Tag Archives: crisis

Un cocktail raro

12 May

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Me escribe por correo electrónico un antiguo y querido compañero del oficio, un excelente profesional y compañero. Buena gente, todavía en los primeros años de la treintena. Como tantos otros, lleva tiempo fuera de la rueda, expulsado del paraíso del trabajo remumerado o el empleo medio digno. Sus reflexiones me dejan muy tocado. Le pido permiso para reproducirlas aquí, no sin cierto pudor. Creo que es importante no olvidarnos de lo que sigue ocurriendo en este país, pese a que los que calzan las botas que nos pisotean pongan ese bochornoso e insultante empeño en negarlo:

“Mi día a día está un tanto marcado por altibajos emocionales donde a veces creo que todo es posible y otras, las más, me cubre el pesimismo más absoluto. He movido el CV y todas esas cosas que se hacen en esa situación y ni tan siquiera entrevistas”.

“Apenas he tenido tres encuentros, y dos nada relacionados con el periodismo, o no sustancialmente al menos, en los que me han llegado a decir cosas como que estaba demasiado preparado (sic) o a ofrecerme un mix ‘preparacontenidosalmismotiempoquecomercial’ demencial y en un tono cutre, imposible de compaginar de todas todas; me hizo gracia porque encima mi no rotundo (las cosas sé que no están para decir no, pero en algunas cosas mis principios son como diques) le dio pie a un “hay mucha gente interesada porque se va a sacar una pasta” (pero el proyecto, cosa curiosa, no sale todavía…)”.

“Frustrado, seguramente. Desencantado, con un punto amargado. Y todos estos adjetivos al final alimentan cierto poso de rencor en un contexto lleno de gurús, donde ves que en otros lados los inútiles que daban lecciones pero no apretaban teclas o, peor, no te dejaban hacer llamadas, siguen haciendo de las suyas por el mundo. No me puedo quitar cierta sensación de fracaso vital, por todo ello. De época equivocada, de camino equivocado… y de brújula rota que no encuentra el norte. Un cocktail raro”.

Todo mi ánimo y mi solidaridad a este compañero, y a otros tantos que sufren esta situación, amigos (unos cuantos, demasiados) y desconocidos (a millares, a millones). Yo he estado allí (y no descarto volver a estarlo). Sé lo que se siente. El desempleo no solo te roba tu fuente de ingresos, también socava tu identidad. No os dejéis. Podrá faltarnos trabajo digno, pero nunca dignidad. Ellos son los malos; nosotros, su amenaza.

PD. Me permito ilustrar esta entrada con una viñeta de El Roto, siempre un certero francotirador

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Tres cosas

20 Abr

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Cantaban el siglo pasado Cristina y Los Stop (¿qué querría decir este nombre?) que en la vida hay tres cosas, a saber: salud, dinero y amor (“y el que tenga las tres cosas, que le dé gracias a dios”, concluían).

No sé si Rajoy o Aguirre habrán bailado esta canción en los guateques de sus años mozos, o si le habrán prestado atención alguna vez a su letra. Es posible. O no, salvo algunas cosas. Pero seguro que estarían de acuerdo con el enunciado de su estribillo. ¿Y quién no?

Por eso estoy convencido de que Mariano y Esperanza entenderán que es una putada que estés ingresado en un hospital público en Madrid, esperando a que te operen de un tumor al día siguiente, y que después de dos días sin comer y ocho horas esperando acojonado a que entren a por ti, se te presente una enfermera y te diga algo abochornada que no va a poder ser, porque se ha prolongado mucho la intervención anterior y que no hay más cera que la que arde.

Sí, como lo leen: después de días de nervios, de movilizar a toda una familia y de que te pongan un sustituto en el trabajo, entre otras cosas, te llega una enfermera y te dice que te tienes que pirar. Ni siquiera te dicen eso de ‘vuelva usted mañana’, tan español, porque está todo programado para el día siguiente, y también para la otra semana. No hay hueco, chaval. Así que te vas para casa, Mariano, Esperanza, cuando ya por fin compruebas que no, que no te están gastando una broma. Te quitan la vía que llevabas puesta desde ayer, rehaces la maletita con la que habías llegado y vuelves a coger el 125 que te lleva para casa. ¿Cómo lo veis?

Esto es cosa de salud, claro, pero también de dinero, Mariano, del mismo que decías que no ibas a tocar cuando llegases a gobernar. ¿Te acuerdas? De esa sanidad madrileña de “máxima calidad” que garantizabas, Esperanza, te acordarás tú también, que nunca mientes.

No os menciono, por irrelevante, que en la habitación no hubiese agua caliente, y que para ducharse antes de la operación hubiese que ir recorriendo con una enfermera varias habitaciones más hasta dar con una en la que poder hacerlo, pidiendo antes, eso sí, permiso a sus ocupantes, que asistían atónitos al fenómeno de que se presentara ante ellos, a las siete de la mañana, un vecino con  la toallita bajo el brazo.

O que para poder ver la tele, en unos aparatos vetustos y en habitaciones compartidas, haya que pagar tres pavos por día (creo que en las cárceles hay tele gratis, y de plasma (¿eso sí que te gusta, eh, Mariano?).

En fin, que sin salud ni dinero nos queda el amor. No el tuyo, Mariano, al que ya no te quieren ni en tu pueblo. Pero sí el que se merecen los profesionales de la sanidad pública, que, pese a todos los sobreesfuerzos que les suponen tus recortes, siguen cada día al pie del cañón, y lo hacen con esa amabilidad, conocimiento y dedicación que riega la tierra. Ellos sí son el pan y la sal, al igual que todos los trabajadores honrados de este país, y los abuelos que sostienen a sus hijos en paro, y las personas que se se dan desinteresadamente a los que padecen, y todos los que en general arriman cada día el hombro para que esto aguante, mientras los tuyos se lo siguen llevando. Sin que a ti te conste.

Así que ya ves, Mariano, para quién es el dinero, para quién la salud y para quiénes el amor. Te lo dice uno que ha sido testigo directo de un episodio que ha tenido como protagonista a alguien muy cercano, y al que tuve que decir en esos duros momentos que fuera fuerte. Como tú con Luis, para que te hagas una idea.

@ildefonsogr

Con un canto en los dientes

30 Sep

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El otro día iba yo en autobús por Madrid. Serían las nueve y media de la mañana, minuto arriba o abajo. En la parte delantera, sentada cerca del conductor, viajaba una mujer, de unos treinta y tantos o cuarenta, que mantenía con éste una rutinaria charla sobre el día a día de ambos. Conversación castiza y manoseada y expresión fatigada desde las primeras horas de la jornada.

Ella explicaba que se dirigía a su trabajo, en una tienda de ropa, de 10.00 a 20.00. Diez horitas, del tirón. Con treinta minutos, o menos, para echarse algo al estómago, supongo. También los sábados, añadía. “Al menos no madrugas”, le dijo el conductor, tratando de buscarle algo positivo al asunto. “Bueno, tampoco -le contestó la viajera-, porque tengo que levantar a mis dos hijos, prepararles el desayuno, llevarlos al colegio… La verdad es que desde las siete estoy en danza, y luego no llego a casa hasta pasadas las nueve. Pero, mira, tal y como están las cosas me doy con un canto en los dientes”.

Mientras la escuchaba -y calculaba la miseria de sueldo (¿700? ¿800? Tal vez, con suerte, ¿900?) que la mujer percibiría por dejarse la vida recogiendo prendas desechadas del probador y llegar a su casa de noche, hecha unos zorros- pensé en toda la tropa heróica que, como ella, brega con la vida en pulsos diarios, sin tregua ni esperanza de alcanzarla. Esos “working class hero” a los que cantaba Lennon hace 45 años (tantos, ya):

“Tan pronto como naces te hacen sentir pequeño, sin darte ningún tiempo en vez de dartelo todo. Hasta que el dolor es tan grande que ya no sientes nada. Un héroe de la clase obrera es algo que tienes que ser”.

Eso, decía, es lo que cantaba Lennon. Lo mismo que hoy, casi medio siglo después, se le puede seguir rezando a esa mujer del autobús y a los millones de personas que, como ella, sólo pueden otear el horizonte donde aguarda un domingo que  servirá para poner algo de orden en la casa y, con suerte, echarse la siesta de la semana, si los niños te dejan.

Con un canto en los dientes.

P.D.: Anoche me acordé de esa mujer escuchando a la señora Ministra de Empleo, doña Fátima Báñez, hablando del empleo de calidad que estaba creando su Gobierno. También me acordé del canto, y de los dientes.

Vacaciones por molestar

31 Ago

Turismo

En un país donde aproximadamente cinco millones de personas no tienen trabajo, y donde muchas de las que lo tienen también carecen (casi) de sueldo y de un amplio catálogo de derechos laborales de los que hasta hace poco se consideraban básicos, hablar en público de vacaciones exige antes aclarar que no existe ánimo alguno de ofender.

Precisado este punto, el caso es que recientemente tuve el privilegio de contar con un par de semanas seguidas de asueto. Fijadas y acordadas con mi jefe al menos con dos meses de antelación. El día anterior a mi libertad provisional, éste se lamentó sinceramente de que mi permiso llegara en un pésimo momento para la actividad del departamento. Qué mala suerte. Meses y meses de ardua labor y justo decido tomarme el descanso en la quincena que más podía menoscabar los intereses de la casa. El trabajador y su proverbial egoísmo, pensé para mis adentros, pero sin atreverme a manifestarlo en público.

Como le expliqué que ya tenía pagado el apartamento en la playa, mi jefe me sugirió que, de todas formas, podría dedicarle todos los días un ratito a echar un vistazo a mi correo electrónico, actualizar algunas cositas en la web, etcétera. En este punto se mostró muy comprensivo, desde luego, y mucho más flexible que cuando me recuerda todas las horas que figuran cada semana en mi contrato y que debo cumplir escrupulosamente. Para eso está firmado, me alecciona con toda razón. Por eso sentí un hondo pesar cuando le dije que iba a veranear en el siglo XX, en mi pueblo serrano, y que allí no tenía más guasa(p) que la de los viejos chistes de mi amigo Juanillo.

El caso es que me fui con mala conciencia. Porque, hoy en día, tener vacaciones es una indelicadeza imperdonable, una total carencia de compromiso con nuestras empresas, creo yo, con lo mal que lo han pasado y lo siguen pasando. Y no digamos ya si estas vacaciones implican la desconexión del currela con la fuente de calor de su plato de lentejas; si aquéllas se prolongan durante más de una semana; o si, en el colmo de la provocación, alcanzan hasta unos indeseables 21 días (de los periodos de un mes, como en la época de los Alcántara, ya ni hablo, por puro pudor). Provocación, desinterés y, por qué no decirlo, mala leche (por nuestra parte, claro está).

Lo curioso de este asunto es que el mío no es un caso excepcional de mala suerte, ya que he podido comprobar, hablando con otros privilegiados como yo, que sus pequeñas vacaciones también han venido a coincidir con los periodos que más podían hundirle la vida a sus jefes. Ni hecho aposta, vamos. Así que de este modo andamos unos cuantos, preocupados y casi arrepentidos de haber dejado nuestros negociados en la estacada a cambio de un par de semanas de pueblo o playa.

Pero también un poquillo orgullosos, en el fondo, por qué no decirlo, de saber que nuestra breve ausencia tanto perjudica al devenir de nuestras empresas, para las que sin duda resulta mucho menos traumático echarnos a la puta calle, ERE mediante, que sufrir nuestra ausencia durante tres o cuatro semanas al año. Debe de ser por eso de que es mejor una vez rojo que ciento amarillo. Digo.

Y eso que todavía me acuerdo de aquellas vacaciones de la existencia de antes del móvil, la crisis, la prima de riesgo y el FMI. Esos periodos en los que la vida laboral quedaba en suspenso hasta la fecha acordada, en los que el trabajador sólo tenía que preocuparse de gestionar su metro cuadrado en la playa o sus relaciones con el cuñado o la suegra. Y a nadie le parecía raro, ni antisistema, ni siquiera una desconsideración hacia nuestros empleadores, que ahora nos suspiran con el lamento contenido en la mirada cuando les recordamos que el lunes comienzan nuestros permisos (como todavía dicen nuestros mayores). “¿Pero otra vez? ¿Aún le quedan? ¡Joder, cómo genera la peñita vacaciones!”, le soporté gruñir una vez a un chusco capataz de redacción cuando le comuniqué que una redactora de mi sección osaba tomarse la semana siguiente. La misma redactora que llevaba un mes sin librar. Claro, que de eso el capataz ya no debía de acordarse, el pobre.

Decía que entonces -antes incluso de los años de la vida por encima de nuestras posibilidades- no disfrutábamos de la recuperación económica que tenemos ahora, ni de la marca España, ni de las conexiones wifi ni el cuatrojé. Entonces, en realidad, éramos unos insensatos y unas bestias embrutecidas a golpe de acumular días seguidos de ocio, lanzar miradas a las extranjeras en tetas de la playa y disputar partidas de parchís.

Por eso hoy, todavía contrito por el hueco que mi ausencia dejó en mi departamento durante esas dos semanas, cuando miro mi calendario y compruebo con angustia que aún me queda este año otra semana de vacaciones, no sé dónde meterme. Bien sabe el mercado que soy un trabajador leal, comprometido y, sobre todo, baratito, y que está lejos de mi intención hacer daño o poner tristes a mis jefes. Pero hay algo maligno en mí -ellos lo saben- que a la mínima ocasión me forzará, inevitablemente, a volver a fijar esa semana en el peor momento posible para mi actividad.

Como en la fábula del escorpión y la rana, es mi naturaleza.

Ah, ¿pero que has escrito otra novela?

12 Mar

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El jefazo de un periódico en el que trabajé solía repetir aquello de que “el halago debilita, mientras que la crítica fortalece”. Nunca supe si se refería al halago en general, al dirigido a sus subordinados por él, o al que éste, quizás, esperaba de nosotros.

Pero yo he venido a hablar de mi nuevo libro, Padre Ocejón, y por eso me he acordado de aquel mandamás al que le gustaba coleguear entre plumillas; porque, en este caso, lo del halago sí que lo tengo claro: les debilita a ustedes. A su paciencia, concretamente.

Porque de ustedes es la culpa, sí. Por haberme prestado ojos lectores a mis osadías de juntaletras pretencioso, y haberme halagado los oídos con sus elogios (bueno, también ha habido críticas, lo reconozco, pero en mi ya conocida línea de irresponsabilidad las he relegado al fondo de mi conciencia).

En fin, que aquí tienen el resultado. De tanto andar molestando por este blog, al final he copiado y pegado varias de las historias que en él fui contando (todas rigurosamente ciertas) y las he mezclado en la batidora de mi teclado con el relato de varios personajes (rigurosamente inciertos, en el más amplio sentido del término) que en la España de las crisis tratan de superar las suyas, personales e intransferibles, en el entorno de una pequeña aldea rodeada de naturaleza. Un lugar también herido por su propia crisis de despoblación, aparentemente sin remedio, y las amenazas procedentes de las nuevas explotaciones del progreso (qué palabra más pasada de moda, por cierto, no como fracking, que es mucho más cool. Toma guiño y pista del argumento al canto).

Vamos, que la novela va de periodistas en paro, viejos exfutbolistas argentinos que regresan al lugar que jamás pisaron; jóvenes que nunca han estado en ningún sitio y temen no estarlo nunca; alcaldesas inexplicablemente entusiastas; y de un mundo rural que se afana por sobrevivirse con escaso éxito.

¿Y ese título? Pues eso, el Ocejón, el Padre que vigila y protege todo ese mundo rural en la Sierra Norte de Guadalajara. Un pico al que los vecinos llaman revientachulos, y al que cada vez que asciendo prometo entre jadeos no regresar. Pero al que siempre vuelvo, como en esta novela que ahora les presento.

Lamento el elevado precio (algo por encima de los veinte euros). Es el que imponen desde la editorial como pago por editarme sin cobrarme por ello. Así está ahora este negocio, tan jodido y precario como tantos otros. Si alguno desea saltarse la compra por Internet y ahorrarse los gastos de envío, yo se lo llevo la próxima vez que me deje invitarle a una cerveza (o dos, si son pequeñas).

Prometo estarle agradecido, como diría el gran Rosendo.

Para comprar Padre Ocejón:

En Amazon y en la web de la editorial (un poco más caro, y tarda más en llegar)

Para seguir actualizaciones sobre Padre Ocejón en Facebook

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@ildefonsogr

La crisis ya es historia (II): despedido por pedir más sueldo ¡con 541 euros al mes!

14 Ene

Hoy alguien me ha reenviado un correo en el que una persona anuncia que ha sido despedida. Su delito ha sido pedir aumento de ¿sueldo? Sólo omito los nombres propios, lo que permanece es la misma mierda en la que llevamos viviendo desde hace seis años, los del recorrido de esta estafa que llaman “crisis que ya es historia”. Pego a continuación el texto de ese correo: conciso, directo al grano, sin adornos, una pieza literaria en sí misma:

“Mi ciclo en XXXX ha terminado, ayer me despidieron y lo cierto es que lo esperaba. El motivo oficial es reestructurar en la empresa, el real es que pedí un cambio y un aumento de mi situación laboral ya que con los tres niños y los 541 € no podía continuar. Antiguamente XXXX (el anterior jefe) me daba horas en otros servicios y con eso apañábamos el mes aunque me separaba de mi familia. Lo injusto de todo, lo que no podía sostener más es el saber que otros compañeros realizando las mismas funciones y estando en el mismo departamento cobraran el doble de sueldo. Es una injusticia que no pude soportar”.

¿Se puede decir más con menos palabras? Permítanme que hoy yo, por tanto, se las ahorre a ustedes.

@ildefonsogr

La crisis ya es historia (I), ¿o qué se creían?

29 Dic

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Estaba el otro día desayunando con mis compañeras de oficina, que me tratan de lujo. Me encontraba de un humor excelente, porque después de haberme reenganchado a mi oficio de toda la vida las ganas de molestar se me habían rebajado notablemente. Sí, amigos, el nuevo trabajo funcionaba en mí como un Hemoal contra las hemorroides morales que la España en crisis me provocaba, aunque a mí no me diera la gana mantenerlas en silencio. Qué tiempos.

De todos modos, como ya no estábamos en crisis, o casi (así se lo había escuchado decir durante los días anteriores al Presidente y sus corifeos), mi egoísta y acomodaticia conciencia parecía conformarse con mi nuevo estado sin hacerse más preguntas. Ahora ya me podía sentar cómodamente a tomar el montadito de las once y cuarto. Sin que me doliera el culo.

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Pero, de pronto, alguien habló de la señora de la limpieza, una mujer cubana con nombre y cortesía de princesa árabe que dos o tres veces por semana se pasa por la oficina para sacarla brillo. Yadira tiene ya los suficientes años para no asustarse de nada, pero hasta hace poco tuvo que dormir durante varios meses en el coche. Su marido había perdido el empleo, y a ella se le cerraron un montón de puertas que antes la reclamaban. Después de más de una década en España, un viejo utilitario aparcado en la calle se convirtió en su residencia multiusos.

Ahora le va mucho mejor, porque sus maltratados huesos ya han encontrado una cama sobre la que descansar. Eso sí, en un pueblo de Toledo desde el que tarda en llegar a su trabajo en Madrid casi tanto tiempo como lleva volar desde La Habana a Barajas. ¿Ven como es verdad que vamos mucho mejor? Más tranquilo, le di otro mordisco al bocata.

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También me alegro un montón por todos esos chavales y no tan chavales que, guiados por su espíritu aventurero, como nos reveló hace un par de años un alto cargo del Gobierno, se habían marchado de España entre 2008 y 2013 (unos 220.000, según datos publicados en mayo de 2014) de acuerdo con los datos del Instituto de la Juventud de España –Injuve-. También ellos, mientras recogen cada tarde los restos de los banquetes de comida rápida de un restaurante de Londres o Berlín, estarán de acuerdo (porque sin lugar a dudas se trata de la generaciónmejorpreparadadelahistoriadeEspaña)  en que su país va mucho mejor. Para eso también sirven los estudios, para saber reconocer lúcidamente los paisajes que te rodean, digo yo.

Y es que, ¿quién puede dudar de que 2014 ha sido un gran año para España? No, desde luego, todos esos españoles que han encontrado por fin un trabajo. Cierto es que por 600 o 700 euritos al mes. Pero, como ya dijo hace poco otro alto cargo de éste nuestro Gobierno, “no hay trabajo más precario que el que no se tiene”. ¿Lo ven? Es que somos de un conformar muy jodido, y no agradecemos lo que tenemos. Qué país. ¡Si hasta estando gordos como peonzas nos quejamos de pasar hambre!

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Por eso, y con muy buen criterio (como diría un pelotillero cuadro medio de esos que transmiten a los currelas las ridículas órdenes del jefe), nuestro Gobierno se ha visto obligado hace poco a aprobar una ley contra las subversivas protestas de los inconformistas de siempre, los que protestan por todo, por armar jaleo. Y encima la han llamado ley mordaza, los listillos de guardia. No te jode. Pues que sepáis que se os ha acabado ya la juerga, así que dejad de montar follones y aceptar esos currelos de recuperación que se os van a ofrecer en los próximos meses, que serán los de la resurrección definitiva de la marca España.

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Así que me despido, deseándoles un muy feliz nuevo año y mucho más reconfortado por lo que nuestros mandatarios proclaman y los valientes medios de comunicación que comen de sus aparatos difunden. Todo va mejor. Que no hagan caso de los provocadores y levantiscos de turno mis conocidos y familiares que acaban el año igual que lo empezaron: sin trabajo ni esperanza, hechos una mierda.

Porque muy probablemente -si es que se lo merecen, que nunca se sabe- les aguarde a lo largo de los próximos 365 días la recuperación en formato de 600 o 700 pavos. En las urnas se lo agradeceremos, si es que las vuelven a poner, porque al paso que vamos… ¡Y ni falta que hace, coño! Total, ya estará ahí el FMI, como en Grecia, suspendiendo las ayudas hasta saber que votamos al Gobierno correcto. Si es que, como dijo aquél, no se nos puede dejar solos…

PD: Como ya habrán podido disfrutar, las viñetas que ilustran este contracuento navideño son obra del gran Chumy Chúmez, tan de rabiosa actualidad como siempre lo están los grandes.

@ildefonsogr

Regreso a la prensa

1 Jul

periodico1He vuelto a trabajar en un periódico. Desde hace cuatro meses soy ordenanza en una de las empresas editoras de prensa más potentes de este país. Antes escribía en un diario, y ahora los reparto entre un conjunto urbanístico formado por tres bloques con cinco plantas cada uno.

De este modo he vuelto a pasar mis jornadas laborales entre periodistas, a los que veo actuar y escucho hablar con los mismos gestos y términos en los que yo me manejaba no hace tanto. Ahora asisto mudo a las conversaciones que ellos mantienen junto a la máquina de café, las mismas de las que yo ayer formaba parte entusiasta. O quizá fuera anteayer, el tiempo pasa volando. Me asomo furtivo a las pantallas con los textos recorriendo las columnas del diario del día siguiente, a los planillos, a las reuniones de la tarde para decidir la primera página, a las conversaciones telefónicas plasmadas nerviosamente sobre una libreta…

Allí sigue todo, como si nada hubiera cambiado, solo que ahora yo me limito a contemplarlo desde fuera, sin poder intervenir en el juego que había practicado durante más de dos décadas, Con desigual éxito, tampoco se vayan a creer que yo llegué a jugar en Primera División. Apañadito, sin más.

En algún punto de mi trayectoria trabajé con al menos media docena de esos periodistas. De algunos incluso fui su jefe no hace más de cinco o seis años. Con casi ninguno de estos tuve especial afinidad. Durante las primeras semanas traté de que no me reconocieran. Me situaba de espaldas a ellos mientras iba colocando los juegos de periódicos, los propios y los ajenos (como dirían en mi pueblo) destinados al personal de redacción. O trataba de pasar deprisa por sus secciones, haciendo como que miraba el nombre del destinatario de uno de los paquetes que acarreaba en las manos, por tener con ello excusa para girar la cara contra su línea de visión.

Me mantuve en esa insostenible clandestinidad durante más de un mes, sufriendo cada vez que me tocaba subir a alguna de las redacciones donde sabía que antes o después me toparía con alguno de ellos. Por fin una mañana me crucé de frente, sin escapatoria posible, con una antigua redactora que tuve a mi cargo. Me quise hacer el distraído, pero ella me llamó por mi nombre cuando yo ya le daba la espalda. “Ya sabes cómo está el oficio”, me justifiqué. Nos despedimos tras un par de frases intrascendentes. ¿Para qué decir nada más?

Ahora estoy mucho más relajado cuando paso por su lugar de trabajo. Nada es tan importante, al fin y al cabo. Hace un lustro le explicaba cómo tenía que titular las informaciones, y hoy le entrego regularmente los paquetes de Amazon que compra por Internet. Todo fluye. Be water, my friend.

Otro de los redactores también se acercó hasta mí hace poco, preguntándome si yo era yo. Le dije que sí, aunque a estas alturas no estaba seguro del todo. “Ya sabes cómo está el oficio”. Otras personas con las que casi no llegué a tener trato directo (comerciales, gente de financiero…) pero con las que compartí empresa –como ahora, pero en otras circunstancias- no han parecido reconocerme, pese a que en algunos casos les he hecho entrega en mano de paquetes o juegos de periódicos. Será la corbata, digo yo. O las canas. O el nuevo escenario. Mirar desde otro ángulo hace parecer las cosas muy diferentes.

Quien sí me ha reconocido es otro tipo con el que coincidí un par de años en un periódico y con el que mantuve una relación algo tensa. Digamos que ocupábamos posiciones similares, aunque con puntos de vista divergentes sobre el modo de ejercer el oficio. Hoy este conflicto se ha resuelto: nos cruzamos tranquilamente por la calle de acceso al parking vip, yo con mi carrito y el con su todoterreno, y ambos miramos para otro lado. El tiempo lo cura todo.

De todos modos, por suerte lo de esos excompañeros es sólo cosa de unas pocas excepciones, ya que la mayoría de los periodistas que allí trabajan desconocen que el ordenanza que conduce con aire fatigado el puto carrito cada tarde entre sus mesas -perdón por los tropiezos- fue una vez uno de los suyos. No creo que les importara mucho, de todas formas. Seguramente yo no era tan bueno como ellos, y por eso ahora cargo paquetes, en lugar de recibirlos.

Precisamente el otro día tuve en mis manos una caja remitida a alguien de la redacción por una antigua compañera que trabajaba en la delegación sevillana de un diario del que ambos fuimos fundadores, hace ya un montón de años. Se lo dije por el Twitter. Qué gracia y qué pequeño es el mundo.

Reconozco que todavía sufro brotes de nostalgia que me asaltan a traición. Como el otro día, cuando pasé por la rotativa en el momento en el que ésta funcionaba a pleno rendimiento con motivo de una edición especial que el periódico se disponía a poner en la calle tras el anuncio de la abdicación del Rey, producido apenas unas horas antes. Hasta ese momento todavía no la había visto funcionar, pero cuando contemplé el tren de periódicos colgados de los raíles aéreos que los transportaban, como soldaditos dispuestos a salir a luchar a la calle, confieso que me emocioné, y hasta me cagué en la puta entre dientes. Qué tonto.

Sé que probablemente este nuevo trabajo sea lo más cerca que nunca podré volver a estar de mi antiguo oficio, así que, de todas formas, la situación no está tan mal. Lo único malo es el día en el que me ingresan la nómina, tan exigua que me causa un disgusto del que me lleva un par de días recuperarme. Casi estoy por pedirle a mi jefe que no me haga pasar ese mal trago y que no me pague nada en absoluto. Porque el resto del mes estoy bastante contento, la verdad.

Por otro lado, han sido ya varios los amigos bienintencionados que me animan a aprovechar mi nueva situación para presentarme ante alguno de esos periodistas como uno de ellos, a entregarles mi ajado currículum. Agradezco esos consejos, pero renuncio a un nuevo fracaso.

Ayer, sin embargo, mantuve por teléfono una conversación con otro viejo compañero de fatigas que me hizo reflexionar. “Es acojonante –me dijo al conocer la naturaleza de mi nuevo empleo-, un ejemplo de cómo se ha ido a la mierda este oficio. Daría para escribir una novela, aunque a muchos les parecería poco verosímil, claro”.

Así que he aceptado el reto y he decidido contarlo como base de un futuro relato. Quién sabe. Quizá cuando lo termine se lo entregue a alguien del suplemento cultural del periódico, a ver si le pueden dar una reseñita, por modesta que sea, que lo ayude a orearse. Parecen bastante amables, para ser periodistas. Sería como en una de aquellas añejas películas tan llenas de esperanza en la humanidad que dirigía Frank Capra hace casi un siglo. Como en “¡Qué bello es vivir!”, pero sin intercesión celestial. Mañana mismo me pongo con ello.

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