Tag Archives: precariedad laboral

Mensajeros de la miseria

16 Ene

La torre de los codiciosos siempre acoge una planta más. Para ellos, los desgraciados nunca vienen suficientemente explotados de casa.

Un conocido me ha hecho llegar la carta que la compañía de mensajería SEUR acaban de remitir a su empresa. En ella, como pueden ver en la imagen, les anuncian un incremento del 9,5% de sus tarifas a causa de la reciente subida del Salario Mínimo Interprofesional (hasta los 900 euros, desde los míseros 735,9 anteriores) aprobada por el Gobierno. Una decisión, según SEUR, “que impacta de forma importante en nuestra actividad”.

Al margen del descarado oportunismo y tufo ideológico que desprende la carta, cabe deducir de la misma que esa cifra anterior (esos vergonzosos 735,9 euros) o poco más era la que hasta ahora ensuciaba las nóminas de sus trabajadores-esclavos, pues en caso contrario no se justificaría ese desproporcionado incremento de sus tarifas. ¿O no?

Suena más bien a eso de la profecía autocumplida, al supuesto advenimiento del quiebro de nuestra mierda de economía (la nuestra, no la de ellos) que los graznidos apocalípticos de los abanderados de la libertad de mercado (la de ellos, por supuesto) llevaban anunciando desde que se conoció la intención del Gobierno de elevar el SMI. Además, ¿pa qué quieren los pobres el dinero?

Son incorregibles.

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El país de las neveras vacías

22 Feb

nevera vacía

Las neveras vacías sólo pueden enfriar ya el orgullo y la autoestima del que otra vez llama a sus puertas con la vana esperanza de no haber mirado bien por la mañana, antes de salir para eso que ahora llaman trabajo, si se tiene; de que detrás del bote de mayonesa casi vacío se esconda la última cena.

Se lo reconoció el otro día a mi amiga su nueva compañera de infortunios laborales: que hoy repetía ensalada de pasta, aunque hubiera preferido comer algo caliente. Pero en el frigorífico no quedaba nada más, ni en el frigorífico ni en los bolsillos, a esas alturas de mes.

Ambas son afortunadas, porque tienen trabajo, un empleo que les reporta 640 euros brutos al mes. Mi amiga es una profesional del diseño gráfico y la maquetación con décadas de experiencia, talento y conocimiento que el lunes pasado, después de dos años sin trabajo, se incorporó a su nuevo puesto, a dos horas y media de transportes públicos de Ciempozuelos, una ciudad madrileña que ni siquiera coge cerca de sí misma.

Allí, en una gasolinera plantada en un polígono industrial medio desmantelado, debe tratar de colocar a los escasos clientes que por allí se dejan caer una de esas tarjetas visa que te permiten pagos aplazados, acumulación de puntos y no sé qué otras mierdas más.

Le dicen que no puede ofrecérselas a señoras de la limpieza, porque ellas cobran casi todo en negro, ni a rumanos ni a búlgaros; que desconfíe de los clientes que se le acerquen antes de que ella los aborde; y que esté al loro, porque en cualquier momento se le puede presentar el Señor Mistery, un inspector de su empresa haciéndose pasar por un potencial cliente que calibre su actitud ante el reto profesional que tiene por delante. El Señor Mistery, hasta en la supuesta ironía son cochambrosos.

Antes, un ganapán impostado de supervisor, un zopenco presuntuoso, le ha presentado esta estafa laboral a mi amiga como una gran oportunidad, atribuyendo la vertiginosa rotación de esclavas que anteriormente ocuparon su puesto a que en España “la gente no tiene ganas de trabajar”. Ella ha acertado a responderle con la velocidad de una comedia de situación estadounidense: “De lo que no hay ganas es de pagar”. Siempre queda molestar.

Al final de los cinco días laborables de su semana de estreno -“una de las ventajas de este trabajo es que no se hacen fines de semana –le dice el zopenco-, a menos que veamos que lo necesites porque estás floja”-, mi amiga hace balance: le han gritado groseramente dos veces, una de ellas porque la sorprendieron tomándose un café en el bar de enfrente, “abandonando su puesto”; ha dedicado más de cuatro horas de su día a combinar trenes y autobuses para llegar al fin del mundo y volver de él; ha pasado seis horas diarias de pie en la tienda de la gasolinera y ha logrado colocar tres tarjetas (le dicen que para cobrar comisiones debe vender a partir de dos diarias, con lo que me cuenta que muchos nuevos empleados recurren durante las primeras semanas a sus familiares y amigos para cubrir al menos ese cupo y conservar sus empleos). Su recompensa, en el país de la recuperación, será cobrar a fin de mes una miseria que no alcance ni los 600 euros.

En el país de los trabajos de las neveras vacías, el zopenco ha reñido a otra de sus compañeras por no calzar de forma adecuada. El problema, me explica mi amiga, es que la chica no tiene zapatos como los que la exigen, ni dinero para comprarlos. “¿Qué número calzas? ¿Te apañas con un cuarenta?”

Menudencias en el País de la Recuperación, el país rico donde uno de cada tres niños es pobre, el país opulento sobre el que Cáritas acaba de advertir acerca de la amenaza de que la pobreza y la desigualdad entre sus habitantes se convierta en “estructural”. El país de las neveras vacías y los pies descalzos que siguen caminando hacia los nuevos empleos de las viejas cadenas.

Neutralizado

4 Oct

Desde que comenzaron a presentarse en mi lugar de trabajo los guardias civiles se me ha esfumado el afán de molestar, he quedado neutralizado. Normal, dirán ustedes, comprensivos: esta gente impone mucho respeto. Faltaría más. Y antes o después tenían que ocuparse de ti… Sí, pero no (me gusta mucho esta frase, y alguna vez tenía que usarla por aquí).

Empezaré por el principio, por esa llamada que recibí una mañana, mientras esperaba el autobús para ir a reunirme con mi querido carrito de reparto de doble bandeja y dirección asistida (por mí). Me convocaban del más allá, así que desde entonces creo en los fenómenos sobrenaturales.

El más allá era el periodismo, que se me aparecía casi dos años y medio después. Un puesto en el gabinete de comunicación de una asociación profesional de guardias civiles, gente que, como todo hijo de vecino, también lucha por sus derechos laborales. Así que aquí me tienen ustedes, más contento que un tonto con una tiza (en este caso un tonto con una libreta y un ordenador), pero todavía un poco acojonado cuando se me acercan en la oficina vestidos de verde para darme la bienvenida. Qué cosas. “¿Quién te iba a decir que ibas a terminar trabajando para los picoletos?, me vacila mi nuevo jefe, con su inconfundible deje gaditano.

El caso es que desde entonces estoy como bobo, sin pulso, sin saber contra qué escribir. Y esto me preocupa. Ya se te pasará, tranquilo, me dice mi mujer, que es quien mejor me conoce. Fuentes de inspiración no me faltan, desde luego, y eso sin tener que recurrir a las tarjetas negras de los bancos, o los puestos de jubilación dorada para exministros en comisiones que nadie sabían que existían.
Así que ahora me paso las horas domésticas de ocio frente al ordenador, buscando la punta del hilo de mi inherente refunfuñe, para echarlo otra vez a volar.

En éstas andaba cuando, el otro día, aprovechando mi debilidad en un momento de terracita y tercio de Mahou al sol en el barrio, mi mujer me preguntó si no cabría una mesita para mí y mi búsqueda en algún rincón de la casa fuera de la habitación de la niña,  “que ya va necesitando tener el cuarto para ella sola”. ¿Algún rincón, en nuestro piso de sesentaypocos metros cuadrados? Las dos me miraron comprensivas, pero dándome a conocer que no me estaban haciendo una pregunta, sino comunicándome mi destierro inminente.

Así es la vida, queridos amigos, una secuencia de golpes entre los que se cuela, de cuando en cuando, una alegría poliédrica con forma de tricornio. Prometo seguir molestando, pero tengan paciencia conmigo: ahora tengo que buscar un pequeño hueco fuera de estas cuatro paredes donde tan feliz he sido indignándome a tiempo completo.

@ildefonsogr

Regreso a la prensa

1 Jul

periodico1He vuelto a trabajar en un periódico. Desde hace cuatro meses soy ordenanza en una de las empresas editoras de prensa más potentes de este país. Antes escribía en un diario, y ahora los reparto entre un conjunto urbanístico formado por tres bloques con cinco plantas cada uno.

De este modo he vuelto a pasar mis jornadas laborales entre periodistas, a los que veo actuar y escucho hablar con los mismos gestos y términos en los que yo me manejaba no hace tanto. Ahora asisto mudo a las conversaciones que ellos mantienen junto a la máquina de café, las mismas de las que yo ayer formaba parte entusiasta. O quizá fuera anteayer, el tiempo pasa volando. Me asomo furtivo a las pantallas con los textos recorriendo las columnas del diario del día siguiente, a los planillos, a las reuniones de la tarde para decidir la primera página, a las conversaciones telefónicas plasmadas nerviosamente sobre una libreta…

Allí sigue todo, como si nada hubiera cambiado, solo que ahora yo me limito a contemplarlo desde fuera, sin poder intervenir en el juego que había practicado durante más de dos décadas, Con desigual éxito, tampoco se vayan a creer que yo llegué a jugar en Primera División. Apañadito, sin más.

En algún punto de mi trayectoria trabajé con al menos media docena de esos periodistas. De algunos incluso fui su jefe no hace más de cinco o seis años. Con casi ninguno de estos tuve especial afinidad. Durante las primeras semanas traté de que no me reconocieran. Me situaba de espaldas a ellos mientras iba colocando los juegos de periódicos, los propios y los ajenos (como dirían en mi pueblo) destinados al personal de redacción. O trataba de pasar deprisa por sus secciones, haciendo como que miraba el nombre del destinatario de uno de los paquetes que acarreaba en las manos, por tener con ello excusa para girar la cara contra su línea de visión.

Me mantuve en esa insostenible clandestinidad durante más de un mes, sufriendo cada vez que me tocaba subir a alguna de las redacciones donde sabía que antes o después me toparía con alguno de ellos. Por fin una mañana me crucé de frente, sin escapatoria posible, con una antigua redactora que tuve a mi cargo. Me quise hacer el distraído, pero ella me llamó por mi nombre cuando yo ya le daba la espalda. “Ya sabes cómo está el oficio”, me justifiqué. Nos despedimos tras un par de frases intrascendentes. ¿Para qué decir nada más?

Ahora estoy mucho más relajado cuando paso por su lugar de trabajo. Nada es tan importante, al fin y al cabo. Hace un lustro le explicaba cómo tenía que titular las informaciones, y hoy le entrego regularmente los paquetes de Amazon que compra por Internet. Todo fluye. Be water, my friend.

Otro de los redactores también se acercó hasta mí hace poco, preguntándome si yo era yo. Le dije que sí, aunque a estas alturas no estaba seguro del todo. “Ya sabes cómo está el oficio”. Otras personas con las que casi no llegué a tener trato directo (comerciales, gente de financiero…) pero con las que compartí empresa –como ahora, pero en otras circunstancias- no han parecido reconocerme, pese a que en algunos casos les he hecho entrega en mano de paquetes o juegos de periódicos. Será la corbata, digo yo. O las canas. O el nuevo escenario. Mirar desde otro ángulo hace parecer las cosas muy diferentes.

Quien sí me ha reconocido es otro tipo con el que coincidí un par de años en un periódico y con el que mantuve una relación algo tensa. Digamos que ocupábamos posiciones similares, aunque con puntos de vista divergentes sobre el modo de ejercer el oficio. Hoy este conflicto se ha resuelto: nos cruzamos tranquilamente por la calle de acceso al parking vip, yo con mi carrito y el con su todoterreno, y ambos miramos para otro lado. El tiempo lo cura todo.

De todos modos, por suerte lo de esos excompañeros es sólo cosa de unas pocas excepciones, ya que la mayoría de los periodistas que allí trabajan desconocen que el ordenanza que conduce con aire fatigado el puto carrito cada tarde entre sus mesas -perdón por los tropiezos- fue una vez uno de los suyos. No creo que les importara mucho, de todas formas. Seguramente yo no era tan bueno como ellos, y por eso ahora cargo paquetes, en lugar de recibirlos.

Precisamente el otro día tuve en mis manos una caja remitida a alguien de la redacción por una antigua compañera que trabajaba en la delegación sevillana de un diario del que ambos fuimos fundadores, hace ya un montón de años. Se lo dije por el Twitter. Qué gracia y qué pequeño es el mundo.

Reconozco que todavía sufro brotes de nostalgia que me asaltan a traición. Como el otro día, cuando pasé por la rotativa en el momento en el que ésta funcionaba a pleno rendimiento con motivo de una edición especial que el periódico se disponía a poner en la calle tras el anuncio de la abdicación del Rey, producido apenas unas horas antes. Hasta ese momento todavía no la había visto funcionar, pero cuando contemplé el tren de periódicos colgados de los raíles aéreos que los transportaban, como soldaditos dispuestos a salir a luchar a la calle, confieso que me emocioné, y hasta me cagué en la puta entre dientes. Qué tonto.

Sé que probablemente este nuevo trabajo sea lo más cerca que nunca podré volver a estar de mi antiguo oficio, así que, de todas formas, la situación no está tan mal. Lo único malo es el día en el que me ingresan la nómina, tan exigua que me causa un disgusto del que me lleva un par de días recuperarme. Casi estoy por pedirle a mi jefe que no me haga pasar ese mal trago y que no me pague nada en absoluto. Porque el resto del mes estoy bastante contento, la verdad.

Por otro lado, han sido ya varios los amigos bienintencionados que me animan a aprovechar mi nueva situación para presentarme ante alguno de esos periodistas como uno de ellos, a entregarles mi ajado currículum. Agradezco esos consejos, pero renuncio a un nuevo fracaso.

Ayer, sin embargo, mantuve por teléfono una conversación con otro viejo compañero de fatigas que me hizo reflexionar. “Es acojonante –me dijo al conocer la naturaleza de mi nuevo empleo-, un ejemplo de cómo se ha ido a la mierda este oficio. Daría para escribir una novela, aunque a muchos les parecería poco verosímil, claro”.

Así que he aceptado el reto y he decidido contarlo como base de un futuro relato. Quién sabe. Quizá cuando lo termine se lo entregue a alguien del suplemento cultural del periódico, a ver si le pueden dar una reseñita, por modesta que sea, que lo ayude a orearse. Parecen bastante amables, para ser periodistas. Sería como en una de aquellas añejas películas tan llenas de esperanza en la humanidad que dirigía Frank Capra hace casi un siglo. Como en “¡Qué bello es vivir!”, pero sin intercesión celestial. Mañana mismo me pongo con ello.

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