Tag Archives: explotación laboral

Un cocktail raro

12 May

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Me escribe por correo electrónico un antiguo y querido compañero del oficio, un excelente profesional y compañero. Buena gente, todavía en los primeros años de la treintena. Como tantos otros, lleva tiempo fuera de la rueda, expulsado del paraíso del trabajo remumerado o el empleo medio digno. Sus reflexiones me dejan muy tocado. Le pido permiso para reproducirlas aquí, no sin cierto pudor. Creo que es importante no olvidarnos de lo que sigue ocurriendo en este país, pese a que los que calzan las botas que nos pisotean pongan ese bochornoso e insultante empeño en negarlo:

“Mi día a día está un tanto marcado por altibajos emocionales donde a veces creo que todo es posible y otras, las más, me cubre el pesimismo más absoluto. He movido el CV y todas esas cosas que se hacen en esa situación y ni tan siquiera entrevistas”.

“Apenas he tenido tres encuentros, y dos nada relacionados con el periodismo, o no sustancialmente al menos, en los que me han llegado a decir cosas como que estaba demasiado preparado (sic) o a ofrecerme un mix ‘preparacontenidosalmismotiempoquecomercial’ demencial y en un tono cutre, imposible de compaginar de todas todas; me hizo gracia porque encima mi no rotundo (las cosas sé que no están para decir no, pero en algunas cosas mis principios son como diques) le dio pie a un “hay mucha gente interesada porque se va a sacar una pasta” (pero el proyecto, cosa curiosa, no sale todavía…)”.

“Frustrado, seguramente. Desencantado, con un punto amargado. Y todos estos adjetivos al final alimentan cierto poso de rencor en un contexto lleno de gurús, donde ves que en otros lados los inútiles que daban lecciones pero no apretaban teclas o, peor, no te dejaban hacer llamadas, siguen haciendo de las suyas por el mundo. No me puedo quitar cierta sensación de fracaso vital, por todo ello. De época equivocada, de camino equivocado… y de brújula rota que no encuentra el norte. Un cocktail raro”.

Todo mi ánimo y mi solidaridad a este compañero, y a otros tantos que sufren esta situación, amigos (unos cuantos, demasiados) y desconocidos (a millares, a millones). Yo he estado allí (y no descarto volver a estarlo). Sé lo que se siente. El desempleo no solo te roba tu fuente de ingresos, también socava tu identidad. No os dejéis. Podrá faltarnos trabajo digno, pero nunca dignidad. Ellos son los malos; nosotros, su amenaza.

PD. Me permito ilustrar esta entrada con una viñeta de El Roto, siempre un certero francotirador

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El hombre que se hizo rico ayudando a los pobres

4 Nov

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Hay un señor que se llama Amancio Ortega, y que según dicen algunos es el hombre más rico del mundo. O lo ha sido un ratito y ahora va segundo, no sé. Igual el banco ya le ha pasado este mes el recibo del gas o el de su comunidad de vecinos, y eso hace mucha mella en la cuenta corriente, bien lo sé yo.

En realidad, Amancio no quería ser el hombre más rico del mundo, sólo quería ayudar a que los pobres fueran menos pobres. Pero a veces, como Dios, la generosidad también escribe con renglones torcidos.

Porque, gracias a Amancio y otros como él, muchos millones de pobres celebran cada día que, en lugar de morirse de hambre o estar en el paro, puedan comer algo o tener un trabajo, las criaturitas.

Amancio permite que no se mueran esos pobrecillos asiáticos o brasileños gracias a que les deja coser su ropita, y también propicia que las chicas occidentales trabajen en sus tiendas por setecientos u ochocientos euros al mes, que es un montón de dinero para que en los ratitos que les queden libres puedan comprarle la misma ropa que vende tan barata.

Amancio y sus amiguitos que tantas cosas bonitas cuentan de él saben que, al fin y al cabo, siempre ha habido pobres, y que si no se les pegan las tripas, que eso es lo peor que le puede pasar a un pobre, es gracias a su altruismo (a lo mejor sí palman de frío, o porque se les caiga encima el edificio en el que tan apretaditos cosen para él y otros benefactores de su mismo perfil. Pero eso son ya cosas que envía Dios, y en eso no se meten, que es negociado que ya gestionan otras multinacionales).

¿Para qué necesitan más? ¡Si pobres ha habido toda la vida! ¿Cómo iba a funcionar el mundo sin pobres? ¡Qué lío les íbamos a armar!

El problema es que, así, de tanto ayudar a los pobres, Amancio se ha hecho el hombre más rico del mundo. Pero eso es algo que él no puede evitar. En realidad, Amancio tampoco quiere que deje de haber pobres, no le entendamos mal, sólo que las criaturas no se mueran de hambre, para que así sigan cosiendo ropita y anden ocupados haciendo algo útil. ¿Para qué necesitan más? ¡Si pobres ha habido toda la vida! ¿Cómo iba a funcionar el mundo sin pobres ni ricos? ¡Qué lío les íbamos a armar a esas personas complicándoles de esa manera su tránsito por este valle de lágrimas!

Y luego tenemos otro problema, y es el de todos los envidiosos que querríamos ser como Amancio y ayudar al mundo como él. No por ser ricos, no, sino porque todos los chinitos pudieran comer cada día su cuenquito de arroz, que es para lo que vienen al mundo. Ayudar a la humanidad, vaya, que es lo que hace Amancio, igual que el señorito Iván ayudaba a Paco el Bajo y su familia a no morirse de hambre en ‘Los santos inocentes’.

La gente que no quiere a Amancio es una envidiosa o una ignorante, o las dos cosas, porque no pueden ni imaginarse lo triste que debe de ser convertirse en el hombre más rico del mundo queriendo ayudar a los pobres (aunque esos ignorantes maledicentes prefieran llamarlos esclavos, con toda la mala baba del mundo, y hablar de derechos sociolaborales y todas esas ZARAndanjas).

Les pongo un ejemplo de esto último que decía reproduciendo aquí (pido perdón por ello de antemano) estas feas palabras que pronunció el año pasado Marina Albiol en su primera intervención como candidata de Izquierda Unida a las elecciones europeas: “Su riqueza se construye con nuestra pobreza. Las jubilaciones millonarias de los banqueros salen de nuestros desahucios. Sus yates, sus lujos… Salen de los niños que no pueden hacer ni una comida digna al día. Los beneficios indecentes de las grandes empresas son nuestra misera”.

¿Ves como hay gente que no entiende nada, Amancio?  Pero tú no hagas caso de esos envidiosos populistas, que ya sabes cómo somos las personas, y sigue con tu misión. Gracias y enhorabuena, campeón. Que sigas ayudando a la humanidad muchos años más.

Con un canto en los dientes

30 Sep

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El otro día iba yo en autobús por Madrid. Serían las nueve y media de la mañana, minuto arriba o abajo. En la parte delantera, sentada cerca del conductor, viajaba una mujer, de unos treinta y tantos o cuarenta, que mantenía con éste una rutinaria charla sobre el día a día de ambos. Conversación castiza y manoseada y expresión fatigada desde las primeras horas de la jornada.

Ella explicaba que se dirigía a su trabajo, en una tienda de ropa, de 10.00 a 20.00. Diez horitas, del tirón. Con treinta minutos, o menos, para echarse algo al estómago, supongo. También los sábados, añadía. “Al menos no madrugas”, le dijo el conductor, tratando de buscarle algo positivo al asunto. “Bueno, tampoco -le contestó la viajera-, porque tengo que levantar a mis dos hijos, prepararles el desayuno, llevarlos al colegio… La verdad es que desde las siete estoy en danza, y luego no llego a casa hasta pasadas las nueve. Pero, mira, tal y como están las cosas me doy con un canto en los dientes”.

Mientras la escuchaba -y calculaba la miseria de sueldo (¿700? ¿800? Tal vez, con suerte, ¿900?) que la mujer percibiría por dejarse la vida recogiendo prendas desechadas del probador y llegar a su casa de noche, hecha unos zorros- pensé en toda la tropa heróica que, como ella, brega con la vida en pulsos diarios, sin tregua ni esperanza de alcanzarla. Esos “working class hero” a los que cantaba Lennon hace 45 años (tantos, ya):

“Tan pronto como naces te hacen sentir pequeño, sin darte ningún tiempo en vez de dartelo todo. Hasta que el dolor es tan grande que ya no sientes nada. Un héroe de la clase obrera es algo que tienes que ser”.

Eso, decía, es lo que cantaba Lennon. Lo mismo que hoy, casi medio siglo después, se le puede seguir rezando a esa mujer del autobús y a los millones de personas que, como ella, sólo pueden otear el horizonte donde aguarda un domingo que  servirá para poner algo de orden en la casa y, con suerte, echarse la siesta de la semana, si los niños te dejan.

Con un canto en los dientes.

P.D.: Anoche me acordé de esa mujer escuchando a la señora Ministra de Empleo, doña Fátima Báñez, hablando del empleo de calidad que estaba creando su Gobierno. También me acordé del canto, y de los dientes.

Vacaciones por molestar

31 Ago

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En un país donde aproximadamente cinco millones de personas no tienen trabajo, y donde muchas de las que lo tienen también carecen (casi) de sueldo y de un amplio catálogo de derechos laborales de los que hasta hace poco se consideraban básicos, hablar en público de vacaciones exige antes aclarar que no existe ánimo alguno de ofender.

Precisado este punto, el caso es que recientemente tuve el privilegio de contar con un par de semanas seguidas de asueto. Fijadas y acordadas con mi jefe al menos con dos meses de antelación. El día anterior a mi libertad provisional, éste se lamentó sinceramente de que mi permiso llegara en un pésimo momento para la actividad del departamento. Qué mala suerte. Meses y meses de ardua labor y justo decido tomarme el descanso en la quincena que más podía menoscabar los intereses de la casa. El trabajador y su proverbial egoísmo, pensé para mis adentros, pero sin atreverme a manifestarlo en público.

Como le expliqué que ya tenía pagado el apartamento en la playa, mi jefe me sugirió que, de todas formas, podría dedicarle todos los días un ratito a echar un vistazo a mi correo electrónico, actualizar algunas cositas en la web, etcétera. En este punto se mostró muy comprensivo, desde luego, y mucho más flexible que cuando me recuerda todas las horas que figuran cada semana en mi contrato y que debo cumplir escrupulosamente. Para eso está firmado, me alecciona con toda razón. Por eso sentí un hondo pesar cuando le dije que iba a veranear en el siglo XX, en mi pueblo serrano, y que allí no tenía más guasa(p) que la de los viejos chistes de mi amigo Juanillo.

El caso es que me fui con mala conciencia. Porque, hoy en día, tener vacaciones es una indelicadeza imperdonable, una total carencia de compromiso con nuestras empresas, creo yo, con lo mal que lo han pasado y lo siguen pasando. Y no digamos ya si estas vacaciones implican la desconexión del currela con la fuente de calor de su plato de lentejas; si aquéllas se prolongan durante más de una semana; o si, en el colmo de la provocación, alcanzan hasta unos indeseables 21 días (de los periodos de un mes, como en la época de los Alcántara, ya ni hablo, por puro pudor). Provocación, desinterés y, por qué no decirlo, mala leche (por nuestra parte, claro está).

Lo curioso de este asunto es que el mío no es un caso excepcional de mala suerte, ya que he podido comprobar, hablando con otros privilegiados como yo, que sus pequeñas vacaciones también han venido a coincidir con los periodos que más podían hundirle la vida a sus jefes. Ni hecho aposta, vamos. Así que de este modo andamos unos cuantos, preocupados y casi arrepentidos de haber dejado nuestros negociados en la estacada a cambio de un par de semanas de pueblo o playa.

Pero también un poquillo orgullosos, en el fondo, por qué no decirlo, de saber que nuestra breve ausencia tanto perjudica al devenir de nuestras empresas, para las que sin duda resulta mucho menos traumático echarnos a la puta calle, ERE mediante, que sufrir nuestra ausencia durante tres o cuatro semanas al año. Debe de ser por eso de que es mejor una vez rojo que ciento amarillo. Digo.

Y eso que todavía me acuerdo de aquellas vacaciones de la existencia de antes del móvil, la crisis, la prima de riesgo y el FMI. Esos periodos en los que la vida laboral quedaba en suspenso hasta la fecha acordada, en los que el trabajador sólo tenía que preocuparse de gestionar su metro cuadrado en la playa o sus relaciones con el cuñado o la suegra. Y a nadie le parecía raro, ni antisistema, ni siquiera una desconsideración hacia nuestros empleadores, que ahora nos suspiran con el lamento contenido en la mirada cuando les recordamos que el lunes comienzan nuestros permisos (como todavía dicen nuestros mayores). “¿Pero otra vez? ¿Aún le quedan? ¡Joder, cómo genera la peñita vacaciones!”, le soporté gruñir una vez a un chusco capataz de redacción cuando le comuniqué que una redactora de mi sección osaba tomarse la semana siguiente. La misma redactora que llevaba un mes sin librar. Claro, que de eso el capataz ya no debía de acordarse, el pobre.

Decía que entonces -antes incluso de los años de la vida por encima de nuestras posibilidades- no disfrutábamos de la recuperación económica que tenemos ahora, ni de la marca España, ni de las conexiones wifi ni el cuatrojé. Entonces, en realidad, éramos unos insensatos y unas bestias embrutecidas a golpe de acumular días seguidos de ocio, lanzar miradas a las extranjeras en tetas de la playa y disputar partidas de parchís.

Por eso hoy, todavía contrito por el hueco que mi ausencia dejó en mi departamento durante esas dos semanas, cuando miro mi calendario y compruebo con angustia que aún me queda este año otra semana de vacaciones, no sé dónde meterme. Bien sabe el mercado que soy un trabajador leal, comprometido y, sobre todo, baratito, y que está lejos de mi intención hacer daño o poner tristes a mis jefes. Pero hay algo maligno en mí -ellos lo saben- que a la mínima ocasión me forzará, inevitablemente, a volver a fijar esa semana en el peor momento posible para mi actividad.

Como en la fábula del escorpión y la rana, es mi naturaleza.

El país de las neveras vacías

22 Feb

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Las neveras vacías sólo pueden enfriar ya el orgullo y la autoestima del que otra vez llama a sus puertas con la vana esperanza de no haber mirado bien por la mañana, antes de salir para eso que ahora llaman trabajo, si se tiene; de que detrás del bote de mayonesa casi vacío se esconda la última cena.

Se lo reconoció el otro día a mi amiga su nueva compañera de infortunios laborales: que hoy repetía ensalada de pasta, aunque hubiera preferido comer algo caliente. Pero en el frigorífico no quedaba nada más, ni en el frigorífico ni en los bolsillos, a esas alturas de mes.

Ambas son afortunadas, porque tienen trabajo, un empleo que les reporta 640 euros brutos al mes. Mi amiga es una profesional del diseño gráfico y la maquetación con décadas de experiencia, talento y conocimiento que el lunes pasado, después de dos años sin trabajo, se incorporó a su nuevo puesto, a dos horas y media de transportes públicos de Ciempozuelos, una ciudad madrileña que ni siquiera coge cerca de sí misma.

Allí, en una gasolinera plantada en un polígono industrial medio desmantelado, debe tratar de colocar a los escasos clientes que por allí se dejan caer una de esas tarjetas visa que te permiten pagos aplazados, acumulación de puntos y no sé qué otras mierdas más.

Le dicen que no puede ofrecérselas a señoras de la limpieza, porque ellas cobran casi todo en negro, ni a rumanos ni a búlgaros; que desconfíe de los clientes que se le acerquen antes de que ella los aborde; y que esté al loro, porque en cualquier momento se le puede presentar el Señor Mistery, un inspector de su empresa haciéndose pasar por un potencial cliente que calibre su actitud ante el reto profesional que tiene por delante. El Señor Mistery, hasta en la supuesta ironía son cochambrosos.

Antes, un ganapán impostado de supervisor, un zopenco presuntuoso, le ha presentado esta estafa laboral a mi amiga como una gran oportunidad, atribuyendo la vertiginosa rotación de esclavas que anteriormente ocuparon su puesto a que en España “la gente no tiene ganas de trabajar”. Ella ha acertado a responderle con la velocidad de una comedia de situación estadounidense: “De lo que no hay ganas es de pagar”. Siempre queda molestar.

Al final de los cinco días laborables de su semana de estreno -“una de las ventajas de este trabajo es que no se hacen fines de semana –le dice el zopenco-, a menos que veamos que lo necesites porque estás floja”-, mi amiga hace balance: le han gritado groseramente dos veces, una de ellas porque la sorprendieron tomándose un café en el bar de enfrente, “abandonando su puesto”; ha dedicado más de cuatro horas de su día a combinar trenes y autobuses para llegar al fin del mundo y volver de él; ha pasado seis horas diarias de pie en la tienda de la gasolinera y ha logrado colocar tres tarjetas (le dicen que para cobrar comisiones debe vender a partir de dos diarias, con lo que me cuenta que muchos nuevos empleados recurren durante las primeras semanas a sus familiares y amigos para cubrir al menos ese cupo y conservar sus empleos). Su recompensa, en el país de la recuperación, será cobrar a fin de mes una miseria que no alcance ni los 600 euros.

En el país de los trabajos de las neveras vacías, el zopenco ha reñido a otra de sus compañeras por no calzar de forma adecuada. El problema, me explica mi amiga, es que la chica no tiene zapatos como los que la exigen, ni dinero para comprarlos. “¿Qué número calzas? ¿Te apañas con un cuarenta?”

Menudencias en el País de la Recuperación, el país rico donde uno de cada tres niños es pobre, el país opulento sobre el que Cáritas acaba de advertir acerca de la amenaza de que la pobreza y la desigualdad entre sus habitantes se convierta en “estructural”. El país de las neveras vacías y los pies descalzos que siguen caminando hacia los nuevos empleos de las viejas cadenas.

La crisis ya es historia (II): despedido por pedir más sueldo ¡con 541 euros al mes!

14 Ene

Hoy alguien me ha reenviado un correo en el que una persona anuncia que ha sido despedida. Su delito ha sido pedir aumento de ¿sueldo? Sólo omito los nombres propios, lo que permanece es la misma mierda en la que llevamos viviendo desde hace seis años, los del recorrido de esta estafa que llaman “crisis que ya es historia”. Pego a continuación el texto de ese correo: conciso, directo al grano, sin adornos, una pieza literaria en sí misma:

“Mi ciclo en XXXX ha terminado, ayer me despidieron y lo cierto es que lo esperaba. El motivo oficial es reestructurar en la empresa, el real es que pedí un cambio y un aumento de mi situación laboral ya que con los tres niños y los 541 € no podía continuar. Antiguamente XXXX (el anterior jefe) me daba horas en otros servicios y con eso apañábamos el mes aunque me separaba de mi familia. Lo injusto de todo, lo que no podía sostener más es el saber que otros compañeros realizando las mismas funciones y estando en el mismo departamento cobraran el doble de sueldo. Es una injusticia que no pude soportar”.

¿Se puede decir más con menos palabras? Permítanme que hoy yo, por tanto, se las ahorre a ustedes.

@ildefonsogr

La crisis ya es historia (I), ¿o qué se creían?

29 Dic

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Estaba el otro día desayunando con mis compañeras de oficina, que me tratan de lujo. Me encontraba de un humor excelente, porque después de haberme reenganchado a mi oficio de toda la vida las ganas de molestar se me habían rebajado notablemente. Sí, amigos, el nuevo trabajo funcionaba en mí como un Hemoal contra las hemorroides morales que la España en crisis me provocaba, aunque a mí no me diera la gana mantenerlas en silencio. Qué tiempos.

De todos modos, como ya no estábamos en crisis, o casi (así se lo había escuchado decir durante los días anteriores al Presidente y sus corifeos), mi egoísta y acomodaticia conciencia parecía conformarse con mi nuevo estado sin hacerse más preguntas. Ahora ya me podía sentar cómodamente a tomar el montadito de las once y cuarto. Sin que me doliera el culo.

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Pero, de pronto, alguien habló de la señora de la limpieza, una mujer cubana con nombre y cortesía de princesa árabe que dos o tres veces por semana se pasa por la oficina para sacarla brillo. Yadira tiene ya los suficientes años para no asustarse de nada, pero hasta hace poco tuvo que dormir durante varios meses en el coche. Su marido había perdido el empleo, y a ella se le cerraron un montón de puertas que antes la reclamaban. Después de más de una década en España, un viejo utilitario aparcado en la calle se convirtió en su residencia multiusos.

Ahora le va mucho mejor, porque sus maltratados huesos ya han encontrado una cama sobre la que descansar. Eso sí, en un pueblo de Toledo desde el que tarda en llegar a su trabajo en Madrid casi tanto tiempo como lleva volar desde La Habana a Barajas. ¿Ven como es verdad que vamos mucho mejor? Más tranquilo, le di otro mordisco al bocata.

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También me alegro un montón por todos esos chavales y no tan chavales que, guiados por su espíritu aventurero, como nos reveló hace un par de años un alto cargo del Gobierno, se habían marchado de España entre 2008 y 2013 (unos 220.000, según datos publicados en mayo de 2014) de acuerdo con los datos del Instituto de la Juventud de España –Injuve-. También ellos, mientras recogen cada tarde los restos de los banquetes de comida rápida de un restaurante de Londres o Berlín, estarán de acuerdo (porque sin lugar a dudas se trata de la generaciónmejorpreparadadelahistoriadeEspaña)  en que su país va mucho mejor. Para eso también sirven los estudios, para saber reconocer lúcidamente los paisajes que te rodean, digo yo.

Y es que, ¿quién puede dudar de que 2014 ha sido un gran año para España? No, desde luego, todos esos españoles que han encontrado por fin un trabajo. Cierto es que por 600 o 700 euritos al mes. Pero, como ya dijo hace poco otro alto cargo de éste nuestro Gobierno, “no hay trabajo más precario que el que no se tiene”. ¿Lo ven? Es que somos de un conformar muy jodido, y no agradecemos lo que tenemos. Qué país. ¡Si hasta estando gordos como peonzas nos quejamos de pasar hambre!

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Por eso, y con muy buen criterio (como diría un pelotillero cuadro medio de esos que transmiten a los currelas las ridículas órdenes del jefe), nuestro Gobierno se ha visto obligado hace poco a aprobar una ley contra las subversivas protestas de los inconformistas de siempre, los que protestan por todo, por armar jaleo. Y encima la han llamado ley mordaza, los listillos de guardia. No te jode. Pues que sepáis que se os ha acabado ya la juerga, así que dejad de montar follones y aceptar esos currelos de recuperación que se os van a ofrecer en los próximos meses, que serán los de la resurrección definitiva de la marca España.

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Así que me despido, deseándoles un muy feliz nuevo año y mucho más reconfortado por lo que nuestros mandatarios proclaman y los valientes medios de comunicación que comen de sus aparatos difunden. Todo va mejor. Que no hagan caso de los provocadores y levantiscos de turno mis conocidos y familiares que acaban el año igual que lo empezaron: sin trabajo ni esperanza, hechos una mierda.

Porque muy probablemente -si es que se lo merecen, que nunca se sabe- les aguarde a lo largo de los próximos 365 días la recuperación en formato de 600 o 700 pavos. En las urnas se lo agradeceremos, si es que las vuelven a poner, porque al paso que vamos… ¡Y ni falta que hace, coño! Total, ya estará ahí el FMI, como en Grecia, suspendiendo las ayudas hasta saber que votamos al Gobierno correcto. Si es que, como dijo aquél, no se nos puede dejar solos…

PD: Como ya habrán podido disfrutar, las viñetas que ilustran este contracuento navideño son obra del gran Chumy Chúmez, tan de rabiosa actualidad como siempre lo están los grandes.

@ildefonsogr

De mariposas a gusanos

24 Jul

Vaya por delante una de Perogrullo: lo peor de quedarse sin trabajo es que con ello pierdes la pasta con la que pagabas tus facturas, tu ocio, tu independencia. Faltaría más. Sin embargo, existe otra pérdida mucho menos visible a corto plazo, pero que con el tiempo te horada como un gusano voraz, te despoja de tu identidad y relega tu anterior autoestima al cajón de los sueños que un día se te quedaron demasiado grandes.

Ocurre cuando con el paso de los meses de llamadas sin retorno uno empieza a preguntarse si volverá a trabajar alguna vez, si será capaz de llevar a casa dinero con el que volver a pagar las facturas, el ocio, la independencia y la identidad.  Porque estás ya más cerca del medio siglo que de la crisis de los cuarenta, y comienzas a tener la sensación de que por tu estación ya sólo cruzan vías muertas.

Sin embargo, de repente un buen día sucede lo inesperado. Es el caso de una amiga que llevaba dos años en paro -¿o eran tres?- y que a finales de la pasada primavera atisbó por fin un amago de resurrección laboral. Se trataba de un trabajo a media jornada en el aeropuerto, como auxiliar en tareas de atención al viajero.  Era una mierda de trabajo -como todos los que ahora nos llevan en volandas a la milagrosa recuperación económica que cada día cacarea el ministro Montoro y sus colegas de bancada azul-, pero a estas alturas ya ni siquiera hay que añadir este calificativo al término trabajo: nuevo empleo y mierda son ya conceptos redundantes, como mar salada, sangre roja o político corrupto.

En su vida laboral anterior, mi amiga disfrutaba de un buen ambiente, de un clima civilizado.  Recibía un trato respetuoso de superiores y compañeros, tenía un buen horario y un sueldo decente. Su identidad era la de una trabajadora competente que, como tantos otros, un día tuvo que pagar los platos rotos por la incompetencia de los tipos que se zampan desayunos de mil pavos servidos por camareros con pajarita en la sala de juntas, mientras deciden que hay que echar a la calle a otros cien padres y madres de familia. Para ir tirandillo.

Pero eso era agua pasada. Por eso mi amiga se enfrentó a su nueva oportunidad con la incertidumbre y la ilusión de los que vuelven a debutar tras una larga ausencia. Con vergüenza torera.

Ahora está abatida, muy triste, porque dos meses de malos tratos por parte de sus jefes –“¡búscate la vida!; ¿dónde te metes que ya tenías que estar aquí hace media hora?; ¿pero otra vez tienes que ir a mear?”-, turnos de trabajo infames y un trabajo físicamente fuera de su alcance han podido con ella. O así lo cree, al menos. Ha tirado toalla y se siente derrotada, inútil. Piensa que no ha estado a la altura de esta nueva oportunidad. La España de la recuperación y de los trabajos de explotación vil y descarada ha logrado por fin impactar de lleno en la línea de flotación de su identidad.

Porque de eso se trata, de que no sólo renunciemos a nuestros anteriores derechos laborales, a aquellos salarios decentes que te permitían saltar de mes en mes sin consultar acojonado tu cuenta bancaria desde el día cinco, sino de que también te despojes de tu identidad, de tu autoestima, de tu capacidad de exigir que te traten con respeto. Te hacen sentir como una mierda, porque así ellos te podrán tratar como tal con mucha más facilidad.   

Ahora mi amiga está hecha polvo, dándole vueltas a la cabeza, asimilando la nueva identidad que los esclavistas de toda la vida han diseñado para ella, para mí, para ti, para todos ustedes,  los nuevos pobres. Es el círculo perfecto: el empleo se recupera, dicen, pero los trabajadores somos cada vez más miserables y resignados. Se trata de toda una metamorfosis para devolvernos a nuestro verdadero ser. Como el dios de ellos manda.

Un beso para ella y para todos los que ahora, y desde hace tiempo, nos encontramos inmersos en este proceso de reconvertirnos de mariposas en gusanos (pasando antes por el estado de capullos, claro está). Esperemos que, al menos, en el futuro no nos falte la morera ni unos agujeritos en la tapa de la caja de cartón. Porque hasta los gusanos necesitamos respirar. Digo yo.

PD: Ayer leí que el  Banco de España  pide “incentivar el ahorro ante la previsible caída de la pensión media” en el futuro. Es un gran consejo, sobre todo teniendo en cuenta que hace un año esta misma institución proponía contratar parados por debajo del salario mínimo. Menos mal que entre esas buenas gentes que velan por nuestro futuro no falta el humor. Benditos sean.

¡Remad y vivid!

8 May

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El otro día provoqué el enojo de María Eugenia. Me dijo que me iba a comprar unos tirantes, para que no se me cayeran los pantalones, y le contesté que si en 47 años no había habido nadie capaz de corregir esa inexplicable malformación que me afecta, no creía que ella fuera capaz de lograrlo.

Fui un impertinente, pero es lo que tengo (y así me va). De todas formas, para congraciarme con ella, ayer despejé de papeles la gran mesa de reparto que tenemos en el departamento de servicios generales, para que la pudiese limpiar cómodamente. Ella sonrió condescendiente, casi con orgullo apenas disimulado, como una madre que sabe que su pequeño respondón quiere hacerse perdonar con un ingenuo gesto premeditado de cariño.

La verdad es que, en su afán por guiarme y hacer de mí un ordenanza de provecho, María Eugenia es a veces un poco impositiva, igual que una tasa. Como pasa con Hacienda, también sientes que te vigila. En ambos casos sé que es por mi bien, aunque a veces me duela. Perdóname, María Eugenia.

Mientras tanto, mis carruseles entre los tres edificios de la empresa ya se han hecho familiares para los trabajadores de la casa, y percibo que me van tomando cariño. Por ejemplo, ayer una de las más veteranas secretarias analizó de manera positiva mi reciente incorporación y la de mis compañeros procedentes de la empresa de servicios que ha sustituido con nuestra fuerza y entusiasmo laboral a los antiguos trabajadores del grupo, ERE mediante, “porque al fin y al cabo los que se han ido ya ganaron aquí mucho dinero, y por lo menos con su marcha se da trabajo a unos pobrecil… Estooo, a unas personas que no tenían nada”.

En mi condición de pobrecil… me sentí reconfortado con su cálido consuelo. “¡Y que no falte!”, como me anunció el otro día un señor con el que subimos mi carrito y yo en el ascensor, y a los que se refirió como una unidad indivisible: “¡Lo echarás de menos cuando llegues a casa!”. Mola mucho sentir esa empatía por parte de la gente con la que viajas colgado entre plantas –dicho así, es casi una experiencia lisérgica.

Y es que, al fin y al cabo, como también me anunció otra secretaria la pasada semana comentando unos recientes cambios que se han producido en la cúpula directiva del grupo, “esperemos que funcionen, porque aquí todos vamos en el mismo barco”. Son verdades como puños –por lo que duelen al impactar sobre uno-, que van curtiendo mi maltratado y huidizo corazón de pobrecil… Y yo tan agradecido. ¡Y que no falte!

Es curioso, porque por la noche, mientras exploraba con el mando a distancia de la tele un universo de canales del espacio exterior sin rastro de vida inteligente, me posé de pronto en una emisión ya avanzada de Ben-Hur. Y volví a ver a Charlton Heston pasar de batirse a cuadrigazos con Mesala a remar en galeras encadenado. Poco antes de que su nave se vaya al fondo del Mediterráneo, el almirante Quinto Arrio se dirige a los pobres infelices –perdón, quería decir pobrecils…- de este modo: “Ahora escuchadme, galeotes: a todos vosotros se os condenó. Os mantenemos vivos para servir esta nave. Por lo tanto remad, y vivid”. Menudos cabrones, los romanos. Menos mal que ahora vivimos en tiempos más civilizados.

En Twitter: @ildefonsogr

La tormenta (laboral) perfecta

22 Abr

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Fotograma de ‘Metrópolis’ (1927), dirigida por el alemán Fritz Lang.

 

La explotación laboral alcanza a veces un refinamiento exquisito, incluso sorprendente en una bestia insaciable que sin embargo sabe buscar y encontrar con astucia las fórmulas idóneas para apretar aún más la tuerca al desgraciado que habita en el gueto subterráneo de Metrópolis, aquella película en la que los ricos disfrutaban de la vida en una futurista ciudad de rascacielos mientras que los obreros que producían para ellos sobrevivían confinados bajo tierra.

En el gueto laboral del siglo XXI existe en algunos de los más precarios empleos –esos que llaman servicios auxiliares, que suena a algo muy parecido a lo del auxilio social del franquismo- una cosa que llaman cupo, y que marca el mes laboral de los esclavos. Como la cartilla de racionamiento de los hambrientos. El cupo es el número mínimo de horas que debes trabajar cada mes para ganarte tu mísero sueldo de 700 euros. En mi caso, 166 es el dígito que cifra la condena.

Si al final de cada mes no llegas a ese número algunas empresas te pagan un sueldo aún más exiguo (sueldo exiguo suena más noble y bonito que puta mierda, qué duda cabe). Siempre según convenio, desde luego. Febrero, por ejemplo, es un mes muy cabrón, porque tiene la mala costumbre de contar con hasta tres días menos que sus hermanos mayores. Son cosas que los que habitan en la superficie no saben. Ellos celebran febrero, y la Semana Santa y demás fiestas de guardar porque cobran lo mismo por trabajar menos. En los sótanos del mercado laboral ocurre exactamente lo contrario. Siempre debes algo. En la paradoja del mundo productivo en el que hoy me muevo, el empresario no solo ha conseguido ahorrarse pagar los festivos, sino que en un más difícil todavía ha logrado que sean los trabajadores los que le deban aquellos.

En mi actual empresa –me dicen mis compañeros más veteranos- no te pueden pagar menos si no llegas al cupo, pero sí mandarte a cubrir otros servicios con los que puedas alcanzar esa cima, al menos dentro de los dos meses siguientes a la “deuda”. Por ejemplo, durante un fin de semana. Así, si de lunes a viernes te ganas el pan duro como ordenanza o recepcionista en un complejo de edificios donde trabajan cientos de personas, pero tu cuadrante revela que te faltan ocho horas para llegar a la cumbre, el inspector puede mandarte tranquilamente un sábado o un domingo a currar a cualquier sitio para cubrir otro servicio. Sin que eso le cueste un euro más a Metrópolis.

Otra consecuencia del cupo es que, si el cuadrante está debidamente confeccionado, éste te puede ir arañando sabiamente los minutos de cada jornada para que estés en deuda permanente, de tal manera que si un mes trabajas diez o quince horas más del cupo (porque un compañero se ponga enfermo, tome vacaciones o se presente una sobrecarga de trabajo, por ejemplo), éstas no se reflejen en tu nómina del mes siguiente, puesto que no serían más que tiempo devuelto a tu noble empleador, que tan generosamente te lo cedió antes. Se trata, como ven, de detraerte la justa sangre cada jornada para cobrártela luego a la carta. Un poco como los bancos.

Así, tras mi primer mes de trabajo en mi nuevo puesto me informaron de que mi jornada diaria se reduciría desde el día 1 en un cuarto de hora. Quince minutitos. Qué suerte tengo. Ahora, en lugar de entrar a las dos y media y salir a las diez –en mi turno de tarde-, me incorporo a las tres menos cuarto. Por la mañana salgo a las dos y cuarto, en lugar de las dos y media. Eso sí, seguiré entrando a las siete. Lo malo es que, tacita a tacita, ese cuartillo de hora me supondrá un total de cinco horas mensuales, lo justo para no llegar ningún mes al dichoso cupo. Ahora sí que me siento en deuda con mi empresa. Nunca se agradece lo bastante lo que los empresarios hacen por nosotros. Benditos sean.

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