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Identidades secretas (II): En un lugar de La Mancha

2 Abr

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Víctor se incorpora a su turno vespertino armado con un bocadillo de siete leguas al que lanza mordiscos entre un par de ‘buenas tardes a todos menos a uno’. Llega vestido ‘de civil’, y por eso tardo unas milésimas de segundo en reconocerle sin su uniforme verde botella, el que luce como servidor de la limpieza en el complejo de edificios donde trabajo desde hace un mes. No debe de pasar de los 30 o los 35 años. Anda escaso de pelo y de estatura, pero sobrado de perímetro. También gasta mejillas sonrosadas, y suele hablar con sentencias irrefutables. Así, cuando al entrar pregunta al muchacho de la recepción que cómo ha ido la mañana, y éste le contesta que desbordados de trabajo, “porque lo que antes hacían tres ahora lo hace uno solo”, Víctor le ataja diciendo: “¡Y que no falte!”

Con él, también de civil, llega Manuel, que debe de rozar ya los sesenta y es algo más alto y mucho más delgado que Víctor. Lleva trabajando en la empresa tres décadas, subrogado por las distintas compañías que han disfrutado de la contrata de limpiezas de los edificios. Las ha visto de todos los colores, y quizá por eso tiene un aire de fatigada resignación, aunque de cuando en cuando se indigna súbitamente al recordar las injusticias del mundo.

Por ejemplo, la otra tarde. La jefa y el resto de personal de mi departamento acababan de marcharse, lo que abría de par en par las puertas del reino a María Eugenia y su carrito de limpieza. Tras ella, como escoltándola, entraron Víctor y Manuel. Siempre los veo juntos, tanto cuando trabajan como cuando se fuman un cigarro en el patio. Tranquilos, sin prisa, echando un párrafo para ir dejando que la tarde pase.

Como era de esperar, María Eugenia se interesa de inmediato por mi labor. Le cuento que trato de identificar a los destinatarios de un par de sobres, y ella los coge para examinarlos. Como tampoco conoce sus departamentos, me urge a consultarlo en la Intranet de la empresa. Le digo que no tengo acceso a ese privilegio, pero ella no me cree. Me arrebata el ratón de la mano y trata de entrar en la página moviendo la herramienta informática como quien pretende atracar un petrolero en un pequeño puerto pesquero.

“Habrás puesto mal tus claves”, me acusa, cuando comprueba que, en efecto, no puedo consultar esa información en la web de la compañía. Algo molesto, le respondo que no pasa nada, que tampoco es urgente. La noto algo mohína. Debo medir más mis reacciones con ella.

sobres(La caricatura de mis más negros pensamientos es obra del gran Alberto Lacasa, autor también de la portada de Desvío provisional).

Por fortuna, la conversación se desvía hacia otros vericuetos. Alguien recibe un mensaje en el whatsapp, y yo anuncio ante mi perpleja audiencia que no dispongo en mi móvil de esa útil aplicación, aunque reconozco mi rareza explicando que incluso mi hija, a sus diez años, ya se comunica así con sus amigas del cole. María Eugenia, siempre atenta, me advierte de los peligros de esos usos entre los preadolescentes, y para ello me relata algún caso que ha visto en la televisión.

Ella cree que ahora existe mucho más acoso en las aulas que antes, pero yo me arriesgo a discrepar, y le digo que hace treinta años, en mi colegio de curas, también éramos un montón de hijos de puta dispuestos a joder al diferente, solo que ahora, por suerte, esas acciones suelen causar mayor alarma social.

Y en esas, el tranquilo Manuel va y me da la razón, relatando excitado cómo tuvo que defender en su colegio a un compañero de un matón. “Le rompí varios dientes al dar una patada a la puerta que él trataba de cerrar para impedir el paso a un chaval, para que tuviera que rodear todo el edificio”, describe encendido. “Me expulsaron varios días, pero el tipo ya no volvió a burlarse de aquel chico”, concluye, con indisimulado orgullo. Luego añade que hoy él mismo alecciona con frecuencia a sus hijos acerca de la obligación de no aprovecharse nunca del débil, ni de aceptar injusticias. “Siempre ha habido cabrones, antes y ahora. Sólo cambian las modas”, apostilla Víctor, certero, terrestre, incontestable.

Terminado su trabajo en mi departamento, ambos se despiden de mí, discutiendo amistosamente entre ellos de fútbol, inseparables. María Eugenia, mientras tanto, termina de limpiar la gran mesa de trabajo que usamos para ordenar el correo. Aquí, en El Toboso.

@ildefonsogr

Nos rodea la basura

13 Nov

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(Foto: http://www.elboletin.com)

El barrendero de mi barrio se llama Ángel, y lo conozco desde que comencé a llevar a mi hija a la guardería, hace ya diez años. Desde entonces nos saludamos cada vez que coincidimos, y de cuando en cuando echamos un parrafillo sobre cómo nos va. Nunca le he visto mano sobre mano, ni ahorrarse una sonrisa para darte los buenos días, incluso en las mañanas más crudas del invierno, cuando trabajar en las calles madrileñas a menos de cero grados se hace realmente duro. También pinta cuadros, unos retratos estupendos, pero me dice que ya hace tiempo que no recibe casi encargos, que la cosa también está mal para el arte de supervivencia.

Hace poco más de un mes me comentó que se estaba preparando para la huelga que habían convocado en Madrid los trabajadores de la limpieza, pero que no sabía cómo iba a poder vivir durante ese tiempo indefinido sin cobrar por ejercer -no lo olvidemos- un derecho que recoge nuestra sacrosanta Constitución. “Tendré que pedirle dinero a mi madre, me dijo”.

Le vi preocupado, como es lógico, pero convencido de la justicia de la reclamación de su colectivo. “Ganamos poco más de mil euros y nos quieren rebajar el 40%. Ya me dirás cómo podríamos vivir con 700. Y eso los que nos quedemos, porque también quieren echar a más de mil compañeros a la calle, con lo que ello repercutiría en la propia limpieza de la ciudad”.

Me dijo que la empresa que le paga, una de las tres o cuatro que operan en la Villa y (Re)Corte, había obtenido el pasado verano la adjudicación de la contrata municipal gracias a una oferta extremadamente complaciente para el cliente. Y que ahora, una vez amarrado el trinque, esa gentil empresa quiere hacer pagar sus excesos a los trabajadores. Mientras tanto, las autoridades municipales miran para otro lado cantando aquello del pío pío que yo no he sido.

Vamos, que sin comerlo ni beberlo, los que se ofrecieron a la baja para satisfacción del Excelentísimo y Endeudadísimo Ayuntamiento de Madrid fueron los propios barrenderos, Ángel y sus colegas, que ahora no se quieren dar por enterados  ni complacernos rebajándose sus salarios por debajo del umbral de la esclavitud (supongo que tener un esclavo, entre pitos y flautas, debe de salir más caro que disponer de un trabajador a medio sueldo en la actual España que ya va saliendo de la crisis, según dicen).

Así que Madrid está desde hace unos días un poco más lleno de mierda de lo habitual, y algunos ya hablan de recurrir nada menos que al Ejército para librar esta batalla contra las bolsas de basura. Ahí lo tenemos: fusiles contra la huelga de escobas caídas. Se trataría de una operación militar aún más ambiciosa que la que nos llevó a recuperar el islote ese del Perejil, porque ahora nuestros soldados reconquistarían no sólo el perejil, sino las cáscaras de huevo, las pieles de plátano y cualquier otra inmundicia que ensucia esta ciudad que, como dijo su alcaldesa, se había acostumbrado últimamente a una excesiva limpieza.

Se lo tengo que decir a Ángel cuando lo vuelva a ver por mi barrio (con suerte), que dice Botella que él y sus compañeros estaban limpiando por encima de nuestras posibilidades, y que si se siguen poniendo tontos con tanta huelga y tanta polla les vamos a quitar de ahí para poner en su lugar a un cabo o un sargento primero a barrer la calle por 700 euros, que ellos sí que entienden de patriotismo y de disciplina. O incluso a la misma alcaldesa, que de basura también sabe un rato largo.

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