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Un cocktail raro

12 May

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Me escribe por correo electrónico un antiguo y querido compañero del oficio, un excelente profesional y compañero. Buena gente, todavía en los primeros años de la treintena. Como tantos otros, lleva tiempo fuera de la rueda, expulsado del paraíso del trabajo remumerado o el empleo medio digno. Sus reflexiones me dejan muy tocado. Le pido permiso para reproducirlas aquí, no sin cierto pudor. Creo que es importante no olvidarnos de lo que sigue ocurriendo en este país, pese a que los que calzan las botas que nos pisotean pongan ese bochornoso e insultante empeño en negarlo:

“Mi día a día está un tanto marcado por altibajos emocionales donde a veces creo que todo es posible y otras, las más, me cubre el pesimismo más absoluto. He movido el CV y todas esas cosas que se hacen en esa situación y ni tan siquiera entrevistas”.

“Apenas he tenido tres encuentros, y dos nada relacionados con el periodismo, o no sustancialmente al menos, en los que me han llegado a decir cosas como que estaba demasiado preparado (sic) o a ofrecerme un mix ‘preparacontenidosalmismotiempoquecomercial’ demencial y en un tono cutre, imposible de compaginar de todas todas; me hizo gracia porque encima mi no rotundo (las cosas sé que no están para decir no, pero en algunas cosas mis principios son como diques) le dio pie a un “hay mucha gente interesada porque se va a sacar una pasta” (pero el proyecto, cosa curiosa, no sale todavía…)”.

“Frustrado, seguramente. Desencantado, con un punto amargado. Y todos estos adjetivos al final alimentan cierto poso de rencor en un contexto lleno de gurús, donde ves que en otros lados los inútiles que daban lecciones pero no apretaban teclas o, peor, no te dejaban hacer llamadas, siguen haciendo de las suyas por el mundo. No me puedo quitar cierta sensación de fracaso vital, por todo ello. De época equivocada, de camino equivocado… y de brújula rota que no encuentra el norte. Un cocktail raro”.

Todo mi ánimo y mi solidaridad a este compañero, y a otros tantos que sufren esta situación, amigos (unos cuantos, demasiados) y desconocidos (a millares, a millones). Yo he estado allí (y no descarto volver a estarlo). Sé lo que se siente. El desempleo no solo te roba tu fuente de ingresos, también socava tu identidad. No os dejéis. Podrá faltarnos trabajo digno, pero nunca dignidad. Ellos son los malos; nosotros, su amenaza.

PD. Me permito ilustrar esta entrada con una viñeta de El Roto, siempre un certero francotirador

Identidades secretas (IV): La relatora implacable

10 Abr

 

Matías Prats

Desde hace varios meses comparto despacho de trabajo con ella. Durante esas ocho horas diarias, el mayor despliegue conjunto de las principales agencias o instituciones mundiales de seguridad, espionaje, observación científica, redes de información del Sálvame y el periscope de Piqué sería poco más que una aventura de Mortadelo y Filemón en relación a la capacidad que ella tiene de observar, analizar, procesar, convertir en nutriente y, finalmente, relatar cualquier señal vital, por minúscula que sea, que se produzca en los menos de cien metros cuadrados de la oficina.

Es precisamente la última fase de su ciclo fagocitador la que resulta más extraordinaria: su osadía para contárselo a sus propias víctimas. Ella es una guerrera, una boina verde. Como Rambo, en Acorralado, todo le sirve, con cualquier pequeña brizna de hierba puede construirse un arco y unas flechas envenenadas: una descuidada conversación telefónica mía le puede reportar una información de la que se alimentará un mes; una mirada o un silencio entre dos de las compañeras que sobreviven en el cuarto contiguo se convierten en una información de mayor valor que la fecha del desembarco de Normandía; un correo electrónico interceptado, en el código para descifrar la Piedra Rosetta.

Su presión es asfixiante. Su mesa está frente a la mía, y para vernos tenemos que mirarnos por encima de las pantallas de los ordenadores, o por los lados de éstas. Parecemos dos avestruces. O dos gilipollas. Afortunadamente, nuestras funciones laborales tienen poco que ver. Esto es lo que me mantiene con vida por el momento. Es difícil, pero trato de sobrevivir día a día, como diría el pobre Rambo (el de verdad).

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Si toso súbitamentede, ella lo narra al instante: “Ay, se te ha ido la saliva por otro sitio”, y me lanza un caramelo. Si pongo en el Youtube una canción que conoce, la identifica sin piedad una décima de segundo después del primer acorde: “Ah, otra vez esa canción de Bruce que ya pusiste el viernes…”. Si me levanto a por un vaso de agua, ahí está para dar pública cuenta de ello: “¡Otro vasito, ya llevas tres esta mañana!”. Si bostezo, si me giro para mirar por la ventana o si suena mi móvil dos veces y aún no he contestado… Ella hace constatación de todo, siempre con una conclusión sobre las causas y efectos de mi comportamiento, que incluso a mí se me habían escapado.

Es como si uno llevara unos cascos por los que se escuchase la narración radiofónica de sus propios gestos. Imagínense a Matías Prats padre relatándole a uno mismo su actividad con ese énfasis febril que caracterizaba al mítico narrador deportivo y taurino. Eso es exactamente mi jornada laboral, una vida pregonada ante notario, un Show de Truman en el que me reflejo, un juego de espejos en el que siempre me veo corriendo por la ruedita, como los pequeños hamsters en su jaula toda la puta noche.

Luego está su asombrosa capacidad para el aprovechamiento máximo de cualquier circunstancia. Su conocimiento del medio. Un día se me ocurrió sugerir a la compañera que se ocupa del dinero destinado al día a día de la oficina la posibilidad de comprar un billete combinado de diez viajes de metro y autobús para nuestros desplazamientos de trabajo. Lo usé una o dos veces. La siguiente ocasión en que tuve que recurrir a él, meses más tarde, Rambo ya lo había agotado. Por supuesto, no lo había reemplazado.

A veces también tiene destellos de maldad gratuita. Por ejemplo, cuando un día en que estábamos solos en la oficina me enseñó la nómina de la periodista que me había precedido, y que casi duplicaba la mía. O cuando me hizo saber que ella ganaba más dinero que yo. Poco, pero más. Como yo ya sospechaba, y pude comprobar recientemente por un descuido suyo, su nómina es exactamente 8,47 euros superior a la mía.

También tiene sutiles mañas para controlar el más leve incumplimiento de mi horario. El de ella concluye media hora después que el mío. Hacemos la misma jornada, pero ella se va a comer a casa, y de ahí la diferencia. El caso es que sé que eso la irrita. Por eso los días en que comienzo mi proceso de cerrar el equipo y ponerme la chupa dos o tres minutos antes de mi hora, ella invariablemente comenta, haciéndose la distraída: “¿Ah, es que ya son las cinco?”

Pero, como esta vida es una jungla, la relatora también tiene sus enemigos naturales: las chicas de la otra sala, de la que se autoexilió el pasado verano (por eso ahora yo le presto indeseado asilo político). El caso es que hace varias semanas por fin consiguió que el responsable de prevención de riesgos laborales de la asociación diese el visto bueno para comprarle una silla nueva (algo que venía reclamando desde hacia dos años, dado que la suya -y la mía- no molaban tanto como las de las otras compañeras, que parecen sillones de director de banco, todo hay que decirlo). Se las prometía muy felices, e incluso ya se probó una silla a su gusto en una tienda que conoce.

El problema es que cuando el ejército de la sala contigua conoció este movimiento, también exigió sillas nuevas, ergonómicas, homologadas y toda la pesca. Así que ya no son sólo dos las sillas nuevas a comprar, sino seis, y además ahora todas quieren probárselas y decidír cuáles son las más idóneas. Todo ello ha paralizado la operación, que de un ataque relámpago, un blitzkrieg como el de los nazis para invadir Polonia, se ha convertido en un frente estable con dos trincheras en las que apenas se mueve nada, para desesperación de mi compañera de despacho.

Así que ya lo ven, ni siquiera de eso me ha servido la vida con Matías Prats padre (o hijo). Sigo con mi mierda de silla y mi ciática. Soy un dañado colateralmente. Eso sí, antes de toser sé que ya habrá un caramelo de menta volando hacia mí por encima de la pantalla de mi ordenador, acompañado por su correspondiente narración de los hechos. Permíteme… que insista.

 

 

Feliz 2016 en el planeta de los simios

28 Dic

El planeta de los simios

Una sencilla reflexión antes de desaparecer en las brumas del fin de año: la ‘patria’ no es propiedad ni patrimonio de nadie. No existe. Es una falacia que se usa desde que unos homínidos se pusieron sobre dos patas para imponer su voluntad sobre otros homínidos con menos armas. La patria, como dios, es una gilipollez que se han inventando unos monos para hacerles creer a otros monos que defienden cosas guay contra las que está muy feo discutir. Tan feo que los matan por ello, para que así los monos más remolones sepan a qué atenerse.

Y así seguimos. No hay dios, ni patria, ni ninguna otra mamarachada que nos venden cada día los que manejan los hilos de nuestras miserables vidas. Lo que digo es una simpleza, lo sé. Pero es una simpleza que hay que repetir constantemente para que los que habitamos el planeta de los simios lo podamos asimilar.

Es que estos días leo estas cosas como lo de la voluntad del pueblo, los constitucionalistas, la indivisibilidad de España y tal. Me gusta España, claro (unos días más que otros), es el sitio donde nací, crecí y vivo, y me gustaría que siguiéramos todos juntos, trabajando para mejorar nuestras vidas en común. Pero me la pela el rollo de una grande y libre, la verdad. Es algo que en realidad no ha hecho más que daño a lo largo de los últimos siglos. Si alguien no quiere seguir aquí, me parece justo que decida. No puede obligarse a alguien a pertenecer por la fuerza a algo. Otra cosa es lo que me parezcan sus razones para ello.

En cualquier caso, lo que estoy viendo estos días con los supuestos defensores de la patria tratando de apretar filas para favorecer a los de siempre me parece repugnante. Millones de personas hemos votado en España para que las cosas cambien, y tenemos que leer todos los putos días en los periódicos del régimen que somos antisistema.Votamos como cualquiera, expresamos nuestra opinión, y os parecemos antisistema.

¡Qué cojones de democracia es ésta en la que millones de votos os parecen inválidos por no elegir lo que los que mueven los hilos quieren! ¿Hasta cuándo pensáis que podréis sostener este patético chiringuito?

Feliz 2016 a todos en el planeta de los simios.

El país de las neveras vacías

22 Feb

nevera vacía

Las neveras vacías sólo pueden enfriar ya el orgullo y la autoestima del que otra vez llama a sus puertas con la vana esperanza de no haber mirado bien por la mañana, antes de salir para eso que ahora llaman trabajo, si se tiene; de que detrás del bote de mayonesa casi vacío se esconda la última cena.

Se lo reconoció el otro día a mi amiga su nueva compañera de infortunios laborales: que hoy repetía ensalada de pasta, aunque hubiera preferido comer algo caliente. Pero en el frigorífico no quedaba nada más, ni en el frigorífico ni en los bolsillos, a esas alturas de mes.

Ambas son afortunadas, porque tienen trabajo, un empleo que les reporta 640 euros brutos al mes. Mi amiga es una profesional del diseño gráfico y la maquetación con décadas de experiencia, talento y conocimiento que el lunes pasado, después de dos años sin trabajo, se incorporó a su nuevo puesto, a dos horas y media de transportes públicos de Ciempozuelos, una ciudad madrileña que ni siquiera coge cerca de sí misma.

Allí, en una gasolinera plantada en un polígono industrial medio desmantelado, debe tratar de colocar a los escasos clientes que por allí se dejan caer una de esas tarjetas visa que te permiten pagos aplazados, acumulación de puntos y no sé qué otras mierdas más.

Le dicen que no puede ofrecérselas a señoras de la limpieza, porque ellas cobran casi todo en negro, ni a rumanos ni a búlgaros; que desconfíe de los clientes que se le acerquen antes de que ella los aborde; y que esté al loro, porque en cualquier momento se le puede presentar el Señor Mistery, un inspector de su empresa haciéndose pasar por un potencial cliente que calibre su actitud ante el reto profesional que tiene por delante. El Señor Mistery, hasta en la supuesta ironía son cochambrosos.

Antes, un ganapán impostado de supervisor, un zopenco presuntuoso, le ha presentado esta estafa laboral a mi amiga como una gran oportunidad, atribuyendo la vertiginosa rotación de esclavas que anteriormente ocuparon su puesto a que en España “la gente no tiene ganas de trabajar”. Ella ha acertado a responderle con la velocidad de una comedia de situación estadounidense: “De lo que no hay ganas es de pagar”. Siempre queda molestar.

Al final de los cinco días laborables de su semana de estreno -“una de las ventajas de este trabajo es que no se hacen fines de semana –le dice el zopenco-, a menos que veamos que lo necesites porque estás floja”-, mi amiga hace balance: le han gritado groseramente dos veces, una de ellas porque la sorprendieron tomándose un café en el bar de enfrente, “abandonando su puesto”; ha dedicado más de cuatro horas de su día a combinar trenes y autobuses para llegar al fin del mundo y volver de él; ha pasado seis horas diarias de pie en la tienda de la gasolinera y ha logrado colocar tres tarjetas (le dicen que para cobrar comisiones debe vender a partir de dos diarias, con lo que me cuenta que muchos nuevos empleados recurren durante las primeras semanas a sus familiares y amigos para cubrir al menos ese cupo y conservar sus empleos). Su recompensa, en el país de la recuperación, será cobrar a fin de mes una miseria que no alcance ni los 600 euros.

En el país de los trabajos de las neveras vacías, el zopenco ha reñido a otra de sus compañeras por no calzar de forma adecuada. El problema, me explica mi amiga, es que la chica no tiene zapatos como los que la exigen, ni dinero para comprarlos. “¿Qué número calzas? ¿Te apañas con un cuarenta?”

Menudencias en el País de la Recuperación, el país rico donde uno de cada tres niños es pobre, el país opulento sobre el que Cáritas acaba de advertir acerca de la amenaza de que la pobreza y la desigualdad entre sus habitantes se convierta en “estructural”. El país de las neveras vacías y los pies descalzos que siguen caminando hacia los nuevos empleos de las viejas cadenas.

De mariposas a gusanos

24 Jul

Vaya por delante una de Perogrullo: lo peor de quedarse sin trabajo es que con ello pierdes la pasta con la que pagabas tus facturas, tu ocio, tu independencia. Faltaría más. Sin embargo, existe otra pérdida mucho menos visible a corto plazo, pero que con el tiempo te horada como un gusano voraz, te despoja de tu identidad y relega tu anterior autoestima al cajón de los sueños que un día se te quedaron demasiado grandes.

Ocurre cuando con el paso de los meses de llamadas sin retorno uno empieza a preguntarse si volverá a trabajar alguna vez, si será capaz de llevar a casa dinero con el que volver a pagar las facturas, el ocio, la independencia y la identidad.  Porque estás ya más cerca del medio siglo que de la crisis de los cuarenta, y comienzas a tener la sensación de que por tu estación ya sólo cruzan vías muertas.

Sin embargo, de repente un buen día sucede lo inesperado. Es el caso de una amiga que llevaba dos años en paro -¿o eran tres?- y que a finales de la pasada primavera atisbó por fin un amago de resurrección laboral. Se trataba de un trabajo a media jornada en el aeropuerto, como auxiliar en tareas de atención al viajero.  Era una mierda de trabajo -como todos los que ahora nos llevan en volandas a la milagrosa recuperación económica que cada día cacarea el ministro Montoro y sus colegas de bancada azul-, pero a estas alturas ya ni siquiera hay que añadir este calificativo al término trabajo: nuevo empleo y mierda son ya conceptos redundantes, como mar salada, sangre roja o político corrupto.

En su vida laboral anterior, mi amiga disfrutaba de un buen ambiente, de un clima civilizado.  Recibía un trato respetuoso de superiores y compañeros, tenía un buen horario y un sueldo decente. Su identidad era la de una trabajadora competente que, como tantos otros, un día tuvo que pagar los platos rotos por la incompetencia de los tipos que se zampan desayunos de mil pavos servidos por camareros con pajarita en la sala de juntas, mientras deciden que hay que echar a la calle a otros cien padres y madres de familia. Para ir tirandillo.

Pero eso era agua pasada. Por eso mi amiga se enfrentó a su nueva oportunidad con la incertidumbre y la ilusión de los que vuelven a debutar tras una larga ausencia. Con vergüenza torera.

Ahora está abatida, muy triste, porque dos meses de malos tratos por parte de sus jefes –“¡búscate la vida!; ¿dónde te metes que ya tenías que estar aquí hace media hora?; ¿pero otra vez tienes que ir a mear?”-, turnos de trabajo infames y un trabajo físicamente fuera de su alcance han podido con ella. O así lo cree, al menos. Ha tirado toalla y se siente derrotada, inútil. Piensa que no ha estado a la altura de esta nueva oportunidad. La España de la recuperación y de los trabajos de explotación vil y descarada ha logrado por fin impactar de lleno en la línea de flotación de su identidad.

Porque de eso se trata, de que no sólo renunciemos a nuestros anteriores derechos laborales, a aquellos salarios decentes que te permitían saltar de mes en mes sin consultar acojonado tu cuenta bancaria desde el día cinco, sino de que también te despojes de tu identidad, de tu autoestima, de tu capacidad de exigir que te traten con respeto. Te hacen sentir como una mierda, porque así ellos te podrán tratar como tal con mucha más facilidad.   

Ahora mi amiga está hecha polvo, dándole vueltas a la cabeza, asimilando la nueva identidad que los esclavistas de toda la vida han diseñado para ella, para mí, para ti, para todos ustedes,  los nuevos pobres. Es el círculo perfecto: el empleo se recupera, dicen, pero los trabajadores somos cada vez más miserables y resignados. Se trata de toda una metamorfosis para devolvernos a nuestro verdadero ser. Como el dios de ellos manda.

Un beso para ella y para todos los que ahora, y desde hace tiempo, nos encontramos inmersos en este proceso de reconvertirnos de mariposas en gusanos (pasando antes por el estado de capullos, claro está). Esperemos que, al menos, en el futuro no nos falte la morera ni unos agujeritos en la tapa de la caja de cartón. Porque hasta los gusanos necesitamos respirar. Digo yo.

PD: Ayer leí que el  Banco de España  pide “incentivar el ahorro ante la previsible caída de la pensión media” en el futuro. Es un gran consejo, sobre todo teniendo en cuenta que hace un año esta misma institución proponía contratar parados por debajo del salario mínimo. Menos mal que entre esas buenas gentes que velan por nuestro futuro no falta el humor. Benditos sean.

La tormenta (laboral) perfecta

22 Abr

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Fotograma de ‘Metrópolis’ (1927), dirigida por el alemán Fritz Lang.

 

La explotación laboral alcanza a veces un refinamiento exquisito, incluso sorprendente en una bestia insaciable que sin embargo sabe buscar y encontrar con astucia las fórmulas idóneas para apretar aún más la tuerca al desgraciado que habita en el gueto subterráneo de Metrópolis, aquella película en la que los ricos disfrutaban de la vida en una futurista ciudad de rascacielos mientras que los obreros que producían para ellos sobrevivían confinados bajo tierra.

En el gueto laboral del siglo XXI existe en algunos de los más precarios empleos –esos que llaman servicios auxiliares, que suena a algo muy parecido a lo del auxilio social del franquismo- una cosa que llaman cupo, y que marca el mes laboral de los esclavos. Como la cartilla de racionamiento de los hambrientos. El cupo es el número mínimo de horas que debes trabajar cada mes para ganarte tu mísero sueldo de 700 euros. En mi caso, 166 es el dígito que cifra la condena.

Si al final de cada mes no llegas a ese número algunas empresas te pagan un sueldo aún más exiguo (sueldo exiguo suena más noble y bonito que puta mierda, qué duda cabe). Siempre según convenio, desde luego. Febrero, por ejemplo, es un mes muy cabrón, porque tiene la mala costumbre de contar con hasta tres días menos que sus hermanos mayores. Son cosas que los que habitan en la superficie no saben. Ellos celebran febrero, y la Semana Santa y demás fiestas de guardar porque cobran lo mismo por trabajar menos. En los sótanos del mercado laboral ocurre exactamente lo contrario. Siempre debes algo. En la paradoja del mundo productivo en el que hoy me muevo, el empresario no solo ha conseguido ahorrarse pagar los festivos, sino que en un más difícil todavía ha logrado que sean los trabajadores los que le deban aquellos.

En mi actual empresa –me dicen mis compañeros más veteranos- no te pueden pagar menos si no llegas al cupo, pero sí mandarte a cubrir otros servicios con los que puedas alcanzar esa cima, al menos dentro de los dos meses siguientes a la “deuda”. Por ejemplo, durante un fin de semana. Así, si de lunes a viernes te ganas el pan duro como ordenanza o recepcionista en un complejo de edificios donde trabajan cientos de personas, pero tu cuadrante revela que te faltan ocho horas para llegar a la cumbre, el inspector puede mandarte tranquilamente un sábado o un domingo a currar a cualquier sitio para cubrir otro servicio. Sin que eso le cueste un euro más a Metrópolis.

Otra consecuencia del cupo es que, si el cuadrante está debidamente confeccionado, éste te puede ir arañando sabiamente los minutos de cada jornada para que estés en deuda permanente, de tal manera que si un mes trabajas diez o quince horas más del cupo (porque un compañero se ponga enfermo, tome vacaciones o se presente una sobrecarga de trabajo, por ejemplo), éstas no se reflejen en tu nómina del mes siguiente, puesto que no serían más que tiempo devuelto a tu noble empleador, que tan generosamente te lo cedió antes. Se trata, como ven, de detraerte la justa sangre cada jornada para cobrártela luego a la carta. Un poco como los bancos.

Así, tras mi primer mes de trabajo en mi nuevo puesto me informaron de que mi jornada diaria se reduciría desde el día 1 en un cuarto de hora. Quince minutitos. Qué suerte tengo. Ahora, en lugar de entrar a las dos y media y salir a las diez –en mi turno de tarde-, me incorporo a las tres menos cuarto. Por la mañana salgo a las dos y cuarto, en lugar de las dos y media. Eso sí, seguiré entrando a las siete. Lo malo es que, tacita a tacita, ese cuartillo de hora me supondrá un total de cinco horas mensuales, lo justo para no llegar ningún mes al dichoso cupo. Ahora sí que me siento en deuda con mi empresa. Nunca se agradece lo bastante lo que los empresarios hacen por nosotros. Benditos sean.

@ildefonsogr

Identidades secretas (II): En un lugar de La Mancha

2 Abr

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Víctor se incorpora a su turno vespertino armado con un bocadillo de siete leguas al que lanza mordiscos entre un par de ‘buenas tardes a todos menos a uno’. Llega vestido ‘de civil’, y por eso tardo unas milésimas de segundo en reconocerle sin su uniforme verde botella, el que luce como servidor de la limpieza en el complejo de edificios donde trabajo desde hace un mes. No debe de pasar de los 30 o los 35 años. Anda escaso de pelo y de estatura, pero sobrado de perímetro. También gasta mejillas sonrosadas, y suele hablar con sentencias irrefutables. Así, cuando al entrar pregunta al muchacho de la recepción que cómo ha ido la mañana, y éste le contesta que desbordados de trabajo, “porque lo que antes hacían tres ahora lo hace uno solo”, Víctor le ataja diciendo: “¡Y que no falte!”

Con él, también de civil, llega Manuel, que debe de rozar ya los sesenta y es algo más alto y mucho más delgado que Víctor. Lleva trabajando en la empresa tres décadas, subrogado por las distintas compañías que han disfrutado de la contrata de limpiezas de los edificios. Las ha visto de todos los colores, y quizá por eso tiene un aire de fatigada resignación, aunque de cuando en cuando se indigna súbitamente al recordar las injusticias del mundo.

Por ejemplo, la otra tarde. La jefa y el resto de personal de mi departamento acababan de marcharse, lo que abría de par en par las puertas del reino a María Eugenia y su carrito de limpieza. Tras ella, como escoltándola, entraron Víctor y Manuel. Siempre los veo juntos, tanto cuando trabajan como cuando se fuman un cigarro en el patio. Tranquilos, sin prisa, echando un párrafo para ir dejando que la tarde pase.

Como era de esperar, María Eugenia se interesa de inmediato por mi labor. Le cuento que trato de identificar a los destinatarios de un par de sobres, y ella los coge para examinarlos. Como tampoco conoce sus departamentos, me urge a consultarlo en la Intranet de la empresa. Le digo que no tengo acceso a ese privilegio, pero ella no me cree. Me arrebata el ratón de la mano y trata de entrar en la página moviendo la herramienta informática como quien pretende atracar un petrolero en un pequeño puerto pesquero.

“Habrás puesto mal tus claves”, me acusa, cuando comprueba que, en efecto, no puedo consultar esa información en la web de la compañía. Algo molesto, le respondo que no pasa nada, que tampoco es urgente. La noto algo mohína. Debo medir más mis reacciones con ella.

sobres(La caricatura de mis más negros pensamientos es obra del gran Alberto Lacasa, autor también de la portada de Desvío provisional).

Por fortuna, la conversación se desvía hacia otros vericuetos. Alguien recibe un mensaje en el whatsapp, y yo anuncio ante mi perpleja audiencia que no dispongo en mi móvil de esa útil aplicación, aunque reconozco mi rareza explicando que incluso mi hija, a sus diez años, ya se comunica así con sus amigas del cole. María Eugenia, siempre atenta, me advierte de los peligros de esos usos entre los preadolescentes, y para ello me relata algún caso que ha visto en la televisión.

Ella cree que ahora existe mucho más acoso en las aulas que antes, pero yo me arriesgo a discrepar, y le digo que hace treinta años, en mi colegio de curas, también éramos un montón de hijos de puta dispuestos a joder al diferente, solo que ahora, por suerte, esas acciones suelen causar mayor alarma social.

Y en esas, el tranquilo Manuel va y me da la razón, relatando excitado cómo tuvo que defender en su colegio a un compañero de un matón. “Le rompí varios dientes al dar una patada a la puerta que él trataba de cerrar para impedir el paso a un chaval, para que tuviera que rodear todo el edificio”, describe encendido. “Me expulsaron varios días, pero el tipo ya no volvió a burlarse de aquel chico”, concluye, con indisimulado orgullo. Luego añade que hoy él mismo alecciona con frecuencia a sus hijos acerca de la obligación de no aprovecharse nunca del débil, ni de aceptar injusticias. “Siempre ha habido cabrones, antes y ahora. Sólo cambian las modas”, apostilla Víctor, certero, terrestre, incontestable.

Terminado su trabajo en mi departamento, ambos se despiden de mí, discutiendo amistosamente entre ellos de fútbol, inseparables. María Eugenia, mientras tanto, termina de limpiar la gran mesa de trabajo que usamos para ordenar el correo. Aquí, en El Toboso.

@ildefonsogr

Me quito del cine

4 Feb

JOHN WAYNE

Lo peor de que a uno le vaya mal es descubrir que ya antes de que las cosas se torcieran casi todo lo que te rodeaba era una mierda. O no. O serán las defensas bajas en estos días grises de mitad de travesía del invierno. La verdad, lo reconozco, es que probablemente sea yo el que conduzca en sentido contrario de la autovida ésta, tan llena de peajes que me empeño bobamente en sortear con más pena que gloria. Pero no me juzguen con tanta severidad: en realidad me considero tan solo un toxicómano sin remedio.

Qué pena de cine, cuánto daño ha causado a los tontos que desde nuestra infancia nos dejamos convencer, con la boca y los ojos abiertos y el entendimiento emborrascado, por aquellos personajes que interpretaban Wayne, Bogart, Cooper, Hepburn y otros peligrosísimos agentes subversivos contra el sentido común, camellos que te pasaban irrealidad a doscientas pelas en la oscuridad de una sala perfumada por ambientador barato. Menos mal que a la salida del Lisboa o el Extremadura te esperaban los curas y compañeros del colegio, las miserias vecinales y otras lecciones de vida, para que no te despegaras demasiado del suelo.

El otro día se murió Philip Seymour Hoffman, otro de esos extirpadores de raciocinio a los que me refiero. Lo mató la heroína –otro nombre subversivo, como lo de llamar estrellas a esos delincuentes de celuloide (bueno, ya no sé en qué material se fabricará esa droga que llaman séptimo arte). Yo pensaba que eso de morirse con la aguja puesta era ya cosa de los infames años ochenta, cuando en mi barrio madrileño de extrarradio esta droga arrasó a toda una generación de chavales que crecieron de niños a yonquis y luego a cadáveres. Así, casi sin transición. Pero ya ven que no.

El caso es que el pobre Seymour –si alguien escribe o dice eso de “el pobre” antes de tu nombre es que estás bien jodido- ya no nos pasará más el chute de sus interpretaciones. Un estilizador del dolor menos al que temer, menos mal. Creo recordar que fue Fernando Trueba el que definió una vez la vida como “una película mal montada”. La frase es buena, desde luego, como no podía ser menos proviniendo de otro de esos flautistas virtuosos que nos embaucan al son de sus fotogramas (¿existen todavía los fotogramas?). Pues no, señor Trueba, que sepa que reconocemos su mercancía y sus objetivos, porque son precisamente las películas las que nos han desmontado a muchos el juicio, como muchos siglos antes le ocurrió al pobre Alonso Quijano con aquellas novelas de caballerías que le secaron la sesera.

Pero voy a luchar por rehabilitarme y dejar de ver gigantes donde sólo hay molinos. Prometo ser fuerte, y para empezar me propongo aceptar mañana un nuevo trabajo para que el estoy convocado. Ya me han dicho que el sueldo será bajo, pero que no me aburriré, ni siquiera los fines de semana. Apartaos, Duque Wayne, Bogart, Cooper y Hepburn, que tanto daño me habéis hecho. Al fin y al cabo son sólo molinos, tampoco hay que ponerse así. Y la vida son cuatro días. Que se lo digan a Philip.

He venido a hablar de mi libro

9 Ene

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Hace unos meses disfruté del privilegio de someterme a una entrevista de trabajo -a lo mejor estas cosas también deberían constar en los datos de empleo que tan eufóricamente viene dando el Gobierno en los últimos meses-, y pese a que no obtuve el puesto y me perdí los 450 eurazos que me ofrecían por media jornada (algunos fines de semana incluidos), el encuentro con el señor que me entrevistó me proporcionó una enseñanza muy valiosa: “Escribir, escribe cualquiera”, me dijo. Fue toda una revelación, y la verdad es que incluso lo lamenté por los pobres infelices que me han pagado durante más de veinte años por hacer algo que podría hacer cualquiera, y probablemente mejor que yo.

Claro, ellos querían un periodista más completo (y quizá con menos años, como deduje astutamente cuando se refirió a mi edad en un par de ocasiones, aludiendo a la ventaja que me proporcionaba mi experiencia, frente a las que aportaba una chica a la que, me dijo -“voy a serte muy sincero”-, también iban a entrevistar, y que “era la primera de su promoción”). La chica, al parecer, dominaba un montón de programas de edición y  maquetación, así que entiendo que la seleccionaran a ella, porque, como mi  no empleador me aseguró, “escribir, escribe cualquiera”.

Así que, animado por sus palabras, me puse a darle con entusiasmo a la tecla. Total, no lo haré peor que ese tal Cualquiera, pensé. Y me ha salido esto, una novela corta que he subido a Amazon como libro electrónico. En algo tendré que entretenerme, digo yo.

Como soy un señor ya de cierta edad, y hasta ahora mi lectura y mi escritura se habían perpetrado exclusivamente en papel, contribuyendo así a la deforestación del planeta, he tenido que informarme sobre cómo van estas cosas de los libros electrónicos, y resulta que os lo podéis descargar en cualquier cachivache (móviles, tabletas), incluidos vuestros viejos ordenadores de sobremesa. De todas formas, aquí se explica mejor el proceso (para los que no estéis familiarizados). Sólo hay que abrirse gratuitamente una cuenta en Amazon.es, elegir el soporte en el que queréis recibir el libro, pagar una minucia y recibir casi de inmediato el archivo.

En fin, espero que os guste. Vuestra buena acogida a mi anterior novela me ha animado a continuar juntando letras, así que en este nuevo crimen os podéis considerar cómplices necesarios. Feliz año a todos, perdón por la publicidad y a seguir molestando todo lo que se pueda.

P.D.: Lo mejor del libro es sin duda su portada, obra del gran Alberto Lacasa.

Viejo y Vintage

14 Nov

El otro día, el sábado, visité en Madrid un mercadillo vintage, lo que, para los que aún no lo sepan, es como el Rastro de toda la vida, pero más guay –más cool, perdonen ustedes-. Es decir, un mercado de segunda mano de esas cosas que nadie quería hace pocos años en casa pero que ahora nos vuelven locos. Como los budas de porcelana que antes o después vimos todos los que pasamos de los cuarenta en casa de nuestros padres, tíos o abuelos. Sí, siguen siendo igual de feos, pero hoy nos enternecen, porque nos estamos poniendo viejos y ya nos ablandan las cosas de las que antes nos reíamos y ahora nos hacen más modernos, como Marisol, Joselito o María Teresa Campos.

El caso es que en un momento dado me topé, en un cruce de perfecta visibilidad, con un individuo que una vez en un antiguo empleo que tuve fue poderoso, y que luego, al parecer, siguió siéndolo, pese a ir dejando tras él un rastro de delincuencia corporativa que le ha ido costando distintos puestos, siempre muy bien remunerados, de los que ha ido saltando de uno a otro como en el juego de la oca. Pegando el palo, como diría el gran Rosendo.

Este tipo, de apellido y espíritu diminutivo, evitó responderme a un par de correos SOS que le mandé hace cosa de un año, cuando aún pensaba que quizás podría seguir ejerciendo en algún lugar mi viejo oficio de periodista, válgame dios. Sabía por contactos comunes que andaba formando un nuevo equipo para su próximo asalto. Estos mismos amigos me comentaron que le hablaron de mí y de mi situación, pero no obtuvieron respuesta. No me molestó que no me escogiera, faltaría más, pero sí me pareció feo que ni tan siquiera contestara a mis mensajes. Yo soy así de antiguo y rencoroso. Pero ahora casi me inclino a creer no los vio, el pobrecillo, porque después de haber compartido con él docenas de reuniones estoy convencido de que le hubiera encantado decirme personalmente que mi candidatura y mi necesidad no le importaban una mierda. Me hubiera quedado más tranquilo.

La cuestión es que me lo volví a cruzar cinco minutos después, cuando salía de mear (era allí donde se dirigía, sí, y yo estaba esperando afuera a alguien que tardó más en salir).Miré hacia otro lado, lo reconozco, y él pasó junto a mí sin reaccionar. Vaya. Me hubiera gustado decirle algo. Me sentí mal durante un rato, pero luego pensé que era mejor así. Mejor para él, digo, porque gracias a ese disimulo no había tenido que saludarme ni explicarme nada. Porque, ya imagino, ser un hijo de puta de lunes a viernes ya tiene que ser bastante fatigoso como para tener que seguir ejerciendo el oficio también los sábados, en un mercadillo vintage donde, curiosamente, lo último que quieres encontrarte es a los viejos compañeros que se han quedado fuera de mercado. Mi esperanza es que igual, dentro de unos años, yo también me convertiré, si no lo soy ya, en un sujeto vintage, e igual ese día me mira interesado, sopesando mi precio de antigüedad modernita. El mercado, ese único dios verdadero, que diría Sabina, otra antigüedad del martes pasado, por cierto.

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