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Dentro (III: Virus cabrón)

11 Sep

RELATO CORTO ESCRITO DURANTE EL CONFINAMIENTO Y RETRATO DE UNA SOLEDAD CADA VEZ MÁS COMÚN EN NUESTRAS CIUDADES. TERCERA ENTREGA DE SIETE.

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Hay un virus que está matando a la gente. Al parecer ha venido de China, aunque a Amanda le parece que es demasiado lejos para que algo llegue desde allí hasta su séptimo piso junto a Cuatro Caminos. Inevitablemente piensa en Huang, aunque se tranquiliza pensando que desde hace diez años no le ha visto un día faltar a su cita con su pequeña tienda de alimentación, en la que también trabaja su mujer y, en ocasiones, su hija, que ya habla perfectamente español, no como sus padres, que solo comprenden palabras sueltas y los números, esos sí que sí.

Parece, además, que el jodido virus se lleva por delante a los viejos, así que entre unas cosas y otras lleva tres noches en vela, así que luego se queda dormida delante de la tele como una triste abuela.

Amanda se complace en advertir que ella ya lleva mucho tiempo cumpliendo el confinamiento, aún antes de que éste siquiera fuera concebible

Por cierto, que la aprensión a llamar a Huang para que le suba el tequila y alguna que otra cosilla se ha disipado sola, ya que esta mañana le ha llamado el portero por el telefonillo para decirle que la tienda del chino ha cerrado sin más explicaciones que un sucinto letrerillo escrito a mano y fijado al cierre en el que se anuncian vacaciones. ¡Vacaciones! ¡Ja!

Finalmente, esta tarde ha aparecido en la tele el presidente del Gobierno -que tiene planta y apostura de galán- y ha ordenado que todo el mundo se quede en casa para que se corte la cadena de transmisión de la infección. Amanda se complace en advertir que ella ya lleva mucho tiempo cumpliendo el confinamiento, aún antes de que éste siquiera fuera concebible, por lo que debe de ser de las personas más a salvo de contraer la enfermedad de todo Madrid. De todas formas, ha decidido que durante un tiempo en lugar de mantener la puerta abierta de par en par la dejará entornada, casi cerrada, aunque no tire del resbalón.

El problema vuelve a ser Tequila, que en su constante inconformidad empuja la puerta con la cabeza y vuelve a dejarla a medio abrir para de inmediato regresar dentro, mirándola retador. La tiene muy harta este gato, aunque hace tiempo que sea el único que la escucha, esa es la verdad.

Otra vez siente el ascensor detenerse en el séptimo, y aguanta la respiración. Como Serafina no se ha movido de casa en toda la mañana, intuye que debe de ser la chica colombiana de la que le ha hablado el portero, la que trabaja en el Museo del Jamón y que vive al otro extremo del rellano. Su deducción se confirma cuando la oye sisear convocando a Tequila. El muy traidor sale disparado hacia fuera en cuando escucha la llamada.

-Hola, mi amor, aquí estás, mira lo que te he traído.

Juanita-Amanda intuye que la vecina se ha ganado al gato con pequeños regalos de comida que sisa del bar donde trabaja. Los maullidos impacientes de Tequila le confirman, además, que la mujer, pese a todo, no se lo quiere poner demasiado fácil. Una embaucadora, piensa, levemente contrariada y en extraña solidaridad con su gato. A saber qué le estará dando. Debería salir y decirle algo, que el animal ya tiene su pienso bien medido para que no se ponga gordo como un cojín, y que se ocupe de sus asuntos, y que, si quiere un gato, pues que se lo compre o que adopte uno callejero, que en el parque de detrás los hay a patadas.

Son sentimientos pequeños y mezquinos, ya lo sabe, pero cuando una vida se ha instalado en la insignificancia, como la de ella, cualquier detalle se convierte en asunto trascendental.

Allí conoció a Tequila, precisamente, hace ya seis o siete años, cuando charlaba con Serafina, las dos sentadas en un banco, frente a otro en el que un grupo de chicos dominicanos muy jóvenes escuchaban música y se contorsionaban en movimientos gimnásticos con lo que supuestamente pretendían seguir el ritmo. De pronto, sin pedir permiso, el gato saltó junto a ella y se puso a observar las extrañas danzas de los chicos. Amanda compartió con él su merienda y el gato la siguió hasta los confines del parque, aunque sin atreverse a abandonarlo. Al día siguiente regresó en su busca, lo acurrucó en los brazos y se lo llevó a casa, donde se convirtió en su penúltimo horizonte social, antes de partir peras definitivamente con la vecina.

Por eso ahora tampoco puede evitar una punzada de celos respecto a Tequila, que parece haber encontrado una nueva mejor amiga. Son sentimientos pequeños y mezquinos, ya lo sabe, pero cuando una vida se ha instalado en la insignificancia, como la de ella, cualquier detalle se convierte en asunto trascendental.

Oye cerrarse la puerta, y en represalia se abstiene de llamar al gato, aunque lo esté deseando. Quizá le diga al portero que hable con esa mujer y le pida que deje en paz a Tequila, que ya está suficientemente atendido y que se lo va a maleducar.

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El bricolaje o yo

28 Nov

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Pretender apretar un grifo y, sin saber cómo, acabar una hora después ahorcado por el cable de la ducha. Estas cosas pasan, las he visto en películas o series de televisión. De hecho, aún me estremece lo del pobre López Vázquez encerrado en aquella cabina. El mal en estado puro puede acechar a la vuelta del quiosco de periódicos, el buzón de correos o el chino de la esquina.

Hace unos minutos he estado a punto de sucumbir a una de esas inexplicables tragedias domésticas. Por fortuna, la persuasión de mi señora o mi poca constancia, o una combinación de ambas cosas, ha hecho que desistiera a tiempo de mi fatal obcecación.

Todo empezó el miércoles pasado, cuando dos obreros vinieron a casa a instalar la conexión de antena de la tele y varias nuevas tomas de enchufe en la habitación de Lucía, que como ya se ha hecho mayor necesita nuevos muebles, y con ello nuevos de todo.

Con la reforma, decidimos fijar a la pared, bajo el tablero de la mesa, una de esas regletas con varias tomas para enchufes. Algo discreto, limpio, con su interruptor rojo común. Tan sencillo como bajar al chino de enfrente, comprar algo barato y que el currela nos lo pusiera a la altura convenida. Sin embargo, cinco minutos después, el honrado trabajador me explicaba en rumañol que aquello no servía, que no llevaba los anclajes para fijar a la pared, que no sé qué cojones. Yo asentí, sumiso.

Bajé a la tienda, y el también honrado comerciante oriental me miró desconcertado y me dijo que de eso no había. Le puse la regleta sobre el mostrador esperando que me devolviera la pasta, pero él se puso a hablar en chino con su compañera. “Falta funda”, me espetó. Tenía razón, así que subí otra vez a casa, recuperé el envoltorio de plástico y se lo bajé.

El chino procedió a reintroducir la regleta, aún sin desenvolver, en la funda de plástico que la había contenido, rota. La mirada helada que me lanzó al reintegrarme el importe aún me quita el sueño. El mundo asiático es tan misterioso…

El viernes por la mañana, mi mujer me informó por correo electrónico de que había encontrado la regleta idónea para nuestros propósitos en el Leroy Merlin: Base múltiple lexman, seis tomas rotatorias. Sonaba acojonante. El sábado por la mañana iríamos a por ella.

Sin embargo, el viernes por la tarde cometí el error de salir a dar una vuelta. Solo, para mayor imprudencia. Enardecido por un día en el que me habían ido las cosas razonablemente bien, entré sin pensármelo dos veces en la ferretería del barrio, la de toda la vida.

Me atendió muy amablemente una señora suramericana que estaba escuchando a Julio Iglesias, lo cual me hizo empatizar inmediatamente con ella. Le expuse el motivo de mi visita y comenzó el horror.

Me sacó una regleta de cinco tomas, con su bonito interruptor común. Rojo. Pero algo fallaba, observé. No había cable. La señora me explicó –en esos momentos sonaba Me olvidé de vivir– que había que comprarlo aparte. No hay problema, deme un metro, por favor, y no se hable más.

Ya tenía sobre el mostrador la regleta y el cable, pero… ¡Un momento!, ¿no debería llevar esto el enchufe en un extremo? La señora me miraba como si fuera tonto (ya me ha calado, pienso). ¿Y tienen el enchufe macho? Casi temblaba de pensar que a esas alturas todo se viniera abajo. Pero sí, lo tenía.

¿Y esto, cómo se monta? Entonces la señora, con mucha paciencia –ahora sonaba Quijote, y Julio cantaba eso de que “mi Dulcinea dónde estaráaaaaa”–, me proporcionó una clase práctica de desmontaje de tornillitos, apreturas de cables que debía pelar –es muy importante que los dejes larguitos, que si no no te dan–, y remontaje –te lo pongo en un sobrecito, para que no se te pierdan los tornillos.

Las instrucciones parecían sencillas, a primera vista, pero ella sabía que yo no tenía nada que hacer. Me preguntó si quería que lo dejara a medio desmontar, y se ofreció a que se lo llevara a la tienda, si se me complicaba la cosa. La señora lo tenía claro, y yo también. Pero pagué, sonreí, y salí de la tienda con la certeza de que había vuelto a equivocarme.Yo sólo quería comprar una simple regleta, con su cable y su enchufe incorporados. Ni siquiera sabía que existieran por separado, que hubiera que montarlos como a Frankestein. O al menos que tuviera que hacerlo yo. Precisamente yo.

Caminé hacia casa con la convicción de que cada día soy más bobo. Cuando llegué y le expliqué torpemente a mi mujer mi gestión, ya no me cabía la menor duda. Y, sin embargo, me lancé de cabeza al fango, sabiendo que mi único destino era hundirme en él.

Me proveí de varias herramientas que creí me pudieran servir, aunque estaba seguro de mi fracaso. A continuación se sucedió el despropósito: vaya mierda de destornillador que tengo, el tornillo no agarra. No agarra el tornillo. No gira, no gira, hijo puta, me cago en los chinos, no volvemos a comprar ni un moco en los chinos, coño.¡Ya está, ya lo he enganchado! ¿El qué va a ser, cariño?: los putos filamentillos estos de cobre. Es que los tornillitos estos son tan pequeños… ¡Coño, se ha soltado otra vez !

¿Y cómo vende esa mujer de la ferretería cosas así? Claro, lo guardará para los tontos del barrio. Me vería la cara nada más entrar: “¡Mira, otro al que le encasqueto la regleta mecano!”, pensaría. Son cosas que tiene reservadas para los gilipollas. Ella los huele, los detecta… Pobre señora, con lo bien que me trató. Ahora me arrepiento de esos pensamientos funestos.

Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, veinte veces vuelvo a apretar, inasequible al desaliento, los minúsculos tornillos que deben apresar los cables cobrizos. No hay ángulo para ello, pero juro que lo intento muchas veces. Mi mujer se preocupa, porque empiezo a maldecir, y digo cosas que casi no se me entienden. Déjalo, me dice. No cedo, pero oigo de fondo en la tele un documental sobre el macho alfa de no se qué especie, y la oigo reírse, a la cabrona.

Un rato después, la regleta, el metro de cable y el enchufe descansan en el cubo de basura, junto con mi orgullo y el resople de alivio de ella.

Mañana, temprano, conduciré hasta el Leroy Merlin: Base múltiple lexman, seis tomas rotatorias.

@ildefonsogr

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