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Un hombre que se precie no puede mirarse al espejo hasta que no es capaz de montar por sí solo un mueble de IKEA

23 May

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Para un urbanita del siglo XXI, montar un mueble de IKEA es como lancear un león si eres un joven de una tribu africana. El rito que te convierte en un hombre. Yo nunca había tenido tantos huevos. Ni siquiera para intentarlo. En ocasiones pasadas me había acogido al sonrojante recurso de pagar el montaje (¡será por dinero!). Aún me vengo abajo al evocar las miradas de desprecio de los dos rumanos que me armaron en la casa del pueblo hace unos años las literas, el armario de la habitación de la niña y no sé cuántas cosas más. Todas una mierda, por cierto.

Pero la vida te está dando oportunidades continuamente. Uno a veces hace como que no se da cuenta, pero te las da. Por ejemplo, el otro día, cuando nos planteamos adquirir un par de mueblitos auxiliares, mi mujer volvió a pronunciar la palabra maldita: IKEA. Hacía tiempo que la había sacado de mis pesadillas (a la tienda), pero al escuchar de nuevo ese nombre diabólico, dicho así como distraídamente, reaccioné de un modo insólito: dije que sí sin quejarme ni ladear un poco la cabeza con fastidio, en ese gesto tan mío. Quería aprovechar mi nueva oportunidad. Ser un hombre. Afrontaría el montaje yo solo. Con dos cojones.

Compramos una mesilla y una sencilla lamparita de techo para la habitación de Lucía. También un mueble para colgar en el baño pequeño, de esos con puerta de espejo y baldas de vidrio. Todo sencillo, bonito, funcional y barato.

Fijar la lámpara fue un puto infierno. Durante días colgó en mitad de la habitación, a un metro del suelo. Cada vez que me levantaba del ordenador mi cabezota topaba con ella, recordándome que seguía allí y que yo era un inútil de tomo y lomo. Las instrucciones, como es lógico, no me aclaraban cómo demonios había que hacer para que la cazoleta esa que se pega al techo se quedase allí quieta, con el cable bien recogido, las clemas y el gancho ocultos en ella. Mi hija ya se había acostumbrado a la nueva situación originada en su cuarto, y hacía oscilar la lámpara para jugar a esquivarla, como si fuera un saco de boxeo con luz propia.

Busqué tutoriales en Internet sin que ninguno me ayudara a resolver el problema. Pensé en recurrir a algún amigo, pero me resultaba demasiado humillante. Mi mujer me dijo que no me preocupase, que ya compraríamos otra lámpara con un sistema que comprendiera. Le dije que nunca, jamás, ni aunque viviéramos cien años a partir de ese momento, me volviera a sugerir comprar un mueble en el IKEA. Sentía un odio terrible hacia el mundo escandinavo.

Finalmente, no sé cómo, una mañana se me ocurrió tirar de aquí, pasar el cable por allá… ¡Y la lámpara quedó fijada! De eso hace un par de semanas, y todavía la miro con aprensión cada día, temiendo que se vuelva a desplomar.

Tras el subidón, decidí dejar pasar varias semanas para acometer el montaje del mueblecito del baño, que me aguardaba en su caja de embalaje, junto a la puerta de entrada de casa, como reprochándome mi cobardía. Mi esposa, comprensiva e inteligente, no había querido decirme nada hasta el pasado domingo, pero por fin me sugirió que sería conveniente irse planteando la tarea antes de las vacaciones de verano.

El miércoles pasado, al regresar de dejar a la niña en el colegio, un arrebato suicida me llevó a desembalar las piezas del mueblito, rodearme de destornilladores de estrella y planos, martillo, alicates y cualquier otra herramienta que un hombre sano pueda manejar y enfrentarme a las instrucciones de montaje.

Fue maravilloso. Todo iba encajando como en una película de Billy Wilder. Me sentí flotar. ¡Soy un hombre, coño! Pensé en la alegría que se llevaría mi mujer cuando regresara por la tarde del trabajo y viese el armarito en su ser. Lamentablemente, el taladro estaba en la casa del pueblo, así que no pude colgarlo en el sitio elegido. No importaba. Ahí estaba el mueble, perfectamente ensamblado. Como debía ser, claro que sí. De momento, decidí dejarlo en el suelo del baño, apoyado en la pared, hasta que me trajera la blackandecker.

A la mañana siguiente, mientras me afeitaba, miré hacia el mueble y observé con espanto que Boni, el conejo enano que vive con nosotros desde hace más de dos años, se había comido quince o veinte centímetros de uno de los laterales de madera. En unos pocos minutos, y armado únicamente con sus pequeños incisivos, Boni me había jodido la vida y me había demostrado que, a la hora de enfrentarse a un mueble del IKEA, era mucho más macho que yo, pese a estar castrado desde la más tierna infancia (el conejo). Qué huevos tienes, Bonifacio.

Han pasado varios días de aquello. Mi mujer y mi hija me están animando mucho, ayudando a recuperarme. Poco a poco lo voy asimilando, pero noto que desde entonces el conejo me mira como lo hacían aquellos currelas rumanos que hace años me montaron las literas. Con el mismo desprecio. Ayer, además, se cagó junto al mueble. O lo que queda de él. Y todavía tengo que colgarlo. Qué asco de vida.

@ildefonsogr

 

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