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Feliz 2016 en el planeta de los simios

28 Dic

El planeta de los simios

Una sencilla reflexión antes de desaparecer en las brumas del fin de año: la ‘patria’ no es propiedad ni patrimonio de nadie. No existe. Es una falacia que se usa desde que unos homínidos se pusieron sobre dos patas para imponer su voluntad sobre otros homínidos con menos armas. La patria, como dios, es una gilipollez que se han inventando unos monos para hacerles creer a otros monos que defienden cosas guay contra las que está muy feo discutir. Tan feo que los matan por ello, para que así los monos más remolones sepan a qué atenerse.

Y así seguimos. No hay dios, ni patria, ni ninguna otra mamarachada que nos venden cada día los que manejan los hilos de nuestras miserables vidas. Lo que digo es una simpleza, lo sé. Pero es una simpleza que hay que repetir constantemente para que los que habitamos el planeta de los simios lo podamos asimilar.

Es que estos días leo estas cosas como lo de la voluntad del pueblo, los constitucionalistas, la indivisibilidad de España y tal. Me gusta España, claro (unos días más que otros), es el sitio donde nací, crecí y vivo, y me gustaría que siguiéramos todos juntos, trabajando para mejorar nuestras vidas en común. Pero me la pela el rollo de una grande y libre, la verdad. Es algo que en realidad no ha hecho más que daño a lo largo de los últimos siglos. Si alguien no quiere seguir aquí, me parece justo que decida. No puede obligarse a alguien a pertenecer por la fuerza a algo. Otra cosa es lo que me parezcan sus razones para ello.

En cualquier caso, lo que estoy viendo estos días con los supuestos defensores de la patria tratando de apretar filas para favorecer a los de siempre me parece repugnante. Millones de personas hemos votado en España para que las cosas cambien, y tenemos que leer todos los putos días en los periódicos del régimen que somos antisistema.Votamos como cualquiera, expresamos nuestra opinión, y os parecemos antisistema.

¡Qué cojones de democracia es ésta en la que millones de votos os parecen inválidos por no elegir lo que los que mueven los hilos quieren! ¿Hasta cuándo pensáis que podréis sostener este patético chiringuito?

Feliz 2016 a todos en el planeta de los simios.

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De mariposas a gusanos

24 Jul

Vaya por delante una de Perogrullo: lo peor de quedarse sin trabajo es que con ello pierdes la pasta con la que pagabas tus facturas, tu ocio, tu independencia. Faltaría más. Sin embargo, existe otra pérdida mucho menos visible a corto plazo, pero que con el tiempo te horada como un gusano voraz, te despoja de tu identidad y relega tu anterior autoestima al cajón de los sueños que un día se te quedaron demasiado grandes.

Ocurre cuando con el paso de los meses de llamadas sin retorno uno empieza a preguntarse si volverá a trabajar alguna vez, si será capaz de llevar a casa dinero con el que volver a pagar las facturas, el ocio, la independencia y la identidad.  Porque estás ya más cerca del medio siglo que de la crisis de los cuarenta, y comienzas a tener la sensación de que por tu estación ya sólo cruzan vías muertas.

Sin embargo, de repente un buen día sucede lo inesperado. Es el caso de una amiga que llevaba dos años en paro -¿o eran tres?- y que a finales de la pasada primavera atisbó por fin un amago de resurrección laboral. Se trataba de un trabajo a media jornada en el aeropuerto, como auxiliar en tareas de atención al viajero.  Era una mierda de trabajo -como todos los que ahora nos llevan en volandas a la milagrosa recuperación económica que cada día cacarea el ministro Montoro y sus colegas de bancada azul-, pero a estas alturas ya ni siquiera hay que añadir este calificativo al término trabajo: nuevo empleo y mierda son ya conceptos redundantes, como mar salada, sangre roja o político corrupto.

En su vida laboral anterior, mi amiga disfrutaba de un buen ambiente, de un clima civilizado.  Recibía un trato respetuoso de superiores y compañeros, tenía un buen horario y un sueldo decente. Su identidad era la de una trabajadora competente que, como tantos otros, un día tuvo que pagar los platos rotos por la incompetencia de los tipos que se zampan desayunos de mil pavos servidos por camareros con pajarita en la sala de juntas, mientras deciden que hay que echar a la calle a otros cien padres y madres de familia. Para ir tirandillo.

Pero eso era agua pasada. Por eso mi amiga se enfrentó a su nueva oportunidad con la incertidumbre y la ilusión de los que vuelven a debutar tras una larga ausencia. Con vergüenza torera.

Ahora está abatida, muy triste, porque dos meses de malos tratos por parte de sus jefes –“¡búscate la vida!; ¿dónde te metes que ya tenías que estar aquí hace media hora?; ¿pero otra vez tienes que ir a mear?”-, turnos de trabajo infames y un trabajo físicamente fuera de su alcance han podido con ella. O así lo cree, al menos. Ha tirado toalla y se siente derrotada, inútil. Piensa que no ha estado a la altura de esta nueva oportunidad. La España de la recuperación y de los trabajos de explotación vil y descarada ha logrado por fin impactar de lleno en la línea de flotación de su identidad.

Porque de eso se trata, de que no sólo renunciemos a nuestros anteriores derechos laborales, a aquellos salarios decentes que te permitían saltar de mes en mes sin consultar acojonado tu cuenta bancaria desde el día cinco, sino de que también te despojes de tu identidad, de tu autoestima, de tu capacidad de exigir que te traten con respeto. Te hacen sentir como una mierda, porque así ellos te podrán tratar como tal con mucha más facilidad.   

Ahora mi amiga está hecha polvo, dándole vueltas a la cabeza, asimilando la nueva identidad que los esclavistas de toda la vida han diseñado para ella, para mí, para ti, para todos ustedes,  los nuevos pobres. Es el círculo perfecto: el empleo se recupera, dicen, pero los trabajadores somos cada vez más miserables y resignados. Se trata de toda una metamorfosis para devolvernos a nuestro verdadero ser. Como el dios de ellos manda.

Un beso para ella y para todos los que ahora, y desde hace tiempo, nos encontramos inmersos en este proceso de reconvertirnos de mariposas en gusanos (pasando antes por el estado de capullos, claro está). Esperemos que, al menos, en el futuro no nos falte la morera ni unos agujeritos en la tapa de la caja de cartón. Porque hasta los gusanos necesitamos respirar. Digo yo.

PD: Ayer leí que el  Banco de España  pide “incentivar el ahorro ante la previsible caída de la pensión media” en el futuro. Es un gran consejo, sobre todo teniendo en cuenta que hace un año esta misma institución proponía contratar parados por debajo del salario mínimo. Menos mal que entre esas buenas gentes que velan por nuestro futuro no falta el humor. Benditos sean.

Ante el final de mi viaje estival

16 Sep

En apenas un par de semanas habrá concluido el contrato que me ha llevado este verano a viajar entre quioscos de la ONCE. Un viaje alternativo, inusual y enriquecedor (poco en lo económico, pero mucho en lo personal) en el que he aprendido algunas cosas y corroborado otras.

He descubierto, por ejemplo, que los bancos no son tan malos como los pintamos, que tienen una estupenda utilidad social. Que se lo pregunten, si no, a las docenas de personas que he visto durante estos tres meses dormir en el interior de sus cajeros automáticos.

También he comprobado que es muy difícil discutir con un compañero sordo. En el acaloramiento nunca sabes si lo que estás diciendo es entendido con claridad por tu interlocutor. Al mismo tiempo, más que comprender lo que él te quiere comunicar, lo intuyes a través de sus gestos y algunas palabras medio inteligibles. Y así no hay manera. Pero… ¡Esperen un momento! Olvídenlo: en realidad, no parece diferente a discutir con cualquier persona, oyente o no.

Otra cosa que sí he aprendido es que si te para la Guardia Civil en un control de alcoholemia, y el que conduce es tu compañero -que no oye nada por debajo del umbral sonoro del escape libre de una moto de nosecuántosmil centímetros cúbicos- conviene que estés atento para aclararle al  agente la causa por la que aquél parece ignorar sus preguntas mientras busca la documentación del vehículo. No conviene impacientar a un benemérito.

Y he visto la cara oculta de la luna: la noche en la ciudad, con algunas calles llenas de gente –sobre todo inmigrantes-, que huyen del calor madrileño sentados en las aceras, en los bancos públicos, e incluso en sillas plegables, como esa tertulia que una docena de mujeres mantenía cada noche en una calle peatonal de Getafe. O esa otra, en la que varias señoras de las del barrio de toda la vida departían tranquilamente en San Fernando de Henares, sentadas en un banco contiguo al que ocupaban varios jóvenes negros, que también disfrutaban de la noche veraniega tomándose unos refrescos comprados en el chino.

Ah, y las tiendas de chinos, que se han convertido en algo tan común al paisaje urbano de nuestras ciudades como los semáforos, las farolas o los bares. Si, como canta Sabina, sólo en Antón Martín hay más bares que en toda Noruega, en cada barrio de la Comunidad de Madrid hay más chinos que en el mismo Pekín. ¡Y qué tarde cierran!, para suerte de los sedientos trabajadores que se ganan el pan a esas deshoras.

También, y esto me lo han contado, he sabido que para trabajar en la calle es mucho mejor el verano. Tratar de limpiar cristales en pueblos de la sierra madrileña a las dos de la madrugada en diciembre o enero no resulta una tarea grata. Ni conducir por esas carreteras, donde nunca sabes dónde te aguarda la placa de hielo que te sacará de la vía. Este invierno, cuando esté en la cama, calentito y seguro, me costará algo más dormir pensando en los que han sido mis compañeros a lo largo de estos calurosos meses, y que entonces estarán usando alcohol para sacar en luz los vidrios de los quioscos, que limpiarán intentando protegerse de los grados bajo cero escondidos detrás de dos o tres jerséis y varios pares de calcetines.

Por último, he confirmado algo que ya tenía aprendido desde hace mucho tiempo, pero que no por ello me deja de poner de muy mal humor: que los pobres lo somos también para cometer errores. Que si mientras trabajas dentro del quiosco alguien se lleva la silla, que has tenido que sacar a la acera, eres tú quien la paga. O que si, por un descuido, te has dejado la furgoneta abierta y otro amigo de lo ajeno te levanta, por ejemplo, el juego de llaves de una docena de quioscos, palmas los 700 euros que costará cambiar las cerraduras. Más de la mitad de tu sueldo de un mes currando de noche, jugándote el bigote por esas carreteras donde se te puede cruzar un jabalí, una vaca, o la placa de hielo que ya conocimos en otro párrafo. Sólo porque has tenido la mala suerte de que coincidiera un mínimo descuido tuyo con la presencia de un choricillo callejero atento a la jugada.

Y pienso, al mismo tiempo, en todos esos tipos de tarjetas oro y zapatos de mil pavos que nos han jodido el país, los irresponsables cuyos graves errores de gestión hemos tenido que rescatar nosotros, los mismos a los que ellos amenazan con echarnos de nuestras casas al primer infortunio. O en esos otros que calientan escaño, trono municipal o borbónico, o butaquita de esta o aquella comisión, y que casi nunca pagan por sus descuidos, e incluso son indemnizados generosísimamente por ellos. O en esos macarras laborales que se quejan porque su despacho no tiene buenas vistas, mientras deciden impunemente que, para optimizar los recursos, van a pagar menos de 700 euros al mes a chavales a los que hacen trabajar en jornadas infames, incluidos domingos y festivos, y a los que, también, a la menor equivocación, les robarán parte de su minúsculo salario de subsistencia, o les echarán a la puta calle, sin más. Y es que errar es humano, pero más humano todavía parece ser joder al prójimo que está bajo tu bota. O bajo tus zapatos de mil pavos. Sí, definitivamente, es mejor ser rico. También para cometer errores.

Todo esto, y más, es lo que he aprendido durante estos tres meses. Pero quizá me he extendido demasiado en mi relato. Lo sé, y por eso les pido perdón si he abusado de su paciencia al hacerles ver con tanto pormenor el álbum de fotos de mis viajes de este verano. A cambio, si me honran con su confianza, prometo dejarles un día de estos los cristales de casa como una patena.

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