Adiós, Maureen

24 Oct

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El tiempo, ese concepto inventado por nosotros, nos aplasta con piedad.

Hoy he encendido el ordenador y he sabido que te has marchado, Maureen. Tenías 95 años, es verdad. Pero se me ha muerto mi tía Maureen, mi hermana Maureen, mi novia Maureen, y a mí las matemáticas nunca me han gustado. Sólo sé que ya no estás. Porque, ¿qué es la aritmética en el amor eterno?

Si no amas el cine (o la vida, que viene a ser lo mismo), hoy será un día cualquiera para ti. Lo entiendo, ella era ya desde hace décadas un nombre olvidado, unas letras en los libros de historia del cine, un fantasma de celuloide que ya pensabas desaparecido, en el caso de que quizás hubieras oído hablar de ella. O en el supuesto de que tal vez hubieras visto alguna de sus películas.

Hace ya quince años, en un viaje por Irlanda, me alojé en un hermoso bed and breakfast en el mismo pueblo donde se rodó The Quiet Man, mi película favorita, donde ella brilló como nunca con su amigo John Wayne, el Duque.

La propietaria del alojamiento, una madre irlandesa, pelirroja como Maureen, nos contó que un día alguien la llamó para reservar una habitación a nombre de Miss O’Hara. La familia, incrédula, esperó durante horas su llegada, asomada al ventanal del porche, por si de verdad se producía el milagro. Finalmente, ella descendió de un coche, oculta tras unas gafas de sol, con su melena de fuego recogida bajo un pañuelo.

El hombre tranquilo

Esa noche vio con ellos The Quiet Man en el mismo salón donde aquel día estuve yo, en ese acogedor alojamiento situado a las afueras del pequeño pueblo del oeste irlandés donde, casi siete décadas después, todavía se puede respirar la impronta que dejó en sus calles el rodaje de ese monumento del séptimo arte.

Me dijeron que allí la olvidada estrella del viejo Hollywood se emocionó evocando conmovida el rodaje de las escenas que contemplaba con aquellos desconocidos que la alojaban, medio siglo después después de sus día de gloria. Luego supe que Maureen todavía por entonces iba de vez en cuando por allí,  y que compartía con frecuencia sus recuerdos de aquellas semanas del verano del 51 en las que Sean Thornton y Mary Kate Danaher vivieron el más tormentoso y ardiente amor que jamás filmara la cámara de John Ford.

Hoy, Maureen, te has ido, en este sábado de otoño. Tú eras la última. Espero que ya estés con Duke, con Jack Ford, con Victor, con Barry y el resto de la pandilla, tomándote la penúltima pinta de Guinness en el Cohan’s a la salud de todos los desgraciados que todavía penamos por aquí, y a los que nos queda el consuelo de volver a verte en ‘El hombre tranquilo’, como yo haré esta tarde.

Que nadie se entere, Maureen, pero en el día de tu partida te juro otra vez amor eterno. De eso iba el cine, ¿no?

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Recordatorios olvidados

14 Oct

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Últimamente prefiero abrir libros a periódicos. No lo digo por una cuestión pretenciosamente cultureta, qué va. Es más bien por pura salud emocional, incluso por prevención.

Por ejemplo, el otro día, mientras caminaba por la mañana camino del Metro, rescaté de un contenedor de obra una novela de Vargas Llosa que aún no había leído: La tía Julia y el escribidor. La mejor sorpresa, sin embargo, no procedía de la pluma del escritor. Entre sus páginas se escondía un sencillo recordatorio de Primera Comunión. Era de una niña que se enfrentó a esa temprana ceremonia socioreligiosa en un pueblo de Teruel, apenas unos años después que yo en mi colegio salesiano en Madrid.

Me conmovió la coincidencia generacional y estética de ese sencillo recordatorio, impreso en el mismo papel suave y traslúcido que yo recordaba de los de mi hermana, con esos dibujillos de niños ángeles con rasgos pícaros y coloretes en las mejillas, tan característicos de los años setenta. Aquel recordatorio de esa niña que hoy será, con mejor suerte que mi hermana, una mujer de aproximadamente mi edad, me arrastró cuarenta años atrás -qué barbaridad- de un modo violento e inesperado y me provocó una intensa emoción agridulce.

Ayer, sin embargo, al entrar en un medio on line me topé con una imagen que, pese a que también me obligó a pensar hacia atrás, me produjo en este caso un profundo desasosiego. Allí estaba, en una recepción con los Reyes, una jefa que tuve hace quince años. Una señora empresaria que, según me dijeron, cazaba jabalíes a caballo con lanza, invitaba los sábados a cenar en su finca a ministros y podía vender en caso de falta de liquidez grabados de Goya como usted puede llevar al cash converter su enciclopedia de las maravillas del mundo.

Cuando la vi con su sempiterna sonrisa impostada me acordé de cuando pretendió sacarme a bailar en la cena de Navidad de la empresa, después de que me hubieran comunicado por la mañana que no renovaría mi contrato. Por la tarde había tenido el detalle de preguntarme, delante de todos mis compañeros, con esa misma sonrisa, que cómo estaba. Supongo que para alguien que cena en casa con ministros y acude a recepciones reales la aflicción de un empleado al que acabas de dejar sin sustento es como la penita de los nenes que lloran en el parque porque se les ha llenado de arena la piruleta. ¡Mala, mala la arena cochina!

Igual que les ocurre a los tiernos infantes con los adultos, nos falta empatía con esta gente que acude a los besamanos de Felipe y Letizia. Por eso no los entendemos y a veces nos enfurruñamos con sus cosas y no nos parecen sinceras sus sonrisas. Por eso me resistí a bailar con ella en aquella cena. Por puro berrinche.

Por eso, porque no los comprendemos, sigo prefiriendo entrar en librerías de viejo y encontrarme al abrir un volumen una vieja foto en blanco y negro; o un cupón de lotería de hace veinte años; o una anotación con exclamaciones; una fecha, o una dedicatoria con letra dibujada a un hermano o a una amante. Porque ahí, en esos libros viejos, estamos todos nosotros, transmitiéndonos unos a otros,  a través de ellos, como mensajes en una botella, nuestras efímeras victorias y también nuestras derrotas crónicas. Nuestros sueños y nuestros fracasos.

Los de ellos, no. Los de ellos están todos en las páginas de las revistas, en los sumarios de los telediarios, ahora en los clicks de los medios digitales. En el Ibex 35 y en los actos oficiales de los doces de octubre. En las cacerías, donde siempre han estado los de siempre, pegando tiros y repartiéndose luego el botín. Los que siguen asistiendo a los besamanos de los Borbón, aunque cambie el muñeco. Los que celebran el año nuevo en las noches electorales de balcón y banderas.

Definitivamente, puestos a elegir entre olores viejos, me quedo con el de los libros y los recordatorios de Primera Comunión olvidados entre sus páginas, como el de aquella niña desconocida de un pueblo de Teruel, de hace tantos años, encajado entre los renglones escritos por un Premio Nobel. Rescatado de los escombros.

Con un canto en los dientes

30 Sep

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El otro día iba yo en autobús por Madrid. Serían las nueve y media de la mañana, minuto arriba o abajo. En la parte delantera, sentada cerca del conductor, viajaba una mujer, de unos treinta y tantos o cuarenta, que mantenía con éste una rutinaria charla sobre el día a día de ambos. Conversación castiza y manoseada y expresión fatigada desde las primeras horas de la jornada.

Ella explicaba que se dirigía a su trabajo, en una tienda de ropa, de 10.00 a 20.00. Diez horitas, del tirón. Con treinta minutos, o menos, para echarse algo al estómago, supongo. También los sábados, añadía. “Al menos no madrugas”, le dijo el conductor, tratando de buscarle algo positivo al asunto. “Bueno, tampoco -le contestó la viajera-, porque tengo que levantar a mis dos hijos, prepararles el desayuno, llevarlos al colegio… La verdad es que desde las siete estoy en danza, y luego no llego a casa hasta pasadas las nueve. Pero, mira, tal y como están las cosas me doy con un canto en los dientes”.

Mientras la escuchaba -y calculaba la miseria de sueldo (¿700? ¿800? Tal vez, con suerte, ¿900?) que la mujer percibiría por dejarse la vida recogiendo prendas desechadas del probador y llegar a su casa de noche, hecha unos zorros- pensé en toda la tropa heróica que, como ella, brega con la vida en pulsos diarios, sin tregua ni esperanza de alcanzarla. Esos “working class hero” a los que cantaba Lennon hace 45 años (tantos, ya):

“Tan pronto como naces te hacen sentir pequeño, sin darte ningún tiempo en vez de dartelo todo. Hasta que el dolor es tan grande que ya no sientes nada. Un héroe de la clase obrera es algo que tienes que ser”.

Eso, decía, es lo que cantaba Lennon. Lo mismo que hoy, casi medio siglo después, se le puede seguir rezando a esa mujer del autobús y a los millones de personas que, como ella, sólo pueden otear el horizonte donde aguarda un domingo que  servirá para poner algo de orden en la casa y, con suerte, echarse la siesta de la semana, si los niños te dejan.

Con un canto en los dientes.

P.D.: Anoche me acordé de esa mujer escuchando a la señora Ministra de Empleo, doña Fátima Báñez, hablando del empleo de calidad que estaba creando su Gobierno. También me acordé del canto, y de los dientes.

Vacaciones por molestar

31 Ago

Turismo

En un país donde aproximadamente cinco millones de personas no tienen trabajo, y donde muchas de las que lo tienen también carecen (casi) de sueldo y de un amplio catálogo de derechos laborales de los que hasta hace poco se consideraban básicos, hablar en público de vacaciones exige antes aclarar que no existe ánimo alguno de ofender.

Precisado este punto, el caso es que recientemente tuve el privilegio de contar con un par de semanas seguidas de asueto. Fijadas y acordadas con mi jefe al menos con dos meses de antelación. El día anterior a mi libertad provisional, éste se lamentó sinceramente de que mi permiso llegara en un pésimo momento para la actividad del departamento. Qué mala suerte. Meses y meses de ardua labor y justo decido tomarme el descanso en la quincena que más podía menoscabar los intereses de la casa. El trabajador y su proverbial egoísmo, pensé para mis adentros, pero sin atreverme a manifestarlo en público.

Como le expliqué que ya tenía pagado el apartamento en la playa, mi jefe me sugirió que, de todas formas, podría dedicarle todos los días un ratito a echar un vistazo a mi correo electrónico, actualizar algunas cositas en la web, etcétera. En este punto se mostró muy comprensivo, desde luego, y mucho más flexible que cuando me recuerda todas las horas que figuran cada semana en mi contrato y que debo cumplir escrupulosamente. Para eso está firmado, me alecciona con toda razón. Por eso sentí un hondo pesar cuando le dije que iba a veranear en el siglo XX, en mi pueblo serrano, y que allí no tenía más guasa(p) que la de los viejos chistes de mi amigo Juanillo.

El caso es que me fui con mala conciencia. Porque, hoy en día, tener vacaciones es una indelicadeza imperdonable, una total carencia de compromiso con nuestras empresas, creo yo, con lo mal que lo han pasado y lo siguen pasando. Y no digamos ya si estas vacaciones implican la desconexión del currela con la fuente de calor de su plato de lentejas; si aquéllas se prolongan durante más de una semana; o si, en el colmo de la provocación, alcanzan hasta unos indeseables 21 días (de los periodos de un mes, como en la época de los Alcántara, ya ni hablo, por puro pudor). Provocación, desinterés y, por qué no decirlo, mala leche (por nuestra parte, claro está).

Lo curioso de este asunto es que el mío no es un caso excepcional de mala suerte, ya que he podido comprobar, hablando con otros privilegiados como yo, que sus pequeñas vacaciones también han venido a coincidir con los periodos que más podían hundirle la vida a sus jefes. Ni hecho aposta, vamos. Así que de este modo andamos unos cuantos, preocupados y casi arrepentidos de haber dejado nuestros negociados en la estacada a cambio de un par de semanas de pueblo o playa.

Pero también un poquillo orgullosos, en el fondo, por qué no decirlo, de saber que nuestra breve ausencia tanto perjudica al devenir de nuestras empresas, para las que sin duda resulta mucho menos traumático echarnos a la puta calle, ERE mediante, que sufrir nuestra ausencia durante tres o cuatro semanas al año. Debe de ser por eso de que es mejor una vez rojo que ciento amarillo. Digo.

Y eso que todavía me acuerdo de aquellas vacaciones de la existencia de antes del móvil, la crisis, la prima de riesgo y el FMI. Esos periodos en los que la vida laboral quedaba en suspenso hasta la fecha acordada, en los que el trabajador sólo tenía que preocuparse de gestionar su metro cuadrado en la playa o sus relaciones con el cuñado o la suegra. Y a nadie le parecía raro, ni antisistema, ni siquiera una desconsideración hacia nuestros empleadores, que ahora nos suspiran con el lamento contenido en la mirada cuando les recordamos que el lunes comienzan nuestros permisos (como todavía dicen nuestros mayores). “¿Pero otra vez? ¿Aún le quedan? ¡Joder, cómo genera la peñita vacaciones!”, le soporté gruñir una vez a un chusco capataz de redacción cuando le comuniqué que una redactora de mi sección osaba tomarse la semana siguiente. La misma redactora que llevaba un mes sin librar. Claro, que de eso el capataz ya no debía de acordarse, el pobre.

Decía que entonces -antes incluso de los años de la vida por encima de nuestras posibilidades- no disfrutábamos de la recuperación económica que tenemos ahora, ni de la marca España, ni de las conexiones wifi ni el cuatrojé. Entonces, en realidad, éramos unos insensatos y unas bestias embrutecidas a golpe de acumular días seguidos de ocio, lanzar miradas a las extranjeras en tetas de la playa y disputar partidas de parchís.

Por eso hoy, todavía contrito por el hueco que mi ausencia dejó en mi departamento durante esas dos semanas, cuando miro mi calendario y compruebo con angustia que aún me queda este año otra semana de vacaciones, no sé dónde meterme. Bien sabe el mercado que soy un trabajador leal, comprometido y, sobre todo, baratito, y que está lejos de mi intención hacer daño o poner tristes a mis jefes. Pero hay algo maligno en mí -ellos lo saben- que a la mínima ocasión me forzará, inevitablemente, a volver a fijar esa semana en el peor momento posible para mi actividad.

Como en la fábula del escorpión y la rana, es mi naturaleza.

La preadolescencia es una guasa(p)

23 Jun

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El quinto centenario del descubrimiento de América o los cuatrocientos años del Quijote fueron pequeños acontecimientos que casi pasaron inadvertidos en comparación con los fastos de la graduación en Primaria de Lucía. El denso programa de celebraciones, a cual más emotiva (y en muchas ocasiones costosas), nos ha dejado exhaustos. Pero todo se nos hace poco a los padres del mundo del guasap, que nos hemos convertido en bulímicos del agasajo a nuestros vástagos. Que se lo merecen todo, dicho sea de paso.

Vaya, que entre festivales varios (el del baile de la extraescolar y el de fin de curso dejan chico al de Eurovisión -ya sólo falta Íñigo para comentarlos); fiestas con karaoke y discoteca; viajes de fin de curso; orlas; y quedadas varias, los preadolescentes de hoy deben de sentirse como los astronautas del Apolo 11 cuando volvieron a casa y comenzaron su gira en loor de multitudes ante esa humanidad para la que habían dado tan gran paso allá arriba.

Y es que la vida infantil en estos primeros años del tercer milenio es un acontecimiento continuo, como una película de Gene Kelly en la que todos se ponen a bailar y a cantar exultantes cada cinco minutos para celebrarse a sí mismos. Ellos se lo merecen todo (¿no se lo había dicho ya?). Pues eso.

No, no voy a incurrir en la fea tentación de comparar mi generación con ésta. Al fin y al cabo, tampoco nuestros padres tenían guasap ni vivían atrapados en los grupos de mamás y papás del cole que ahora promueven todas esas celebraciones desde su móvil. Entonces las madres se encontraban de vez en cuando en la cola de la frutería y poco más, y ahí no daba tiempo a organizar eurovisiones infantiles, no se fuera a pasar la vez. O quizá fuera que los niños de entonces no nos mereciéramos tanta fiesta (ya me salió el rencor), por cabroncetes y analógicos.

Pero ahora todo ha cambiado, y gracias al guasap no sólo se pueden organizar estos eventos, sino exponer al resto de agrupados a un ominoso fuera de juego si no se suman rápidamente al movimiento coral, y monitorizar luego los fastos en tiempo real, minuto a minuto, de manera que nuestras criaturas estén vigiladas y atendidas en todo momento, como los clientes de esos restaurantes de postín en los que siempre hay un señor pendiente de rellenarte la copa de vino.

Y menos mal, porque el otro día los niños decidieron ejercer de personas autónomas y organizaron por su cuenta una comida en una pizzería, todos juntos, para después irse a jugar al parque de al lado. El pánico se extendió rápidamente por el guasap, pero por fortuna una brigada de madres y padres se articuló en un operativo digno de la UCO de la Guardia Civil.

Se intentó que el despliegue fuera discreto, pero algunos agentes fueron vistos por los niños, comiendo ‘casualmente’ ese día en la misma pizzería que ellos habían elegido. Algunas madres se apostaron en los bancos de la placita de enfrente, y todos se mantuvieron en contacto con las unidades que ya los aguardaban impacientes en el parque. Desde casa, los posibles refuerzos se mantenían en contacto permanente, preparados por si era necesaria una intervención de emergencia. La información fluía en el grupo del guasap como en el Carrusel Deportivo, pero sin el código Morse.

Todo siguió adelante sin mayor tropiezo que alguna protesta aislada de los preadolescentes. Hubo una baja, eso sí. Se trató de un pobre señor al que su hija, al descubrirlo oculto tras unas gafas de sol en el extremo de la barra pidiendo una pizza con champiñón y alcachofas, le mandó de vuelta a casa sin miramientos y con una severa regañina. Fue el único percance en el cuerpo de élite de padres, que rápidamente fue subsanado por una joven mamá armada con un potente móvil de última generación (como los niños. De última generación, digo).

Fue un gran día, sin duda, en el que todos quedados agotados pero felices, satisfechos por el esfuerzo conjunto que nunca hubiera sido posible sin las tecnologías de la comunicación de estos tiempos, que por fin permiten que los chavales puedan pasar un día juntos jugando en el parque del barrio, protegidos minuto a minuto.

Y ahora me van a disculpar, porque tengo que proponer en el grupo del guasap la fiesta de la salutación al verano que se me acaba de ocurrir para los niños, que este sábado no tenían nada y no queremos que se nos aburran. Ellos se lo merecen todo, y lo digo sin ninguna guasap.

@ildefonsogr

Ah, ¿pero que has escrito otra novela?

12 Mar

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El jefazo de un periódico en el que trabajé solía repetir aquello de que “el halago debilita, mientras que la crítica fortalece”. Nunca supe si se refería al halago en general, al dirigido a sus subordinados por él, o al que éste, quizás, esperaba de nosotros.

Pero yo he venido a hablar de mi nuevo libro, Padre Ocejón, y por eso me he acordado de aquel mandamás al que le gustaba coleguear entre plumillas; porque, en este caso, lo del halago sí que lo tengo claro: les debilita a ustedes. A su paciencia, concretamente.

Porque de ustedes es la culpa, sí. Por haberme prestado ojos lectores a mis osadías de juntaletras pretencioso, y haberme halagado los oídos con sus elogios (bueno, también ha habido críticas, lo reconozco, pero en mi ya conocida línea de irresponsabilidad las he relegado al fondo de mi conciencia).

En fin, que aquí tienen el resultado. De tanto andar molestando por este blog, al final he copiado y pegado varias de las historias que en él fui contando (todas rigurosamente ciertas) y las he mezclado en la batidora de mi teclado con el relato de varios personajes (rigurosamente inciertos, en el más amplio sentido del término) que en la España de las crisis tratan de superar las suyas, personales e intransferibles, en el entorno de una pequeña aldea rodeada de naturaleza. Un lugar también herido por su propia crisis de despoblación, aparentemente sin remedio, y las amenazas procedentes de las nuevas explotaciones del progreso (qué palabra más pasada de moda, por cierto, no como fracking, que es mucho más cool. Toma guiño y pista del argumento al canto).

Vamos, que la novela va de periodistas en paro, viejos exfutbolistas argentinos que regresan al lugar que jamás pisaron; jóvenes que nunca han estado en ningún sitio y temen no estarlo nunca; alcaldesas inexplicablemente entusiastas; y de un mundo rural que se afana por sobrevivirse con escaso éxito.

¿Y ese título? Pues eso, el Ocejón, el Padre que vigila y protege todo ese mundo rural en la Sierra Norte de Guadalajara. Un pico al que los vecinos llaman revientachulos, y al que cada vez que asciendo prometo entre jadeos no regresar. Pero al que siempre vuelvo, como en esta novela que ahora les presento.

Lamento el elevado precio (algo por encima de los veinte euros). Es el que imponen desde la editorial como pago por editarme sin cobrarme por ello. Así está ahora este negocio, tan jodido y precario como tantos otros. Si alguno desea saltarse la compra por Internet y ahorrarse los gastos de envío, yo se lo llevo la próxima vez que me deje invitarle a una cerveza (o dos, si son pequeñas).

Prometo estarle agradecido, como diría el gran Rosendo.

Para comprar Padre Ocejón:

En Amazon y en la web de la editorial (un poco más caro, y tarda más en llegar)

Para seguir actualizaciones sobre Padre Ocejón en Facebook

Padre Ocejón-novela

@ildefonsogr

El país de las neveras vacías

22 Feb

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Las neveras vacías sólo pueden enfriar ya el orgullo y la autoestima del que otra vez llama a sus puertas con la vana esperanza de no haber mirado bien por la mañana, antes de salir para eso que ahora llaman trabajo, si se tiene; de que detrás del bote de mayonesa casi vacío se esconda la última cena.

Se lo reconoció el otro día a mi amiga su nueva compañera de infortunios laborales: que hoy repetía ensalada de pasta, aunque hubiera preferido comer algo caliente. Pero en el frigorífico no quedaba nada más, ni en el frigorífico ni en los bolsillos, a esas alturas de mes.

Ambas son afortunadas, porque tienen trabajo, un empleo que les reporta 640 euros brutos al mes. Mi amiga es una profesional del diseño gráfico y la maquetación con décadas de experiencia, talento y conocimiento que el lunes pasado, después de dos años sin trabajo, se incorporó a su nuevo puesto, a dos horas y media de transportes públicos de Ciempozuelos, una ciudad madrileña que ni siquiera coge cerca de sí misma.

Allí, en una gasolinera plantada en un polígono industrial medio desmantelado, debe tratar de colocar a los escasos clientes que por allí se dejan caer una de esas tarjetas visa que te permiten pagos aplazados, acumulación de puntos y no sé qué otras mierdas más.

Le dicen que no puede ofrecérselas a señoras de la limpieza, porque ellas cobran casi todo en negro, ni a rumanos ni a búlgaros; que desconfíe de los clientes que se le acerquen antes de que ella los aborde; y que esté al loro, porque en cualquier momento se le puede presentar el Señor Mistery, un inspector de su empresa haciéndose pasar por un potencial cliente que calibre su actitud ante el reto profesional que tiene por delante. El Señor Mistery, hasta en la supuesta ironía son cochambrosos.

Antes, un ganapán impostado de supervisor, un zopenco presuntuoso, le ha presentado esta estafa laboral a mi amiga como una gran oportunidad, atribuyendo la vertiginosa rotación de esclavas que anteriormente ocuparon su puesto a que en España “la gente no tiene ganas de trabajar”. Ella ha acertado a responderle con la velocidad de una comedia de situación estadounidense: “De lo que no hay ganas es de pagar”. Siempre queda molestar.

Al final de los cinco días laborables de su semana de estreno -“una de las ventajas de este trabajo es que no se hacen fines de semana –le dice el zopenco-, a menos que veamos que lo necesites porque estás floja”-, mi amiga hace balance: le han gritado groseramente dos veces, una de ellas porque la sorprendieron tomándose un café en el bar de enfrente, “abandonando su puesto”; ha dedicado más de cuatro horas de su día a combinar trenes y autobuses para llegar al fin del mundo y volver de él; ha pasado seis horas diarias de pie en la tienda de la gasolinera y ha logrado colocar tres tarjetas (le dicen que para cobrar comisiones debe vender a partir de dos diarias, con lo que me cuenta que muchos nuevos empleados recurren durante las primeras semanas a sus familiares y amigos para cubrir al menos ese cupo y conservar sus empleos). Su recompensa, en el país de la recuperación, será cobrar a fin de mes una miseria que no alcance ni los 600 euros.

En el país de los trabajos de las neveras vacías, el zopenco ha reñido a otra de sus compañeras por no calzar de forma adecuada. El problema, me explica mi amiga, es que la chica no tiene zapatos como los que la exigen, ni dinero para comprarlos. “¿Qué número calzas? ¿Te apañas con un cuarenta?”

Menudencias en el País de la Recuperación, el país rico donde uno de cada tres niños es pobre, el país opulento sobre el que Cáritas acaba de advertir acerca de la amenaza de que la pobreza y la desigualdad entre sus habitantes se convierta en “estructural”. El país de las neveras vacías y los pies descalzos que siguen caminando hacia los nuevos empleos de las viejas cadenas.

Cuatro meses de cárcel por un insulto

1 Feb

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¿Se acuerdan ustedes de lo que hicieron en la Nochevieja de 2006? ¿Discutieron con algún cuñado? ¿Tuvieron unas palabras con su suegra? Sergio recuerda perfectamente aquella noche, cómo no. Se había metido en la cocina para echar una mano a un compañero, y el sargento le ordenó por vía interpuesta que saliera de allí, que no estaba autorizado para andar entre fogones.

La cosa venía de atrás, ya saben, un jefe y un subordinado que no terminan de tenerse cariño. El caso es que Sergio le dijo luego al sargento que era un maricón, que no había tenido huevos para darle la orden a la cara. Un calentón feo, sin duda, de esos que te hacen levantarte al día siguiente con la conciencia resacosa y, quizás, engrosando las listas del paro.

Sergio es guardia civil, con doce años de servicio intachable, y el jueves pasado, ocho después de aquello, entró en la cárcel militar de Alcalá Meco para cumplir cuatro meses de prisión por un “maricón, no tienes huevos” a su jefe. Es la consecuencia de que a los beneméritos se les aplique el Código Penal Militar, un anacronismo más propio del Medievo que del siglo XXI. O no, quizá me equivoque con las fechas. La historia nunca fue mi fuerte.

Es duro caminar junto a un hombre que se dirige a la verja tras la que contará los próximos 120 días de su vida privado de libertad, separado de su familia, de su mujer y su hija, que en marzo cumplirá dos años y que por suerte no sabe por qué andaba esa mañana tan fría de la mano de su padre, al que escoltaban casi doscientos compañeros y alguna cámara de televisión.

Es duro, digo, debe de serlo en cualquier caso, pero jode más cuando sabes que el crimen que ha ‘cometido’ el tipo al que van a meter entre rejas ha sido mandar a tomar por el culo a un jefe autoritario. ¿Le resarcirá a éste lo suficiente que el insulto de su subordinado le cueste celebrar las primeras palabras de su hija, su segundo cumpleaños, desde un calabozo? Ella soplará sus dos velas mientras su padre tachará otro día del calendario. Unos palotes por otros. Por un “maricón no tienes huevos”.

Cuando Sergio, acompañado por su mujer y dos policías militares, se pierde al fondo de la carretera que continúa tras la reja del penal, arrastrando su maleta con ruedas, el grupo que le ha acompañado da la vuelta y regresa hasta el lugar donde hemos dejado aparcados los coches. “Lo malo de estas cosas es que a la sociedad no le importa nada –se lamenta uno de sus compañeros-. No es como cuando condenan a una madre por comprar pañales con una tarjeta que se encuentra tirada en la calle. Nosotros, al fin y al cabo, somos guardias civiles, dicen, y ya sabíamos dónde nos metíamos”.

P.D. La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres (Don Quijote de la Mancha)

En Change.org se ha creado una petición para pedir el indulto para Sergio

@ildefonsogr

La crisis ya es historia (II): despedido por pedir más sueldo ¡con 541 euros al mes!

14 Ene

Hoy alguien me ha reenviado un correo en el que una persona anuncia que ha sido despedida. Su delito ha sido pedir aumento de ¿sueldo? Sólo omito los nombres propios, lo que permanece es la misma mierda en la que llevamos viviendo desde hace seis años, los del recorrido de esta estafa que llaman “crisis que ya es historia”. Pego a continuación el texto de ese correo: conciso, directo al grano, sin adornos, una pieza literaria en sí misma:

“Mi ciclo en XXXX ha terminado, ayer me despidieron y lo cierto es que lo esperaba. El motivo oficial es reestructurar en la empresa, el real es que pedí un cambio y un aumento de mi situación laboral ya que con los tres niños y los 541 € no podía continuar. Antiguamente XXXX (el anterior jefe) me daba horas en otros servicios y con eso apañábamos el mes aunque me separaba de mi familia. Lo injusto de todo, lo que no podía sostener más es el saber que otros compañeros realizando las mismas funciones y estando en el mismo departamento cobraran el doble de sueldo. Es una injusticia que no pude soportar”.

¿Se puede decir más con menos palabras? Permítanme que hoy yo, por tanto, se las ahorre a ustedes.

@ildefonsogr

La crisis ya es historia (I), ¿o qué se creían?

29 Dic

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Estaba el otro día desayunando con mis compañeras de oficina, que me tratan de lujo. Me encontraba de un humor excelente, porque después de haberme reenganchado a mi oficio de toda la vida las ganas de molestar se me habían rebajado notablemente. Sí, amigos, el nuevo trabajo funcionaba en mí como un Hemoal contra las hemorroides morales que la España en crisis me provocaba, aunque a mí no me diera la gana mantenerlas en silencio. Qué tiempos.

De todos modos, como ya no estábamos en crisis, o casi (así se lo había escuchado decir durante los días anteriores al Presidente y sus corifeos), mi egoísta y acomodaticia conciencia parecía conformarse con mi nuevo estado sin hacerse más preguntas. Ahora ya me podía sentar cómodamente a tomar el montadito de las once y cuarto. Sin que me doliera el culo.

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Pero, de pronto, alguien habló de la señora de la limpieza, una mujer cubana con nombre y cortesía de princesa árabe que dos o tres veces por semana se pasa por la oficina para sacarla brillo. Yadira tiene ya los suficientes años para no asustarse de nada, pero hasta hace poco tuvo que dormir durante varios meses en el coche. Su marido había perdido el empleo, y a ella se le cerraron un montón de puertas que antes la reclamaban. Después de más de una década en España, un viejo utilitario aparcado en la calle se convirtió en su residencia multiusos.

Ahora le va mucho mejor, porque sus maltratados huesos ya han encontrado una cama sobre la que descansar. Eso sí, en un pueblo de Toledo desde el que tarda en llegar a su trabajo en Madrid casi tanto tiempo como lleva volar desde La Habana a Barajas. ¿Ven como es verdad que vamos mucho mejor? Más tranquilo, le di otro mordisco al bocata.

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También me alegro un montón por todos esos chavales y no tan chavales que, guiados por su espíritu aventurero, como nos reveló hace un par de años un alto cargo del Gobierno, se habían marchado de España entre 2008 y 2013 (unos 220.000, según datos publicados en mayo de 2014) de acuerdo con los datos del Instituto de la Juventud de España –Injuve-. También ellos, mientras recogen cada tarde los restos de los banquetes de comida rápida de un restaurante de Londres o Berlín, estarán de acuerdo (porque sin lugar a dudas se trata de la generaciónmejorpreparadadelahistoriadeEspaña)  en que su país va mucho mejor. Para eso también sirven los estudios, para saber reconocer lúcidamente los paisajes que te rodean, digo yo.

Y es que, ¿quién puede dudar de que 2014 ha sido un gran año para España? No, desde luego, todos esos españoles que han encontrado por fin un trabajo. Cierto es que por 600 o 700 euritos al mes. Pero, como ya dijo hace poco otro alto cargo de éste nuestro Gobierno, “no hay trabajo más precario que el que no se tiene”. ¿Lo ven? Es que somos de un conformar muy jodido, y no agradecemos lo que tenemos. Qué país. ¡Si hasta estando gordos como peonzas nos quejamos de pasar hambre!

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Por eso, y con muy buen criterio (como diría un pelotillero cuadro medio de esos que transmiten a los currelas las ridículas órdenes del jefe), nuestro Gobierno se ha visto obligado hace poco a aprobar una ley contra las subversivas protestas de los inconformistas de siempre, los que protestan por todo, por armar jaleo. Y encima la han llamado ley mordaza, los listillos de guardia. No te jode. Pues que sepáis que se os ha acabado ya la juerga, así que dejad de montar follones y aceptar esos currelos de recuperación que se os van a ofrecer en los próximos meses, que serán los de la resurrección definitiva de la marca España.

03

Así que me despido, deseándoles un muy feliz nuevo año y mucho más reconfortado por lo que nuestros mandatarios proclaman y los valientes medios de comunicación que comen de sus aparatos difunden. Todo va mejor. Que no hagan caso de los provocadores y levantiscos de turno mis conocidos y familiares que acaban el año igual que lo empezaron: sin trabajo ni esperanza, hechos una mierda.

Porque muy probablemente -si es que se lo merecen, que nunca se sabe- les aguarde a lo largo de los próximos 365 días la recuperación en formato de 600 o 700 pavos. En las urnas se lo agradeceremos, si es que las vuelven a poner, porque al paso que vamos… ¡Y ni falta que hace, coño! Total, ya estará ahí el FMI, como en Grecia, suspendiendo las ayudas hasta saber que votamos al Gobierno correcto. Si es que, como dijo aquél, no se nos puede dejar solos…

PD: Como ya habrán podido disfrutar, las viñetas que ilustran este contracuento navideño son obra del gran Chumy Chúmez, tan de rabiosa actualidad como siempre lo están los grandes.

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