la Operación, en especial respecto del tipo de interés aplicable y la cláusula de limitación de variabilidad del tipo de interés , renunciando desde este momento y para el futuro a nada más pedir ni reclamar por dicho concepto en especial con relación a cualesquiera cantidades que hubiera percibido el Banco como consecuencia de la aplicaciónde la cláusula de limitación de variabilidad del tipo de interés”.

Lo que nuestro buen banco nos pide es que a cambio de una rebajilla al mes de nuestra cuota renunciemos a uno de nuestros derechos básicos como ciudadanos que supuestamente viven en democracia, como es el del recurso a la justicia. Total, una bagatela. ¿Para qué queremos derechos los pringaos?

No tienen remedio. Es su naturaleza, lo sé. La ley y la decencia son cosas de pobres. “Yo soy pobre, pero honrado”, decía un personaje en una viñeta tristemente hermosa del gran Chumy Chúmez, a lo que otro tipo le respondía: “Lo comprendo. Las desgracias nunca vienen solas”.

Así que de momento rechazo el pájaro en mano que me ofrecen, no sea que luego vengan ciento volando en forma de sentencia judicial (sí, de esos mismos jueces a los que nuestro banco amigo nos pide que renunciemos) que les obligue a devolvernos la mucha pasta que llevan varios años chorizándonos a costa de las cláusulas suelo. Algo que, a tenor de este pacto con el diablo que nos plantean, debe de ser más que posible. Pájaros, que vosotros sí que sois unos pájaros. Que os tenemos calaos.

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