Tag Archives: precariedad

Ah, ¿pero que has escrito otra novela?

12 Mar

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El jefazo de un periódico en el que trabajé solía repetir aquello de que “el halago debilita, mientras que la crítica fortalece”. Nunca supe si se refería al halago en general, al dirigido a sus subordinados por él, o al que éste, quizás, esperaba de nosotros.

Pero yo he venido a hablar de mi nuevo libro, Padre Ocejón, y por eso me he acordado de aquel mandamás al que le gustaba coleguear entre plumillas; porque, en este caso, lo del halago sí que lo tengo claro: les debilita a ustedes. A su paciencia, concretamente.

Porque de ustedes es la culpa, sí. Por haberme prestado ojos lectores a mis osadías de juntaletras pretencioso, y haberme halagado los oídos con sus elogios (bueno, también ha habido críticas, lo reconozco, pero en mi ya conocida línea de irresponsabilidad las he relegado al fondo de mi conciencia).

En fin, que aquí tienen el resultado. De tanto andar molestando por este blog, al final he copiado y pegado varias de las historias que en él fui contando (todas rigurosamente ciertas) y las he mezclado en la batidora de mi teclado con el relato de varios personajes (rigurosamente inciertos, en el más amplio sentido del término) que en la España de las crisis tratan de superar las suyas, personales e intransferibles, en el entorno de una pequeña aldea rodeada de naturaleza. Un lugar también herido por su propia crisis de despoblación, aparentemente sin remedio, y las amenazas procedentes de las nuevas explotaciones del progreso (qué palabra más pasada de moda, por cierto, no como fracking, que es mucho más cool. Toma guiño y pista del argumento al canto).

Vamos, que la novela va de periodistas en paro, viejos exfutbolistas argentinos que regresan al lugar que jamás pisaron; jóvenes que nunca han estado en ningún sitio y temen no estarlo nunca; alcaldesas inexplicablemente entusiastas; y de un mundo rural que se afana por sobrevivirse con escaso éxito.

¿Y ese título? Pues eso, el Ocejón, el Padre que vigila y protege todo ese mundo rural en la Sierra Norte de Guadalajara. Un pico al que los vecinos llaman revientachulos, y al que cada vez que asciendo prometo entre jadeos no regresar. Pero al que siempre vuelvo, como en esta novela que ahora les presento.

Lamento el elevado precio (algo por encima de los veinte euros). Es el que imponen desde la editorial como pago por editarme sin cobrarme por ello. Así está ahora este negocio, tan jodido y precario como tantos otros. Si alguno desea saltarse la compra por Internet y ahorrarse los gastos de envío, yo se lo llevo la próxima vez que me deje invitarle a una cerveza (o dos, si son pequeñas).

Prometo estarle agradecido, como diría el gran Rosendo.

Para comprar Padre Ocejón:

En Amazon y en la web de la editorial (un poco más caro, y tarda más en llegar)

Para seguir actualizaciones sobre Padre Ocejón en Facebook

Padre Ocejón-novela

@ildefonsogr

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La tormenta (laboral) perfecta

22 Abr

Imagen

Fotograma de ‘Metrópolis’ (1927), dirigida por el alemán Fritz Lang.

 

La explotación laboral alcanza a veces un refinamiento exquisito, incluso sorprendente en una bestia insaciable que sin embargo sabe buscar y encontrar con astucia las fórmulas idóneas para apretar aún más la tuerca al desgraciado que habita en el gueto subterráneo de Metrópolis, aquella película en la que los ricos disfrutaban de la vida en una futurista ciudad de rascacielos mientras que los obreros que producían para ellos sobrevivían confinados bajo tierra.

En el gueto laboral del siglo XXI existe en algunos de los más precarios empleos –esos que llaman servicios auxiliares, que suena a algo muy parecido a lo del auxilio social del franquismo- una cosa que llaman cupo, y que marca el mes laboral de los esclavos. Como la cartilla de racionamiento de los hambrientos. El cupo es el número mínimo de horas que debes trabajar cada mes para ganarte tu mísero sueldo de 700 euros. En mi caso, 166 es el dígito que cifra la condena.

Si al final de cada mes no llegas a ese número algunas empresas te pagan un sueldo aún más exiguo (sueldo exiguo suena más noble y bonito que puta mierda, qué duda cabe). Siempre según convenio, desde luego. Febrero, por ejemplo, es un mes muy cabrón, porque tiene la mala costumbre de contar con hasta tres días menos que sus hermanos mayores. Son cosas que los que habitan en la superficie no saben. Ellos celebran febrero, y la Semana Santa y demás fiestas de guardar porque cobran lo mismo por trabajar menos. En los sótanos del mercado laboral ocurre exactamente lo contrario. Siempre debes algo. En la paradoja del mundo productivo en el que hoy me muevo, el empresario no solo ha conseguido ahorrarse pagar los festivos, sino que en un más difícil todavía ha logrado que sean los trabajadores los que le deban aquellos.

En mi actual empresa –me dicen mis compañeros más veteranos- no te pueden pagar menos si no llegas al cupo, pero sí mandarte a cubrir otros servicios con los que puedas alcanzar esa cima, al menos dentro de los dos meses siguientes a la “deuda”. Por ejemplo, durante un fin de semana. Así, si de lunes a viernes te ganas el pan duro como ordenanza o recepcionista en un complejo de edificios donde trabajan cientos de personas, pero tu cuadrante revela que te faltan ocho horas para llegar a la cumbre, el inspector puede mandarte tranquilamente un sábado o un domingo a currar a cualquier sitio para cubrir otro servicio. Sin que eso le cueste un euro más a Metrópolis.

Otra consecuencia del cupo es que, si el cuadrante está debidamente confeccionado, éste te puede ir arañando sabiamente los minutos de cada jornada para que estés en deuda permanente, de tal manera que si un mes trabajas diez o quince horas más del cupo (porque un compañero se ponga enfermo, tome vacaciones o se presente una sobrecarga de trabajo, por ejemplo), éstas no se reflejen en tu nómina del mes siguiente, puesto que no serían más que tiempo devuelto a tu noble empleador, que tan generosamente te lo cedió antes. Se trata, como ven, de detraerte la justa sangre cada jornada para cobrártela luego a la carta. Un poco como los bancos.

Así, tras mi primer mes de trabajo en mi nuevo puesto me informaron de que mi jornada diaria se reduciría desde el día 1 en un cuarto de hora. Quince minutitos. Qué suerte tengo. Ahora, en lugar de entrar a las dos y media y salir a las diez –en mi turno de tarde-, me incorporo a las tres menos cuarto. Por la mañana salgo a las dos y cuarto, en lugar de las dos y media. Eso sí, seguiré entrando a las siete. Lo malo es que, tacita a tacita, ese cuartillo de hora me supondrá un total de cinco horas mensuales, lo justo para no llegar ningún mes al dichoso cupo. Ahora sí que me siento en deuda con mi empresa. Nunca se agradece lo bastante lo que los empresarios hacen por nosotros. Benditos sean.

@ildefonsogr

Miopes

22 Feb

Miopia

Somos unos impacientes. O, lo que es peor, unos ignorantes. O unos miopes. Creemos que nos va mal, cuando en realidad deberíamos estar henchidos de alegría. Lo que pasa es que, como somos unos zoquetes y nos ahogamos en la  gramática, nos confundimos y creemos que lo que estamos es hinchados de porquería. Puede ser. No sé. Perdonen el chiste.

Y es que los necios somos como los animales, que no nos pensamos ni sabemos proyectarnos más allá de fin de mes. Porque, de otro modo, estaríamos eufóricos sabiendo que la economía del país, que es la nuestra, nuestra casa, como nos decían antes en las empresas, cuando nos contrataban –“aquí todos formamos una familia; el jefe es como el padre de todos”- va viento en popa, que la prima de riesgo está como una balsa de aceite, y que los inversores extranjeros meten codos para ponerse los primeros en la cola de nuestra ventanilla de ingresos.

Por eso Ángel, el barrendero de mi barrio –del que ya les hablé en otra ocasión–, no se entera de que debería estar feliz, porque pronto se notará en su cuenta corriente lo bien que navega nuestra economía –la nuestra, insisto, la de todos, la de Botín y la de usted, que todos vamos en el mismo barco. Que sí, no sea usted terco–. Ángel, al que hacía un par de meses que no veía, me ha contado esta mañana que acaba de regresar al trabajo después del mes y medio de paro anual al que le ha abocado, como al resto de sus compañeros, el acuerdo que alcanzaron con su empresa después de la huelga del pasado noviembre.

Resulta que el hombre ha tenido un pequeño contratiempo, y que por un quítame allá de no sé qué del IBAN de su cuenta o de su DNI, que anda duplicado con el de otro ciudadano, no ha podido cobrar la prestación de desempleo durante esas seis o siete semanas. Por eso su dinero anda ahora levitando en el limbo de la burocracia, en lugar de haberse posado en su cuenta de números rojos. Ángel me explica, con lágrimas en los ojos, que ya no sabe a quién pedirle ayuda, que ya ha recurrido a su madre, a sus  hermanos, a sus amigos… y que le da vergüenza seguir acudiendo a ellos, pero que si no lo hace no sabe cómo va a pagar sus facturas, a llenar su cesta de la compra. Ángel tiene trabajo, pero no tiene con qué sobrevivir ni a la primera semana del mes. Ya ven que es un  hombre muy corto de miras.

Cuando me despido de él pienso en todos mis amigos, familiares y conocidos que se han quedado en el dique seco en los últimos dos o tres años, y me sale, sin esforzarme mucho, a bote pronto, una docena. Casi ninguno de ellos ha vuelto a trabajar. Su edad media está entre los cuarenta y los sesenta, aunque también los hay mucho más jóvenes. Unos todavía buscan algo, otros se han resignado y sobreviven como pueden, tirando del paro -los que lo tienen-  la indemnización -los que la tuvieron-, de los ahorros, con ayudas familiares y la mirada baja. Afortunadamente, hay también alguna excepcción.

Una de esas excepciones es la de Antonio. El otro día firmó por fin su nuevo contrato. El jefe le pasó por escrito lo que iba a cobrar, unos 750 euros brutos al mes. Supongo que es mejor informar de estas cosas a través del papel. Hay cifras que deben de ser difíciles de pronunciar, algo así como el primer te quiero, pero al revés. O como las malas noticias.

Antonio llevaba más de un año mano sobre mano, desde que lo despidieron de un hospital madrileño, donde trabajaba como administrativo. Con el paro ya agotado, sobrevivía con el subsidio de los 400 euros. Ahora tiene una ocupación: dispondrá de doscientos más al mes para gestionar su pobreza. Eso sí, ya podrá celebrar que ha dejado de engrosar las listas del desempleo. Oficialmente, es un trabajador más. Se va notando la recuperación, gracias a dios.

“Lo peor del paro es que te cambia el carácter. Y eso, los gritos y el mal humor, lo paga tu familia, lo sufren tus hijos…”, me dice. Antonio es de mi edad, y tiene la misma mirada que Ángel. Supongo que la persona a la que va a sustituir a través de una empresa de servicios externos, cuando la despidan con el ERE que truncará su vida laboral, ya habrá comenzado a mirar también así. Somos tan miopes…

Vivir en el aeropuerto

3 Sep

Hay algo inquietante en el hecho de sorprender a alguien conocido en un entorno ajeno al habitual en el que nos solemos relacionar. O fuera de horas de visita. Es como cuando vemos a los presentadores de los telediarios en otro programa y desde distintos ángulos de cámara, que nos parecen raros.

También pasa con los lugares, especialmente si ya de por sí son extraños. Como un aeropuerto. De repente, entras en la terminal T4 de Barajas a las tres de la madrugada de un jueves cualquiera de verano para limpiar un par de quioscos de la ONCE y sientes que estás molestando. Que no son horas.

Claro, que no es lo mismo entrar arrastrando unas maletas que con un cubo lleno de agua y jabón. Ni hacerlo vestido con pantalón corto y sandalias que con un chaleco reflectante y unas botas de seguridad. La cosa cambia, sobre todo, porque mi foco de atención no es el panel informativo con los horarios de los vuelos, sino los cristales del puesto de venta de los cupones, que me provocan una menor aceleración del pulso y me conceden más calma para observar a mi alrededor.

Así que allí me tienen, bajo esa gigantesca estructura que parece el costillar del hermano mayor de Moby Dick, iluminada como los grandes almacenes en Navidad y apenas habitada a esas horas por unas docenas de trabajadores y otros tantos viajeros que duermen tirados en el suelo, con las cabezas apoyadas en sus equipajes, arrimados a las paredes de vidrio que circundan el abismo que deja ver las plantas inferiores.

También hay una azafata holograma que explica con una sonrisa encantadora los procedimientos de facturación y embarque a unos viajeros que todavía tardarán unas horas en llegar. Y un hombre muy mayor sentado en el McDonald’s, con la camisa desabotonada  por debajo del pecho, unos pantalones llenos de lamparones y la barba salpicada por la espuma de la cerveza que le acaba de servir una camarera malhumorada.

Para mi dificultad, encuentro una mujer, también muy mayor, durmiendo entre el estrecho pasillo que deja la cara trasera del quiosco y el cristal que la separa del hueco que da al nivel menos uno de la terminal. Está descalza, y rodeada de sus pertenencias. La piel de su cara es muy blanca, y su expresión de cierta placidez. Procuro hacer mi trabajo sin pisarla ni salpicarla.

De jueves a jueves. Mi compañero y yo volvemos a pasar por delante de la azafata virtual, que sigue, indesmayable, hablando para el viajero invisible. Toda una profesional que demuestra la ventaja de estas cosas frente a los trabajadores de carne y hueso, que seguro que estarían fumando en la puerta, o quejándose de dolor de pies.

Llegamos de nuevo al quiosco y allí está ella, dormida en el mismo lugar y la misma posición que hace exactamente una semana. Con sus tobillos desnudos, hinchados y surcados de problemas circulatorios. Me pregunto cuándo perdería el avión, qué conexión de vuelos le falló a esta mujer para haberse quedado tirada en este aeropuerto diseñado para llevar a la gente a todos los lugares del planeta, pero que también da techo a los que no tienen ya otro rincón al que acogerse.

Así que me voy de la flamante T4 con el mal cuerpo que se le queda a uno cuando se marcha de un sitio donde sabe que no estaban preparados para recibirlo como a ellos les hubiera gustado. De todos modos, si no tienen más remedio que dejarse caer por allí uno de estos días a esas horas, por curiosidad, porque quieran tomarse una cerveza barata en el McDonald’s, o incluso para viajar, no me despierten a nadie. Y, ¡por favor!, hagan al menos como que atienden unos segundos a la encantadora azafata holograma de facturación. Creo que empiezo a sentir algo por ella.

Desnudo se pierde mucho

19 Ago

Me lo reveló mi abuelo, hace muchos, muchos años, una mañana de playa, en una de sus impagables sentencias: “Hijo, la mujer,desnuda, pierde mucho”. Fue en Torrevieja, Alicante, como diría Mayra Gómez Kemp. En la playa de Los Locos. Buen nombre, sin duda, para un arenero junto al mar en el que mamíferos en posesión aparente de todas sus facultades mentales se tienden al sol bajo cuarenta grados de castigo, de manera voluntaria y por presunto placer.

Mi abuelo tenía razón, como casi siempre –aunque estoy seguro de que habría matizado su atinado comentario de llegar a conocer a todas mis amigas y conocidas, incluida la señora del quiosco de mi barrio, que sé que me lee.

También, claro, hubiera estado en lo cierto si su comentario se hubiera referido a los hombres. Pero mi abuelo Ildefonso no perdía el tiempo con asuntos ajenos a su interés. El caso es que, en general, y con todas las admirables excepciones que se quieran, las cosas desnudas suelen sufrir una seria mengua en su atractivo, como ver un televisor destripado, los decorados de una representación teatral o, sin ir más lejos, la tramoya de los medios de comunicación sin la tapa trasera, como las viejas radios de válvulas.

Por ejemplo,  el otro día me ofrecieron un trabajo por fin relacionado con el periodismo, mi supuesto oficio. El ayuntamiento de una ciudad de tamaño medio quiere informar del día a día de su municipio ayudando a impulsar un buen periódico on line, abierto a todos los ciudadanos.

Elevada intención, bien vestida: traje impecable, de sport, moderno y juvenil, que igual te vale para diario que para una fiesta informal. Lástima que la percha desmereciera, pues la propuesta pasaba por que yo crease una asociación por mi cuenta, también con un terno bonito de promoción de la comunicación y la cultura en la ciudad –que yo casi no había pisado en mi vida– y me presentase a la mesa petitoria de subvenciones de ese ayuntamiento, que por supuesto me concederían, además de sus campañas publicitarias ya presupuestadas. Todo ello fiado a la palabra de mi interlocutor.

La web, por supuesto, debía loar en su justa medida la excelencia de la gestión del equipo municipal, que la financiaría de ese modo por vía interpuesta, desde la sombra, arrancando así la campaña electoral a dos años vista con el dinero de los propios ciudadanos y un pringadillo movido desde el despacho del alcalde. Eso sí, vestido con un bonito conjunto arlequinado, o de payaso listo. O tonto, imagino.

Es solo una pequeña historia sin importancia en la boutique del periodismo patrio que el otro día me encontré entrando y saliendo de probadores. Sin duda, la propuesta ganaba mucho vestida, pero yo preferí quedarme, más que desnudo -con perdón-, en pelotas, que parece lo mismo pero no termina de serlo. Y así seguimos. Menos mal que estamos en verano.

Una noche y dos miradas

1 Ago

No son todavía las nueve de la tarde-noche cuando tomo el volante de la furgoneta en la que recorreré durante las ocho horas siguientes, desde mi nueva identidad, las calles que conforman el mapa de mi pasado biográfico y mi nostalgia presente. Me iré deteniendo cada poco en un quiosco de la ONCE situado junto a un edificio donde un día trabajé, en la esquina donde tantas veces me cité con mi novia, en esa plaza que en una época de mi vida frecuenté o frente al portal donde vivían mis mejores amigos.

Ahora, amparado por el efecto distorsionador de la noche y la limitada comunicación con mi compañero, me asomo a esos lugares como quien atisba furtivamente su propio hogar desde una ventana entreabierta, participando en un juego de espejos deformantes en el que ya no acierto a discernir cuál es el original y cuál su reflejo.

Me ocurre lo mismo con el resto de la vida que observo durante ese recorrido nocturno, caluroso y obsesivo entre un mismo quiosco reubicado una y otra vez en distintas plazas, calles y ciudades. Mi trabajo es un viaje de incógnito, oculto tras mi cubo y mi raqueta limpiacristales, por un territorio que cambia de paisaje a medida que el cuentakilómetros de la Kangoo va completando la ruta encomendada.

En un centro comercial donde ofrecen pistas de nieve fabricada y otros artificios comerciales, a las nueve y media el dios Consumo recibe sus preceptivas oraciones y conforta a sus feligreses con aire acondicionado, luces brillantes y bolsas de colores. A unos kilómetros, pueblos como Navares de Enmedio o Griñón disfrutan del efímero bullicio estival, los niños en bicicleta y las tertulias familiares en las terrazas. Vacaciones antiguas, de las de antes de la vida por encima de nuestras posibilidades.

A cinco minutos, un par de kilómetros y un quiosco de distancia, en Fuenlabrada, una mujer de mediana edad fuma tranquilamente sentada en un banco. Puede ser española, o quizá de algún país del este. Lleva el pelo corto y un saco de dormir que detona entre su aspecto de ciudadana convencional. Nos cruzamos una mirada de la que ambos huimos al instante. Ella apura el cigarrillo, se levanta y se mete en el cajero automático de uno de esos bancos cuyos desmanes hemos pagado entre todos sin que los que nos gobiernan tengan siquiera la decencia de reconocérnoslo. Pese a la obscena luminosidad que hace restallar el cajero, la mujer extiende su saco tranquilamente, coloca el resto de sus pertenencias en su cabecera y se echa a dormir. O lo que sea que se pueda hacer en su situación. Ya no la miro más. Me da vergüenza.

Alguien pasea un perro  y un tipo se desliza en su monopatín por la calle desierta. La noche avanza y echa el cierre a bares y terrazas. Ahora viajamos hasta el corazón de la gran ciudad. En la plaza de Lavapiés, a la una y media, varios centenares de personas comparten el alivio térmico de la noche en un ágora de conversaciones donde diversas lenguas conforman un muro de sonido ininteligible. Sentados en las escalinatas que dan acceso a un teatro, en las escaleras del metro o en los bancos del mobiliario urbano,  grupos de árabes , negros, suramericanos, indios y algunos españoles se reparten el espacio, ordenadamente, cada uno en su sector. Apenas una tienda de los chinos permanece abierta, y sólo una ocasional luz enmarcada por una ventana revela movimiento en el interior de los edificios, pero la plaza bulle de vida procedente de distintos rincones del planeta. Todo en unos cientos de metros cuadrados, abigarrado, confuso y colorido.

También hay algunos niños, como la pequeña mulata, de no más de cinco o seis años, que durante un par de minutos ronda curiosa alrededor del quiosco. Por fin me mira con sus grandes ojos negros, sin atreverse a preguntar. “Hola”, le digo. “Hola –me contesta tímida-, ¿lo vais a quitar?” “No, sólo lo limpiamos”, le respondo. Ella contesta un “¡ah!” de alivio y vergüenza y corre a reunirse con su madre, buscando la seguridad de sus faldas tras su pequeña aventura.

Son poco más de las cinco cuando, ya en la cochera central, apago el motor y tacho una jornada más en mi calendario laboral provisional. A la empresa le he dejado 132 kilómetros, ocho horas y 23 quioscos relimpios. A casa me llevo esas dos miradas.

Con la comida sí se juega

29 Jun

A buen hambre no hay pan duro, dicen. Ni paquetes de salchichas cercanas a su fecha de caducidad, o botellas de zumo que no se venden -y ocupan mucho espacio-, o verdura del día anterior, que ya se ha puesto fea, añado. Pero los del hipermercado donde trabajé el pasado invierno no lo saben. Ellos sólo quieren procurarnos lo mejor.

Estoy seguro de ello, porque de otro modo no tirarían cada día a través de lo que ellos llaman “la merma” kilos y kilos de alimentos todavía comestibles.  Su destino: la compactadora, la “comemierda”, como se referían a ella jocosamente los vigilantes del centro cada vez que me pedían por la emisora que la abriera para avivar aún más su insaciable voracidad.

Recientemente he leído que el Ayuntamiento de Barcelona identificó el año pasado 2.865 niños que llegaban al colegio sin desayunar e incluso sin cenar, y me reconforta saber que al menos no tuvieron que comerse un bocadillo hecho con pan del día anterior, o con jamón de york con fecha de ayer; o una barra de fuet que, según se decide en su etiqueta, ya no puede servir de alimento a nadie a partir de mañana. Menos mal.

Porque, en mi ingenuidad, durante las primeras jornadas en las que dediqué buena parte de mi turno a arrojar a la trituradora docenas de bandejas de fiambre envasado al vacío, cuarenta o cincuenta barras de pan de la tarde anterior o un palé de cajas de gazpacho, no podía evitar un ligero estremecimiento al pensar en esas familias para las que medio llenar el cesto de la compra es un dolor que se paga con privaciones que en este país parecían haber quedado confinadas hace mucho tiempo al baúl de los recuerdos.

Afortunadamente, pasadas las primeras semanas de natural reticencia comprendí que esos críos de Barcelona, o ese chaval de cada cuatro que vive en España bajo el umbral de la pobreza, como nos dice la ONU, tienen en realidad mucha suerte de que las grandes superficies de venta de alimentos, que nos deleitan cada día con sus trespordoses y sus mejoresprecios, no pongan a su alcance comida de ayer, de hace unas horas, o de mañana. Los pobres también deben comer sano y crujiente. Digo yo. Y trabajar para pagarlo, si les dejan; porque, si no, ¿qué dignidad habría en beberse un zumo de naranja o comerse un plato de acelgas que no te has ganado con el sudor de tu frente?

Además –no se alarmen-, para evitarles malas tentaciones o lamentos mal dirigidos, tienen el detalle de destruir todas esas toneladas de comida fuera de su vista, en esa maravilla de compactadora que se traga todo lo que le eches: desde metacrilatos hasta los paquetes de pilas de seis u ocho unidades a los que alguien ha sustraído una, condenando al resto a morir trituradas. Todo convenientemente revuelto con la carne o el pescado que no se vendió ayer.

Sí, comprendo su natural repugnancia, no se crean. A mí también me costó entenderlo al principio. Pensaba en esa madre que no sabe de dónde rebañar los últimos euros del mes para inventarse una cena, o en ese padre que tiene que decirle a su hija que hoy vuelve a ir al colegio sin desayunar, y me pasaba lo mismo.

Hasta que un día le pregunté a uno de los encargados de sección que por qué no se donaba esa comida a las oenegés o a las asociaciones o la gente del barrio que pasaba hambre: “Es que, si se hiciera eso, esas asociaciones se acostumbrarían en seguida y destinarían las ayudas que reciben para ello a otras cosas”, me contestó, con una lógica irrebatible. Además, qué demonios, también en el hipermercado hacen de vez en cuando una cosa que se llama Operación Kilo, que es muy solidaria y queda retequetebién en el periódico local, con foto a tres columnas de los jefes de la tienda posando ufanos con el cartel de la campaña.

Así que no se preocupen, que con la comida no se juega. O sí. No sé. ¡Qué más da!  De todos modos, por precaución, si usted conociera por casualidad a una de esas familias que no pueden darle a sus hijos las tres comidas preceptivas del día, no le diga nada de esto que tan demagógicamente escribo. No vaya a sentarle mal saber que, al otro lado de ese muelle de carga, el híper del barrio -su híper amigo-protege de esa manera tan curiosa su dieta y la de su prole. Que hay gente muy tiquismiquis.

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