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Identidades secretas (IV): La relatora implacable

10 Abr

 

Matías Prats

Desde hace varios meses comparto despacho de trabajo con ella. Durante esas ocho horas diarias, el mayor despliegue conjunto de las principales agencias o instituciones mundiales de seguridad, espionaje, observación científica, redes de información del Sálvame y el periscope de Piqué sería poco más que una aventura de Mortadelo y Filemón en relación a la capacidad que ella tiene de observar, analizar, procesar, convertir en nutriente y, finalmente, relatar cualquier señal vital, por minúscula que sea, que se produzca en los menos de cien metros cuadrados de la oficina.

Es precisamente la última fase de su ciclo fagocitador la que resulta más extraordinaria: su osadía para contárselo a sus propias víctimas. Ella es una guerrera, una boina verde. Como Rambo, en Acorralado, todo le sirve, con cualquier pequeña brizna de hierba puede construirse un arco y unas flechas envenenadas: una descuidada conversación telefónica mía le puede reportar una información de la que se alimentará un mes; una mirada o un silencio entre dos de las compañeras que sobreviven en el cuarto contiguo se convierten en una información de mayor valor que la fecha del desembarco de Normandía; un correo electrónico interceptado, en el código para descifrar la Piedra Rosetta.

Su presión es asfixiante. Su mesa está frente a la mía, y para vernos tenemos que mirarnos por encima de las pantallas de los ordenadores, o por los lados de éstas. Parecemos dos avestruces. O dos gilipollas. Afortunadamente, nuestras funciones laborales tienen poco que ver. Esto es lo que me mantiene con vida por el momento. Es difícil, pero trato de sobrevivir día a día, como diría el pobre Rambo (el de verdad).

rambo

Si toso súbitamentede, ella lo narra al instante: “Ay, se te ha ido la saliva por otro sitio”, y me lanza un caramelo. Si pongo en el Youtube una canción que conoce, la identifica sin piedad una décima de segundo después del primer acorde: “Ah, otra vez esa canción de Bruce que ya pusiste el viernes…”. Si me levanto a por un vaso de agua, ahí está para dar pública cuenta de ello: “¡Otro vasito, ya llevas tres esta mañana!”. Si bostezo, si me giro para mirar por la ventana o si suena mi móvil dos veces y aún no he contestado… Ella hace constatación de todo, siempre con una conclusión sobre las causas y efectos de mi comportamiento, que incluso a mí se me habían escapado.

Es como si uno llevara unos cascos por los que se escuchase la narración radiofónica de sus propios gestos. Imagínense a Matías Prats padre relatándole a uno mismo su actividad con ese énfasis febril que caracterizaba al mítico narrador deportivo y taurino. Eso es exactamente mi jornada laboral, una vida pregonada ante notario, un Show de Truman en el que me reflejo, un juego de espejos en el que siempre me veo corriendo por la ruedita, como los pequeños hamsters en su jaula toda la puta noche.

Luego está su asombrosa capacidad para el aprovechamiento máximo de cualquier circunstancia. Su conocimiento del medio. Un día se me ocurrió sugerir a la compañera que se ocupa del dinero destinado al día a día de la oficina la posibilidad de comprar un billete combinado de diez viajes de metro y autobús para nuestros desplazamientos de trabajo. Lo usé una o dos veces. La siguiente ocasión en que tuve que recurrir a él, meses más tarde, Rambo ya lo había agotado. Por supuesto, no lo había reemplazado.

A veces también tiene destellos de maldad gratuita. Por ejemplo, cuando un día en que estábamos solos en la oficina me enseñó la nómina de la periodista que me había precedido, y que casi duplicaba la mía. O cuando me hizo saber que ella ganaba más dinero que yo. Poco, pero más. Como yo ya sospechaba, y pude comprobar recientemente por un descuido suyo, su nómina es exactamente 8,47 euros superior a la mía.

También tiene sutiles mañas para controlar el más leve incumplimiento de mi horario. El de ella concluye media hora después que el mío. Hacemos la misma jornada, pero ella se va a comer a casa, y de ahí la diferencia. El caso es que sé que eso la irrita. Por eso los días en que comienzo mi proceso de cerrar el equipo y ponerme la chupa dos o tres minutos antes de mi hora, ella invariablemente comenta, haciéndose la distraída: “¿Ah, es que ya son las cinco?”

Pero, como esta vida es una jungla, la relatora también tiene sus enemigos naturales: las chicas de la otra sala, de la que se autoexilió el pasado verano (por eso ahora yo le presto indeseado asilo político). El caso es que hace varias semanas por fin consiguió que el responsable de prevención de riesgos laborales de la asociación diese el visto bueno para comprarle una silla nueva (algo que venía reclamando desde hacia dos años, dado que la suya -y la mía- no molaban tanto como las de las otras compañeras, que parecen sillones de director de banco, todo hay que decirlo). Se las prometía muy felices, e incluso ya se probó una silla a su gusto en una tienda que conoce.

El problema es que cuando el ejército de la sala contigua conoció este movimiento, también exigió sillas nuevas, ergonómicas, homologadas y toda la pesca. Así que ya no son sólo dos las sillas nuevas a comprar, sino seis, y además ahora todas quieren probárselas y decidír cuáles son las más idóneas. Todo ello ha paralizado la operación, que de un ataque relámpago, un blitzkrieg como el de los nazis para invadir Polonia, se ha convertido en un frente estable con dos trincheras en las que apenas se mueve nada, para desesperación de mi compañera de despacho.

Así que ya lo ven, ni siquiera de eso me ha servido la vida con Matías Prats padre (o hijo). Sigo con mi mierda de silla y mi ciática. Soy un dañado colateralmente. Eso sí, antes de toser sé que ya habrá un caramelo de menta volando hacia mí por encima de la pantalla de mi ordenador, acompañado por su correspondiente narración de los hechos. Permíteme… que insista.

 

 

De mariposas a gusanos

24 Jul

Vaya por delante una de Perogrullo: lo peor de quedarse sin trabajo es que con ello pierdes la pasta con la que pagabas tus facturas, tu ocio, tu independencia. Faltaría más. Sin embargo, existe otra pérdida mucho menos visible a corto plazo, pero que con el tiempo te horada como un gusano voraz, te despoja de tu identidad y relega tu anterior autoestima al cajón de los sueños que un día se te quedaron demasiado grandes.

Ocurre cuando con el paso de los meses de llamadas sin retorno uno empieza a preguntarse si volverá a trabajar alguna vez, si será capaz de llevar a casa dinero con el que volver a pagar las facturas, el ocio, la independencia y la identidad.  Porque estás ya más cerca del medio siglo que de la crisis de los cuarenta, y comienzas a tener la sensación de que por tu estación ya sólo cruzan vías muertas.

Sin embargo, de repente un buen día sucede lo inesperado. Es el caso de una amiga que llevaba dos años en paro -¿o eran tres?- y que a finales de la pasada primavera atisbó por fin un amago de resurrección laboral. Se trataba de un trabajo a media jornada en el aeropuerto, como auxiliar en tareas de atención al viajero.  Era una mierda de trabajo -como todos los que ahora nos llevan en volandas a la milagrosa recuperación económica que cada día cacarea el ministro Montoro y sus colegas de bancada azul-, pero a estas alturas ya ni siquiera hay que añadir este calificativo al término trabajo: nuevo empleo y mierda son ya conceptos redundantes, como mar salada, sangre roja o político corrupto.

En su vida laboral anterior, mi amiga disfrutaba de un buen ambiente, de un clima civilizado.  Recibía un trato respetuoso de superiores y compañeros, tenía un buen horario y un sueldo decente. Su identidad era la de una trabajadora competente que, como tantos otros, un día tuvo que pagar los platos rotos por la incompetencia de los tipos que se zampan desayunos de mil pavos servidos por camareros con pajarita en la sala de juntas, mientras deciden que hay que echar a la calle a otros cien padres y madres de familia. Para ir tirandillo.

Pero eso era agua pasada. Por eso mi amiga se enfrentó a su nueva oportunidad con la incertidumbre y la ilusión de los que vuelven a debutar tras una larga ausencia. Con vergüenza torera.

Ahora está abatida, muy triste, porque dos meses de malos tratos por parte de sus jefes –“¡búscate la vida!; ¿dónde te metes que ya tenías que estar aquí hace media hora?; ¿pero otra vez tienes que ir a mear?”-, turnos de trabajo infames y un trabajo físicamente fuera de su alcance han podido con ella. O así lo cree, al menos. Ha tirado toalla y se siente derrotada, inútil. Piensa que no ha estado a la altura de esta nueva oportunidad. La España de la recuperación y de los trabajos de explotación vil y descarada ha logrado por fin impactar de lleno en la línea de flotación de su identidad.

Porque de eso se trata, de que no sólo renunciemos a nuestros anteriores derechos laborales, a aquellos salarios decentes que te permitían saltar de mes en mes sin consultar acojonado tu cuenta bancaria desde el día cinco, sino de que también te despojes de tu identidad, de tu autoestima, de tu capacidad de exigir que te traten con respeto. Te hacen sentir como una mierda, porque así ellos te podrán tratar como tal con mucha más facilidad.   

Ahora mi amiga está hecha polvo, dándole vueltas a la cabeza, asimilando la nueva identidad que los esclavistas de toda la vida han diseñado para ella, para mí, para ti, para todos ustedes,  los nuevos pobres. Es el círculo perfecto: el empleo se recupera, dicen, pero los trabajadores somos cada vez más miserables y resignados. Se trata de toda una metamorfosis para devolvernos a nuestro verdadero ser. Como el dios de ellos manda.

Un beso para ella y para todos los que ahora, y desde hace tiempo, nos encontramos inmersos en este proceso de reconvertirnos de mariposas en gusanos (pasando antes por el estado de capullos, claro está). Esperemos que, al menos, en el futuro no nos falte la morera ni unos agujeritos en la tapa de la caja de cartón. Porque hasta los gusanos necesitamos respirar. Digo yo.

PD: Ayer leí que el  Banco de España  pide “incentivar el ahorro ante la previsible caída de la pensión media” en el futuro. Es un gran consejo, sobre todo teniendo en cuenta que hace un año esta misma institución proponía contratar parados por debajo del salario mínimo. Menos mal que entre esas buenas gentes que velan por nuestro futuro no falta el humor. Benditos sean.

¡Remad y vivid!

8 May

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El otro día provoqué el enojo de María Eugenia. Me dijo que me iba a comprar unos tirantes, para que no se me cayeran los pantalones, y le contesté que si en 47 años no había habido nadie capaz de corregir esa inexplicable malformación que me afecta, no creía que ella fuera capaz de lograrlo.

Fui un impertinente, pero es lo que tengo (y así me va). De todas formas, para congraciarme con ella, ayer despejé de papeles la gran mesa de reparto que tenemos en el departamento de servicios generales, para que la pudiese limpiar cómodamente. Ella sonrió condescendiente, casi con orgullo apenas disimulado, como una madre que sabe que su pequeño respondón quiere hacerse perdonar con un ingenuo gesto premeditado de cariño.

La verdad es que, en su afán por guiarme y hacer de mí un ordenanza de provecho, María Eugenia es a veces un poco impositiva, igual que una tasa. Como pasa con Hacienda, también sientes que te vigila. En ambos casos sé que es por mi bien, aunque a veces me duela. Perdóname, María Eugenia.

Mientras tanto, mis carruseles entre los tres edificios de la empresa ya se han hecho familiares para los trabajadores de la casa, y percibo que me van tomando cariño. Por ejemplo, ayer una de las más veteranas secretarias analizó de manera positiva mi reciente incorporación y la de mis compañeros procedentes de la empresa de servicios que ha sustituido con nuestra fuerza y entusiasmo laboral a los antiguos trabajadores del grupo, ERE mediante, “porque al fin y al cabo los que se han ido ya ganaron aquí mucho dinero, y por lo menos con su marcha se da trabajo a unos pobrecil… Estooo, a unas personas que no tenían nada”.

En mi condición de pobrecil… me sentí reconfortado con su cálido consuelo. “¡Y que no falte!”, como me anunció el otro día un señor con el que subimos mi carrito y yo en el ascensor, y a los que se refirió como una unidad indivisible: “¡Lo echarás de menos cuando llegues a casa!”. Mola mucho sentir esa empatía por parte de la gente con la que viajas colgado entre plantas –dicho así, es casi una experiencia lisérgica.

Y es que, al fin y al cabo, como también me anunció otra secretaria la pasada semana comentando unos recientes cambios que se han producido en la cúpula directiva del grupo, “esperemos que funcionen, porque aquí todos vamos en el mismo barco”. Son verdades como puños –por lo que duelen al impactar sobre uno-, que van curtiendo mi maltratado y huidizo corazón de pobrecil… Y yo tan agradecido. ¡Y que no falte!

Es curioso, porque por la noche, mientras exploraba con el mando a distancia de la tele un universo de canales del espacio exterior sin rastro de vida inteligente, me posé de pronto en una emisión ya avanzada de Ben-Hur. Y volví a ver a Charlton Heston pasar de batirse a cuadrigazos con Mesala a remar en galeras encadenado. Poco antes de que su nave se vaya al fondo del Mediterráneo, el almirante Quinto Arrio se dirige a los pobres infelices –perdón, quería decir pobrecils…- de este modo: “Ahora escuchadme, galeotes: a todos vosotros se os condenó. Os mantenemos vivos para servir esta nave. Por lo tanto remad, y vivid”. Menudos cabrones, los romanos. Menos mal que ahora vivimos en tiempos más civilizados.

En Twitter: @ildefonsogr

La tormenta (laboral) perfecta

22 Abr

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Fotograma de ‘Metrópolis’ (1927), dirigida por el alemán Fritz Lang.

 

La explotación laboral alcanza a veces un refinamiento exquisito, incluso sorprendente en una bestia insaciable que sin embargo sabe buscar y encontrar con astucia las fórmulas idóneas para apretar aún más la tuerca al desgraciado que habita en el gueto subterráneo de Metrópolis, aquella película en la que los ricos disfrutaban de la vida en una futurista ciudad de rascacielos mientras que los obreros que producían para ellos sobrevivían confinados bajo tierra.

En el gueto laboral del siglo XXI existe en algunos de los más precarios empleos –esos que llaman servicios auxiliares, que suena a algo muy parecido a lo del auxilio social del franquismo- una cosa que llaman cupo, y que marca el mes laboral de los esclavos. Como la cartilla de racionamiento de los hambrientos. El cupo es el número mínimo de horas que debes trabajar cada mes para ganarte tu mísero sueldo de 700 euros. En mi caso, 166 es el dígito que cifra la condena.

Si al final de cada mes no llegas a ese número algunas empresas te pagan un sueldo aún más exiguo (sueldo exiguo suena más noble y bonito que puta mierda, qué duda cabe). Siempre según convenio, desde luego. Febrero, por ejemplo, es un mes muy cabrón, porque tiene la mala costumbre de contar con hasta tres días menos que sus hermanos mayores. Son cosas que los que habitan en la superficie no saben. Ellos celebran febrero, y la Semana Santa y demás fiestas de guardar porque cobran lo mismo por trabajar menos. En los sótanos del mercado laboral ocurre exactamente lo contrario. Siempre debes algo. En la paradoja del mundo productivo en el que hoy me muevo, el empresario no solo ha conseguido ahorrarse pagar los festivos, sino que en un más difícil todavía ha logrado que sean los trabajadores los que le deban aquellos.

En mi actual empresa –me dicen mis compañeros más veteranos- no te pueden pagar menos si no llegas al cupo, pero sí mandarte a cubrir otros servicios con los que puedas alcanzar esa cima, al menos dentro de los dos meses siguientes a la “deuda”. Por ejemplo, durante un fin de semana. Así, si de lunes a viernes te ganas el pan duro como ordenanza o recepcionista en un complejo de edificios donde trabajan cientos de personas, pero tu cuadrante revela que te faltan ocho horas para llegar a la cumbre, el inspector puede mandarte tranquilamente un sábado o un domingo a currar a cualquier sitio para cubrir otro servicio. Sin que eso le cueste un euro más a Metrópolis.

Otra consecuencia del cupo es que, si el cuadrante está debidamente confeccionado, éste te puede ir arañando sabiamente los minutos de cada jornada para que estés en deuda permanente, de tal manera que si un mes trabajas diez o quince horas más del cupo (porque un compañero se ponga enfermo, tome vacaciones o se presente una sobrecarga de trabajo, por ejemplo), éstas no se reflejen en tu nómina del mes siguiente, puesto que no serían más que tiempo devuelto a tu noble empleador, que tan generosamente te lo cedió antes. Se trata, como ven, de detraerte la justa sangre cada jornada para cobrártela luego a la carta. Un poco como los bancos.

Así, tras mi primer mes de trabajo en mi nuevo puesto me informaron de que mi jornada diaria se reduciría desde el día 1 en un cuarto de hora. Quince minutitos. Qué suerte tengo. Ahora, en lugar de entrar a las dos y media y salir a las diez –en mi turno de tarde-, me incorporo a las tres menos cuarto. Por la mañana salgo a las dos y cuarto, en lugar de las dos y media. Eso sí, seguiré entrando a las siete. Lo malo es que, tacita a tacita, ese cuartillo de hora me supondrá un total de cinco horas mensuales, lo justo para no llegar ningún mes al dichoso cupo. Ahora sí que me siento en deuda con mi empresa. Nunca se agradece lo bastante lo que los empresarios hacen por nosotros. Benditos sean.

@ildefonsogr

Identidades secretas (III): No hay golpe bajo para el duro fajador

14 Abr

boxeo-06

Cuando llego al trabajo, a las siete de la mañana, él ya lleva esperándome un buen rato. Preparado, otra vez, como cada vez, para saltar al ring. De puntillas. Anda ya más cerca de los sesenta que del medio siglo, pero se mantiene en forma. Él no tira la toalla. No puede permitirse lujos. En su cabeza rapada encierra el recuerdo de docenas de combates.

No fue lo bastante bueno como para llegar a ser profesional del boxeo, pero sí le sobró pasión para amar un deporte cuyo precio revela con orgullo mostrándome su nariz deformada. Supongo que por eso, por su aspecto algo fiero, la jefa le trata de usted cuando se lo presento.

Paso cuatro mañanas pegado a él, enseñándole los rudimentos de la rutina laboral que yo apenas he aprendido hace tres o cuatro semanas. Ha estado muchos meses de baja, por la fractura que la moto con la que se ganaba la vida como mensajero le causó en una tibia, al caérsele encima. Un puñetazo más y otra derrota por KO. Pero volvió al ring, no le quedaba otra. Y tras varios servicios sin continuidad en la empresa para la que trabaja desde hace varios años parece que le han encontrado acomodo aquí, en los mismos pasillos que yo recorro cada día, y que desde ahora compartiremos en turnos rotatorios, en semanas de doce asaltos.

“La noche es más dura”, me dice, evocando los quince años en los que se ganó la bolsa como portero de discoteca. Y, al mismo tiempo, recuerda con un brillo en la mirada aquella época en la que su jornada laboral comenzaba con la apertura de los After Hours en Madrid, a las seis de la mañana.

Viejas batallas sin medallas ni cinturones de campeón, de recuerdos oxidados a los que imagino que alguna vez tratará de sacar algo de brillo entre viaje y viaje, del edificio tres al uno, y de vuelta a recepción para volver a cargar el carrito, “la freidora”, como la llamamos por la forma de sus dos bandejas rectangulares, cercadas con rejillas de metal. Putas tuercas que sobresalen de las ruedas y topan con todas las puertas. Tuercas puercas.

Me cuenta que, aunque ya no combate, sigue subiéndose cada poco al cuadrilátero para hacer guantes con algún amigo, también veterano de mil batallas, pero que de cuando en cuando se sube con él al ring algún chaval fogoso y retador. “En cuanto te ven te quieren asustar, como diciendo: ‘se va a enterar, el viejo éste’. Pero la experiencia vale mucho, ¿sabes? Ellos sólo quieren ir a golpearte en la cabeza, pero se olvidan de cubrirse abajo, y es cuando les metes el puño un par de veces en el hígado y así ya saben que deben ir con más cuidado”.

El último día de tutoría se niega a que actúe en su compañía más que como mero observador. “Tú quieto, déjame hacerlo solo a mí. Si ves que me equivoco, me lo dices, pero nada más”. Y así es como le veo trabajar durante esa mañana de sábado, aprendiendo a reconocer sin ayuda los rincones de su nuevo ring, manteniendo alta la guardia. Como debe ser. Y sin miedo al próximo round. Ni dudas, porque no caben en este combate.

Mi compañero es, como se anunciaba antes en los viejos carteles de boxeo, un duro fajador. No es fácil tumbar a gente así, que sabe aguantar en pie cada madrugón y cada nuevo golpe bajo que les proporciona la vida y este mercado laboral cada vez más infame. Nos siguen pegando abajo, que diría Miguel Ríos, otro duro fajador. Pero continuamos resistiendo, obstinados. Aunque a veces casi nos cuenten diez y nos salve la campana, agarrados a las cuerdas. Qué remedio.

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