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Ante el final de mi viaje estival

16 Sep

En apenas un par de semanas habrá concluido el contrato que me ha llevado este verano a viajar entre quioscos de la ONCE. Un viaje alternativo, inusual y enriquecedor (poco en lo económico, pero mucho en lo personal) en el que he aprendido algunas cosas y corroborado otras.

He descubierto, por ejemplo, que los bancos no son tan malos como los pintamos, que tienen una estupenda utilidad social. Que se lo pregunten, si no, a las docenas de personas que he visto durante estos tres meses dormir en el interior de sus cajeros automáticos.

También he comprobado que es muy difícil discutir con un compañero sordo. En el acaloramiento nunca sabes si lo que estás diciendo es entendido con claridad por tu interlocutor. Al mismo tiempo, más que comprender lo que él te quiere comunicar, lo intuyes a través de sus gestos y algunas palabras medio inteligibles. Y así no hay manera. Pero… ¡Esperen un momento! Olvídenlo: en realidad, no parece diferente a discutir con cualquier persona, oyente o no.

Otra cosa que sí he aprendido es que si te para la Guardia Civil en un control de alcoholemia, y el que conduce es tu compañero -que no oye nada por debajo del umbral sonoro del escape libre de una moto de nosecuántosmil centímetros cúbicos- conviene que estés atento para aclararle al  agente la causa por la que aquél parece ignorar sus preguntas mientras busca la documentación del vehículo. No conviene impacientar a un benemérito.

Y he visto la cara oculta de la luna: la noche en la ciudad, con algunas calles llenas de gente –sobre todo inmigrantes-, que huyen del calor madrileño sentados en las aceras, en los bancos públicos, e incluso en sillas plegables, como esa tertulia que una docena de mujeres mantenía cada noche en una calle peatonal de Getafe. O esa otra, en la que varias señoras de las del barrio de toda la vida departían tranquilamente en San Fernando de Henares, sentadas en un banco contiguo al que ocupaban varios jóvenes negros, que también disfrutaban de la noche veraniega tomándose unos refrescos comprados en el chino.

Ah, y las tiendas de chinos, que se han convertido en algo tan común al paisaje urbano de nuestras ciudades como los semáforos, las farolas o los bares. Si, como canta Sabina, sólo en Antón Martín hay más bares que en toda Noruega, en cada barrio de la Comunidad de Madrid hay más chinos que en el mismo Pekín. ¡Y qué tarde cierran!, para suerte de los sedientos trabajadores que se ganan el pan a esas deshoras.

También, y esto me lo han contado, he sabido que para trabajar en la calle es mucho mejor el verano. Tratar de limpiar cristales en pueblos de la sierra madrileña a las dos de la madrugada en diciembre o enero no resulta una tarea grata. Ni conducir por esas carreteras, donde nunca sabes dónde te aguarda la placa de hielo que te sacará de la vía. Este invierno, cuando esté en la cama, calentito y seguro, me costará algo más dormir pensando en los que han sido mis compañeros a lo largo de estos calurosos meses, y que entonces estarán usando alcohol para sacar en luz los vidrios de los quioscos, que limpiarán intentando protegerse de los grados bajo cero escondidos detrás de dos o tres jerséis y varios pares de calcetines.

Por último, he confirmado algo que ya tenía aprendido desde hace mucho tiempo, pero que no por ello me deja de poner de muy mal humor: que los pobres lo somos también para cometer errores. Que si mientras trabajas dentro del quiosco alguien se lleva la silla, que has tenido que sacar a la acera, eres tú quien la paga. O que si, por un descuido, te has dejado la furgoneta abierta y otro amigo de lo ajeno te levanta, por ejemplo, el juego de llaves de una docena de quioscos, palmas los 700 euros que costará cambiar las cerraduras. Más de la mitad de tu sueldo de un mes currando de noche, jugándote el bigote por esas carreteras donde se te puede cruzar un jabalí, una vaca, o la placa de hielo que ya conocimos en otro párrafo. Sólo porque has tenido la mala suerte de que coincidiera un mínimo descuido tuyo con la presencia de un choricillo callejero atento a la jugada.

Y pienso, al mismo tiempo, en todos esos tipos de tarjetas oro y zapatos de mil pavos que nos han jodido el país, los irresponsables cuyos graves errores de gestión hemos tenido que rescatar nosotros, los mismos a los que ellos amenazan con echarnos de nuestras casas al primer infortunio. O en esos otros que calientan escaño, trono municipal o borbónico, o butaquita de esta o aquella comisión, y que casi nunca pagan por sus descuidos, e incluso son indemnizados generosísimamente por ellos. O en esos macarras laborales que se quejan porque su despacho no tiene buenas vistas, mientras deciden impunemente que, para optimizar los recursos, van a pagar menos de 700 euros al mes a chavales a los que hacen trabajar en jornadas infames, incluidos domingos y festivos, y a los que, también, a la menor equivocación, les robarán parte de su minúsculo salario de subsistencia, o les echarán a la puta calle, sin más. Y es que errar es humano, pero más humano todavía parece ser joder al prójimo que está bajo tu bota. O bajo tus zapatos de mil pavos. Sí, definitivamente, es mejor ser rico. También para cometer errores.

Todo esto, y más, es lo que he aprendido durante estos tres meses. Pero quizá me he extendido demasiado en mi relato. Lo sé, y por eso les pido perdón si he abusado de su paciencia al hacerles ver con tanto pormenor el álbum de fotos de mis viajes de este verano. A cambio, si me honran con su confianza, prometo dejarles un día de estos los cristales de casa como una patena.

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Desnudo se pierde mucho

19 Ago

Me lo reveló mi abuelo, hace muchos, muchos años, una mañana de playa, en una de sus impagables sentencias: “Hijo, la mujer,desnuda, pierde mucho”. Fue en Torrevieja, Alicante, como diría Mayra Gómez Kemp. En la playa de Los Locos. Buen nombre, sin duda, para un arenero junto al mar en el que mamíferos en posesión aparente de todas sus facultades mentales se tienden al sol bajo cuarenta grados de castigo, de manera voluntaria y por presunto placer.

Mi abuelo tenía razón, como casi siempre –aunque estoy seguro de que habría matizado su atinado comentario de llegar a conocer a todas mis amigas y conocidas, incluida la señora del quiosco de mi barrio, que sé que me lee.

También, claro, hubiera estado en lo cierto si su comentario se hubiera referido a los hombres. Pero mi abuelo Ildefonso no perdía el tiempo con asuntos ajenos a su interés. El caso es que, en general, y con todas las admirables excepciones que se quieran, las cosas desnudas suelen sufrir una seria mengua en su atractivo, como ver un televisor destripado, los decorados de una representación teatral o, sin ir más lejos, la tramoya de los medios de comunicación sin la tapa trasera, como las viejas radios de válvulas.

Por ejemplo,  el otro día me ofrecieron un trabajo por fin relacionado con el periodismo, mi supuesto oficio. El ayuntamiento de una ciudad de tamaño medio quiere informar del día a día de su municipio ayudando a impulsar un buen periódico on line, abierto a todos los ciudadanos.

Elevada intención, bien vestida: traje impecable, de sport, moderno y juvenil, que igual te vale para diario que para una fiesta informal. Lástima que la percha desmereciera, pues la propuesta pasaba por que yo crease una asociación por mi cuenta, también con un terno bonito de promoción de la comunicación y la cultura en la ciudad –que yo casi no había pisado en mi vida– y me presentase a la mesa petitoria de subvenciones de ese ayuntamiento, que por supuesto me concederían, además de sus campañas publicitarias ya presupuestadas. Todo ello fiado a la palabra de mi interlocutor.

La web, por supuesto, debía loar en su justa medida la excelencia de la gestión del equipo municipal, que la financiaría de ese modo por vía interpuesta, desde la sombra, arrancando así la campaña electoral a dos años vista con el dinero de los propios ciudadanos y un pringadillo movido desde el despacho del alcalde. Eso sí, vestido con un bonito conjunto arlequinado, o de payaso listo. O tonto, imagino.

Es solo una pequeña historia sin importancia en la boutique del periodismo patrio que el otro día me encontré entrando y saliendo de probadores. Sin duda, la propuesta ganaba mucho vestida, pero yo preferí quedarme, más que desnudo -con perdón-, en pelotas, que parece lo mismo pero no termina de serlo. Y así seguimos. Menos mal que estamos en verano.

El periodista invisible

3 Jun

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Los del banco me han mandado hace unos días una carta comunicándome que estoy en unos alarmantes números rojos, pero yo les he tranquilizado diciéndoles que mañana me ingresan varias unidades de visibilidad y prestigio. No me han contestado aún, pero imagino que se habrán puesto muy contentos por la noticia. Ellos sí que entienden la importancia de este tipo de recompensa laboral, no como el carnicero de mi barrio, que se negó a despacharme el otro día unos filetes que le pedí si no le daba a cambio unos cuantos euros. Qué grosería y qué falta de sensibilidad. Cochino dinero.

Y eso que le dije que no era yo solo el que pensaba así, sino que reconocidos profesionales (con muchísima más visibilidad que yo, dónde va a parar) también lo defienden. Como la periodista Montserrat Domínguez,  que ahora dirige la versión española del Huffington Post, un medio muy guay que se publica en Internet, y que paga a sus colaboradores en esa moneda tan pura, tan pura, que sólo los corazones más limpios, como el de Montserrat, son capaces de valorar.

Bien lo sabe Montserrat, porque también ella tenía mucha visibilidad y prestigio cuando trabajaba antes para la Cadena Ser y otros medios. También tiene mucha visibilidad y prestigio el Grupo Prisa, que es quien edita ese digital en España. Por eso sabían de lo que hablaban cuando en la presentación del  Huffington, el año pasado por estas fechas, regalaron al mundo el anuncio de que sus colaboradores cobrarían en esta moneda de nuevo cuño, que sólo los espíritus más hoscos y mezquinos son incapaces de apreciar.

Pero vamos avanzando, aunque poquito a poco, porque cada vez somos más los que ya podemos ver el bonito traje del emperador, con sus bordados en oro, sus nobles telas y todas esas cosas. Por ejemplo, la semana pasada contacté con un chico muy majo que se encarga de una revista digital preciosa, de temas culturales y tal, y le mandé mi currículum, un documento lleno de manchas, porque está construido sobre trabajos que durante veinte años tuve la desvergüenza de cobrar en dinero, pese a que también me dieron alguna visibilidad, escasa, pero visibilidad, al fin y al cabo.

Lo hacemos porque nos gusta

Este chico me dijo muy educadamente que no pagaban por las colaboraciones, pero me animó a proponerle algún tema, porque mi perfil le pareció interesante y, sobre todo, porque “hacemos esto porque nos gusta, por el prestigio, los contactos, etc., aunque también aspiramos a ganar dinero en un futuro”. Y yo, que todavía no he logrado desprenderme de la podredumbre materialista que me ha ahogado durante toda mi vida, le dije que gracias, pero que no. Luego he sabido que ese chico es profesor de una escuela de negocios muy importante, así que me he consolado pensando que también él debe de tener sus momentos de debilidad.

Pero ahora estoy orgulloso, porque el otro día el editor de una revista que se publica en papel -¡sí, en papel!- contactó conmigo y me dijo que le interesaba un artículo mío en el que hablo de la explotación laboral que sufrí hace unos meses en un hipermercado. Le dije que ya lo había sacado unos días antes el blog de otro medio, al que yo se lo ofrecí desinteresadamente, porque lo hace un amigo mío y porque quería que el asunto tuviera algo de difusión.

Para mi sorpresa, el señor de esta revista me expresó su decepción, porque hubiera preferido que el artículo “fuera inédito”, aunque mantuvo su intención de publicarlo. La verdad es que me dio un vuelco el corazón, porque por unos minutos temí que esa respuesta, donde además no se me aclaraba nada sobre este concepto, implicara la posibilidad de una transacción monetaria, como se hacía antes. Qué vergüenza.

Afortunadamente, alguien me aclaró que no, que allí tampoco te daban dinero por tu trabajo, pero sí visibilidad y prestigio. Menos mal, porque, si no, me habría sentido fatal publicando con ellos una historia de explotación laboral a cambio de unos eurillos. Lamenté, eso sí, que mi visibilidad a través de esta revista no pudiera ser, como a ellos les hubiera gustado, inédita.

Es que además no te creas que esta gente -emprendedores que ponen en marcha medios de comunicación para defender los derechos sociales y denunciar en ellos la destrucción del estado del bienestar y esas cosas- gana con ese esfuerzo nada que no sea visibilidad y prestigio: estos muchachos hacen un gran trabajo para concienciar a la sociedad contra la corrupción, la explotación laboral y demás horrores que nos van acechando.

Volcado en ayudar

Por eso decidí ayudar todavía más, y como últimamente muevo cada vez menos el coche, la pasada semana empecé a utilizarlo llevando a la gente de un sitio a otro de la ciudad. Lo agradecían mucho, se cansaban menos y me daban conversación. No les cobraba nada, claro, porque a mí me gusta conducir y conocer gente nueva. Sólo les pedía que le hablasen bien de mí a sus amigos y vecinos, por si alguno necesitaba mis servicios. En la gasolinera les iba a decir que, a cambio de llenar el depósito de mi coche de vez en cuando, contaría a todo el mundo maravillas de lo limpio que lo tienen todo y lo simpáticos que son.

Pero surgió un problema. Mi vecino, el taxista, que es un hombre muy chapado a la antigua, se enteró de mi nueva actividad. Le dije que mi visibilidad no tenía por qué perjudicar a su viciosa labor remunerada. Pero no lo entendió. Me ha denunciado,  y “para que así sea más visible todavía”, dice, ha colocado carteles insultándome en el portal de mi casa. Me da mucha pena por él, la verdad, porque sigue sin comprender nada.

Esclavo en el hipermercado

23 Mar

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Ésta es una historia de inmersión periodística, pero recorrida hacia atrás. En realidad es el relato de un hundimiento laboral reciclado como testimonio informativo. Informativo para los que todavía tienen la suerte de disfrutar de un trabajo digno en España, porque imagino que para muchos millones de empleados esta película es el bucle en el que tratan de sobrevivir cada día.

Después de más de veinte años de trabajo como periodista, la madre de todas las crisis me dejó por fin varado en medio de un páramo. Sin derecho a prestaciones –en mi último empleo trabajé como autónomo para una asociación sin ánimo de lucro que editaba un periódico, y que tras dos años y medio de leal dedicación me dio una mala patada, que yo recibí también sin ánimo ni lucro-  y con la cuenta del banco cada vez menos corriente, acepté un empleo como auxiliar de organización (como denominan eufemísticamente las empresas de seguridad privada a los trabajadores sin cualificar que apoyan sus servicios) en un hipermercado situado en una ciudad del cinturón sur de Madrid.

700 eurazos

El sueldo: 700 euros, siempre que cumpliera al menos 164 horas en cada mes. Horas trabajadas también en días festivos y domingos, por supuesto sin compensación alguna por esa anecdótica circunstancia, y en permutaciones horarias que pueden obligarte a terminar una noche más tarde de las diez y media para comenzar el siguiente turno a las seis de la madrugada. El mercado, y no ese dios que descansó el último día de la semana, es el que manda.

Me presenté en mi debut, a las 06.00  horas de una mañana de mitad de  noviembre, con mi uniforme de auxiliar a estrenar (jersey con el logo de la compañía que presta este servicio para esa cadena de hipermercados, corbata de goma elástica, camisa blanca…). Hacía mucho frío, tanto desde el punto de vista meteorológico como desde el personal, porque lo primero que te hacen percibir al comenzar este trabajo es que la jerarquización entre los responsables de patrimonio del centro, los vigilantes de seguridad y tú, el miserable auxiliar, una categoría que ni tan siquiera merece contar con convenio laboral propio, podría inscribirse directamente en el sistema de castas de la India.

A las siete más o menos, el compañero peruano que me trata de explicar parte del cometido de mi nuevo trabajo, apresurada y nerviosamente por la exigencia de su misión inmediata (abrir las puertas de acceso desde el centro al muelle de carga y la propia tienda), me presenta a V1, el jefe de equipo. Éste me saluda con indiferencia, y ni siquiera se toma la molestia de mirarme cuando se refiere a mí hablándole a mi introductor, como si yo no estuviera presente: “Sí, ya me han dicho que viene nuevo; que hay que explicárselo todo”.

Me entregan el cuadrante para lo que resta del mes, y veo que los próximos cuatro días, de jueves a domingo, mi horario será de ocho y media de la mañana a diez y media de la noche. Lo llaman doblar turno, pero en realidad se trata de una jornada de catorce horas sólo interrumpida por sesenta minutos, de tres a cuatro, que no te pagan.

Los códigos

Mi trabajo durante esos primeros días consiste en plantarme en el pódium, como llaman a la entrada de la tienda, y procurar que nadie acceda sin antes precintar las bolsas con compra procedente de otros establecimientos, o con mochilas sin ser también selladas en las bolsas de plástico que el hipermercado ofrece para ello. También debo impedir, claro, que nadie salga con algún artículo sin pagar. Por último, mi cometido consiste igualmente en avisar al puesto permanente de vigilancia, el PPS, cuando accede al centro algún cliente “sospechoso”. Para ello, V1 me pasa sin darme explicación alguna una tarjetita con códigos numéricos que identifican a distintos colectivos: gitanos, moros, gente del este, chinos, suramericanos, españoles con pinta chunga…

Al principio, el pudor frena mi misión delatora. Me resisto a dar por sospechosas a personas que lo son sólo por su color o raza, pero V1 despierta mis instintos voceándome desde el walkie talkie: “¡Podio, llevas toda la mañana sin pasar un puto código!”

Esa es otra de las características de mi nueva identidad, que cambia en función del puesto que ocupo. Ya no soy yo, sino Podio, Tienda, Mercancías o, simplemente, A4. Como el coche, pero sin las mismas prestaciones. De hecho, en el mes y medio que trabajaré aquí sólo le oiré a mi jefe de equipo, V1, llamarme una vez por mi nombre, y será cuando me telefonee para preguntarme “si quiero”  trabajar en uno de mis escasos días libres, un sábado, además,  “para echar unas horas, que andas algo corto para llegar al cupo”. Le digo que sí, muy agradecido.

Durante las interminables trece  horas que paso en la entrada de la tienda no me puedo sentar ni una vez. Dispongo de un pequeño mostrador como único punto de apoyo, pero pronto el jefe de Patrimonio, J1, me dice que no me quede ahí, sino que me sitúe frente a los arcos de acceso, para tener mejor perspectiva. Cuento, eso sí, con una pausa de quince minutos que llaman ‘clave’ y que apenas da para llegar al cuarto de descanso para empleados y comer un bocado. La clave no tiene un horario fijo. Primero se la toman los vigilantes, y luego le dan permiso a  los auxiliares, a menudo con la recomendación de que sea “rapidita”.

Sin vida ‘civil’

Otra característica del trabajo es que te pueden cambiar el cuadrante sin previo aviso, con lo cual resulta casi imposible organizar la vida “civil”. Durante esas siete u ocho semanas que trabajaré en el hipermercado apenas tendré un fin de fin de semana libre, siempre amenazado por una nueva reorganización de turnos. Es lo que me ocurre con la jornada del 31 de diciembre, de la que en principio disponía. Feliz por esa pequeña circunstancia de alivio preveía pasar la última noche del año en mi pueblo, en Guadalajara, como cada año. Sin embargo, a mediados de mes se nos insta a los auxiliares a que comprobemos el cuadrante, porque “hay cambios”.

En efecto, de librar ese día paso a trabajar de diez de la mañana a ocho de la tarde. Nadie me ha consultado ni ofrecido explicaciones. Pese a todo, trato de cambiar mi turno con un compañero que esa tarde descansa, por si al menos pudiera salir a las tres y viajar a esa hora. Desafortunadamente,  cuando  trato de acercarme a él, en el podio, V1, siempre atento desde las pantallas o en la línea exterior de cajas de la tienda, interrumpe nuestro intento de comunicación con cajas destempladas: “¡Ya os he dicho unas cuantas veces que no os quiero ver ahí juntos!”.

En efecto, hablar con los compañeros parece ser otra de las cosas que no pueden hacerse en horas de trabajo. Los vigilantes sí se juntan cuando coinciden en la línea de cajas y se echan sus parrafillos y sus risas. También se apoyan en el mostrador de la caja central y bromean con las cajeras, pero se trata de un privilegio que, al parecer, está vedado a los auxiliares. De esta forma no he podido ni tan siquiera llegar a escuchar por qué mi compañero no puede cambiarme el turno.

Así se lo transmito al casi siempre áspero y enojado V1 por el pinganillo. “¡Pues lo habláis en la clave o por la emisora!”, me contesta. Es decir, que si quiero cambiar un turno o preguntarle algo al compañero debo hacerlo en los quince minutos del café, en los que nunca coincidimos, o por el talkie, en conversación abierta para el resto del equipo de seguridad. Minutos más tarde, el auxiliar de podio me pide a través de la emisora que acuda a su posición para comentarme una cosa, imagino esperanzado que algo relativo a mi propuesta. De inmediato, la voz de V1 surge como una fusta: “¡Podio, para qué cojones tiene que ir allí Tienda!”.

Porque ahora soy Tienda. En efecto, tras unos primeros días en los que cientos de clientes me vieron plantado en la entrada del hipermercado, he pasado a moverme de incógnito por el interior del comercio. Mi misión es detectar a posibles sospechosos, avisar de su actitud y, llegado el caso, y si así me lo mandan, seguirlos. Vestido de calle, deambulo durante once horas diarias por una tienda que se recorre, de punta a punta, y a paso de hacer la compra, en menos de tres minutos.

Dos gilipollas

¿Se imaginan cuántas veces se puede pasar a lo largo de once horas, 660 minutos, entre los pasillos de juguetes, de perfumería, de alcohol o de embutidos? ¿En cuántas ocasiones te puedes cruzar con los mismos dependientes, las mismas reponedoras o la señora de la limpieza? Ésta, precisamente, en la enésima vez en que nos cruzamos una tarde, en una situación evidentemente esperpéntica para ambos, me dice riendo desde lo alto de su coche de limpieza: “¡Parecemos dos gilipollas!” Su certera reflexión llega en un momento inoportuno, pues tras ella camina la segunda de a bordo del departamento de Patrimonio, una señorita Rotenmeyer que se suele enfadar mucho por cualquier motivo: “¡Pero es que no ves que va de incógnito y no le puedes hablar! ¡Hay que ver qué poquitas luces tenemos!”, brama. La señora de la limpieza no replica y se aleja por el pasillo central en su vehículo. Yo tampoco digo nada, y continúo mi no compra en dirección a los yogures, avergonzado por mí y, sobre todo, por la pobre señora de la limpieza.

Los de Patrimonio se toman muy en serio eso de tener a alguien de incógnito moviéndose como un alma en pena por la tienda. Al segundo día de mi nueva misión, un vigilante me avisa de que no puedo andar por ahí con las manos en los bolsillos, sino que debo coger una cesta, llenarla con algún artículo, y arrastrarla conmigo durante mi jornada. También me indica que he sido visto hablando con la señora que vende bombones a granel, cosa que al parecer tampoco debo hacer.  En adelante, cada vez que algún empleado de la tienda me saluda imagino la mirada gélida de V1, J1  o Rotenmeyer pendiente de mi reacción. Así que procuro contestar discretamente y seguir mi camino hacia la sección de comida de animales.

Pese a esos desvelos por parte de mis superiores por proteger mi identidad secreta, percibo que suelo ser detectado en seguida por aquellos clientes más proclives a enredar, como los grupos de adolescentes, casi niños, que pasan las tardes de los sábados probando los vídeo juegos o los artículos de deporte, y que al cruzarse conmigo imitan el gesto de hablar al pinganillo para burlarse de mí. “Caja central, avisa a caja central”, me imitan entre risas. En efecto, imagino que un tipo dando vueltas durante horas por la tienda con un delator cable que le sale del jersey en dirección al inconfundible pinganillo que lleva en la oreja no es precisamente el mejor ejemplo de agente secreto.

Un whiskycharly

A veces, cuando el dolor de espalda y de piernas, después de tres o cuatro horas sin parar, sobrepasa el umbral de lo razonable, pido permiso para ir al baño –ellos lo llaman ir al whiskycharly- sólo para poder sentarme dos minutos. Debo administrar bien esos momentos, porque más de un whiskycharly en el turno ya despierta el instinto de regañar que define al jefe. Porque V1 se impacienta en seguida y también riñe mucho, tanto a los otros vigilantes como a los auxiliares, por distintos motivos, y siempre enfadado: si soplas para comprobar que tu walkie funciona; si te ve en un pasillo donde de pronto te hace saber que no debías estar –“Tienda, ahí no haces nada, vete pa juguetes!”; si no has entendido a la primera lo que te dice por la emisora…

En la cesta con la que en mis recorridos por la tienda disimulo mi condición de infiltrado suelo echar productos voluminosos, pero de poco peso, como un paquete de pan de molde, un peluche, unas zapatillas deportivas o una bolsa de gusanitos. Eso convierte mi lista de la compra en causa de guasa entre las dependientas. A veces, por pura vergüenza, cambio mis itinerarios para no volver a cruzarme con alguien.

El ‘tontico’

Con el veto a hablar con los otros auxiliares o con el personal de la tienda, mi única comunicación es la que establezco a través del pinganillo con los vigilantes, con algunos momentos sonrojantes. Una tarde, escucho a V1 referirse a uno de los auxiliares, ausente en ese momento, como “el tontico”, y avisa de que le “tiene hasta los cojones y que igual celebra los Reyes en el Inem”. Unas semanas después volverá a hablar de ese mismo compañero en términos similares, esta vez en conversación pública con Rotenmeyer, que se niega a contabilizar la media hora de más que le ha llevado terminar su trabajo “porque es muy lento”. “¿Pero qué más te da, con lo que os pagan por tener a discapacitados trabajando? –contesta jocoso V1-  Lo que teníais que hacer es darle una pistola (las pistolas para la lectura de los códigos de producto) con dos botones grandes que pongan “sí” y “no” y así acabaría antes”.

De esta manera van transcurriendo las semanas prenavideñas, en las que llego a encadenar de nuevo cuatro días seguidos caminando por la tienda de diez de la mañana a diez de la noche. Cuando, de vez en cuando, trabajo sólo de diez a tres y media, al día siguiente tengo la sensación de volver de un largo descanso. Además, advierto que ya  he asimilado incluso el lenguaje con el que se comunican entre sí los miembros del equipo. Ya no digo “sí” o “no” para contestar, sino “afirmativo sí” o “negativo no”, que suena más molón. Ni “dime” cuando  me llaman, sino “adelante”, como en las películas que imitaba en mis juegos infantiles.

Como diciembre está acabando, pregunto por el cuadrante del mes siguiente, con la esperanza de contar con algún fin de semana libre para estar con mi familia, algún sábado para ver a los amigos, la tarde de Reyes para presenciar la cabalgata del barrio con mi hija… No está hecho, me dicen. Ni el 29,  ni el 30, ni el 31… Ese último turno del año, en el que trabajo hasta las ocho de la tarde, sólo sé que al día siguiente no tendré que recorrer mis habituales kilómetros por los pasillos de juguetes, porque el centro cierra. “El día 2 te llamarán para decirte cuándo te reincorporas”, se limitan a comunicarme.

Mi regalo de Reyes

El 2 de enero compruebo en mi cuenta que ya he cobrado: 768 euros por 184 horas trabajadas. Ni siquiera acumulando horas extras equivalentes a tres días me he aproximado a la mítica cifra –entre mis compañeros- de ochocientos. Es lo que hay, pienso, agradecido por tener al menos una nómina que llevarme a la boca. Por la tarde, a las 18.00 horas, impaciente por la falta de noticias, telefoneo para saber a qué hora debo incorporarme al día siguiente. “Ahora te llamamos, que V1 está en la clave”, me dicen. Media hora después se enciende en mi móvil el número del inspector de la empresa de seguridad. “Tengo malas noticias”, me comunica.

Al día siguiente acudo hasta las oficinas centrales a firmar el documento del fin de mi relación laboral con la compañía, por “la no superación del periodo de prueba”. La campaña de Navidad ha terminado, y con ella mi función. Me dicen que ya me llamarán “como en una semana” para que vaya a por el finiquito. Dos meses después, todavía sigo esperando.

Es España en 2013, un lugar en el que miles de hombres y mujeres se dejan cada día la moral y la salud trabajando por una miseria, maltratados por el patán de turno que abusa de su precariedad laboral, de su necesidad y de su miedo en esta mierda de país que nos va quedando. Mi cariño y mi solidaridad hacia ellos.

@ildefonsogr

P. D.: Consume, la ilustración de este artículo, es obra del artista urbano Ruina (@ElReyDeLaRuina en Twitter y en Flickr). Ejecutada en el Mercado de la Cebada de Madrid dentro del proyecto SeAlquila MERCADO. Se incluye en la reproducción que de este texto hace el semanario digital Vía52.

El artículo también ha sido publicado por la revista Números Rojos, y puede leerse en el blog que este medio tiene en Público.es

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