Tag Archives: esclavitud

Un cocktail raro

12 May

precariedad2

Me escribe por correo electrónico un antiguo y querido compañero del oficio, un excelente profesional y compañero. Buena gente, todavía en los primeros años de la treintena. Como tantos otros, lleva tiempo fuera de la rueda, expulsado del paraíso del trabajo remumerado o el empleo medio digno. Sus reflexiones me dejan muy tocado. Le pido permiso para reproducirlas aquí, no sin cierto pudor. Creo que es importante no olvidarnos de lo que sigue ocurriendo en este país, pese a que los que calzan las botas que nos pisotean pongan ese bochornoso e insultante empeño en negarlo:

“Mi día a día está un tanto marcado por altibajos emocionales donde a veces creo que todo es posible y otras, las más, me cubre el pesimismo más absoluto. He movido el CV y todas esas cosas que se hacen en esa situación y ni tan siquiera entrevistas”.

“Apenas he tenido tres encuentros, y dos nada relacionados con el periodismo, o no sustancialmente al menos, en los que me han llegado a decir cosas como que estaba demasiado preparado (sic) o a ofrecerme un mix ‘preparacontenidosalmismotiempoquecomercial’ demencial y en un tono cutre, imposible de compaginar de todas todas; me hizo gracia porque encima mi no rotundo (las cosas sé que no están para decir no, pero en algunas cosas mis principios son como diques) le dio pie a un “hay mucha gente interesada porque se va a sacar una pasta” (pero el proyecto, cosa curiosa, no sale todavía…)”.

“Frustrado, seguramente. Desencantado, con un punto amargado. Y todos estos adjetivos al final alimentan cierto poso de rencor en un contexto lleno de gurús, donde ves que en otros lados los inútiles que daban lecciones pero no apretaban teclas o, peor, no te dejaban hacer llamadas, siguen haciendo de las suyas por el mundo. No me puedo quitar cierta sensación de fracaso vital, por todo ello. De época equivocada, de camino equivocado… y de brújula rota que no encuentra el norte. Un cocktail raro”.

Todo mi ánimo y mi solidaridad a este compañero, y a otros tantos que sufren esta situación, amigos (unos cuantos, demasiados) y desconocidos (a millares, a millones). Yo he estado allí (y no descarto volver a estarlo). Sé lo que se siente. El desempleo no solo te roba tu fuente de ingresos, también socava tu identidad. No os dejéis. Podrá faltarnos trabajo digno, pero nunca dignidad. Ellos son los malos; nosotros, su amenaza.

PD. Me permito ilustrar esta entrada con una viñeta de El Roto, siempre un certero francotirador

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El país de las neveras vacías

22 Feb

nevera vacía

Las neveras vacías sólo pueden enfriar ya el orgullo y la autoestima del que otra vez llama a sus puertas con la vana esperanza de no haber mirado bien por la mañana, antes de salir para eso que ahora llaman trabajo, si se tiene; de que detrás del bote de mayonesa casi vacío se esconda la última cena.

Se lo reconoció el otro día a mi amiga su nueva compañera de infortunios laborales: que hoy repetía ensalada de pasta, aunque hubiera preferido comer algo caliente. Pero en el frigorífico no quedaba nada más, ni en el frigorífico ni en los bolsillos, a esas alturas de mes.

Ambas son afortunadas, porque tienen trabajo, un empleo que les reporta 640 euros brutos al mes. Mi amiga es una profesional del diseño gráfico y la maquetación con décadas de experiencia, talento y conocimiento que el lunes pasado, después de dos años sin trabajo, se incorporó a su nuevo puesto, a dos horas y media de transportes públicos de Ciempozuelos, una ciudad madrileña que ni siquiera coge cerca de sí misma.

Allí, en una gasolinera plantada en un polígono industrial medio desmantelado, debe tratar de colocar a los escasos clientes que por allí se dejan caer una de esas tarjetas visa que te permiten pagos aplazados, acumulación de puntos y no sé qué otras mierdas más.

Le dicen que no puede ofrecérselas a señoras de la limpieza, porque ellas cobran casi todo en negro, ni a rumanos ni a búlgaros; que desconfíe de los clientes que se le acerquen antes de que ella los aborde; y que esté al loro, porque en cualquier momento se le puede presentar el Señor Mistery, un inspector de su empresa haciéndose pasar por un potencial cliente que calibre su actitud ante el reto profesional que tiene por delante. El Señor Mistery, hasta en la supuesta ironía son cochambrosos.

Antes, un ganapán impostado de supervisor, un zopenco presuntuoso, le ha presentado esta estafa laboral a mi amiga como una gran oportunidad, atribuyendo la vertiginosa rotación de esclavas que anteriormente ocuparon su puesto a que en España “la gente no tiene ganas de trabajar”. Ella ha acertado a responderle con la velocidad de una comedia de situación estadounidense: “De lo que no hay ganas es de pagar”. Siempre queda molestar.

Al final de los cinco días laborables de su semana de estreno -“una de las ventajas de este trabajo es que no se hacen fines de semana –le dice el zopenco-, a menos que veamos que lo necesites porque estás floja”-, mi amiga hace balance: le han gritado groseramente dos veces, una de ellas porque la sorprendieron tomándose un café en el bar de enfrente, “abandonando su puesto”; ha dedicado más de cuatro horas de su día a combinar trenes y autobuses para llegar al fin del mundo y volver de él; ha pasado seis horas diarias de pie en la tienda de la gasolinera y ha logrado colocar tres tarjetas (le dicen que para cobrar comisiones debe vender a partir de dos diarias, con lo que me cuenta que muchos nuevos empleados recurren durante las primeras semanas a sus familiares y amigos para cubrir al menos ese cupo y conservar sus empleos). Su recompensa, en el país de la recuperación, será cobrar a fin de mes una miseria que no alcance ni los 600 euros.

En el país de los trabajos de las neveras vacías, el zopenco ha reñido a otra de sus compañeras por no calzar de forma adecuada. El problema, me explica mi amiga, es que la chica no tiene zapatos como los que la exigen, ni dinero para comprarlos. “¿Qué número calzas? ¿Te apañas con un cuarenta?”

Menudencias en el País de la Recuperación, el país rico donde uno de cada tres niños es pobre, el país opulento sobre el que Cáritas acaba de advertir acerca de la amenaza de que la pobreza y la desigualdad entre sus habitantes se convierta en “estructural”. El país de las neveras vacías y los pies descalzos que siguen caminando hacia los nuevos empleos de las viejas cadenas.

¡Remad y vivid!

8 May

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El otro día provoqué el enojo de María Eugenia. Me dijo que me iba a comprar unos tirantes, para que no se me cayeran los pantalones, y le contesté que si en 47 años no había habido nadie capaz de corregir esa inexplicable malformación que me afecta, no creía que ella fuera capaz de lograrlo.

Fui un impertinente, pero es lo que tengo (y así me va). De todas formas, para congraciarme con ella, ayer despejé de papeles la gran mesa de reparto que tenemos en el departamento de servicios generales, para que la pudiese limpiar cómodamente. Ella sonrió condescendiente, casi con orgullo apenas disimulado, como una madre que sabe que su pequeño respondón quiere hacerse perdonar con un ingenuo gesto premeditado de cariño.

La verdad es que, en su afán por guiarme y hacer de mí un ordenanza de provecho, María Eugenia es a veces un poco impositiva, igual que una tasa. Como pasa con Hacienda, también sientes que te vigila. En ambos casos sé que es por mi bien, aunque a veces me duela. Perdóname, María Eugenia.

Mientras tanto, mis carruseles entre los tres edificios de la empresa ya se han hecho familiares para los trabajadores de la casa, y percibo que me van tomando cariño. Por ejemplo, ayer una de las más veteranas secretarias analizó de manera positiva mi reciente incorporación y la de mis compañeros procedentes de la empresa de servicios que ha sustituido con nuestra fuerza y entusiasmo laboral a los antiguos trabajadores del grupo, ERE mediante, “porque al fin y al cabo los que se han ido ya ganaron aquí mucho dinero, y por lo menos con su marcha se da trabajo a unos pobrecil… Estooo, a unas personas que no tenían nada”.

En mi condición de pobrecil… me sentí reconfortado con su cálido consuelo. “¡Y que no falte!”, como me anunció el otro día un señor con el que subimos mi carrito y yo en el ascensor, y a los que se refirió como una unidad indivisible: “¡Lo echarás de menos cuando llegues a casa!”. Mola mucho sentir esa empatía por parte de la gente con la que viajas colgado entre plantas –dicho así, es casi una experiencia lisérgica.

Y es que, al fin y al cabo, como también me anunció otra secretaria la pasada semana comentando unos recientes cambios que se han producido en la cúpula directiva del grupo, “esperemos que funcionen, porque aquí todos vamos en el mismo barco”. Son verdades como puños –por lo que duelen al impactar sobre uno-, que van curtiendo mi maltratado y huidizo corazón de pobrecil… Y yo tan agradecido. ¡Y que no falte!

Es curioso, porque por la noche, mientras exploraba con el mando a distancia de la tele un universo de canales del espacio exterior sin rastro de vida inteligente, me posé de pronto en una emisión ya avanzada de Ben-Hur. Y volví a ver a Charlton Heston pasar de batirse a cuadrigazos con Mesala a remar en galeras encadenado. Poco antes de que su nave se vaya al fondo del Mediterráneo, el almirante Quinto Arrio se dirige a los pobres infelices –perdón, quería decir pobrecils…- de este modo: “Ahora escuchadme, galeotes: a todos vosotros se os condenó. Os mantenemos vivos para servir esta nave. Por lo tanto remad, y vivid”. Menudos cabrones, los romanos. Menos mal que ahora vivimos en tiempos más civilizados.

En Twitter: @ildefonsogr

Miopes

22 Feb

Miopia

Somos unos impacientes. O, lo que es peor, unos ignorantes. O unos miopes. Creemos que nos va mal, cuando en realidad deberíamos estar henchidos de alegría. Lo que pasa es que, como somos unos zoquetes y nos ahogamos en la  gramática, nos confundimos y creemos que lo que estamos es hinchados de porquería. Puede ser. No sé. Perdonen el chiste.

Y es que los necios somos como los animales, que no nos pensamos ni sabemos proyectarnos más allá de fin de mes. Porque, de otro modo, estaríamos eufóricos sabiendo que la economía del país, que es la nuestra, nuestra casa, como nos decían antes en las empresas, cuando nos contrataban –“aquí todos formamos una familia; el jefe es como el padre de todos”- va viento en popa, que la prima de riesgo está como una balsa de aceite, y que los inversores extranjeros meten codos para ponerse los primeros en la cola de nuestra ventanilla de ingresos.

Por eso Ángel, el barrendero de mi barrio –del que ya les hablé en otra ocasión–, no se entera de que debería estar feliz, porque pronto se notará en su cuenta corriente lo bien que navega nuestra economía –la nuestra, insisto, la de todos, la de Botín y la de usted, que todos vamos en el mismo barco. Que sí, no sea usted terco–. Ángel, al que hacía un par de meses que no veía, me ha contado esta mañana que acaba de regresar al trabajo después del mes y medio de paro anual al que le ha abocado, como al resto de sus compañeros, el acuerdo que alcanzaron con su empresa después de la huelga del pasado noviembre.

Resulta que el hombre ha tenido un pequeño contratiempo, y que por un quítame allá de no sé qué del IBAN de su cuenta o de su DNI, que anda duplicado con el de otro ciudadano, no ha podido cobrar la prestación de desempleo durante esas seis o siete semanas. Por eso su dinero anda ahora levitando en el limbo de la burocracia, en lugar de haberse posado en su cuenta de números rojos. Ángel me explica, con lágrimas en los ojos, que ya no sabe a quién pedirle ayuda, que ya ha recurrido a su madre, a sus  hermanos, a sus amigos… y que le da vergüenza seguir acudiendo a ellos, pero que si no lo hace no sabe cómo va a pagar sus facturas, a llenar su cesta de la compra. Ángel tiene trabajo, pero no tiene con qué sobrevivir ni a la primera semana del mes. Ya ven que es un  hombre muy corto de miras.

Cuando me despido de él pienso en todos mis amigos, familiares y conocidos que se han quedado en el dique seco en los últimos dos o tres años, y me sale, sin esforzarme mucho, a bote pronto, una docena. Casi ninguno de ellos ha vuelto a trabajar. Su edad media está entre los cuarenta y los sesenta, aunque también los hay mucho más jóvenes. Unos todavía buscan algo, otros se han resignado y sobreviven como pueden, tirando del paro -los que lo tienen-  la indemnización -los que la tuvieron-, de los ahorros, con ayudas familiares y la mirada baja. Afortunadamente, hay también alguna excepcción.

Una de esas excepciones es la de Antonio. El otro día firmó por fin su nuevo contrato. El jefe le pasó por escrito lo que iba a cobrar, unos 750 euros brutos al mes. Supongo que es mejor informar de estas cosas a través del papel. Hay cifras que deben de ser difíciles de pronunciar, algo así como el primer te quiero, pero al revés. O como las malas noticias.

Antonio llevaba más de un año mano sobre mano, desde que lo despidieron de un hospital madrileño, donde trabajaba como administrativo. Con el paro ya agotado, sobrevivía con el subsidio de los 400 euros. Ahora tiene una ocupación: dispondrá de doscientos más al mes para gestionar su pobreza. Eso sí, ya podrá celebrar que ha dejado de engrosar las listas del desempleo. Oficialmente, es un trabajador más. Se va notando la recuperación, gracias a dios.

“Lo peor del paro es que te cambia el carácter. Y eso, los gritos y el mal humor, lo paga tu familia, lo sufren tus hijos…”, me dice. Antonio es de mi edad, y tiene la misma mirada que Ángel. Supongo que la persona a la que va a sustituir a través de una empresa de servicios externos, cuando la despidan con el ERE que truncará su vida laboral, ya habrá comenzado a mirar también así. Somos tan miopes…

Esclavo en el hipermercado

23 Mar

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Ésta es una historia de inmersión periodística, pero recorrida hacia atrás. En realidad es el relato de un hundimiento laboral reciclado como testimonio informativo. Informativo para los que todavía tienen la suerte de disfrutar de un trabajo digno en España, porque imagino que para muchos millones de empleados esta película es el bucle en el que tratan de sobrevivir cada día.

Después de más de veinte años de trabajo como periodista, la madre de todas las crisis me dejó por fin varado en medio de un páramo. Sin derecho a prestaciones –en mi último empleo trabajé como autónomo para una asociación sin ánimo de lucro que editaba un periódico, y que tras dos años y medio de leal dedicación me dio una mala patada, que yo recibí también sin ánimo ni lucro-  y con la cuenta del banco cada vez menos corriente, acepté un empleo como auxiliar de organización (como denominan eufemísticamente las empresas de seguridad privada a los trabajadores sin cualificar que apoyan sus servicios) en un hipermercado situado en una ciudad del cinturón sur de Madrid.

700 eurazos

El sueldo: 700 euros, siempre que cumpliera al menos 164 horas en cada mes. Horas trabajadas también en días festivos y domingos, por supuesto sin compensación alguna por esa anecdótica circunstancia, y en permutaciones horarias que pueden obligarte a terminar una noche más tarde de las diez y media para comenzar el siguiente turno a las seis de la madrugada. El mercado, y no ese dios que descansó el último día de la semana, es el que manda.

Me presenté en mi debut, a las 06.00  horas de una mañana de mitad de  noviembre, con mi uniforme de auxiliar a estrenar (jersey con el logo de la compañía que presta este servicio para esa cadena de hipermercados, corbata de goma elástica, camisa blanca…). Hacía mucho frío, tanto desde el punto de vista meteorológico como desde el personal, porque lo primero que te hacen percibir al comenzar este trabajo es que la jerarquización entre los responsables de patrimonio del centro, los vigilantes de seguridad y tú, el miserable auxiliar, una categoría que ni tan siquiera merece contar con convenio laboral propio, podría inscribirse directamente en el sistema de castas de la India.

A las siete más o menos, el compañero peruano que me trata de explicar parte del cometido de mi nuevo trabajo, apresurada y nerviosamente por la exigencia de su misión inmediata (abrir las puertas de acceso desde el centro al muelle de carga y la propia tienda), me presenta a V1, el jefe de equipo. Éste me saluda con indiferencia, y ni siquiera se toma la molestia de mirarme cuando se refiere a mí hablándole a mi introductor, como si yo no estuviera presente: “Sí, ya me han dicho que viene nuevo; que hay que explicárselo todo”.

Me entregan el cuadrante para lo que resta del mes, y veo que los próximos cuatro días, de jueves a domingo, mi horario será de ocho y media de la mañana a diez y media de la noche. Lo llaman doblar turno, pero en realidad se trata de una jornada de catorce horas sólo interrumpida por sesenta minutos, de tres a cuatro, que no te pagan.

Los códigos

Mi trabajo durante esos primeros días consiste en plantarme en el pódium, como llaman a la entrada de la tienda, y procurar que nadie acceda sin antes precintar las bolsas con compra procedente de otros establecimientos, o con mochilas sin ser también selladas en las bolsas de plástico que el hipermercado ofrece para ello. También debo impedir, claro, que nadie salga con algún artículo sin pagar. Por último, mi cometido consiste igualmente en avisar al puesto permanente de vigilancia, el PPS, cuando accede al centro algún cliente “sospechoso”. Para ello, V1 me pasa sin darme explicación alguna una tarjetita con códigos numéricos que identifican a distintos colectivos: gitanos, moros, gente del este, chinos, suramericanos, españoles con pinta chunga…

Al principio, el pudor frena mi misión delatora. Me resisto a dar por sospechosas a personas que lo son sólo por su color o raza, pero V1 despierta mis instintos voceándome desde el walkie talkie: “¡Podio, llevas toda la mañana sin pasar un puto código!”

Esa es otra de las características de mi nueva identidad, que cambia en función del puesto que ocupo. Ya no soy yo, sino Podio, Tienda, Mercancías o, simplemente, A4. Como el coche, pero sin las mismas prestaciones. De hecho, en el mes y medio que trabajaré aquí sólo le oiré a mi jefe de equipo, V1, llamarme una vez por mi nombre, y será cuando me telefonee para preguntarme “si quiero”  trabajar en uno de mis escasos días libres, un sábado, además,  “para echar unas horas, que andas algo corto para llegar al cupo”. Le digo que sí, muy agradecido.

Durante las interminables trece  horas que paso en la entrada de la tienda no me puedo sentar ni una vez. Dispongo de un pequeño mostrador como único punto de apoyo, pero pronto el jefe de Patrimonio, J1, me dice que no me quede ahí, sino que me sitúe frente a los arcos de acceso, para tener mejor perspectiva. Cuento, eso sí, con una pausa de quince minutos que llaman ‘clave’ y que apenas da para llegar al cuarto de descanso para empleados y comer un bocado. La clave no tiene un horario fijo. Primero se la toman los vigilantes, y luego le dan permiso a  los auxiliares, a menudo con la recomendación de que sea “rapidita”.

Sin vida ‘civil’

Otra característica del trabajo es que te pueden cambiar el cuadrante sin previo aviso, con lo cual resulta casi imposible organizar la vida “civil”. Durante esas siete u ocho semanas que trabajaré en el hipermercado apenas tendré un fin de fin de semana libre, siempre amenazado por una nueva reorganización de turnos. Es lo que me ocurre con la jornada del 31 de diciembre, de la que en principio disponía. Feliz por esa pequeña circunstancia de alivio preveía pasar la última noche del año en mi pueblo, en Guadalajara, como cada año. Sin embargo, a mediados de mes se nos insta a los auxiliares a que comprobemos el cuadrante, porque “hay cambios”.

En efecto, de librar ese día paso a trabajar de diez de la mañana a ocho de la tarde. Nadie me ha consultado ni ofrecido explicaciones. Pese a todo, trato de cambiar mi turno con un compañero que esa tarde descansa, por si al menos pudiera salir a las tres y viajar a esa hora. Desafortunadamente,  cuando  trato de acercarme a él, en el podio, V1, siempre atento desde las pantallas o en la línea exterior de cajas de la tienda, interrumpe nuestro intento de comunicación con cajas destempladas: “¡Ya os he dicho unas cuantas veces que no os quiero ver ahí juntos!”.

En efecto, hablar con los compañeros parece ser otra de las cosas que no pueden hacerse en horas de trabajo. Los vigilantes sí se juntan cuando coinciden en la línea de cajas y se echan sus parrafillos y sus risas. También se apoyan en el mostrador de la caja central y bromean con las cajeras, pero se trata de un privilegio que, al parecer, está vedado a los auxiliares. De esta forma no he podido ni tan siquiera llegar a escuchar por qué mi compañero no puede cambiarme el turno.

Así se lo transmito al casi siempre áspero y enojado V1 por el pinganillo. “¡Pues lo habláis en la clave o por la emisora!”, me contesta. Es decir, que si quiero cambiar un turno o preguntarle algo al compañero debo hacerlo en los quince minutos del café, en los que nunca coincidimos, o por el talkie, en conversación abierta para el resto del equipo de seguridad. Minutos más tarde, el auxiliar de podio me pide a través de la emisora que acuda a su posición para comentarme una cosa, imagino esperanzado que algo relativo a mi propuesta. De inmediato, la voz de V1 surge como una fusta: “¡Podio, para qué cojones tiene que ir allí Tienda!”.

Porque ahora soy Tienda. En efecto, tras unos primeros días en los que cientos de clientes me vieron plantado en la entrada del hipermercado, he pasado a moverme de incógnito por el interior del comercio. Mi misión es detectar a posibles sospechosos, avisar de su actitud y, llegado el caso, y si así me lo mandan, seguirlos. Vestido de calle, deambulo durante once horas diarias por una tienda que se recorre, de punta a punta, y a paso de hacer la compra, en menos de tres minutos.

Dos gilipollas

¿Se imaginan cuántas veces se puede pasar a lo largo de once horas, 660 minutos, entre los pasillos de juguetes, de perfumería, de alcohol o de embutidos? ¿En cuántas ocasiones te puedes cruzar con los mismos dependientes, las mismas reponedoras o la señora de la limpieza? Ésta, precisamente, en la enésima vez en que nos cruzamos una tarde, en una situación evidentemente esperpéntica para ambos, me dice riendo desde lo alto de su coche de limpieza: “¡Parecemos dos gilipollas!” Su certera reflexión llega en un momento inoportuno, pues tras ella camina la segunda de a bordo del departamento de Patrimonio, una señorita Rotenmeyer que se suele enfadar mucho por cualquier motivo: “¡Pero es que no ves que va de incógnito y no le puedes hablar! ¡Hay que ver qué poquitas luces tenemos!”, brama. La señora de la limpieza no replica y se aleja por el pasillo central en su vehículo. Yo tampoco digo nada, y continúo mi no compra en dirección a los yogures, avergonzado por mí y, sobre todo, por la pobre señora de la limpieza.

Los de Patrimonio se toman muy en serio eso de tener a alguien de incógnito moviéndose como un alma en pena por la tienda. Al segundo día de mi nueva misión, un vigilante me avisa de que no puedo andar por ahí con las manos en los bolsillos, sino que debo coger una cesta, llenarla con algún artículo, y arrastrarla conmigo durante mi jornada. También me indica que he sido visto hablando con la señora que vende bombones a granel, cosa que al parecer tampoco debo hacer.  En adelante, cada vez que algún empleado de la tienda me saluda imagino la mirada gélida de V1, J1  o Rotenmeyer pendiente de mi reacción. Así que procuro contestar discretamente y seguir mi camino hacia la sección de comida de animales.

Pese a esos desvelos por parte de mis superiores por proteger mi identidad secreta, percibo que suelo ser detectado en seguida por aquellos clientes más proclives a enredar, como los grupos de adolescentes, casi niños, que pasan las tardes de los sábados probando los vídeo juegos o los artículos de deporte, y que al cruzarse conmigo imitan el gesto de hablar al pinganillo para burlarse de mí. “Caja central, avisa a caja central”, me imitan entre risas. En efecto, imagino que un tipo dando vueltas durante horas por la tienda con un delator cable que le sale del jersey en dirección al inconfundible pinganillo que lleva en la oreja no es precisamente el mejor ejemplo de agente secreto.

Un whiskycharly

A veces, cuando el dolor de espalda y de piernas, después de tres o cuatro horas sin parar, sobrepasa el umbral de lo razonable, pido permiso para ir al baño –ellos lo llaman ir al whiskycharly- sólo para poder sentarme dos minutos. Debo administrar bien esos momentos, porque más de un whiskycharly en el turno ya despierta el instinto de regañar que define al jefe. Porque V1 se impacienta en seguida y también riñe mucho, tanto a los otros vigilantes como a los auxiliares, por distintos motivos, y siempre enfadado: si soplas para comprobar que tu walkie funciona; si te ve en un pasillo donde de pronto te hace saber que no debías estar –“Tienda, ahí no haces nada, vete pa juguetes!”; si no has entendido a la primera lo que te dice por la emisora…

En la cesta con la que en mis recorridos por la tienda disimulo mi condición de infiltrado suelo echar productos voluminosos, pero de poco peso, como un paquete de pan de molde, un peluche, unas zapatillas deportivas o una bolsa de gusanitos. Eso convierte mi lista de la compra en causa de guasa entre las dependientas. A veces, por pura vergüenza, cambio mis itinerarios para no volver a cruzarme con alguien.

El ‘tontico’

Con el veto a hablar con los otros auxiliares o con el personal de la tienda, mi única comunicación es la que establezco a través del pinganillo con los vigilantes, con algunos momentos sonrojantes. Una tarde, escucho a V1 referirse a uno de los auxiliares, ausente en ese momento, como “el tontico”, y avisa de que le “tiene hasta los cojones y que igual celebra los Reyes en el Inem”. Unas semanas después volverá a hablar de ese mismo compañero en términos similares, esta vez en conversación pública con Rotenmeyer, que se niega a contabilizar la media hora de más que le ha llevado terminar su trabajo “porque es muy lento”. “¿Pero qué más te da, con lo que os pagan por tener a discapacitados trabajando? –contesta jocoso V1-  Lo que teníais que hacer es darle una pistola (las pistolas para la lectura de los códigos de producto) con dos botones grandes que pongan “sí” y “no” y así acabaría antes”.

De esta manera van transcurriendo las semanas prenavideñas, en las que llego a encadenar de nuevo cuatro días seguidos caminando por la tienda de diez de la mañana a diez de la noche. Cuando, de vez en cuando, trabajo sólo de diez a tres y media, al día siguiente tengo la sensación de volver de un largo descanso. Además, advierto que ya  he asimilado incluso el lenguaje con el que se comunican entre sí los miembros del equipo. Ya no digo “sí” o “no” para contestar, sino “afirmativo sí” o “negativo no”, que suena más molón. Ni “dime” cuando  me llaman, sino “adelante”, como en las películas que imitaba en mis juegos infantiles.

Como diciembre está acabando, pregunto por el cuadrante del mes siguiente, con la esperanza de contar con algún fin de semana libre para estar con mi familia, algún sábado para ver a los amigos, la tarde de Reyes para presenciar la cabalgata del barrio con mi hija… No está hecho, me dicen. Ni el 29,  ni el 30, ni el 31… Ese último turno del año, en el que trabajo hasta las ocho de la tarde, sólo sé que al día siguiente no tendré que recorrer mis habituales kilómetros por los pasillos de juguetes, porque el centro cierra. “El día 2 te llamarán para decirte cuándo te reincorporas”, se limitan a comunicarme.

Mi regalo de Reyes

El 2 de enero compruebo en mi cuenta que ya he cobrado: 768 euros por 184 horas trabajadas. Ni siquiera acumulando horas extras equivalentes a tres días me he aproximado a la mítica cifra –entre mis compañeros- de ochocientos. Es lo que hay, pienso, agradecido por tener al menos una nómina que llevarme a la boca. Por la tarde, a las 18.00 horas, impaciente por la falta de noticias, telefoneo para saber a qué hora debo incorporarme al día siguiente. “Ahora te llamamos, que V1 está en la clave”, me dicen. Media hora después se enciende en mi móvil el número del inspector de la empresa de seguridad. “Tengo malas noticias”, me comunica.

Al día siguiente acudo hasta las oficinas centrales a firmar el documento del fin de mi relación laboral con la compañía, por “la no superación del periodo de prueba”. La campaña de Navidad ha terminado, y con ella mi función. Me dicen que ya me llamarán “como en una semana” para que vaya a por el finiquito. Dos meses después, todavía sigo esperando.

Es España en 2013, un lugar en el que miles de hombres y mujeres se dejan cada día la moral y la salud trabajando por una miseria, maltratados por el patán de turno que abusa de su precariedad laboral, de su necesidad y de su miedo en esta mierda de país que nos va quedando. Mi cariño y mi solidaridad hacia ellos.

@ildefonsogr

P. D.: Consume, la ilustración de este artículo, es obra del artista urbano Ruina (@ElReyDeLaRuina en Twitter y en Flickr). Ejecutada en el Mercado de la Cebada de Madrid dentro del proyecto SeAlquila MERCADO. Se incluye en la reproducción que de este texto hace el semanario digital Vía52.

El artículo también ha sido publicado por la revista Números Rojos, y puede leerse en el blog que este medio tiene en Público.es

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