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Un cocktail raro

12 May

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Me escribe por correo electrónico un antiguo y querido compañero del oficio, un excelente profesional y compañero. Buena gente, todavía en los primeros años de la treintena. Como tantos otros, lleva tiempo fuera de la rueda, expulsado del paraíso del trabajo remumerado o el empleo medio digno. Sus reflexiones me dejan muy tocado. Le pido permiso para reproducirlas aquí, no sin cierto pudor. Creo que es importante no olvidarnos de lo que sigue ocurriendo en este país, pese a que los que calzan las botas que nos pisotean pongan ese bochornoso e insultante empeño en negarlo:

“Mi día a día está un tanto marcado por altibajos emocionales donde a veces creo que todo es posible y otras, las más, me cubre el pesimismo más absoluto. He movido el CV y todas esas cosas que se hacen en esa situación y ni tan siquiera entrevistas”.

“Apenas he tenido tres encuentros, y dos nada relacionados con el periodismo, o no sustancialmente al menos, en los que me han llegado a decir cosas como que estaba demasiado preparado (sic) o a ofrecerme un mix ‘preparacontenidosalmismotiempoquecomercial’ demencial y en un tono cutre, imposible de compaginar de todas todas; me hizo gracia porque encima mi no rotundo (las cosas sé que no están para decir no, pero en algunas cosas mis principios son como diques) le dio pie a un “hay mucha gente interesada porque se va a sacar una pasta” (pero el proyecto, cosa curiosa, no sale todavía…)”.

“Frustrado, seguramente. Desencantado, con un punto amargado. Y todos estos adjetivos al final alimentan cierto poso de rencor en un contexto lleno de gurús, donde ves que en otros lados los inútiles que daban lecciones pero no apretaban teclas o, peor, no te dejaban hacer llamadas, siguen haciendo de las suyas por el mundo. No me puedo quitar cierta sensación de fracaso vital, por todo ello. De época equivocada, de camino equivocado… y de brújula rota que no encuentra el norte. Un cocktail raro”.

Todo mi ánimo y mi solidaridad a este compañero, y a otros tantos que sufren esta situación, amigos (unos cuantos, demasiados) y desconocidos (a millares, a millones). Yo he estado allí (y no descarto volver a estarlo). Sé lo que se siente. El desempleo no solo te roba tu fuente de ingresos, también socava tu identidad. No os dejéis. Podrá faltarnos trabajo digno, pero nunca dignidad. Ellos son los malos; nosotros, su amenaza.

PD. Me permito ilustrar esta entrada con una viñeta de El Roto, siempre un certero francotirador

El hombre que se hizo rico ayudando a los pobres

4 Nov

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Hay un señor que se llama Amancio Ortega, y que según dicen algunos es el hombre más rico del mundo. O lo ha sido un ratito y ahora va segundo, no sé. Igual el banco ya le ha pasado este mes el recibo del gas o el de su comunidad de vecinos, y eso hace mucha mella en la cuenta corriente, bien lo sé yo.

En realidad, Amancio no quería ser el hombre más rico del mundo, sólo quería ayudar a que los pobres fueran menos pobres. Pero a veces, como Dios, la generosidad también escribe con renglones torcidos.

Porque, gracias a Amancio y otros como él, muchos millones de pobres celebran cada día que, en lugar de morirse de hambre o estar en el paro, puedan comer algo o tener un trabajo, las criaturitas.

Amancio permite que no se mueran esos pobrecillos asiáticos o brasileños gracias a que les deja coser su ropita, y también propicia que las chicas occidentales trabajen en sus tiendas por setecientos u ochocientos euros al mes, que es un montón de dinero para que en los ratitos que les queden libres puedan comprarle la misma ropa que vende tan barata.

Amancio y sus amiguitos que tantas cosas bonitas cuentan de él saben que, al fin y al cabo, siempre ha habido pobres, y que si no se les pegan las tripas, que eso es lo peor que le puede pasar a un pobre, es gracias a su altruismo (a lo mejor sí palman de frío, o porque se les caiga encima el edificio en el que tan apretaditos cosen para él y otros benefactores de su mismo perfil. Pero eso son ya cosas que envía Dios, y en eso no se meten, que es negociado que ya gestionan otras multinacionales).

¿Para qué necesitan más? ¡Si pobres ha habido toda la vida! ¿Cómo iba a funcionar el mundo sin pobres? ¡Qué lío les íbamos a armar!

El problema es que, así, de tanto ayudar a los pobres, Amancio se ha hecho el hombre más rico del mundo. Pero eso es algo que él no puede evitar. En realidad, Amancio tampoco quiere que deje de haber pobres, no le entendamos mal, sólo que las criaturas no se mueran de hambre, para que así sigan cosiendo ropita y anden ocupados haciendo algo útil. ¿Para qué necesitan más? ¡Si pobres ha habido toda la vida! ¿Cómo iba a funcionar el mundo sin pobres ni ricos? ¡Qué lío les íbamos a armar a esas personas complicándoles de esa manera su tránsito por este valle de lágrimas!

Y luego tenemos otro problema, y es el de todos los envidiosos que querríamos ser como Amancio y ayudar al mundo como él. No por ser ricos, no, sino porque todos los chinitos pudieran comer cada día su cuenquito de arroz, que es para lo que vienen al mundo. Ayudar a la humanidad, vaya, que es lo que hace Amancio, igual que el señorito Iván ayudaba a Paco el Bajo y su familia a no morirse de hambre en ‘Los santos inocentes’.

La gente que no quiere a Amancio es una envidiosa o una ignorante, o las dos cosas, porque no pueden ni imaginarse lo triste que debe de ser convertirse en el hombre más rico del mundo queriendo ayudar a los pobres (aunque esos ignorantes maledicentes prefieran llamarlos esclavos, con toda la mala baba del mundo, y hablar de derechos sociolaborales y todas esas ZARAndanjas).

Les pongo un ejemplo de esto último que decía reproduciendo aquí (pido perdón por ello de antemano) estas feas palabras que pronunció el año pasado Marina Albiol en su primera intervención como candidata de Izquierda Unida a las elecciones europeas: “Su riqueza se construye con nuestra pobreza. Las jubilaciones millonarias de los banqueros salen de nuestros desahucios. Sus yates, sus lujos… Salen de los niños que no pueden hacer ni una comida digna al día. Los beneficios indecentes de las grandes empresas son nuestra misera”.

¿Ves como hay gente que no entiende nada, Amancio?  Pero tú no hagas caso de esos envidiosos populistas, que ya sabes cómo somos las personas, y sigue con tu misión. Gracias y enhorabuena, campeón. Que sigas ayudando a la humanidad muchos años más.

De mariposas a gusanos

24 Jul

Vaya por delante una de Perogrullo: lo peor de quedarse sin trabajo es que con ello pierdes la pasta con la que pagabas tus facturas, tu ocio, tu independencia. Faltaría más. Sin embargo, existe otra pérdida mucho menos visible a corto plazo, pero que con el tiempo te horada como un gusano voraz, te despoja de tu identidad y relega tu anterior autoestima al cajón de los sueños que un día se te quedaron demasiado grandes.

Ocurre cuando con el paso de los meses de llamadas sin retorno uno empieza a preguntarse si volverá a trabajar alguna vez, si será capaz de llevar a casa dinero con el que volver a pagar las facturas, el ocio, la independencia y la identidad.  Porque estás ya más cerca del medio siglo que de la crisis de los cuarenta, y comienzas a tener la sensación de que por tu estación ya sólo cruzan vías muertas.

Sin embargo, de repente un buen día sucede lo inesperado. Es el caso de una amiga que llevaba dos años en paro -¿o eran tres?- y que a finales de la pasada primavera atisbó por fin un amago de resurrección laboral. Se trataba de un trabajo a media jornada en el aeropuerto, como auxiliar en tareas de atención al viajero.  Era una mierda de trabajo -como todos los que ahora nos llevan en volandas a la milagrosa recuperación económica que cada día cacarea el ministro Montoro y sus colegas de bancada azul-, pero a estas alturas ya ni siquiera hay que añadir este calificativo al término trabajo: nuevo empleo y mierda son ya conceptos redundantes, como mar salada, sangre roja o político corrupto.

En su vida laboral anterior, mi amiga disfrutaba de un buen ambiente, de un clima civilizado.  Recibía un trato respetuoso de superiores y compañeros, tenía un buen horario y un sueldo decente. Su identidad era la de una trabajadora competente que, como tantos otros, un día tuvo que pagar los platos rotos por la incompetencia de los tipos que se zampan desayunos de mil pavos servidos por camareros con pajarita en la sala de juntas, mientras deciden que hay que echar a la calle a otros cien padres y madres de familia. Para ir tirandillo.

Pero eso era agua pasada. Por eso mi amiga se enfrentó a su nueva oportunidad con la incertidumbre y la ilusión de los que vuelven a debutar tras una larga ausencia. Con vergüenza torera.

Ahora está abatida, muy triste, porque dos meses de malos tratos por parte de sus jefes –“¡búscate la vida!; ¿dónde te metes que ya tenías que estar aquí hace media hora?; ¿pero otra vez tienes que ir a mear?”-, turnos de trabajo infames y un trabajo físicamente fuera de su alcance han podido con ella. O así lo cree, al menos. Ha tirado toalla y se siente derrotada, inútil. Piensa que no ha estado a la altura de esta nueva oportunidad. La España de la recuperación y de los trabajos de explotación vil y descarada ha logrado por fin impactar de lleno en la línea de flotación de su identidad.

Porque de eso se trata, de que no sólo renunciemos a nuestros anteriores derechos laborales, a aquellos salarios decentes que te permitían saltar de mes en mes sin consultar acojonado tu cuenta bancaria desde el día cinco, sino de que también te despojes de tu identidad, de tu autoestima, de tu capacidad de exigir que te traten con respeto. Te hacen sentir como una mierda, porque así ellos te podrán tratar como tal con mucha más facilidad.   

Ahora mi amiga está hecha polvo, dándole vueltas a la cabeza, asimilando la nueva identidad que los esclavistas de toda la vida han diseñado para ella, para mí, para ti, para todos ustedes,  los nuevos pobres. Es el círculo perfecto: el empleo se recupera, dicen, pero los trabajadores somos cada vez más miserables y resignados. Se trata de toda una metamorfosis para devolvernos a nuestro verdadero ser. Como el dios de ellos manda.

Un beso para ella y para todos los que ahora, y desde hace tiempo, nos encontramos inmersos en este proceso de reconvertirnos de mariposas en gusanos (pasando antes por el estado de capullos, claro está). Esperemos que, al menos, en el futuro no nos falte la morera ni unos agujeritos en la tapa de la caja de cartón. Porque hasta los gusanos necesitamos respirar. Digo yo.

PD: Ayer leí que el  Banco de España  pide “incentivar el ahorro ante la previsible caída de la pensión media” en el futuro. Es un gran consejo, sobre todo teniendo en cuenta que hace un año esta misma institución proponía contratar parados por debajo del salario mínimo. Menos mal que entre esas buenas gentes que velan por nuestro futuro no falta el humor. Benditos sean.

¡Remad y vivid!

8 May

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El otro día provoqué el enojo de María Eugenia. Me dijo que me iba a comprar unos tirantes, para que no se me cayeran los pantalones, y le contesté que si en 47 años no había habido nadie capaz de corregir esa inexplicable malformación que me afecta, no creía que ella fuera capaz de lograrlo.

Fui un impertinente, pero es lo que tengo (y así me va). De todas formas, para congraciarme con ella, ayer despejé de papeles la gran mesa de reparto que tenemos en el departamento de servicios generales, para que la pudiese limpiar cómodamente. Ella sonrió condescendiente, casi con orgullo apenas disimulado, como una madre que sabe que su pequeño respondón quiere hacerse perdonar con un ingenuo gesto premeditado de cariño.

La verdad es que, en su afán por guiarme y hacer de mí un ordenanza de provecho, María Eugenia es a veces un poco impositiva, igual que una tasa. Como pasa con Hacienda, también sientes que te vigila. En ambos casos sé que es por mi bien, aunque a veces me duela. Perdóname, María Eugenia.

Mientras tanto, mis carruseles entre los tres edificios de la empresa ya se han hecho familiares para los trabajadores de la casa, y percibo que me van tomando cariño. Por ejemplo, ayer una de las más veteranas secretarias analizó de manera positiva mi reciente incorporación y la de mis compañeros procedentes de la empresa de servicios que ha sustituido con nuestra fuerza y entusiasmo laboral a los antiguos trabajadores del grupo, ERE mediante, “porque al fin y al cabo los que se han ido ya ganaron aquí mucho dinero, y por lo menos con su marcha se da trabajo a unos pobrecil… Estooo, a unas personas que no tenían nada”.

En mi condición de pobrecil… me sentí reconfortado con su cálido consuelo. “¡Y que no falte!”, como me anunció el otro día un señor con el que subimos mi carrito y yo en el ascensor, y a los que se refirió como una unidad indivisible: “¡Lo echarás de menos cuando llegues a casa!”. Mola mucho sentir esa empatía por parte de la gente con la que viajas colgado entre plantas –dicho así, es casi una experiencia lisérgica.

Y es que, al fin y al cabo, como también me anunció otra secretaria la pasada semana comentando unos recientes cambios que se han producido en la cúpula directiva del grupo, “esperemos que funcionen, porque aquí todos vamos en el mismo barco”. Son verdades como puños –por lo que duelen al impactar sobre uno-, que van curtiendo mi maltratado y huidizo corazón de pobrecil… Y yo tan agradecido. ¡Y que no falte!

Es curioso, porque por la noche, mientras exploraba con el mando a distancia de la tele un universo de canales del espacio exterior sin rastro de vida inteligente, me posé de pronto en una emisión ya avanzada de Ben-Hur. Y volví a ver a Charlton Heston pasar de batirse a cuadrigazos con Mesala a remar en galeras encadenado. Poco antes de que su nave se vaya al fondo del Mediterráneo, el almirante Quinto Arrio se dirige a los pobres infelices –perdón, quería decir pobrecils…- de este modo: “Ahora escuchadme, galeotes: a todos vosotros se os condenó. Os mantenemos vivos para servir esta nave. Por lo tanto remad, y vivid”. Menudos cabrones, los romanos. Menos mal que ahora vivimos en tiempos más civilizados.

En Twitter: @ildefonsogr

La tormenta (laboral) perfecta

22 Abr

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Fotograma de ‘Metrópolis’ (1927), dirigida por el alemán Fritz Lang.

 

La explotación laboral alcanza a veces un refinamiento exquisito, incluso sorprendente en una bestia insaciable que sin embargo sabe buscar y encontrar con astucia las fórmulas idóneas para apretar aún más la tuerca al desgraciado que habita en el gueto subterráneo de Metrópolis, aquella película en la que los ricos disfrutaban de la vida en una futurista ciudad de rascacielos mientras que los obreros que producían para ellos sobrevivían confinados bajo tierra.

En el gueto laboral del siglo XXI existe en algunos de los más precarios empleos –esos que llaman servicios auxiliares, que suena a algo muy parecido a lo del auxilio social del franquismo- una cosa que llaman cupo, y que marca el mes laboral de los esclavos. Como la cartilla de racionamiento de los hambrientos. El cupo es el número mínimo de horas que debes trabajar cada mes para ganarte tu mísero sueldo de 700 euros. En mi caso, 166 es el dígito que cifra la condena.

Si al final de cada mes no llegas a ese número algunas empresas te pagan un sueldo aún más exiguo (sueldo exiguo suena más noble y bonito que puta mierda, qué duda cabe). Siempre según convenio, desde luego. Febrero, por ejemplo, es un mes muy cabrón, porque tiene la mala costumbre de contar con hasta tres días menos que sus hermanos mayores. Son cosas que los que habitan en la superficie no saben. Ellos celebran febrero, y la Semana Santa y demás fiestas de guardar porque cobran lo mismo por trabajar menos. En los sótanos del mercado laboral ocurre exactamente lo contrario. Siempre debes algo. En la paradoja del mundo productivo en el que hoy me muevo, el empresario no solo ha conseguido ahorrarse pagar los festivos, sino que en un más difícil todavía ha logrado que sean los trabajadores los que le deban aquellos.

En mi actual empresa –me dicen mis compañeros más veteranos- no te pueden pagar menos si no llegas al cupo, pero sí mandarte a cubrir otros servicios con los que puedas alcanzar esa cima, al menos dentro de los dos meses siguientes a la “deuda”. Por ejemplo, durante un fin de semana. Así, si de lunes a viernes te ganas el pan duro como ordenanza o recepcionista en un complejo de edificios donde trabajan cientos de personas, pero tu cuadrante revela que te faltan ocho horas para llegar a la cumbre, el inspector puede mandarte tranquilamente un sábado o un domingo a currar a cualquier sitio para cubrir otro servicio. Sin que eso le cueste un euro más a Metrópolis.

Otra consecuencia del cupo es que, si el cuadrante está debidamente confeccionado, éste te puede ir arañando sabiamente los minutos de cada jornada para que estés en deuda permanente, de tal manera que si un mes trabajas diez o quince horas más del cupo (porque un compañero se ponga enfermo, tome vacaciones o se presente una sobrecarga de trabajo, por ejemplo), éstas no se reflejen en tu nómina del mes siguiente, puesto que no serían más que tiempo devuelto a tu noble empleador, que tan generosamente te lo cedió antes. Se trata, como ven, de detraerte la justa sangre cada jornada para cobrártela luego a la carta. Un poco como los bancos.

Así, tras mi primer mes de trabajo en mi nuevo puesto me informaron de que mi jornada diaria se reduciría desde el día 1 en un cuarto de hora. Quince minutitos. Qué suerte tengo. Ahora, en lugar de entrar a las dos y media y salir a las diez –en mi turno de tarde-, me incorporo a las tres menos cuarto. Por la mañana salgo a las dos y cuarto, en lugar de las dos y media. Eso sí, seguiré entrando a las siete. Lo malo es que, tacita a tacita, ese cuartillo de hora me supondrá un total de cinco horas mensuales, lo justo para no llegar ningún mes al dichoso cupo. Ahora sí que me siento en deuda con mi empresa. Nunca se agradece lo bastante lo que los empresarios hacen por nosotros. Benditos sean.

@ildefonsogr

Me quito del cine

4 Feb

JOHN WAYNE

Lo peor de que a uno le vaya mal es descubrir que ya antes de que las cosas se torcieran casi todo lo que te rodeaba era una mierda. O no. O serán las defensas bajas en estos días grises de mitad de travesía del invierno. La verdad, lo reconozco, es que probablemente sea yo el que conduzca en sentido contrario de la autovida ésta, tan llena de peajes que me empeño bobamente en sortear con más pena que gloria. Pero no me juzguen con tanta severidad: en realidad me considero tan solo un toxicómano sin remedio.

Qué pena de cine, cuánto daño ha causado a los tontos que desde nuestra infancia nos dejamos convencer, con la boca y los ojos abiertos y el entendimiento emborrascado, por aquellos personajes que interpretaban Wayne, Bogart, Cooper, Hepburn y otros peligrosísimos agentes subversivos contra el sentido común, camellos que te pasaban irrealidad a doscientas pelas en la oscuridad de una sala perfumada por ambientador barato. Menos mal que a la salida del Lisboa o el Extremadura te esperaban los curas y compañeros del colegio, las miserias vecinales y otras lecciones de vida, para que no te despegaras demasiado del suelo.

El otro día se murió Philip Seymour Hoffman, otro de esos extirpadores de raciocinio a los que me refiero. Lo mató la heroína –otro nombre subversivo, como lo de llamar estrellas a esos delincuentes de celuloide (bueno, ya no sé en qué material se fabricará esa droga que llaman séptimo arte). Yo pensaba que eso de morirse con la aguja puesta era ya cosa de los infames años ochenta, cuando en mi barrio madrileño de extrarradio esta droga arrasó a toda una generación de chavales que crecieron de niños a yonquis y luego a cadáveres. Así, casi sin transición. Pero ya ven que no.

El caso es que el pobre Seymour –si alguien escribe o dice eso de “el pobre” antes de tu nombre es que estás bien jodido- ya no nos pasará más el chute de sus interpretaciones. Un estilizador del dolor menos al que temer, menos mal. Creo recordar que fue Fernando Trueba el que definió una vez la vida como “una película mal montada”. La frase es buena, desde luego, como no podía ser menos proviniendo de otro de esos flautistas virtuosos que nos embaucan al son de sus fotogramas (¿existen todavía los fotogramas?). Pues no, señor Trueba, que sepa que reconocemos su mercancía y sus objetivos, porque son precisamente las películas las que nos han desmontado a muchos el juicio, como muchos siglos antes le ocurrió al pobre Alonso Quijano con aquellas novelas de caballerías que le secaron la sesera.

Pero voy a luchar por rehabilitarme y dejar de ver gigantes donde sólo hay molinos. Prometo ser fuerte, y para empezar me propongo aceptar mañana un nuevo trabajo para que el estoy convocado. Ya me han dicho que el sueldo será bajo, pero que no me aburriré, ni siquiera los fines de semana. Apartaos, Duque Wayne, Bogart, Cooper y Hepburn, que tanto daño me habéis hecho. Al fin y al cabo son sólo molinos, tampoco hay que ponerse así. Y la vida son cuatro días. Que se lo digan a Philip.

He venido a hablar de mi libro

9 Ene

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Hace unos meses disfruté del privilegio de someterme a una entrevista de trabajo -a lo mejor estas cosas también deberían constar en los datos de empleo que tan eufóricamente viene dando el Gobierno en los últimos meses-, y pese a que no obtuve el puesto y me perdí los 450 eurazos que me ofrecían por media jornada (algunos fines de semana incluidos), el encuentro con el señor que me entrevistó me proporcionó una enseñanza muy valiosa: “Escribir, escribe cualquiera”, me dijo. Fue toda una revelación, y la verdad es que incluso lo lamenté por los pobres infelices que me han pagado durante más de veinte años por hacer algo que podría hacer cualquiera, y probablemente mejor que yo.

Claro, ellos querían un periodista más completo (y quizá con menos años, como deduje astutamente cuando se refirió a mi edad en un par de ocasiones, aludiendo a la ventaja que me proporcionaba mi experiencia, frente a las que aportaba una chica a la que, me dijo -“voy a serte muy sincero”-, también iban a entrevistar, y que “era la primera de su promoción”). La chica, al parecer, dominaba un montón de programas de edición y  maquetación, así que entiendo que la seleccionaran a ella, porque, como mi  no empleador me aseguró, “escribir, escribe cualquiera”.

Así que, animado por sus palabras, me puse a darle con entusiasmo a la tecla. Total, no lo haré peor que ese tal Cualquiera, pensé. Y me ha salido esto, una novela corta que he subido a Amazon como libro electrónico. En algo tendré que entretenerme, digo yo.

Como soy un señor ya de cierta edad, y hasta ahora mi lectura y mi escritura se habían perpetrado exclusivamente en papel, contribuyendo así a la deforestación del planeta, he tenido que informarme sobre cómo van estas cosas de los libros electrónicos, y resulta que os lo podéis descargar en cualquier cachivache (móviles, tabletas), incluidos vuestros viejos ordenadores de sobremesa. De todas formas, aquí se explica mejor el proceso (para los que no estéis familiarizados). Sólo hay que abrirse gratuitamente una cuenta en Amazon.es, elegir el soporte en el que queréis recibir el libro, pagar una minucia y recibir casi de inmediato el archivo.

En fin, espero que os guste. Vuestra buena acogida a mi anterior novela me ha animado a continuar juntando letras, así que en este nuevo crimen os podéis considerar cómplices necesarios. Feliz año a todos, perdón por la publicidad y a seguir molestando todo lo que se pueda.

P.D.: Lo mejor del libro es sin duda su portada, obra del gran Alberto Lacasa.

Nos rodea la basura

13 Nov

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(Foto: http://www.elboletin.com)

El barrendero de mi barrio se llama Ángel, y lo conozco desde que comencé a llevar a mi hija a la guardería, hace ya diez años. Desde entonces nos saludamos cada vez que coincidimos, y de cuando en cuando echamos un parrafillo sobre cómo nos va. Nunca le he visto mano sobre mano, ni ahorrarse una sonrisa para darte los buenos días, incluso en las mañanas más crudas del invierno, cuando trabajar en las calles madrileñas a menos de cero grados se hace realmente duro. También pinta cuadros, unos retratos estupendos, pero me dice que ya hace tiempo que no recibe casi encargos, que la cosa también está mal para el arte de supervivencia.

Hace poco más de un mes me comentó que se estaba preparando para la huelga que habían convocado en Madrid los trabajadores de la limpieza, pero que no sabía cómo iba a poder vivir durante ese tiempo indefinido sin cobrar por ejercer -no lo olvidemos- un derecho que recoge nuestra sacrosanta Constitución. “Tendré que pedirle dinero a mi madre, me dijo”.

Le vi preocupado, como es lógico, pero convencido de la justicia de la reclamación de su colectivo. “Ganamos poco más de mil euros y nos quieren rebajar el 40%. Ya me dirás cómo podríamos vivir con 700. Y eso los que nos quedemos, porque también quieren echar a más de mil compañeros a la calle, con lo que ello repercutiría en la propia limpieza de la ciudad”.

Me dijo que la empresa que le paga, una de las tres o cuatro que operan en la Villa y (Re)Corte, había obtenido el pasado verano la adjudicación de la contrata municipal gracias a una oferta extremadamente complaciente para el cliente. Y que ahora, una vez amarrado el trinque, esa gentil empresa quiere hacer pagar sus excesos a los trabajadores. Mientras tanto, las autoridades municipales miran para otro lado cantando aquello del pío pío que yo no he sido.

Vamos, que sin comerlo ni beberlo, los que se ofrecieron a la baja para satisfacción del Excelentísimo y Endeudadísimo Ayuntamiento de Madrid fueron los propios barrenderos, Ángel y sus colegas, que ahora no se quieren dar por enterados  ni complacernos rebajándose sus salarios por debajo del umbral de la esclavitud (supongo que tener un esclavo, entre pitos y flautas, debe de salir más caro que disponer de un trabajador a medio sueldo en la actual España que ya va saliendo de la crisis, según dicen).

Así que Madrid está desde hace unos días un poco más lleno de mierda de lo habitual, y algunos ya hablan de recurrir nada menos que al Ejército para librar esta batalla contra las bolsas de basura. Ahí lo tenemos: fusiles contra la huelga de escobas caídas. Se trataría de una operación militar aún más ambiciosa que la que nos llevó a recuperar el islote ese del Perejil, porque ahora nuestros soldados reconquistarían no sólo el perejil, sino las cáscaras de huevo, las pieles de plátano y cualquier otra inmundicia que ensucia esta ciudad que, como dijo su alcaldesa, se había acostumbrado últimamente a una excesiva limpieza.

Se lo tengo que decir a Ángel cuando lo vuelva a ver por mi barrio (con suerte), que dice Botella que él y sus compañeros estaban limpiando por encima de nuestras posibilidades, y que si se siguen poniendo tontos con tanta huelga y tanta polla les vamos a quitar de ahí para poner en su lugar a un cabo o un sargento primero a barrer la calle por 700 euros, que ellos sí que entienden de patriotismo y de disciplina. O incluso a la misma alcaldesa, que de basura también sabe un rato largo.

Lecciones de Barrio Sésamo

23 Oct

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Algunos días se vive contra el viento, la marea y la tecnología. El lunes pasado, por ejemplo, que ya es mala leche. El caso es que encendí el ordenador, como suelo hacer antes de levantar a mi hija para ir al colegio, y comprobé que la pantalla no se iluminaba. Procedí a la rutina habitual: apretado de cables; apagado y encendido cada vez más impaciente; toqueteo irreflexivo de los botones que regulan el brillo y el contraste; maldiciones varias…

Al fondo de la oscuridad se adivinaba a Jean Rochefort mirando febrilmente a Aida Folch, que posaba para él en el fotograma de El artista y la modelo que adorna el escritorio de mi equipo. Era como si alguien hubiera apagado la luz y ellos estuvieran jugando a las tinieblas sin mover un músculo.

Mis prehistóricos conocimientos sobre los cachivaches electrónicos me llevaron a la misma conclusión que le oía formular a mi padre cuando se nos estropeaba la tele en blanco y negro: “Como sea el tubo no tiene arreglo”. Aún me estremezco al recordarlo, porque siempre pasaba el viernes, día del Un, dos tres.

Así que tomé una decisión valiente y bajé con la pantalla a la tienda de ordenadores que hay al otro lado de mi calle. Allí me recibió el mismo muchacho distante que me había atendido ya un año antes, cuando me entregué a él con mi ordenador averiado. Le expliqué los síntomas y su diagnóstico fue duro: “Te va a costar arreglarlo casi tanto como una pantalla nueva. Los aparatos tienen su ciclo de vida, y me parece que esta pantalla ya lo ha cumplido”. Y allí estaba yo, un poco triste y otro poco angustiado, porque necesitaba terminar un artículo que, ¡sí!, me habían encargado, así que necesitaba urgentemente otra pantalla. “Si me la pides antes de las nueve de esta tarde la tendrías aquí el jueves”, me dijo sin conmoverse.

Le dije que lo pensaría, pero ya lo tenía decidido. Me fui al Carrefour, con todo el dolor de mi corazón, porque por motivos obvios trato de evitar en lo posible comprar en grandes superficies, y adquirí una pantalla en el momento. Perdí dinero, porque la más barata que allí tenían era veinte euros más cara que la que me proponían en la tienda, pero la urgencia me acuciaba.

La cuestión es que me hubiera gustado comprarle la pantalla a la tienda de mi barrio, y no a los explotadores del Carrefour, pero el chico no me lo puso fácil ni ofreció solución alguna a mi necesidad. Me dejó ir sin mostrar empatía alguna con mi problema. Quiero decir que si yo tuviera una tienda de barrio y alguien entrase en ella para solucionar un apuro informático, pensaría en el modo de resolvérselo para que el cliente no se marchara al hipermercado, que le valiera la pena comprarme a mí el equipo. Quizá ofreciéndole una pantalla usada provisional hasta que me llegara el pedido, ya que no tenía existencias en ese momento. Como los coches de sustitución, vaya. Prever cosas así, porque imagino que mi caso no sería el único urgente que esta gente afronte habitualmente.

Y recordé su aire distante, y que tampoco admiten el pago con tarjeta, “para que no se lo lleve el banco”. Y pensé que no era mala idea, siempre que ese inconveniente  de tener que buscar un cajero para pagar objetos de cierto precio –recordemos que es una tienda de informática, no un chino del todo a cien- supusiera un descuento también para el cliente, cosa que no era así, o que al menos no comunicaban en ese sentido.

Algo parecido le pasó a mi mujer unas semanas antes, cuando decidió reservar los libros de texto del colegio en la papelería de la esquina. Allí también ofrecían el 5% de descuento de las grandes superficies. ¡Magnífico! Así se hace. El problema llegó cuando descubrió al pagar que la rebaja se refería al material escolar que se comprase a posteriori de adquirir los libros, con lo cual no sólo la oferta resultaba engañosa, sino que también te obligaba a seguir comprando allí si querías beneficiarte de ella.

Vamos, que yo apuesto por el comercio de barrio, que da vida a la vecindad y permite a la gente ganarse la vida dignamente, pero también me gustaría que el comercio apostara a su vez por los clientes de barrio, que no abusara de la cercanía, que donde hay confianza da asco. Y que todos pusiéramos algo de nuestra parte, además de quejas hacia esto y aquello: el procedimiento de búsqueda de sospechosos habituales que tanto nos define.

Pero, como suelo ser persistente en mis errores, ayer me presenté en la ferretería de toda la vida, en busca de consuelo por la pérdida de una superlinterna que el otro día se nos cayó al suelo y pareció pasar a mejor vida, dejándonos sumidos en una dolorosa oscuridad. Acudí a la tienda con poca esperanza, pero la chica colombiana que me atendió hizo una impecable demostración de conocimiento, destreza y respeto al cliente que me conmovió. Pese a que tenía más gente esperando, se tomó todo el tiempo necesario para analizar el problema y buscarle solución, siempre con una sonrisa. Todo para poco más de cuatro euros. Le agradecí su amabilidad y salí de la ferretería con mi fe en el comercio de barrio sésamo renovada. Cualquier día me llevo a la ferretería al de la tienda de ordenadores y al librero, para que aprendan aquellos conceptos que nos enseñaban en nuestra infancia Coco, Epi, Blas y la Caponata: dentro y fuera; alto y bajo; cerca y lejos; tienda de barrio y Carrefour.

Ante el final de mi viaje estival

16 Sep

En apenas un par de semanas habrá concluido el contrato que me ha llevado este verano a viajar entre quioscos de la ONCE. Un viaje alternativo, inusual y enriquecedor (poco en lo económico, pero mucho en lo personal) en el que he aprendido algunas cosas y corroborado otras.

He descubierto, por ejemplo, que los bancos no son tan malos como los pintamos, que tienen una estupenda utilidad social. Que se lo pregunten, si no, a las docenas de personas que he visto durante estos tres meses dormir en el interior de sus cajeros automáticos.

También he comprobado que es muy difícil discutir con un compañero sordo. En el acaloramiento nunca sabes si lo que estás diciendo es entendido con claridad por tu interlocutor. Al mismo tiempo, más que comprender lo que él te quiere comunicar, lo intuyes a través de sus gestos y algunas palabras medio inteligibles. Y así no hay manera. Pero… ¡Esperen un momento! Olvídenlo: en realidad, no parece diferente a discutir con cualquier persona, oyente o no.

Otra cosa que sí he aprendido es que si te para la Guardia Civil en un control de alcoholemia, y el que conduce es tu compañero -que no oye nada por debajo del umbral sonoro del escape libre de una moto de nosecuántosmil centímetros cúbicos- conviene que estés atento para aclararle al  agente la causa por la que aquél parece ignorar sus preguntas mientras busca la documentación del vehículo. No conviene impacientar a un benemérito.

Y he visto la cara oculta de la luna: la noche en la ciudad, con algunas calles llenas de gente –sobre todo inmigrantes-, que huyen del calor madrileño sentados en las aceras, en los bancos públicos, e incluso en sillas plegables, como esa tertulia que una docena de mujeres mantenía cada noche en una calle peatonal de Getafe. O esa otra, en la que varias señoras de las del barrio de toda la vida departían tranquilamente en San Fernando de Henares, sentadas en un banco contiguo al que ocupaban varios jóvenes negros, que también disfrutaban de la noche veraniega tomándose unos refrescos comprados en el chino.

Ah, y las tiendas de chinos, que se han convertido en algo tan común al paisaje urbano de nuestras ciudades como los semáforos, las farolas o los bares. Si, como canta Sabina, sólo en Antón Martín hay más bares que en toda Noruega, en cada barrio de la Comunidad de Madrid hay más chinos que en el mismo Pekín. ¡Y qué tarde cierran!, para suerte de los sedientos trabajadores que se ganan el pan a esas deshoras.

También, y esto me lo han contado, he sabido que para trabajar en la calle es mucho mejor el verano. Tratar de limpiar cristales en pueblos de la sierra madrileña a las dos de la madrugada en diciembre o enero no resulta una tarea grata. Ni conducir por esas carreteras, donde nunca sabes dónde te aguarda la placa de hielo que te sacará de la vía. Este invierno, cuando esté en la cama, calentito y seguro, me costará algo más dormir pensando en los que han sido mis compañeros a lo largo de estos calurosos meses, y que entonces estarán usando alcohol para sacar en luz los vidrios de los quioscos, que limpiarán intentando protegerse de los grados bajo cero escondidos detrás de dos o tres jerséis y varios pares de calcetines.

Por último, he confirmado algo que ya tenía aprendido desde hace mucho tiempo, pero que no por ello me deja de poner de muy mal humor: que los pobres lo somos también para cometer errores. Que si mientras trabajas dentro del quiosco alguien se lleva la silla, que has tenido que sacar a la acera, eres tú quien la paga. O que si, por un descuido, te has dejado la furgoneta abierta y otro amigo de lo ajeno te levanta, por ejemplo, el juego de llaves de una docena de quioscos, palmas los 700 euros que costará cambiar las cerraduras. Más de la mitad de tu sueldo de un mes currando de noche, jugándote el bigote por esas carreteras donde se te puede cruzar un jabalí, una vaca, o la placa de hielo que ya conocimos en otro párrafo. Sólo porque has tenido la mala suerte de que coincidiera un mínimo descuido tuyo con la presencia de un choricillo callejero atento a la jugada.

Y pienso, al mismo tiempo, en todos esos tipos de tarjetas oro y zapatos de mil pavos que nos han jodido el país, los irresponsables cuyos graves errores de gestión hemos tenido que rescatar nosotros, los mismos a los que ellos amenazan con echarnos de nuestras casas al primer infortunio. O en esos otros que calientan escaño, trono municipal o borbónico, o butaquita de esta o aquella comisión, y que casi nunca pagan por sus descuidos, e incluso son indemnizados generosísimamente por ellos. O en esos macarras laborales que se quejan porque su despacho no tiene buenas vistas, mientras deciden impunemente que, para optimizar los recursos, van a pagar menos de 700 euros al mes a chavales a los que hacen trabajar en jornadas infames, incluidos domingos y festivos, y a los que, también, a la menor equivocación, les robarán parte de su minúsculo salario de subsistencia, o les echarán a la puta calle, sin más. Y es que errar es humano, pero más humano todavía parece ser joder al prójimo que está bajo tu bota. O bajo tus zapatos de mil pavos. Sí, definitivamente, es mejor ser rico. También para cometer errores.

Todo esto, y más, es lo que he aprendido durante estos tres meses. Pero quizá me he extendido demasiado en mi relato. Lo sé, y por eso les pido perdón si he abusado de su paciencia al hacerles ver con tanto pormenor el álbum de fotos de mis viajes de este verano. A cambio, si me honran con su confianza, prometo dejarles un día de estos los cristales de casa como una patena.

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