Tag Archives: periodismo

Un cocktail raro

12 May

precariedad2

Me escribe por correo electrónico un antiguo y querido compañero del oficio, un excelente profesional y compañero. Buena gente, todavía en los primeros años de la treintena. Como tantos otros, lleva tiempo fuera de la rueda, expulsado del paraíso del trabajo remumerado o el empleo medio digno. Sus reflexiones me dejan muy tocado. Le pido permiso para reproducirlas aquí, no sin cierto pudor. Creo que es importante no olvidarnos de lo que sigue ocurriendo en este país, pese a que los que calzan las botas que nos pisotean pongan ese bochornoso e insultante empeño en negarlo:

“Mi día a día está un tanto marcado por altibajos emocionales donde a veces creo que todo es posible y otras, las más, me cubre el pesimismo más absoluto. He movido el CV y todas esas cosas que se hacen en esa situación y ni tan siquiera entrevistas”.

“Apenas he tenido tres encuentros, y dos nada relacionados con el periodismo, o no sustancialmente al menos, en los que me han llegado a decir cosas como que estaba demasiado preparado (sic) o a ofrecerme un mix ‘preparacontenidosalmismotiempoquecomercial’ demencial y en un tono cutre, imposible de compaginar de todas todas; me hizo gracia porque encima mi no rotundo (las cosas sé que no están para decir no, pero en algunas cosas mis principios son como diques) le dio pie a un “hay mucha gente interesada porque se va a sacar una pasta” (pero el proyecto, cosa curiosa, no sale todavía…)”.

“Frustrado, seguramente. Desencantado, con un punto amargado. Y todos estos adjetivos al final alimentan cierto poso de rencor en un contexto lleno de gurús, donde ves que en otros lados los inútiles que daban lecciones pero no apretaban teclas o, peor, no te dejaban hacer llamadas, siguen haciendo de las suyas por el mundo. No me puedo quitar cierta sensación de fracaso vital, por todo ello. De época equivocada, de camino equivocado… y de brújula rota que no encuentra el norte. Un cocktail raro”.

Todo mi ánimo y mi solidaridad a este compañero, y a otros tantos que sufren esta situación, amigos (unos cuantos, demasiados) y desconocidos (a millares, a millones). Yo he estado allí (y no descarto volver a estarlo). Sé lo que se siente. El desempleo no solo te roba tu fuente de ingresos, también socava tu identidad. No os dejéis. Podrá faltarnos trabajo digno, pero nunca dignidad. Ellos son los malos; nosotros, su amenaza.

PD. Me permito ilustrar esta entrada con una viñeta de El Roto, siempre un certero francotirador

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Ni frío ni calor

18 Nov

friocalor

Era martes, hacía mucho frío y me enfrentaba a una jornada de mucho curro, una importante presentación a los medios. En la rueda de prensa que yo mismo había convocado tuve incluso el honor de reencontrame con uno de mis más queridos compañeros del oficio, alguien al que le debo mi regreso al pasado, que espero siga siendo mi futuro (perdón por la cinefilia). No hay sabor comparable al que disfruta el resucitado.

Con él comenté la noticia que el día anterior conocí por la prensa: habían echado de su gran curro en la tele a un tipo al que los dos habíamos sufrido hace años. Todo un impresentable al uso del neoperiodismo digital. Lo comentamos de pasada, sin pasión ni sorpresa ni regusto a revancha. ¿Para qué? Al fin y al cabo, probablemente a estas horas ya tenga otro mostrador desde el que seguir vendiendo humo. Y, además, hacía ya unos cuantos años que le padecimos, y todos estos tipos son tan parecidos que casi da pereza detestarlos.

No le dedicamos más de treinta segundos al asunto. Ni los merecía. El caso es que ni cuando supe la noticia el día anterior, ni cuando la comenté con mi amigo, ésta me produjo sensación alguna. Vamos, que no me dio ni frío ni calor. ¿Es grave, doctor?

P.D.: Al día siguiente, en la oficina, mis compañeras de administración me comentaron que me habían visto muy bien atendiendo a los medios; muy suelto. Como si hubiera estado haciendo esto toda la vida.

@ildefonsogarcia

Neutralizado

4 Oct

Desde que comenzaron a presentarse en mi lugar de trabajo los guardias civiles se me ha esfumado el afán de molestar, he quedado neutralizado. Normal, dirán ustedes, comprensivos: esta gente impone mucho respeto. Faltaría más. Y antes o después tenían que ocuparse de ti… Sí, pero no (me gusta mucho esta frase, y alguna vez tenía que usarla por aquí).

Empezaré por el principio, por esa llamada que recibí una mañana, mientras esperaba el autobús para ir a reunirme con mi querido carrito de reparto de doble bandeja y dirección asistida (por mí). Me convocaban del más allá, así que desde entonces creo en los fenómenos sobrenaturales.

El más allá era el periodismo, que se me aparecía casi dos años y medio después. Un puesto en el gabinete de comunicación de una asociación profesional de guardias civiles, gente que, como todo hijo de vecino, también lucha por sus derechos laborales. Así que aquí me tienen ustedes, más contento que un tonto con una tiza (en este caso un tonto con una libreta y un ordenador), pero todavía un poco acojonado cuando se me acercan en la oficina vestidos de verde para darme la bienvenida. Qué cosas. “¿Quién te iba a decir que ibas a terminar trabajando para los picoletos?, me vacila mi nuevo jefe, con su inconfundible deje gaditano.

El caso es que desde entonces estoy como bobo, sin pulso, sin saber contra qué escribir. Y esto me preocupa. Ya se te pasará, tranquilo, me dice mi mujer, que es quien mejor me conoce. Fuentes de inspiración no me faltan, desde luego, y eso sin tener que recurrir a las tarjetas negras de los bancos, o los puestos de jubilación dorada para exministros en comisiones que nadie sabían que existían.
Así que ahora me paso las horas domésticas de ocio frente al ordenador, buscando la punta del hilo de mi inherente refunfuñe, para echarlo otra vez a volar.

En éstas andaba cuando, el otro día, aprovechando mi debilidad en un momento de terracita y tercio de Mahou al sol en el barrio, mi mujer me preguntó si no cabría una mesita para mí y mi búsqueda en algún rincón de la casa fuera de la habitación de la niña,  “que ya va necesitando tener el cuarto para ella sola”. ¿Algún rincón, en nuestro piso de sesentaypocos metros cuadrados? Las dos me miraron comprensivas, pero dándome a conocer que no me estaban haciendo una pregunta, sino comunicándome mi destierro inminente.

Así es la vida, queridos amigos, una secuencia de golpes entre los que se cuela, de cuando en cuando, una alegría poliédrica con forma de tricornio. Prometo seguir molestando, pero tengan paciencia conmigo: ahora tengo que buscar un pequeño hueco fuera de estas cuatro paredes donde tan feliz he sido indignándome a tiempo completo.

@ildefonsogr

Regreso a la prensa

1 Jul

periodico1He vuelto a trabajar en un periódico. Desde hace cuatro meses soy ordenanza en una de las empresas editoras de prensa más potentes de este país. Antes escribía en un diario, y ahora los reparto entre un conjunto urbanístico formado por tres bloques con cinco plantas cada uno.

De este modo he vuelto a pasar mis jornadas laborales entre periodistas, a los que veo actuar y escucho hablar con los mismos gestos y términos en los que yo me manejaba no hace tanto. Ahora asisto mudo a las conversaciones que ellos mantienen junto a la máquina de café, las mismas de las que yo ayer formaba parte entusiasta. O quizá fuera anteayer, el tiempo pasa volando. Me asomo furtivo a las pantallas con los textos recorriendo las columnas del diario del día siguiente, a los planillos, a las reuniones de la tarde para decidir la primera página, a las conversaciones telefónicas plasmadas nerviosamente sobre una libreta…

Allí sigue todo, como si nada hubiera cambiado, solo que ahora yo me limito a contemplarlo desde fuera, sin poder intervenir en el juego que había practicado durante más de dos décadas, Con desigual éxito, tampoco se vayan a creer que yo llegué a jugar en Primera División. Apañadito, sin más.

En algún punto de mi trayectoria trabajé con al menos media docena de esos periodistas. De algunos incluso fui su jefe no hace más de cinco o seis años. Con casi ninguno de estos tuve especial afinidad. Durante las primeras semanas traté de que no me reconocieran. Me situaba de espaldas a ellos mientras iba colocando los juegos de periódicos, los propios y los ajenos (como dirían en mi pueblo) destinados al personal de redacción. O trataba de pasar deprisa por sus secciones, haciendo como que miraba el nombre del destinatario de uno de los paquetes que acarreaba en las manos, por tener con ello excusa para girar la cara contra su línea de visión.

Me mantuve en esa insostenible clandestinidad durante más de un mes, sufriendo cada vez que me tocaba subir a alguna de las redacciones donde sabía que antes o después me toparía con alguno de ellos. Por fin una mañana me crucé de frente, sin escapatoria posible, con una antigua redactora que tuve a mi cargo. Me quise hacer el distraído, pero ella me llamó por mi nombre cuando yo ya le daba la espalda. “Ya sabes cómo está el oficio”, me justifiqué. Nos despedimos tras un par de frases intrascendentes. ¿Para qué decir nada más?

Ahora estoy mucho más relajado cuando paso por su lugar de trabajo. Nada es tan importante, al fin y al cabo. Hace un lustro le explicaba cómo tenía que titular las informaciones, y hoy le entrego regularmente los paquetes de Amazon que compra por Internet. Todo fluye. Be water, my friend.

Otro de los redactores también se acercó hasta mí hace poco, preguntándome si yo era yo. Le dije que sí, aunque a estas alturas no estaba seguro del todo. “Ya sabes cómo está el oficio”. Otras personas con las que casi no llegué a tener trato directo (comerciales, gente de financiero…) pero con las que compartí empresa –como ahora, pero en otras circunstancias- no han parecido reconocerme, pese a que en algunos casos les he hecho entrega en mano de paquetes o juegos de periódicos. Será la corbata, digo yo. O las canas. O el nuevo escenario. Mirar desde otro ángulo hace parecer las cosas muy diferentes.

Quien sí me ha reconocido es otro tipo con el que coincidí un par de años en un periódico y con el que mantuve una relación algo tensa. Digamos que ocupábamos posiciones similares, aunque con puntos de vista divergentes sobre el modo de ejercer el oficio. Hoy este conflicto se ha resuelto: nos cruzamos tranquilamente por la calle de acceso al parking vip, yo con mi carrito y el con su todoterreno, y ambos miramos para otro lado. El tiempo lo cura todo.

De todos modos, por suerte lo de esos excompañeros es sólo cosa de unas pocas excepciones, ya que la mayoría de los periodistas que allí trabajan desconocen que el ordenanza que conduce con aire fatigado el puto carrito cada tarde entre sus mesas -perdón por los tropiezos- fue una vez uno de los suyos. No creo que les importara mucho, de todas formas. Seguramente yo no era tan bueno como ellos, y por eso ahora cargo paquetes, en lugar de recibirlos.

Precisamente el otro día tuve en mis manos una caja remitida a alguien de la redacción por una antigua compañera que trabajaba en la delegación sevillana de un diario del que ambos fuimos fundadores, hace ya un montón de años. Se lo dije por el Twitter. Qué gracia y qué pequeño es el mundo.

Reconozco que todavía sufro brotes de nostalgia que me asaltan a traición. Como el otro día, cuando pasé por la rotativa en el momento en el que ésta funcionaba a pleno rendimiento con motivo de una edición especial que el periódico se disponía a poner en la calle tras el anuncio de la abdicación del Rey, producido apenas unas horas antes. Hasta ese momento todavía no la había visto funcionar, pero cuando contemplé el tren de periódicos colgados de los raíles aéreos que los transportaban, como soldaditos dispuestos a salir a luchar a la calle, confieso que me emocioné, y hasta me cagué en la puta entre dientes. Qué tonto.

Sé que probablemente este nuevo trabajo sea lo más cerca que nunca podré volver a estar de mi antiguo oficio, así que, de todas formas, la situación no está tan mal. Lo único malo es el día en el que me ingresan la nómina, tan exigua que me causa un disgusto del que me lleva un par de días recuperarme. Casi estoy por pedirle a mi jefe que no me haga pasar ese mal trago y que no me pague nada en absoluto. Porque el resto del mes estoy bastante contento, la verdad.

Por otro lado, han sido ya varios los amigos bienintencionados que me animan a aprovechar mi nueva situación para presentarme ante alguno de esos periodistas como uno de ellos, a entregarles mi ajado currículum. Agradezco esos consejos, pero renuncio a un nuevo fracaso.

Ayer, sin embargo, mantuve por teléfono una conversación con otro viejo compañero de fatigas que me hizo reflexionar. “Es acojonante –me dijo al conocer la naturaleza de mi nuevo empleo-, un ejemplo de cómo se ha ido a la mierda este oficio. Daría para escribir una novela, aunque a muchos les parecería poco verosímil, claro”.

Así que he aceptado el reto y he decidido contarlo como base de un futuro relato. Quién sabe. Quizá cuando lo termine se lo entregue a alguien del suplemento cultural del periódico, a ver si le pueden dar una reseñita, por modesta que sea, que lo ayude a orearse. Parecen bastante amables, para ser periodistas. Sería como en una de aquellas añejas películas tan llenas de esperanza en la humanidad que dirigía Frank Capra hace casi un siglo. Como en “¡Qué bello es vivir!”, pero sin intercesión celestial. Mañana mismo me pongo con ello.

Desnudo se pierde mucho

19 Ago

Me lo reveló mi abuelo, hace muchos, muchos años, una mañana de playa, en una de sus impagables sentencias: “Hijo, la mujer,desnuda, pierde mucho”. Fue en Torrevieja, Alicante, como diría Mayra Gómez Kemp. En la playa de Los Locos. Buen nombre, sin duda, para un arenero junto al mar en el que mamíferos en posesión aparente de todas sus facultades mentales se tienden al sol bajo cuarenta grados de castigo, de manera voluntaria y por presunto placer.

Mi abuelo tenía razón, como casi siempre –aunque estoy seguro de que habría matizado su atinado comentario de llegar a conocer a todas mis amigas y conocidas, incluida la señora del quiosco de mi barrio, que sé que me lee.

También, claro, hubiera estado en lo cierto si su comentario se hubiera referido a los hombres. Pero mi abuelo Ildefonso no perdía el tiempo con asuntos ajenos a su interés. El caso es que, en general, y con todas las admirables excepciones que se quieran, las cosas desnudas suelen sufrir una seria mengua en su atractivo, como ver un televisor destripado, los decorados de una representación teatral o, sin ir más lejos, la tramoya de los medios de comunicación sin la tapa trasera, como las viejas radios de válvulas.

Por ejemplo,  el otro día me ofrecieron un trabajo por fin relacionado con el periodismo, mi supuesto oficio. El ayuntamiento de una ciudad de tamaño medio quiere informar del día a día de su municipio ayudando a impulsar un buen periódico on line, abierto a todos los ciudadanos.

Elevada intención, bien vestida: traje impecable, de sport, moderno y juvenil, que igual te vale para diario que para una fiesta informal. Lástima que la percha desmereciera, pues la propuesta pasaba por que yo crease una asociación por mi cuenta, también con un terno bonito de promoción de la comunicación y la cultura en la ciudad –que yo casi no había pisado en mi vida– y me presentase a la mesa petitoria de subvenciones de ese ayuntamiento, que por supuesto me concederían, además de sus campañas publicitarias ya presupuestadas. Todo ello fiado a la palabra de mi interlocutor.

La web, por supuesto, debía loar en su justa medida la excelencia de la gestión del equipo municipal, que la financiaría de ese modo por vía interpuesta, desde la sombra, arrancando así la campaña electoral a dos años vista con el dinero de los propios ciudadanos y un pringadillo movido desde el despacho del alcalde. Eso sí, vestido con un bonito conjunto arlequinado, o de payaso listo. O tonto, imagino.

Es solo una pequeña historia sin importancia en la boutique del periodismo patrio que el otro día me encontré entrando y saliendo de probadores. Sin duda, la propuesta ganaba mucho vestida, pero yo preferí quedarme, más que desnudo -con perdón-, en pelotas, que parece lo mismo pero no termina de serlo. Y así seguimos. Menos mal que estamos en verano.

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