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Basado (casi) en hechos reales*: 1.Miriam

24 Abr

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Miriam se levanta cada mañana muy temprano, siempre de noche, sea la época del año que sea, porque la cafetería en la que trabaja abre a las siete, y a esa hora ya se funciona a toda marcha. Es una cafetería junto al metro de Cuatro Caminos, en un local no muy ancho, pero sí profundo, que se adentra más de treinta metros hacia la cocina, que está al fondo, mientras que la barra queda a la derecha. Del techo cuelgan docenas de jamones, algo que al principio le llamaba mucho la atención y la divertía.

Miriam pone muchos cafés al día, más de cien, o quizás doscientos, hasta las once u once y media, más o menos. Luego, a partir de las doce, los cafés y las pulguitas dejan paso a las cervezas y las raciones. Pero ahora es todavía la hora de los cafés. Los clientes casi siempre los piden acompañados de barritas tostadas con tomate rallado y aceite, o con churros y porras, o con un pincho de tortilla, como Luisito, el del puesto de la Once que hay enfrente, y que se sabe docenas de chistes de ciegos.

Miriam comparte un piso muy pequeño, de dos habitaciones y un cuarto de baño y ventanas que dan a un patio interior, con una compañera de la cafetería: Dolores, que también es de Colombia, aunque lleva menos tiempo que ella en España, porque Miriam ya cumplirá seis años en Madrid el próximo septiembre. En ese tiempo sólo ha vuelto una vez a Medellín, hace un par de veranos. La niña ya casi estaba hecha una mujer, a pesar de que apenas había cumplido los doce. ¿Cuándo podré ir contigo a Madrid? Tú lo que tienes que hacer es estudiar mucho y hacer caso de todo lo que te diga la tía.

Esta mañana a Miriam le ha costado mucho levantarse. El dolor en el costado no le ha dejado dormir. Con el de los pies ya cuenta, pero este nuevo la tiene mosca. Tendría que ir al médico, pero a ver cómo se lo dice a Félix, el encargado. Que no es que sea malo, pero siempre tiene como una especie de prevención cada vez que una empleada se le acerca.

Se lava con cuidado para no hacer ruido, para no despertar a Dolores, que duerme en el cuartucho sin ventana que hay junto al baño. En realidad, Miriam vive sola, porque apenas ve a Dolores en el cambio de turno. También se siente sola, pero no se lo dice a nadie.

Hace mucho frío para ser abril, y llueve. En el piso no hay calefacción, tan solo una estufa pequeña que casi no calienta. La lluvia no le gusta nada a Miriam, y menos la de Madrid, que lo pone todo como sucio, sobre todo en Cuatro Caminos. Piensa en ello, lamentándose, cuando de repente se le cruza en la cabeza la imagen de la hija. Resta la diferencia horaria y la imagina en la cama, quizá recién acostada, a lo mejor leyendo una de sus cartas. Porque le sigue escribiendo, pese a que ella le recuerde constantemente que es mucho mejor el Skipe y el guasap. Le gusta pensar que sus ojos recorren los rasgos trazados por sus dedos, y no las frías letras del móvil.

A las ocho y media entra José Miguel, el dominicano que trabaja en la sala de apuestas de la esquina. José Miguel siempre está de buen humor. Le pide su café solo con una porra bien fritita y le deja el dinero sobre el mostrador, fragmentado en una docena de pequeñas monedas. ¿Has estado pidiendo en el Metro otra vez?, le pregunta Miriam, y José Miguel se ríe mostrando sus dientes blancos, en contraste con el color de su piel.

Ahora entra un tipo de unos cincuenta años, ceñudo y sin afeitar. Le pide un café con leche y un vaso de agua. No recuerda haberlo visto antes, y a Miriam no le gustan los rostros desconocidos. Le mira de reojo después de servirle, aprovechando que el hombre está absorto con su teléfono.

También llega hasta la barra Alicia, la revisora del aparcamiento regulado, y le pide una infusión y una pulguita de jamón. José Miguel le dice algo a Alicia y ella le replica un “ya quisieras tú” que vuelve a provocar la risa del negro.

Ella también se ríe, y le molesta comprobar el rostro serio e impasible del tipo del vaso de agua, que aún no ha tocado su café. Es una mierda estar aquí todo el día viendo caras de palo como ésta, piensa Miriam.

Una mujer mayor, con el pelo corto y de baja estatura, le pide un cruasán, pero no uno cualquiera, sino uno en concreto que señala desde el otro lado de la vitrina. Pero como la vitrina es alta y la mujer bajita, Miriam no atina con el bollo exacto que reclama la clienta, así que ésta se impaciencia y la llama negra tonta, y le dice que no tendría que haber salido de su país. Ella se pone a llorar. Nunca le había pasado antes, y eso que razones ya había tenido de sobra.

La señora no se disculpa, pese a que Alicia la llama racista y maleducada. Finalmente, paga el cruasán y se marcha entre imprecaciones farfulladas y la mirada censora de José Miguel y Alicia.

Entonces, lo que faltaba, el tipo del café y el vaso de agua le dice que le cobre, con ese tono recio y exigente que se habla en España. Miriam siente que no puede más. El hombre ceñudo deja dos euros sobre el mostrador, la mira fijamente y le dice: “Creo que por la tarde sale el sol, seguro que va a ser un día bonito”. Luego sonríe y se marcha.

* Relato urbano ficticio tomado de la gris realidad de un día lluvioso y frío, en homenaje y agradecimiento a todas las personas que viven y trabajan en España tan lejos de sus lugares.

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El pecado original de nacer varón

25 Dic

 

Las luces y las sombras. Otra frase hecha, ya lo sé, que como tantas otras está en el repertorio de los balances que hacemos cada vez que un año se va terminando. Otra convención, como lo era la Nochebuena con Raphael -¡por los dioses, dónde estuvo anoche el monstruo de Linares!-

Hablando de luces, la que sin duda mejor ha alumbrado 2018 ha sido la reivindicación masiva de un mundo más justo, seguro y equitativo para las mujeres. No me voy a extender más sobre ello por lo obvio que resultaría, y yo ya soy obvio por mí mismo sin necesidad de potenciadores.

Sí quiero, en cambio, hacer una modesta reflexión sobre la sombra que precisamente la luz anterior ha proyectado sobre este año, y que ha dado lugar a una nueva forma de expresión discriminatoria entre homínidos, como si no tuviéramos bastante con las que ya llevábamos milenios alimentando.

Es verdad que en odios ya tradicionalmente cultivados hemos progresado bastante últimamente. Por ejemplo, contra los inmigrantes. En esta modalidad se ha avanzado tanto este año que incluso hemos conseguido llevarla hasta las urnas. La institucionalización de este racismo, tan nuestro como especie, la hemos bautizado Vox, que además es latín. Como ven, algo clásico, como Marco Antonio y Cleopatra, a la que anoche nos paseó por nuestro salones Telemadrid.

Precisamente en uno de los peajes publicitarios que íbamos pagando entre la mirada violeta de Elizabeth Taylor y la apostura de Richard Burton contemplé la enésima y más conseguida muestra del recién estrenado producto del odio entre seres humanos: la criminalización de la mitad de la población por razón de su sexo. 

Ciertamente, dirán ustedes que esto no es ninguna novedad, que este desprecio lleva siglos existiendo en relación a las mujeres. No les quitaré la razón. Sin embargo, en este caso la cacería se dirige al otro sexo (también dirán que ahora hablo, o escribo, cuando soy yo el señalado. Tampoco diré nada en mi descargo).

Tras asistir durante los últimos meses a numerosas declaraciones señalando mi maldad intrínseca por el hecho de haber nacido varón, la formulación expresa del pecado original de ir por la vida con el rabo entre las piernas la hizo ayer el canal público madrileño de televisión con su campaña “Ninguna mujer en la sombra”. Otra vez luces y sombra, ya lo ven.

En el anuncio (aquí campaña para su retirada) se muestran varias imágenes convencionales de unos bonitos dibujitos de hombres y mujeres compartiendo felices una cena, un paseo con un niño de la mano, una escena inocente de chico y chica sentados en un banco… El problema es que esas tiernas representaciones se desenmascaran en sus sombras mostrando la supuesta realidad ante la que los promotores de la campaña pretenden alertarnos: ellos son terribles monstruos que amenazan a sus compañeras, que se encogen aterrorizadas por el inminente peligro que las acecha.

Vamos, que los tíos somos unos malasombra. Los de Telemadrid han encendido la luz, le han enseñado a niñas y niños lo que se escondía tras el espejo, y de paso han añadido una página más a nuestro catálogo de polarización de ‘ismos’ que nos facilitan el odio y el desprecio hacia el resto de bípedos implumes que comparten con nosotros esta canica que gira alrededor del sol. Radicales libres. Un nuevo paso firme hacia la estupidez.

Odio a discreción. Para qué vamos a estar bien, pudiendo estar jodidos. Qué pereza todo, qué desilusión, qué pena que se nos haya despedido Rosendo Mercado de los escenarios, siempre loco por incordiar. En esto sí que me declaro culpable.

Feliz 2019.

 

 

 

Los ‘estopers’ y los renglones torcidos de dios

21 Oct

Pederastia Eneko

Me cuenta una amiga que a los empleados que en su empresa se muestran reacios ante la imposición de supuestos cambios en la cultura corporativa los llaman estópers (supongo que ellos no lo escribirán así). Me hace gracia el término, por lo pueril, papanatas y cursi, pero también me asusta, por la carga totalitaria que lleva implícita.

Vivimos en tiempos en los que la terminología es más importante que la realidad. La realidad nos importa bledo, pero lo que no podemos permitir es que las palabras que la definen sean feotas, así como cutres o antiguas. Haz la misma mierda, pero llámalo bonito, y sobre todo que la pasta siga fluyendo hacia los mismos bolsillos de siempre.

Y sé proactivo, y hazte el guay con tus subordinados, que se crean que los escuchas y respetas, pero asegúrate de que el sobre con los billetes lleve tu nombre, y en momentos críticos no olvides recordarles lo afortunados que son, y que a la puerta hay una cola de gente deseando ocupar tu lugar.

Nada importa mientras se mantenga el orden. Demuéstrales quién está arriba, aunque contradigas tu palabra.

Entre los seis y los dieciocho años yo estudié en los salesianos del Paseo de Extremadura, en Madrid. Allí aprendí lo que era predicar una cosa y hacer la contraria. El otro día escuché en la radio que otro de sus colegios en Madrid, el de Estrecho, calificaba a los pobres como personas mediocres. No me sorprendió. Precisamente entre ambos centros, a comienzos o mediados de los años ochenta, se produjo uno de esos trasvases infames para encubrir la pederastia de la que entonces todos los alumnos teníamos conocimiento.

El entrenador de fútbol, también profesor de historia, había intentado abusar de un chaval al que había convocado en su oficina un sábado o domingo por la mañana. La noticia corrió como la pólvora. Se decía incluso, vete a saber, que el padre del chico se había presentado en el centro con una escopeta.

Al curso siguiente aquel cura, que tras el escándalo siguió impartiendo sus clases con normalidad, desapareció. Pero supimos que le habían trasladado al colegio de Estrecho, sin mayores consecuencias. A ese colegio que ahora define a los pobres como gente mediocre, supongo que no como aquel cabrón pederasta que acogieron con cristiana caridad.

Recuerdo más casos inquietantes de mis años escolares, como aquel otro cura profesor que se fue de fin de semana a la montaña con una tienda de campaña con los dos chicos más señalados de la clase por su evidente discapacidad intelectual, en un caso, y por su dudosa sexualidad, en el otro.

Y la inapropiada publicidad que aquel cura hacía del viaje en clase, antes de su ejecución, y la encendida defensa que hizo luego del mismo, lamentando que la clase, un grupo de 45 cabrones sin piedad de trece o catorce años, calificará de ‘maricón’ a aquel pobre chaval, atrapado entre unos condiscípulos deshumanizados y un profesor con extrañas ideas de redención. 

O los compañeros que en el confesionario se atrevían a revelar su afición a la masturbación, que en algunos casos eran interrogados acerca de la duración de sus alivios, y en otros invitados a continuar la conversación en sus cuartos privados.

Ahora, años después de que se hayan conocido las infames cifras de abusos de curas contra menores en Irlanda, Estados Unidos, Alemania o Chile, por citar sólo algunos ejemplos, parece que algo empieza a moverse en España, ese país en el que la Santa Madre Iglesia ha tenido acojonados a sus ‘fieles’ durante décadas, por no decir siglos. No tengo ninguna fe en que se haga tan siquiera una mínima justicia.

Porque los Estopers son ellos. Siempre ellos, y los cómplices que se lo permiten.

(PD.: El dibujo que ilustra esta entrada es del gran Eneko)

 

 

 

 

La segunda vida de ‘Padre Ocejón’

18 Sep

 

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Hacía tanto que no venía por aquí que me ha costado encontrar la llave para entrar. Para mi sorpresa, una vez que he retirado las telarañas y he soplado un poco para quitar el polvo sobre mis viejos artículos, he descubierto que todavía algún despistado se da una vuelta por aquí de vez en cuando, como el cliente nostálgico que aún visita ese bar de carretera al que una nueva autopista dejó hace años sin tráfico en su caja registradora.

Mi visita de hoy es obligada, porque aquí nació buena parte de esta novela que publiqué hace casi cuatro años, y que ya les anuncié en su momento a través de este blog. Ahora, una vez extinguido el contrato con la editorial, por llamarla de alguna manera, me he atrevido a reeditarla con portada renovada y texto y precios revisados (en el segundo caso, muy a la baja; en el primero, confío en que al alza), una tarea que, créanme, puede ser una experiencia llena de sorpresas y altibajos.

Como lo es también publicar y dar a conocer tu trabajo entre tus amistades y más allá.  En todos los casos he aprendido algo. También para eso valen los libros.

Una vez más quiero agradecer el cariño e interés de toda la gente que se ha asomado a Padre Ocejón y ha recorrido sus páginas, igual que los protagonistas de esta humilde historia caminaron por su ladera en pos de sus ideales y de sí mismos. Con esta segunda edición he pretendido hacerme perdonar el abusivo precio anterior que impuso la editorial y prolongar así la vida a unos personajes que me siguen acompañando.

La podéis encontrar y adquirir aquí, tanto en formato papel y como libro electrónico.

 

 

“No dejaré que un teletipo me joda una bonita historia”

2 Dic

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La frase que sirve para titular esta entrada es real. La pronunció un tipo que ocupaba el cargo de redactor jefe de la web de un medio muy leído en el que un día trabajé. Se trataba de una historia sobre un delfín que al parecer se estaba dejando morir de pena tras el fallecimiento de su entrenadora, en algún acuario de no me acuerdo dónde. De fuera de España, en cualquier caso. Al parecer, la noticia en la web lo estaba petando (¿se dice ahora así?).

Sin embargo, en esa ola triunfante andábamos cuando un teletipo aguafiestas escupió la verdadera causa de la supuesta depresión del animal: una enfermedad intestinal severa le estaba matando, según reveló el diagnóstico. No, la situación no era tan lírica como el lector hubiera deseado, pero, como decimos cínicamente en el oficio, no dejes que la realidad te estropee una buena noticia.

Aquel tipo llevó aquello a la práctica, para perplejidad de quienes escuchamos su razonamiento en respuesta a la llegada del inoportuno teletipo. El delfín era un sentimental, con independencia de lo que dijera el examen médico, según decidió aquel sujeto. El amor tiene razones que la razón no entiende. Tampoco el lector, por lo visto. La noticia, por supuesto, no cambió en nuestra web. No podíamos permitir que un teletipo nos jodiera una historia tan bonita.

Recuerdo ahora todo esto porque la segunda de a bordo de aquel tipo va regalando ahora clases públicas de periodismo aupada a su rimbombante puesto en un destacado medio digital, según he visto en una entrevista con la que hoy he tenido la desgracia de toparme.

Hace algo más de diez años de aquello, pero todavía me acuerdo de cuando ella y su equipo desembarcaron en mi periódico. Gente sin ninguna experiencia y con toda la soberbia del mundo, individuos e individuas -la mayoría de ellos muy jóvenes, afrontaban su primer empleo- que jamás se habían currado una mala noticia mirando por encima del hombro a los que llevábamos diez, o veinte, o treinta años en el oficio. Porque ellos tenían blog, y nosotros bloc (de anillas). No sabían levantar un teléfono para contrastar una información, pero sí tenían la osadía de titular una noticia por un comentario que un lector había dejado en el foro de cualquier asunto. Así, con dos cojones. Era el periodismo ciudadano. Así lo llamaban.

Nos despreciaban públicamente. Los del papel, nos decían, los del viejo papel. Nos lo decían, con un insultante aire de suficiencia, aquellos recién llegados (a todo) a los que habíamos puesto ese periódico en pie, dejándonos las pestañas en ello. Éramos asesinos de árboles, como nos llamó un día aquel imbécil del delfín. Y lo peor era la complicidad de los paletos que dirigían el periódico, acompañados por las palmas entusiasmas de los cobardes estómagos agradecidos que siempre están de guardia, los cuadros intermedios que bracean para que nada cambie, no se les vaya a agrietar su chiringuito.

Aquella gente que desconocía y despreciaba las más elementales reglas del oficio jodió mi periódico. Luego volaron, como la plaga de langosta que son, a seguir devorando otros lugares donde otros hubieran plantado la cosecha que ellos se comerían. Así siguen.

Ahora, como entonces, pretenden dar lecciones de periodismo. Ellos, que en su puta vida han pisado la calle para currarse un reportaje o seguir el rastro de una información. Ellos, que viven de parasitar webs ajenas y reproducir sus contenidos, igual que entonces.

Y siguen con su mantra, ese que continúa ¡todavía! acusando a los viejos periodistas del papel, como si quedaran muchos, de reaccionarios contra el progreso de Internet. Ese tótem. Porque buenos y malos profesionales los ha habido y los hay en todos los soportes: con una anotación en una libreta o con un tuit; con lápiz  o con un móvil de última generación; en el viejo papel o en la ya menos nueva Internet.

Pero estos siguen vendiendo su moto, como tristemente compruebo. Pontificando sobre un oficio que nunca han practicado ni conocido, ni querido. Un oficio que ellos han contribuido a enterrar, sin importarle tres cojones. Y hablan de renovación, y de historias, y de formas de consumir, como si hablasen de sus cacharritos tecnológicos de mierda, sin ningún respeto ni conocimiento de causa.  Los catedráticos del corta y pega. Como si esto fuera un conflicto entre tecnologías, soportes o mentalidades, y no una invasión de caraduras a un oficio que están lejos de conocer y merecer. Su puta madre.

Cosa de números

18 Nov

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Se apagó la luz para Rosa, la abuela que murió en el fuego de su colchón, quemado por una vela. Muerte medieval para Rosa, condenada a morir en la hoguera por pobre.

Se apaga la luz cada día para esos críos que acuden cada día sin desayunar a un instituto de Moratalaz, un barrio de trabajadores de Madrid. Y si no hay para galletas, menos para libros de texto. Me lo contó el otro día su profesora. Hambre infantil en la sociedad de los comilones. Como Joaquín Legina, el cebado exsocialista que pone en duda que estas cosas sean verdad.

Y se apaga, como su mirada, para la señora de la limpieza de mi oficina, que otro año se ha quedado sin vacaciones, a pesar de que el cansancio y el dolor le llegan hasta la última taza sin fregar que ha dejado ayer alguien en la pila, sin acordarse de ella. Que para eso cobra sus 700 euros al mes. Qué barato sale comprar el tiempo de los pobres.

Y ya sólo hay tinieblas para Nory, la chica ecuatoriana en coma vegetativo desde que fue arrollada por un coche cuando cruzaba por un paso de peatones, y a cuyos familiares no les cogía el teléfono la aseguradora del vehículo, confiando en que ésta muriera pronto, y así se ahorraran un pico. Ahora, cuando un periodista ha dado a conocer su caso, supongo que algún chico listo habrá persuadido al mandamás de que la mala publicidad era peor que el previsible (y obligado) pago.

Cosa de números, cuestión de balances, como el de la vela de Rosa, que no supo mantener el equilibrio. Lo demás es populismo.

Un tío con éxito

23 May

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Triunfar una vez en la vida puede ser algo peligroso. Ya lo decía Oscar Wilde: “Un tonto nunca se repone de un éxito”. Afortunadamente, mi día a día está tan plagado de logros que no me da ni tiempo a experimentar ese amenazante efecto revelador de las carencias intelectuales al que aludía el bueno de Oscar.

¿Y dónde constata usted esos éxitos?, ¿cómo los mide?, se preguntarán ustedes con comprensible curiosidad (y quizás con cierta envidia). Pues donde se constatan estas cosas, queridos amigos: en el banco.

Sí, en el banco, el de los dineros, no crean que les quiero confundir con un burdo juego de palabras. Allí es donde cada vez que voy compruebo que soy un hombre de éxito.

Da igual que vaya a diario, o un par de veces a la semana, o dos veces el mismo día. Éxito, siempre éxito. Me lo dicen por escrito, además, para que no me quepa duda.

Puede que a muchos de los que me conocen les resulte extraña esta revelación. Mi propio padre solía repetirme en mis años del BUP que acabaría durmiendo debajo de un puente. Yo mismo llegué a creerlo. La vida, sin embargo, te da a veces estas sorpresas.

Claro está que también debo poner yo algo de mi parte para vivir en esta euforia continua. Hay que saber qué teclas apretar, y en qué momento debe hacerse. Y vigilar siempre tus espaldas. No es difícil, pero hay que tener las cosas claras.

Mi enésimo triunfo ha tenido lugar esta misma mañana, cuando al sacar veinte euros del cajero del Bankia he vuelto a leer mi buena fortuna en la pantallita: “Su operación ha sido realizada con éxito”. Ahí estaba otra vez el mensaje, bien clarito. He recogido los dos billetes de diez con la sonrisa del hombre hecho a sí mismo, he comprado el metrobús en el quiosco de Juanan y he tomado el 120 camino del trabajo, sin dejar de recordar el mensaje de mi banco. ¿Lo ves, papá? Al final tu hijo es un tío de éxito.

Que lo sepa todo el barrio.

 

Tres cosas

20 Abr

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Cantaban el siglo pasado Cristina y Los Stop (¿qué querría decir este nombre?) que en la vida hay tres cosas, a saber: salud, dinero y amor (“y el que tenga las tres cosas, que le dé gracias a dios”, concluían).

No sé si Rajoy o Aguirre habrán bailado esta canción en los guateques de sus años mozos, o si le habrán prestado atención alguna vez a su letra. Es posible. O no, salvo algunas cosas. Pero seguro que estarían de acuerdo con el enunciado de su estribillo. ¿Y quién no?

Por eso estoy convencido de que Mariano y Esperanza entenderán que es una putada que estés ingresado en un hospital público en Madrid, esperando a que te operen de un tumor al día siguiente, y que después de dos días sin comer y ocho horas esperando acojonado a que entren a por ti, se te presente una enfermera y te diga algo abochornada que no va a poder ser, porque se ha prolongado mucho la intervención anterior y que no hay más cera que la que arde.

Sí, como lo leen: después de días de nervios, de movilizar a toda una familia y de que te pongan un sustituto en el trabajo, entre otras cosas, te llega una enfermera y te dice que te tienes que pirar. Ni siquiera te dicen eso de ‘vuelva usted mañana’, tan español, porque está todo programado para el día siguiente, y también para la otra semana. No hay hueco, chaval. Así que te vas para casa, Mariano, Esperanza, cuando ya por fin compruebas que no, que no te están gastando una broma. Te quitan la vía que llevabas puesta desde ayer, rehaces la maletita con la que habías llegado y vuelves a coger el 125 que te lleva para casa. ¿Cómo lo veis?

Esto es cosa de salud, claro, pero también de dinero, Mariano, del mismo que decías que no ibas a tocar cuando llegases a gobernar. ¿Te acuerdas? De esa sanidad madrileña de “máxima calidad” que garantizabas, Esperanza, te acordarás tú también, que nunca mientes.

No os menciono, por irrelevante, que en la habitación no hubiese agua caliente, y que para ducharse antes de la operación hubiese que ir recorriendo con una enfermera varias habitaciones más hasta dar con una en la que poder hacerlo, pidiendo antes, eso sí, permiso a sus ocupantes, que asistían atónitos al fenómeno de que se presentara ante ellos, a las siete de la mañana, un vecino con  la toallita bajo el brazo.

O que para poder ver la tele, en unos aparatos vetustos y en habitaciones compartidas, haya que pagar tres pavos por día (creo que en las cárceles hay tele gratis, y de plasma (¿eso sí que te gusta, eh, Mariano?).

En fin, que sin salud ni dinero nos queda el amor. No el tuyo, Mariano, al que ya no te quieren ni en tu pueblo. Pero sí el que se merecen los profesionales de la sanidad pública, que, pese a todos los sobreesfuerzos que les suponen tus recortes, siguen cada día al pie del cañón, y lo hacen con esa amabilidad, conocimiento y dedicación que riega la tierra. Ellos sí son el pan y la sal, al igual que todos los trabajadores honrados de este país, y los abuelos que sostienen a sus hijos en paro, y las personas que se se dan desinteresadamente a los que padecen, y todos los que en general arriman cada día el hombro para que esto aguante, mientras los tuyos se lo siguen llevando. Sin que a ti te conste.

Así que ya ves, Mariano, para quién es el dinero, para quién la salud y para quiénes el amor. Te lo dice uno que ha sido testigo directo de un episodio que ha tenido como protagonista a alguien muy cercano, y al que tuve que decir en esos duros momentos que fuera fuerte. Como tú con Luis, para que te hagas una idea.

@ildefonsogr

¿Les pasa también a ustedes?

22 Nov

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Caminaba el otro día por la mañana hacia el Metro cuando desde el interior de un coche que circulaba en sentido contrario a mi marcha me saludó su conductor con la mano. Yo le devolví la cortesía, pensando que se trataría de alguien conocido. Aún tenía mi brazo en alto cuando comprobé que el tipo sólo estaba limpiando el vaho de su parabrisas.

A veces me pasan cosas así. Otra vez, por ejemplo, llamé por error a un antiguo jefe mío con el que no acabé muy bien. Tenía su nombre y número anotado en mi caótica agenda junto al de otro individuo que se llamaba de forma muy similar y poco habitual (pongamos por caso Inocente e Inocencio, o Ildefonso e Indalecio). Supongo que a él le parecería extraño que alguien se dirigiera a él por un nombre tan curiosamente cercano al suyo. Quizá pensó que era una broma. Lo noté por su tono de impaciencia enojada, que tan bien conocía. Colgué sin identificarme, confiando en que no hubiera reconocido mi voz.

En otras ocasiones mis equivocaciones se encadenan en un breve lapso de tiempo, relevándose como un engranaje bien engrasado que tuviera como destino dejarme sumido en la estupidez más absoluta.

“Hacía mucho frío, y me estaba meando. Finalmente, llegué a la oficina cuarenta minutos tarde”

Por ejemplo, lo que me pasó un viernes de hace varias semanas. Me había levantado con malestar de estómago, como con ganas de vomitar. Ya vestido me senté en el sofá y decidí que, bajo esas circunstancias, el trayecto en el Metro podría tener nefastas consecuencias tanto para mí como para los otros viajeros. Pensé llamar al trabajo anunciando que no me encontraba bien y que no iría a la oficina, pero finalmente venció una vez más mi vergüenza torera y me puse en marcha. Eso sí, me concedí a cambio desplazarme hasta el trabajo en mi propio coche.

Tardé más de una hora en llegar, tras superar un atasco de proporciones bíblicas. Luego  perdí otros veinte minutos tratando de sacar el ticket del aparcamiento regulado en una máquina infernal que no conocía (gracias, señora Botella). Hacía mucho frío, y me estaba meando. Finalmente, llegué a la oficina cuarenta minutos tarde y habiéndome gastado casi quince euros para que mi coche pudiera quedar aparcado allí hasta las doce.

 

parquímetros

 

En la oficina, una de mis compañeras me advirtió de que, no obstante, aunque bajase luego para comprar un par de horas más de estacionamiento, mi maniobra sería inútil, puesto que no estaba permitido pasar en la misma área más de no sé cuántas horas.

Así que poco antes de las doce me encontré en la misma situación que tres horas antes: conduciendo mi coche buscando un hueco para dejarlo en otra zona cercana a mi trabajo. Recordé que otra compañera me había dicho hacía tiempo que, un poco más allá, había un barrio en el que se podía aparcar sin estar cercado por rayitas azules y verdes. Busqué esa Arcadia, pero me perdí, y acabé dando vueltas por la Ciudad Universitaria, a un par de kilómetros de mi puesto de trabajo.

Y ahí me tienen ustedes. En mi coche a las doce y media de la mañana (ese día mi jornada concluía a las tres de la tarde, por ser viernes), habiendo trabajado apenas una hora y media e imaginándo qué pensarían en la oficina de un tipo que había llegado con cuarenta minutos de retraso y que poco después había vuelto a desaparecer para reaparcar su coche, hacía ya otra hora.

Tras lograr reorientarme, encontré hueco en batería en una calle razonablemente cercana a mi oficina. Me aproximé a otra máquina del Averno para sacar el ticket, pero un muchacho negro me paró y me explicó que él se ocuparía. Me preguntó que hasta qué hora pensaba dejar el coche, calculó lo que eso costaba y me ofreció un precio más rebajado. A cambio, él estaría atento para poner en los limpiapararisas tickets por menos tiempo cuando pasara por allí la controladora. Dudé mucho, claro, pero al final me persuadió con un mensaje irrebatible: “Necesito comer”.

“Mi desplazamiento, entre tickets de estacionamiento y puritos con olor a vainilla, me había costado casi veinte euros y el descojone de mis compañeras”.

Eran cuatro euros, me dijo, dos menos de lo que por el cauce oficial habría tenido que abonar. El problema era que sólo tenía un billete de cincuenta. “Pide cambio en el estanco, la chica me conoce. También a ella le vigilo el coche”, me dijo. Entré en el estanco, pero me dio vergüenza pedirle sin más a la mujer que me cambiara el billete, así que le compré una caja de puritos con aroma a vainilla. Tengo que aclarar que yo no fumo, pero me aturullé y no acerté a pedir otra cosa en un estanco que no fuera tabaco. También me pasan estas cosas a veces.

Cuando apagué el ordenador, hice balance de la mañana: apenas había estado presente en mi oficina unas tres horas, con un rendimiento cercano a la nada. Mi desplazamiento, entre tickets de estacionamiento y puritos con olor a vainilla, me había costado más de veinte euros y el descojone de mis compañeras. Eso sí, mi malestar de estómago había desaparecido. Gracias a eso pude soportar con entereza el atasco de hora y media que me encontré hasta llegar de vuelta a mi casa. Por fortuna, pude comer en el coche la media barra de pan que había sobrado del desayuno.

¿Estas cosas les pasan también a ustedes? ¿Debo preocuparme? Y, por favor, no limpien con la mano el vaho de sus parabrisas cuando yo camine por la acera. Necesito recuperar mi autoestima.

 

 

 

 

El país de las neveras vacías

22 Feb

nevera vacía

Las neveras vacías sólo pueden enfriar ya el orgullo y la autoestima del que otra vez llama a sus puertas con la vana esperanza de no haber mirado bien por la mañana, antes de salir para eso que ahora llaman trabajo, si se tiene; de que detrás del bote de mayonesa casi vacío se esconda la última cena.

Se lo reconoció el otro día a mi amiga su nueva compañera de infortunios laborales: que hoy repetía ensalada de pasta, aunque hubiera preferido comer algo caliente. Pero en el frigorífico no quedaba nada más, ni en el frigorífico ni en los bolsillos, a esas alturas de mes.

Ambas son afortunadas, porque tienen trabajo, un empleo que les reporta 640 euros brutos al mes. Mi amiga es una profesional del diseño gráfico y la maquetación con décadas de experiencia, talento y conocimiento que el lunes pasado, después de dos años sin trabajo, se incorporó a su nuevo puesto, a dos horas y media de transportes públicos de Ciempozuelos, una ciudad madrileña que ni siquiera coge cerca de sí misma.

Allí, en una gasolinera plantada en un polígono industrial medio desmantelado, debe tratar de colocar a los escasos clientes que por allí se dejan caer una de esas tarjetas visa que te permiten pagos aplazados, acumulación de puntos y no sé qué otras mierdas más.

Le dicen que no puede ofrecérselas a señoras de la limpieza, porque ellas cobran casi todo en negro, ni a rumanos ni a búlgaros; que desconfíe de los clientes que se le acerquen antes de que ella los aborde; y que esté al loro, porque en cualquier momento se le puede presentar el Señor Mistery, un inspector de su empresa haciéndose pasar por un potencial cliente que calibre su actitud ante el reto profesional que tiene por delante. El Señor Mistery, hasta en la supuesta ironía son cochambrosos.

Antes, un ganapán impostado de supervisor, un zopenco presuntuoso, le ha presentado esta estafa laboral a mi amiga como una gran oportunidad, atribuyendo la vertiginosa rotación de esclavas que anteriormente ocuparon su puesto a que en España “la gente no tiene ganas de trabajar”. Ella ha acertado a responderle con la velocidad de una comedia de situación estadounidense: “De lo que no hay ganas es de pagar”. Siempre queda molestar.

Al final de los cinco días laborables de su semana de estreno -“una de las ventajas de este trabajo es que no se hacen fines de semana –le dice el zopenco-, a menos que veamos que lo necesites porque estás floja”-, mi amiga hace balance: le han gritado groseramente dos veces, una de ellas porque la sorprendieron tomándose un café en el bar de enfrente, “abandonando su puesto”; ha dedicado más de cuatro horas de su día a combinar trenes y autobuses para llegar al fin del mundo y volver de él; ha pasado seis horas diarias de pie en la tienda de la gasolinera y ha logrado colocar tres tarjetas (le dicen que para cobrar comisiones debe vender a partir de dos diarias, con lo que me cuenta que muchos nuevos empleados recurren durante las primeras semanas a sus familiares y amigos para cubrir al menos ese cupo y conservar sus empleos). Su recompensa, en el país de la recuperación, será cobrar a fin de mes una miseria que no alcance ni los 600 euros.

En el país de los trabajos de las neveras vacías, el zopenco ha reñido a otra de sus compañeras por no calzar de forma adecuada. El problema, me explica mi amiga, es que la chica no tiene zapatos como los que la exigen, ni dinero para comprarlos. “¿Qué número calzas? ¿Te apañas con un cuarenta?”

Menudencias en el País de la Recuperación, el país rico donde uno de cada tres niños es pobre, el país opulento sobre el que Cáritas acaba de advertir acerca de la amenaza de que la pobreza y la desigualdad entre sus habitantes se convierta en “estructural”. El país de las neveras vacías y los pies descalzos que siguen caminando hacia los nuevos empleos de las viejas cadenas.

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